Susana Barradas

* Susana Barradas

Doctora en Psicología de la Universidad de los Andes, Colombia. Psicóloga y Magíster en Psicología de la Salud de la Universidad de Lisboa, Portugal. Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Externado de Colombia. Integrante del grupo de investigación EpiAndes de la Universidad de los Andes. Sus intereses de investigación son la Psicología de la Salud, la Salud Pública, la Promoción de la Salud y los Estudios sobre pobreza y desigualdades en salud

Las nuevas denuncias públicas sobre abusos de carácter sexual en TransMilenio indignaron a los bogotanos. Dichos contratiempos, sumados a los problemas de retrasos en las rutas, sobre-ocupación y congestión del servicio, infraestructura vial insuficiente, inseguridad por robos constantes e incluso la creciente accidentalidad que involucra a los articulados, fueron recibidos como la gota que rebasó la cop

Aunque las cifras varían un poco según la fuente, para el año 2013 se denunciaron 106 casos de acoso sexual, y en lo que va corrido del año, al menos 10 mujeres han reportado abusos similares1. Adicionalmente, el Boletín Mujeres en Cifras realizado por la Secretaría Distrital de la Mujer reporta que más del 64% de las agresiones contra las mujeres dentro del transporte público urbano son de tipo sexual, y que de esas agresiones cerca del 58% ocurrieron dentro del sistema TransMilenio2. La problemática es de tal dimensión que fueron puestos al descubierto blogs en los cuales los acosadores brindaban sugerencias sobre cómo practicar el “manoseo” en TransMilénio3, en una absurda afrenta a la ciudadanía y desprecio por cualquier pauta de actuación.

Ahora bien, la solución adelantada por la alcaldía (i.e., la creación de vagones exclusivos para mujeres) puede ser rescatable hasta cierto punto, es decir, nadie duda que la medida conlleve a una disminución de los casos de acoso en el interior del sistema, así como al aumento de la seguridad en los desplazamientos. No obstante, dicha estrategia falla en no dar respuesta a la verdadera problemática detrás del acoso: la discriminación intencional hacia la mujer, con orígenes claros en el arraigado machismo de nuestra sociedad. En este caso, la habilitación de “vagones rosados” quizás sea funcional como medida paliativa, pero no representa una solución real al problema. En otras palabras, se logran atacar las consecuencias pero no sus causas primarias.

Precisamente por esto, a mi juicio, es de extrañar la posición tomada por el Consejo Consultivo de Mujeres de Bogotá, al considerar esta medida como una “acción afirmativa para reconocer el derecho a una vida libre de violencias”4. Si bien no se puede negar que se trata de una acción de ese tipo, también es posible pensar que dicha determinación (con futuros desenlaces a nivel de política pública) encierra en sí misma la aceptación tácita de actitudes sexistas. En tal caso, el mensaje que le subyace sería el de que, dada la incapacidad de la sociedad para transformar los roles tradicionales de género (y que se ven reflejados en la actuación de algunos ciudadanos), la enmienda pasaría por la puesta en práctica de mecanismos compensatorios, basados en una discriminación de tipo positivo y que, en últimas, representan en su esencia una forma de segregación.

Por otra parte, resulta difícil pensar que los casos de acoso sexual en TransMilenio sean independientes de otras formas de violencia (física y psicológica) que sufren a diario las mujeres. Claramente, dichas situaciones no pueden ser desvinculadas de la estructura social altamente patriarcal en la que vivimos, de las representaciones sociales de género existentes, de los imaginarios con los que cohabitamos y en los cuales la mujer figura como un ser sumiso. De manera similar, es posible relacionarlo con la opresión histórica y desvalorización social a que reiteradamente la misma ha sido sometida.

Llegados a este punto, vale la pena rescatar algunas ideas de Hannah Arendt acerca del espacio público5, en tanto las mismas contienen elementos valiosos para pensar el proyecto piloto que aquí se discute y las implicaciones que trae consigo. En el ideario de la autora, el espacio público, es aquél en el cual los ciudadanos pueden aspirar a su libertad. El espacio público para Arendt presupone así la libertad de aquellos que lo habitan, la cual deriva abiertamente de la participación democrática en ese contexto. Ese espacio, pensado aquí como categoría política y no meramente como el conjunto de lugares físicos compartidos por determinada comunidad o grupo de personas, figura así como la “garantía contra la futilidad de la vida individual”5, además de ser un lugar que sólo comprende iguales.

Ahora bien, dos afirmaciones importantes derivan de los supuestos de Arendt. La primera, que una medida como los “vagones rosados” resulta en un claro empobrecimiento del lugar en lo público que ocupan las mujeres. Asimismo, a partir del concepto de libertad, entendido aquí como la participación de los ciudadanos en el espacio público, los vagones preferenciales resultarían en una disminución de la autodeterminación de las usuarias del sistema de transporte. En esta medida, se podría también enunciar que las posibilidades de transformación de la esfera pública y la resolución de dificultades en ese ámbito estarían reducidas, al estar de cierta forma restringida la acción y la participación al interior de la misma.

En segundo lugar, la resolución de que se ha venido hablando puede ser entendida como una pretensión de restricción del espacio público, a partir de la cual se asignan lugares y modos de ser. De ese ordenamiento resulta la imposibilidad de concebir el espacio público como un lugar de libre movilidad, y en el que ocurre el desarrollo de la libertad humana; restando a ese espacio su función liberadora.

Para superar dichos percances, es apremiante una solución de carácter integral y de largo plazo y, en esa medida, quizás diferente de la que se está proponiendo. La respuesta a esta materia debe contemplar acciones combinadas, que incluya indiscutiblemente determinaciones políticas, pero también cambios de tipo social y cultural. Más aún, el derecho de las mujeres a una vida libre de agresiones nos concierne a todos como ciudadanos (por ejemplo, a través del ejercicio de control social informal6) ya que lo contrario, es decir, una actitud de indiferencia, únicamente puede contribuir para la invisibilización del problema.

Para terminar, la acción afirmativa adelantada, al concebir lo público como una forma de administración de cuerpos y de espacios, no es suficiente y es en si misma contradictoria para la superación de las violencias hacia la mujer, incluyendo el de acoso en el sistema de transporte público de nuestra ciudad.

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1http://www.eltiempo.com/colombia/bogota/abuso-sexual-en-transmilenio_13491998-4
2http://www.sdmujer.gov.co/index.php/2-uncategorised/176-mujeres-viajan-seguras-en-transporte-masivo-en-bogota
3http://www.noticiasrcn.com/nacional-bogota/transmilenio-denuncia-portales-promueven-el-acoso
4http://www.sdmujer.gov.co/images/pdf/comunicado_ccm-plan-piloto_transmilenio.pdf
5Arendt, H. (1958). The Human Condition. Chicago: The University of Chicago Press.
6Horton, P. & Hunt, C. (1976). Sociología. USA: McGrawHill.