Emilse Galvis

* Emilse Galvis

Estudiante del Doctorado en Filosofía de la Universidad de los Andes, Magíster en filosofía de la misma universidad y Licenciada en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital F.J.C. Sus intereses académicos son: Filosofía política contemporánea, Escritura y Política y nuevas formas de Subjetivación Política a partir de autores como Michel Foucault, Jacques Rancière y Simone Weil. Integrante del grupo de investigación Poder, Subjetividad y Lenguaje de la Universidad de los Andes y del proyecto Ecos-Nord “Comprender la subjetivación política hoy: experiencias y conceptualizaciones” en convenio con París Diderot 7

En el arte de la discusión1 (III, VIII, 1376) Michel de Montaigne pone de manifiesto que, a diferencia del estudio de los libros que no enardecen el espíritu, la discusión es  el ejercicio más grato, fructífero y natural de nuestro espíritu porque “enseña y ejercita a la vez” (Montaigne 2011: 1378). El horizonte de partida, en este lúcido ensayo sobre la discusión, es el hecho de ejercitarse e instruirse por contradicción más que por ejemplo.  Así, cuando Catón el viejo dice que los sabios pueden aprender más de los locos que los locos de los sabios, o cuando Pausanias solía obligar a sus discípulos a oír a un mal intérprete para que aprendieran a odiar sus disonancias, lo que sale a relucir, como preámbulo a lo que es el arte de la discusión, es que aquello que hace que el espíritu sea más vigoroso y despierto es el hecho de enfrentarse con aquello que disgusta, con aquello que contradice y con aquello que, en cierto sentido, molesta. Es en este enfrentamiento, que en efecto choca con eso que soy o con aquello que digo, donde surge el verdadero arte de la discusión ¿En qué consiste tal arte?

En primera medida, el arte de la discusión es una práctica de escucha permanente y bastante vigorosa, que nada tiene que ver con apariencias superficiales: “La gravedad, el vestido y la fortuna de quien habla proporciona con frecuencia autoridad a palabras vanas e ineptas” (Montaigne 2011: 1389). Por eso dice Montaigne que “si ahora mismo me obligaran a elegir, aceptaría más bien perder la vista que perder el oído”. No son los gestos, las reverencias o una contemplación a las autoridades lo importante en la discusión. Esto sería rebajar la discusión al sentido más vano y común. Se trata mejor de “Fortalecernos el oído, y endurecerlo, contra la blandura del sonido ceremonioso de las palabras” (Montaigne 2011: 1379). La discusión es, pues, un ejercicio que fortalece el espíritu lejos de toda apariencia o de prejuicios previos de una autoridad. Además, el hecho de que la discusión pueda fortalecernos el oído y endurecerlo es una muestra de que este arte es una práctica poco civilizada que se acompaña más bien de una actitud pendenciera y de lucha.

Además de demandar un oído atento, la discusión es un ejercicio de autocrítica. En este sentido, no es una disputa en la cual se busca con arrogancia convencer al adversario de una verdad. La discusión es más bien, un cierto ejercicio de autocrítica en el cual uno discute para instruirse y mejorarse a sí mismo ante la diversidad de opiniones. Así, dice Montaigne, “yo me siento mucho más orgulloso de la victoria que obtengo sobre mí cuando, en medio del ardor de la lucha, logro plegarme a la fuerza de la razón de mi adversario, que complacido por la victoria que obtengo sobre él a causa de su flaqueza” (Montaigne 2011:1381). En este sentido, si existe alguna ganancia de la discusión, no es la complacencia de una victoria sobre mi adversario, sino la victoria que obtengo sobre mí al aprender de mi adversario, el hecho mismo de cuestionar mis opiniones con muchas otras. La discusión es, entonces, un ejercicio de autocrítica cuando, al enfrentarme con el otro aprendo sobre mí. Esta cuestión de la autocrítica puede ampliarse mejor a la luz del ensayo de Montaigne sobre Los Caníbales (I, XXX, 273).

En este ensayo, Montaigne se refiere a la costumbre de los hombres del nuevo mundo de comerse a los muertos (antropofagia), como un acto valeroso de venganza contra el enemigo. A tal hecho, los europeos le llaman barbarie, canibalismo e inhumanidad. Sin embargo, Montaigne se pregunta ¿a juicio de qué los consideramos bárbaros? ¿acaso son bárbaros porque no siguen nuestra razón? Recordemos que en el ensayo La costumbre y el no cambiar fácilmente una ley aceptada (I, XXII, 127), la costumbre aparece como la base de un modo de pensar y asumir la propia normalidad, identidad y una cierta concepción de la realidad sobre la cual se fundan nuestras razones. Esto quiere decir que, aquello que es lo correcto, lo que hay que hacer y lo que se debe hacer, está en gran medida fundamentado por las costumbres. Allí el problema de enfrentarse a un hecho como la antropofagia es que pone en descubierto los límites de la razón humana2. Así pues, dice Montaigne “podemos muy bien llamarlos bárbaros con respecto a las reglas de la razón, pero no con respecto a nosotros mismos, que los superamos en toda suerte de barbarie” (Montaigne 2011: 286).

Lo anterior significa que bajo el lente limitado de la razón europea, que ha sido fundamentada bajo ciertas costumbres, los caníbales son considerados “bárbaros”; pero no con respecto a sus propias costumbres pues para ellos esta acción es resultado de una guerra noble y valerosa. Lo que señala Montaigne aquí es que “No me enoja que señalemos el bárbaro horror que hay en tal acción, pero sí que juzguemos bien acerca de sus faltas y estemos tan ciegos para las nuestras. Creo que hay mas barbarie en comerse a un hombre vivo que en comerlo muerto” (Montaigne 2011: 285). Es aquí justamente donde se pone de relieve la autocrítica: por qué no en vez de juzgar al otro, diría Montaigne, como caníbal e incivilizado, no nos miramos a nosotros mismos. Veríamos que incluso devoramos al otro vivo cuando lo criticamos o lo juzgamos sólo porque es diferente de nosotros y no actúa en el marco racional de nuestras costumbres. Es la misma racionalidad la que se pone en cuestión acá, de modo que “La existencia del caníbal se constituye en un llamado a la autocrítica al señalar la necesidad de cortarle las alas a la razón” (Castañeda, F. 2008 228). Esta es la raíz que interesa en gran medida a Montaigne en el hecho de enfrentarse a lo diferente, porque, cuando nos enfrentamos a lo otro, y ésta es también la riqueza de la discusión y de las diversas opiniones, estamos cuestionando a la vez eso que somos y pensamos. En la discusión, como hemos dicho, son las diversas opiniones que se ponen de manifiesto en una suerte de lucha con el otro las que más enriquecen el espíritu.

La discusión, en últimas, me ayuda a reconocer que no somos tan diferentes del otro y que incluso puedo poner en duda mi propia situación: “el hecho de constatar diferencias marcadas en el plano de las costumbres públicas, de los valores tradicionales y de las formas de pensamiento correspondientes, no tiene por qué implicar renunciar a la propia identidad. Sin embargo sí se constituye en un dispositivo para tomar conciencia acerca de la propia situación, tanto de sus inconvenientes y de sus necesidades como de sus realidades y posibilidades” (Castañeda, F. 2008: 228). Este es uno de los propósitos de la discusión, no tanto renunciar a la propia identidad, sino mejor, enfrentar sus propias costumbres y reconocer que no son las únicas y mucho menos las mejores. “En efecto, si hay diferentes maneras de hacer las cosas, entonces las propias costumbres no sólo no son únicas, sino que se pueden contrastar y poner a prueba frente a los demás” (Castañeda, F. 2008: 228). Así como con los animales tenemos cosas en común y de otra forma, reconocemos que la antropofagia es una de las costumbres de los hombres del nuevo mundo, de la misma manera, la exposición al otro en una discusión nos hace poner los ojos sobre nosotros mismos y al hacerlo, lo que resulta es que disminuimos nuestra soberbia y nuestras pretensiones de estar por encima de los otros, o de juzgarlos por el simple hecho de tener otras costumbres.

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1Montaigne, Michel de. Los Ensayos. (Según la edición de Marie de Gournay) Acantilado. Barcelona. Vols I,II y III.
2Así “Es la razón humana barniz superficial, de peso más o menos similar al de nuestras opiniones y costumbres, sea cual sea la forma que tengan: infinito en materia, infinito en diversidad (I, XXIII, 161).