Carlos Manrique

* Carlos Manrique

Ph.D. en Filosofía de The University of Chicago (2009). Profesor Asistente del departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes. Ha publicado diversos artículos sobre Filosofía política contemporánea, especialmente sobre el problema de las prácticas del lenguaje en el esfuerzo por re-pensar la relación entre ética y política en pensadores contemporáneos como Derrida y Foucault (2010, 2012), y también en torno al problema de la relación entre religión y política a partir de la lectura que hace Derrida de la ética kantiana (2009, 2010, 2011). Co-editor del No. 43 de la Revista de Estudios Sociales (“Técnicas de poder y formas de vida”, 2012). Actualmente adelanta el proyecto de investigación financiado por la Facultad de Ciencias Sociales de Uniandes, “Poder, subjetividad y lenguaje: re-pensando la relación entre ética y política a partir de Derrida y Foucault”

En cuatro años, desde las elecciones legislativas de 2010, la expresión de descontento con la política electoral siguió creciendo tan gradualmente como decreció el apoyo de los electores a las opciones así llamadas de “izquierda”. Gradualmente, a un ritmo cansino, aletargado, en el que se siente una pesada inercia: la de la historia del país institucional que se repite en el espesor de lo mismo (con la excepción de uno o dos pequeños acontecimientos sobre cuyo significado volveré a reflexionar más adelante). Y, no nos digamos mentiras, eso cansa y da un poco de desesperanza, y de rabia. El índice de abstención más o menos igual hoy que hace cuatro años (por el orden de un impactante 56%); los votos en blanco casi el doble esta vez (del 3% al 5%); los votos nulos, donde hay que ver más una expresión de descontento y de desafiante descreimiento que de falta de la así llamada “cultura ciudadana”, se mantienen por la también portentosa cifra del casi 11% total de la votación. Y nuestras fuerzas de izquierda siguen siendo, en términos generales, incapaces de interpelar este enorme descontento.

Sumados los que no votan “por principio”, como me dijo uno de los parceros del picado de fútbol el domingo en una expresión aparentemente contra-intuitiva que me dejó pensando, los que votan en blanco, y los que pintan matachos o escriben groserías en el tarjetón en un gesto de indignada y silenciosa rebeldía, como cuando uno lanza un “grito” enfurecido, pero hacia dentro, con la boca bien cerrada, para no llamar demasiado la atención, sumados todos ellos constituyen de lejos la fuerza electoral mayoritaria del país (¿por lo menos un 20 o 25% de la votación habilitada para votar?, para seguir jugando este juego de las cifras que se va desgastando muy pronto de tanto ser jugado tras el cierre de las urnas). Fuerza electoral en negativo, por rechazo, por reclamo impotente y ahogado en un silencio de aquellos que sienten descontento ante un sistema electoral y una institucionalidad política que no les produce nada más que desgano, cuando no un disgustado rechazo que se manifiesta en el gesto simbólico más tenue e inocuo (un matacho, un mini grafiti, un improperio dirigido al sistema electoral entero y a la institucionalidad estatal que éste respalda, por intermedio del jurado que abre el tarjetón al contar los votos, antes de desecharlo como “nulo”). Las opciones políticas de izquierda de nuestro país pierden más que un 4% del respaldo electoral (de una suma de más o menos 12% de la votación del Polo Democrático y del Partido Verde juntos al senado hace cuatro años, a un 8% el domingo pasado), y tres escaños (de 13 a 10 sumados en conjunto), por poner sólo este ejemplo de la votación al senado. Pierden mucho más que eso: pierden una vez más la oportunidad de presentarle a esa fuerza electoral en negativo de los descontentos, los indignados, los “emberracados”, los descreídos que quisieran creer pero no ven cómo, una alternativa no tanto “clara” como afilada, no tanto sensata y bien hablada, como apasionada y entusiasta, no tanto defensiva en esa tibieza ya demasiado correcta y bien compuesta del discurso liberal de la defensa de los derechos consagrados en la constitución y de la institucionalidad, sino combativa en contra de un Estado neoliberal que sigue gobernando para producir un crecimiento económico que incrementa las brechas de la desigualdad y de la exclusión. Pierden la oportunidad de conmover a esa fuerza electoral en negativo, y traducir sus silencios y sus gritos de rabia desahogados en una cruz sobre el voto en blanco, o en el garabato o improperio irónico del voto que se auto-anula, o en el que no vota “por principio” para resistirse a participar en esta comedia de cada cuatro años en la que un Estado se ufana de su legitimidad ante el descontento silencioso de la mayoría de sus gobernados, sin que nada nuevo acontezca; pierden la oportunidad de transformar esa fuerza electoral en “negativo” en un acto afirmativo de quien por fin se convence de un proyecto político distinto y otra visión del país, y así llega a pensar que no todo tiene por qué seguir siendo siempre lo mismo, esa mismidad tan gradual con los poquitos puntos porcentuales que se suman acá y otros poquitos que se quitan allá, ese ritmo tan cansino, tan aletargado, tan desesperanzador, de esa misma historia que no ha podido en este país, no nos digamos mentiras a pesar de los pocos destellos de esperanza que por fortuna nos dejó el pasado domingo electoral (ya volveré a ello), cambiar de cadencia, de intensidad, de música.

No digo ni siquiera convencer a los indiferentes, a los que no votan porque “qué pereza ese viaje pa nada”; digo a los descontentos, a los que no votan “por principio”, o votan en blanco con voluntad de indignación y rechazo, o insultan al Estado colombiano con algún garabato de ironía en el tarjetón “nulo”, también “por principio”, con una rabia y una indignación convencidas. Son muchos, son la fuerza electoral mayoritaria del país, y los partidos políticos de izquierda no han podido llamar y convocar su atención, para intentar trocar ese descontento convencido en una acción electoral colectiva que le apueste con contundencia y sin tantas aguas tibias, a otro proyecto de país. Estemos de acuerdo o no con todas sus decisiones políticas, es claro que la transformación histórica de las formas estatales y gubernamentales respaldada por una amplia convergencia de sectores y movimientos populares que se ha manifestado en procesos electorales, esa transformación que se ha dado en países vecinos como Ecuador, Bolivia, o Venezuela, se ha dado en buena parte de la mano de unas notables reducciones en los índices de abstención. De las elecciones legislativas de 2002 en Ecuador, por ejemplo, en las que la participación electoral rondaba por el 63%, a las de la nueva Asamblea Nacional Constituyente en 2007, convocada por un referéndum promovido por el recientemente electo Rafael Correa, donde la participación de votantes se dispara al 84% (siendo en ambos casos el sufragio obligatorio). O de las elecciones parlamentarias en Venezuela en Noviembre 8 de 1998, en donde la participación electoral fue del 53,5%, a las elecciones presidenciales un mes después, en donde la participación se dispara en diez puntos porcentuales de un mes al otro y alcanza el 63,45%, para elegir por primera vez a Hugo Chávez; o de las elecciones presidenciales y parlamentarias de Bolivia en el 2002 donde la participación fue del 72%, a las elecciones presidenciales y parlamentarias de 2005 donde es electo también por primera vez Evo Morales, donde la participación electoral se catapultó en doce puntos porcentuales al 84,5% (siendo en ambos casos el sufragio obligatorio). ¿Qué pasaría en Colombia, donde la participación electoral no ha superado nunca en las últimas dos décadas, ni siquiera en las elecciones presidenciales, el 49% de la participación electoral (el récord en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 2010), si se diera una reducción así de contundente en los índices de abstención como la que se acaba de mencionar en los ejemplos anteriores? Se podría transformar el panorama político de manera significativa, hasta el punto de darle cabida a un proyecto distinto de Estado que le de primacía a la reducción combativa de la desigualdad sobre los índices de crecimiento económico; a otra forma de gobierno más pluralista que le de cabida a los movimientos populares, a sus experiencias del territorio y de la comunidad, y a las propuestas hacia una vida digna que de allí emergen, y valore esto por encima de los dogmas que se nos han hecho creer como intocables de la competitividad en el libre mercado, de la propiedad privada, y del flujo de capitales transnacionales; que respete más las relaciones de los sectores rurales con su trabajo, su territorio y sus comunidades, que los índices y cifras que los expertos economistas exigen como criterio de la “salud” de la economía nacional. ¿Por qué la izquierda colombiana no ha logrado conmover y convocar a al menos una pequeña parte de esa legión de descontentos para promover una transformación social y política que sueñe en grande, y que respalde ese sueño con un trabajo disciplinado de apertura al encuentro de las voces de los sectores populares más marginados, que no obstante siguen dándonos indicios de una intensa creatividad política? Los descontentos y los indignados, en contraste con los indiferentes, son en todo caso una fuerza electoral en “negativo”. Sufren por esta inercia espantosa que nos sigue haciendo caer del cielo inamovible de nuestra historia a los Santos, los Uribe, los Gerlein, los José Obdulio, los Gaviria y los Galán, y los 15 senadores seriamente cuestionados por corrupción y/o parapolítica. Esa historia modulada por un poder político-económico excesivamente concentrado en demasiadas pocas manos: entre la gente divinamente del abolengo de los ilustres apellidos, y los gamonales que imponen su ley en sus regiones con el poder que da la plata bien o mal habida, íntimamente aliados los unos y los otros en al menos tres de los cuatro partidos políticos que sacaron la mayor votación. Y están abiertos a transformar esa rabia que algo tiene de crítica, esa fuerza electoral en negativo, en una actitud afirmativa, si se les propone un proyecto de transformación convincente que le apueste a una sacudida profunda de las estructuras sociales, económicas y políticas de nuestro país.

Pero nuestra izquierda es, con contadas excepciones (por ejemplo Iván Cepeda, por ejemplo Alberto Castilla, por ejemplo Ángela María Robledo, por ejemplo Navarro Wolf), una izquierda demasiado parca; demasiado sensata; demasiado europeizante en su concepción del ideal normativo de un Estado de Derecho que en Alemania y en Estados Unidos ha sido el vehículo institucional a través del cual se ha desplegado con toda su fuerza el neoliberalismo, pero a los que se les mira con devota veneración liberal e ilustrada. Demasiado apegada al discurso de la estabilidad institucional, y la rectitud legalista y procedimental. Demasiado arrogante al pensar que el buen gobierno requiere de una tecnocracia eficiente en materia jurídica y económica, frente a la cual las voces de los movimientos populares sólo se pueden mirar con una altiva condescendencia. Nuestra izquierda sigue siendo demasiado “ilustrada”, demasiado “moralista”, demasiado autocomplaciente. Demasiado cobarde a la hora de pensar en un proyecto político que ponga en cuestión al dogma neoliberal, en sus versiones más salvajes y desabrochadas (Uribe), y en sus versiones aparente más moderadas y diplomáticas, pero en el fondo muy similares (Santos). Por eso no me sorprendería ver en algunas semanas a la muy radical y envalentonada Claudia López quedarse calladita ante una alianza del uribismo en torno a la visión tecnocrática de Peñalosa; o a un Robledo sectario que por su enemistad con Petro y con Santos empiece a hacerse guiños con quien comparte también con él a esos mismos enemigos (en una reciente entrevista no descartó esa posibilidad de alianzas con el uribismo en algunos asuntos siempre y cuando “eso se dé en la orientación de las directrices ideológicas del Polo”). Puede que no. Ojalá que no.

En todo caso lo que sí es claro, es que de esa izquierda tan sensata, tan institucionalista, tan parca en sus ambiciones, tan presta para moralizar en la condena a sus enemigos, como lenta en asumir el coraje de poner seriamente en cuestión un modelo de Estado y un modelo de desarrollo económico, y proponer otro como posible; tan pragmática en sus alianzas como perezosa en sus sueños, de esa izquierda no nos va a venir esa transformación a la que no podemos renunciar anhelar con pasión, incluso en medio de ese monótono, ese cansino, ese aletargado ritmo con el que hace algunos días se nos hizo saber que todo seguía lo mismo. Excepto el “destello” de un par de acontecimientos, entre ellos, la llegada al senado de un líder campesino que sin la maquinaria, ni los apellidos de la gente divinamente, ni el dinero de los gamonales regionales mandamases, ni el poder de los medios masivos de comunicación, logró hacer una campaña impecable con un mensaje nítido: un mensaje que sí tiene el coraje de pensar en otro país posible, que sí tiene el filo que se requiere para cuestionar el actual modelo de Estado y la dominante concepción neoliberal de la economía que lo atraviesa de un extremo a otro; y que habla con la sencillez que puede resonar en los oídos de los más humildes, porque los ha escuchado atenta y respetuosamente. Gracias Alberto Castilla, por mantener vivo nuestro anhelo, en medio de esta monótona y aletargada repetición de lo mismo.