Susana Ballesteros

* Susana Ballesteros

Filósofa de la Universidad Nacional de Colombia. Realizó también una carrera tecnológica en cine y televisión. Actualmente termina estudios de maestría de filosofía en la Universidad Nacional de Colombia y se desempeña como asesora en la Vicerrectoría Académica de la misma universidad.

La pornografía es una de aquellas prácticas con respecto a las cuales muchos bogotanos aún nos sentimos incómodos, lo que no es de extrañar dada nuestra educación mayoritariamente católica. Algunos, además, son abiertamente activistas en contra de estas prácticas porque, a su manera de ver, en la pornografía las mujeres son cosificadas, es decir, vistas como meros objetos sexuales. Estas críticas, por supuesto, no son nuevas y tienen una larga tradición –no solo entre los católicos que se han empeñado durante siglos en esconder nuestra variopinta sexualidad– sino también en gran parte del pensamiento feminista tradicional.

Y algunas veces me siento parte de ese grupo de incómodos… pero también confieso que tengo muchas dudas sobre este argumento que se da en contra de la pornografía: el de la cosificación. Es más, en algunos casos quisiera defender el voyerismo porno y algunas de sus manifestaciones artísticas y liberadoras como, por ejemplo, en el caso de la literatura del Marqués de Sade, cuyos pervertidos escritos encuentro encantadores y con un gran valor poético. Pero no soy solo yo. Este noble francés ha encantado a millones de personas a través de la historia.

Por esta maravillosa fascinación que nos ofrece la confrontación con nuestra propia oscuridad, no es gratuito que desde mediados del año pasado y en lo que va de 2014, el estreno de la última película de Lars Von Trier, Ninfomaníaca, esté en las páginas principales de todos los medios periodísticos y culturales del mundo. Incluso en nuestra timorata Bogotá se espera con expectación el estreno de la película de Von Trier a finales de este mes.

Los principales ganchos de propaganda de Ninfomaníaca han sido su nombre –claro– y su contenido de sexo explícito grabado por actores porno; una publicidad constante que no ha temido jugar con nuestro –casi pueril– interés culpable. Pero como siempre en las películas del director danés, tendremos seguramente mucho más: un guión interesante y bien trabajado, una dirección sugestiva, un reparto de muy buenos actores, entre otras cosas. Sin embargo, toda esta atención que hemos volcado en el preestreno de Ninfomaníaca ya nos dice mucho de nosotros mismos. La promesa pornográfica ha calado en nosotros; la expectativa de una película que nos conecte con nuestro lado más oscuro nos inquieta.

Ahora bien, fue a partir de la lectura de la escritora Virgine Despentes y su libro Teoría King Kong (2006) que mis dudas acerca del clásico argumento feminista contra la pornografía comenzaron a hacerse más apremiantes. No estoy convencida de que la pornografía se reduzca a una mera cosificación femenina, y tampoco que ser objetos sexuales sea una explicación suficiente para que durante siglos hayamos sido tratadas como ciudadanas de segundo rango. Veamos que nos dice Despentes al respecto.

Según mi lectura, uno de los objetivos de la Teoría King Kong es hacer desaparecer la rígida delimitación occidental entre las construcciones simbólicas feminidad y masculinidad. De esta manera, podríamos recorrer sin vergüenza todo el espectro de la dicotomía femenino-masculino sin que estemos determinados por nuestra biología, lo que nos permitiría una liberación femenina y masculina a un tiempo. Según la propuesta de Despentes, nos construiríamos como King Kong: bestia salvaje sin género definido que tiene la libertad de erigir como le da la gana su sexualidad.

Para Despentes, la pornografía muestra un pequeño adelanto de esta utopía: en la película porno las mujeres son capaces de subvertir las relaciones tradicionales entre el dominador y la dominada, de tal manera que la actriz se muestra como una mujer que actúa sexualmente como hombre. Sin reservas, ella quiere obtener todo el placer posible y no sigue las normas de una sociedad que, en la cotidianidad, parece controlarla. Hasta acá la sugestiva interpretación de la escritora.

No obstante, además de la cosificación, hay otros argumentos más contundentes que usan los activistas para ir en contra de la pornografía, argumentos que son decididamente más concretos. Por ejemplo, actualmente, la ex actriz porno Shelley Lubben hace campañas en contra de la industria pornográfica en Estados Unidos, donde –ha denunciado– son comunes los maltratos, el abuso de drogas, la falta de apoyo a los actores y a las actrices en educación y control de enfermedades venéreas y hasta violaciones en medio del trabajo.

Pero tengo la impresión de que es justamente la cultura que encierra a las mujeres en la celda de la “feminidad” (lo constantemente “violable” diría Despentes) la que permite que se trate a las trabajadoras de la industria porno como sujetos de segunda clase. Esto puede argumentarse diciendo que no son sólo las mujeres que se ganan la vida en esta clase de películas quienes sufren este tipo de vejaciones. Ni siquiera podríamos afirmar que son únicamente las mujeres quienes llevan siempre las de perder.

Para ir un poco más allá de Despentes, me parece que el maltrato y la humillación pertenecen al espectro más amplio de la organización de dominante y dominado. A partir de los escritos del filósofo alemán Hegel, comprendimos que gran parte de nuestra historia puede ser interpretada como una dialéctica entre amo y esclavo, en el que cada uno forja su identidad ejerciendo poder sobre otro o soportando ese poder. Pero en este movimiento no entraría solo la dicotomía entre feminidad y masculinidad, sino que históricamente cabrían otras tales como pobre-rico, niño-adulto, animal-humano, racional-sensible, etcétera. En este sentido, el maltrato laboral sería un caso más de este movimiento general.

Ahora bien, podemos decir además que las cosas no son capaces de ser dominadas. El poder claramente no puede ejercerse sobre cosas que sencillamente no oponen resistencia y tampoco pueden reconocer al otro de ninguna forma. Tanto el poder como la crueldad (o el maltrato) requieren de un cuerpo viviente sobre el cual pueda ser ejercido.

Por ello, la constante denuncia de la cosificación de las mujeres y de sus cuerpos me parece que no es suficiente para motivar un cambio liberador. No es el sentirse tratado como una cosa lo que nos podría indignar, sino más bien el control de nuestros cuerpos dentro de límites definidos por aquellos que creen tener derecho. Incluso en contra de nuestros propios deseos.

Afortunadamente, muchos de esos controles han sido cuestionados y la vía ha sido principalmente el arte. Esperemos que Ninfomaníaca, además de su subversivo componente pornográfico, nos fascine también con la puesta escena de aquello que puede liberarnos.