Edwin Cruz Rodríguez

* Edwin Cruz Rodríguez

Politólogo, especialista en Análisis de políticas públicas de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia, candidato a doctor en Estudios políticos y relaciones internacionales e integrante del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas de distintos países. En 2011 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo sobre América Latina (categoría estudiante de doctorado) del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá

Desde finales de enero se dieron a conocer varios panfletos amenazantes que pusieron de manifiesto lo que parece ser el eterno retorno de la “limpieza social” en el país. Uno de esos panfletos, que se difundió en la localidad de Ciudad Bolívar en Bogotá y en el municipio de Soacha1, fijó el 30 de enero como fecha de inicio de actividades por parte de una supuesta organización denominada “Bacrim opción al paramilitarismo. Grupo de limpieza”, cuyas amenazas al parecer no tardaron en realizarse2. Existen indicios para conjeturar que se trata de una acción, con cierto nivel de coordinación, a nivel nacional, si se tiene en cuenta que por la misma época aparecieron panfletos, firmados por otras supuestas organizaciones, pero con el mismo lenguaje soez y mala ortografía, en lugares como Sonsón –Antioquia-3 y la ciudad de Pereira4. En febrero, nuevamente aparecieron panfletos en la localidad de Ciudad Bolívar, esta vez firmados por “Águilas Negras-Bloque Capital”5.

Sin embargo, hasta el momento no existe, al menos en los medios de comunicación, noticia sobre la autoría de tales amenazas. No resulta muy lógico que organizaciones criminales reivindiquen el acrónimo “bacrim”, con que las autoridades las designaron parte del crimen organizado posterior a la desmovilización de las AUC con el claro objetivo de deslindar ambos fenómenos; tampoco resulta muy coherente que las organizaciones que así se han denominado (bandas criminales), como “Águilas Negras-Bloque Capital”, se presenten como agentes del orden en los contextos urbanos. O bien se trata de actores distintos que usan tácticamente los mismos remoquetes, como una especie de “franquicia”, o bien lo que se denomina “bacrim” tiene una orientación paraestatal-paramilitar y no corresponde simplemente a grupos de criminales organizados.

Pero la confusión no es nueva, el carácter borroso, difuso, impreciso, de la “limpieza social” ha sido una de las características del fenómeno, desde que hizo su aparición en Pereira en 19796, que ha impedido explicar sus causas en una perspectiva académica y determinar sus móviles y responsables desde el punto de vista judicial. La dificultad radica en que muy pocas veces las acciones que comprende, principalmente los homicidios, pueden identificarse como producto de la “limpieza social”. No obstante, se han planteado distintas hipótesis7. Se ha supuesto, por ejemplo, que en ciertos casos la “limpieza social” es agenciada por ciudadanos que se organizan en “escuadrones de la muerte” para garantizar su seguridad; otras veces, se afirma, es orquestada por la “mano negra” de las fuerzas de seguridad, como cuando a esta práctica se asociaban los temibles DAS y F28; y, más recientemente, crímenes arquetípicos de esta forma de violencia son relacionados con “ajustes de cuentas” entre bandas criminales o pandillas. El único estudio juicioso que se ha hecho sobre la problemática, del profesor Carlos Eduardo Rojas Rojas, publicado a mediados de los años noventa, define la “limpieza social” como:

“Un fenómeno fundamentalmente urbano y dirigido contra un espectro específico de personas que tienen en común el pertenecer a sectores sociales marginados y asumir comportamientos rechazados y considerados como peligrosos por los agresores. En efecto, sus víctimas han sido en lo fundamental delincuentes, recicladores, jóvenes y niños de la calle, homosexuales, prostitutas e indigentes, todos ellos caracterizados por sus victimarios como “elementos no aptos para convivir en sociedad”9.

Si bien tal afirmación fue rigurosamente documentada en la obra, hoy podríamos decir que es limitada. Por una parte, da a entender que existe un acuerdo en la sociedad, un sentido común, sobre lo que se considera indeseable o no apto para convivir, que en parte es producto de las prácticas y discursos de los propios agentes de la limpieza social. Hoy observamos que los panfletos amenazantes y su circulación tienen un efecto performativo al crear esa identidad negativa en personas, lugares, oficios, formas de ser y de pensar, que no corresponden con el ideal de sociedad que inspira la “limpieza social” y que por tal razón se convierten en sus blancos. Por tanto, esta parte de la hipótesis se mantiene.

Sin embargo, por otra parte, hoy sabemos que si bien dicha violencia continúa orientándose a aquellos que no se consideran “aptos para convivir en sociedad” por sus victimarios, tiene también un marcado sesgo político clasista, y que es ello lo que explica que se haya ensañado en contra de líderes populares y defensores de derechos humanos. Mejor dicho, nunca han estado claros los límites entre la “limpieza social” y la “guerra sucia”. Pero además, el “orden” por el que supuestamente vela esa práctica sólo se ve amenazado por personas de estratos bajos y de espacios urbanos marginalizados: por los pobres; es allí donde el robo, la prostitución, el consumo de drogas o, simplemente, el andar por la calle a horas no permitidas es castigado con la muerte. Que se sepa, la “limpieza social” nunca se ha orientado contra conductas o crímenes iguales o peores cometidos por individuos o grupos de sectores sociales acomodados.

En claro contraste con ese sesgo clasista, si hoy existe un “sentido común” dominante acerca de la “limpieza social” es que ésta ataca “únicamente” a las personas que “hacen daño”, a los “delincuentes”. Desde esta perspectiva, se supone que a un aumento en la percepción de inseguridad corresponde la emergencia o el aumento de la “limpieza social”. Tal hipótesis difícilmente se sostiene porque esa forma de violencia ha sido una constante en las últimas tres décadas y, como se mencionó, no está orientada únicamente contra “delincuentes”. No obstante, ese sentido común tiene importantes consecuencias prácticas.

Esa creencia, por ejemplo, puede hacer pensar a una persona que lea una crónica sobre la violencia en Cazucá10, que la “limpieza social” es propia de aquellos espacios donde el Estado ha fracasado o ha colapsado, que se constituye como una suerte de dispositivo de gobierno excepcional para aquellos espacios ingobernables. Tal vez eso permite tranquilizar las conciencias de quienes no habitan esos espacios y, a su vez, explique por qué muchas personas, que habitan lugares donde presuntamente el Estado opera, las leyes se cumplen y la violencia es una excepción, terminan por justificarla. Ello puede observarse si se ojean los comentarios que los panfletos merecen en las redes sociales virtuales.

Pero esto también indica que la “limpieza social” no está orientada solamente a los sujetos marginales o aquellos que se resisten a la imposición de una visión particular del orden, sino que también tiene un carácter aleccionador para el resto de la sociedad. Hace algunas décadas, en los inicios de esa práctica, cuando una persona acusada de delincuente era asesinada podría aparecer con algún letrero indicando “me mataron por ladrón” o algo por el estilo; un mensaje que no iba dirigido solamente a los “delincuentes”, sino a toda la sociedad. En otras palabras, la limpieza social ejemplifica, en el fondo, lo que a cualquiera que ose contrariar esa visión particular del orden puede pasarle. Nos dice que todos podemos devenir sujetos ingobernables, incluso sin necesidad de infringir la ley y el orden; basta con manifestar el desacuerdo o salir tarde más allá de la hora permitida; la definición de lo que significa un “delincuente”, un “desechable” o un “indeseable”, es potestad de quienes recurren a la “limpieza social”. No en vano, la queja más socorrida en contra de este tipo de violencia no es que sea inadmisible y criminal, sino que atente contra inocentes; el cambio visible es que ahora los mismos panfletos piden de antemano excusas si algo así llega a pasar. En suma, las horrorosas masacres para aleccionar poblaciones que han tenido lugar en este país tienen en la “limpieza social” de las ciudades un fenómeno análogo, de menor escala pero cuya lógica y fines son los mismos: aleccionar potenciales sujetos ingobernables.

Si tenemos en cuenta todos estos elementos de la “limpieza social” -su sesgo de clase, el hecho de que está orientada a aleccionar mediante el temor a cualquier potencial sujeto ingobernable, su persistencia en el tiempo y la legitimidad que aún así logra tener- es posible formular una hipótesis interpretativa más estructural.

Así, la limpieza social es un dispositivo de control, que no es excepcional ni se agota en su aplicación a las sociedades ingobernables, sino que contribuye al sustento ideológico y fáctico del orden social dominante. Se trata de un orden social que se sustenta, fundamentalmente, en el miedo y la inseguridad que él mismo produce; miedo e inseguridad frente a la “delincuencia”, pero también frente a lo que “nos puede pasar”. Un Estado cuya dirigencia ha sido incapaz de brindar oportunidades a la mayoría de la población joven y de reconocer en todas las personas la mínima dignidad de la ciudadanía tiene grandes dificultades para operar de otra forma.

No es de extrañar, entonces, el hecho de que sea justamente en este momento, mientras se adelanta un proceso de paz que en buena medida ha dejado sin piso el discurso de la “seguridad democrática” y su correlato, la inseguridad promovida por el “terrorismo”, que se incrementa la percepción de inseguridad y se disparan fenómenos como la “limpieza social”.

 

  1. http://www.elespectador.com/noticias/bogota/crecen-alertas-panfletos-de-limpieza-social-ciudad-boli-articulo-471780
  2. http://palabrasalmargen.com/index.php/articulos/item/paramilitarismo-y-bacrim-sobre-el-asesinato-a-carlos-enrique-ruiz?category_id=20
  3. http://www.elespectador.com/noticias/nacional/difunden-panfleto-amenazas-de-limpieza-social-antioquia-articulo-473721
  4. http://www.latarde.com/noticias/judicial/128736-panfleto-anuncia-limpieza-social
  5. http://www.radiosantafe.com/2014/02/25/reaparecen-panfletos-de-limpieza-social-en-colegios-de-ciudad-bolivar/
  6. Rojas Rojas Carlos Eduardo, La Violencia llamada limpieza social, Bogotá, 1996, p. 16. Disponible en: http://datoscolombianuncamas.org/images/abook_file/LA%20VIOLENCIA%20LLAMADA%20LIMPIEZA%20SOCIAL.pdf
  7. Ver: Fernández Carlos H y Otero Bahamón Silvia, “Panfletos y limpieza social. Efectos mortales y no mortales”, en Cien Días 67, (2009).
  8. Rojas, Op. Cit., p. 17.
  9. Ibíd., p. 24.
  10. Por ejemplo, http://www.elespectador.com/noticias/bogota/pasamos-noche-cazuca-y-descubrimos-opera-limpieza-socia-articulo-477668