Omar Ramírez

* Omar Ramírez

Ingeniero Ambiental y Sanitario, Especialista en Evaluación del Impacto Ambiental para Proyectos, Magíster en Sistemas Ambientales Humanos, Magíster en Tecnología Ambiental y estudiante de doctorado. Actualmente es docente universitario y consultor ambiental. Sus áreas de investigación son ecología política, impactos ambientales, percepción ambiental y calidad del aire.

Actualmente el departamento de Casanare enfrenta un desastre ecológico al ver morir, por la escasa disponibilidad de agua superficial, a más de 20 mil especies entre chigüiros, tortugas, venados, reptiles, peces, ganado vacuno, entre otras. Es un desastre, sin lugar a dudas, no sólo por la pérdida de biodiversidad y el sufrimiento de los animales, sino por el riesgo sanitario que representa la descomposición de todos estos especímenes para las poblaciones cercanas.

Expertos de diversas áreas han querido caracterizar este fenómeno como una consecuencia directa de las extremas condiciones climáticas de los últimos meses. Esto resulta razonable considerando las altas temperaturas registradas, el hecho de que desde finales de 2013 no llueve en la región y la evidencia histórica de la existencia de intensos periodos de sequía en el departamento. No obstante, sorprende la forma como el argumento climático es utilizado como único agente responsable de tal problemática.

Fieles a nuestra idiosincrasia religiosa y a nuestra costumbre de delegar toda responsabilidad social, este tipo de explicaciones descuida un sinnúmero de eventos antrópicos que, de acuerdo a sus particularidades y a las características de sus procesos, aportan elementos para agudizar los niveles de escasez de agua superficial. Acusar de nuestras angustias a eventos de los cuales tenemos un mínimo control, como los fenómenos climáticos, se ha convertido en una amoldada práctica de ciertos sectores de la sociedad al momento de buscar culpables de las tragedias ambientales enfrentadas.

Ahora bien, acá no se trata de negar la evidente influencia del clima en la existencia de reservorios de agua en Casanare, eso sería ingenuidad. Pero sí es importante señalar que los efectos de las variaciones climáticas se ven amplificados o minimizados según los niveles de actuación de la sociedad. Esto quiere decir que es plausible pensar que las dinámicas de intervención territorial (históricas y actuales) han creado un escenario que, en este caso, incrementa la vulnerabilidad de los ecosistemas para no retener agua superficial, lo que genera la desaparición de espejos de agua y fuentes hídricas en general.

Una de las principales actividades que contribuye en este sentido es la deforestación. El retiro de áreas boscosas conlleva desequilibrios de los balances hídricos locales y regionales, pues los niveles de retención de agua y almacenamiento de humedad se ven afectados. La ganadería extensiva, acostumbrada a proyectar las áreas rurales como extensos horizontes libres de árboles, sin duda ha favorecido el incremento de los niveles de deforestación del departamento. Es así como del total de la superficie de uso del suelo de Casanare en 2008 (3.998.185 Ha), el 89% estaba dedicada a uso pecuario (3.557.129 Ha) y tan sólo el 6% tenía presencia de bosques (243.807 Ha)1.

Ciertas actividades agrícolas aportan lo propio a los procesos de deforestación. Es importante recordar que en 2004 “Casanare alcanzó el pico más alto de crecimiento del área arrocera. De 38.576 hectáreas en 1999 pasó a 86.618 hectáreas sembradas”2. Junto al cultivo de arroz figuran otros como la palma de aceite, la cual ocupaba 14.710 Ha en el departamento en 2008. Esta dinámica agrícola genera consecuencias ambientales de diversa índole, entre las que figura la destrucción de bosques riparios y el desecamiento de humedales.

Pero los proyectos de inversión en este departamento no se limitan al ganado y al agro. También figuran diversas actividades de extracción de recursos minero-energéticos como minerales no metálicos (arena, arcilla y grava) y petróleo, los cuales ocupan un importante renglón de la economía regional. Es así como a finales de 2013, Casanare ocupaba el segundo lugar del escalafón de producción de petróleo del país, abarcando poco más de 17% del total nacional3, donde los campos Rancho Hermoso, Pauto Sur Piedemonte, Las Maracas, Cupiagua y Curito ejercían un marcado liderazgo.

Estas actividades, además de tantas otras que se pueden enlistar, generan fuertes intervenciones territoriales y demandan grandes cantidades de agua que, en conjunto, alteran la dinámica hídrica del lugar, lo que a su vez genera las condiciones para que los efectos climáticos (hoy sequías, mañana quizás inundaciones) sean más intensos. Todas estas intervenciones, principalmente los proyectos a gran escala, generan perturbaciones en los ecosistemas, especialmente cuando sus actividades incluyen hacer detonaciones para pozos petroleros, desviar caudales de ríos, intervenir humedales, retirar la cobertura vegetal, entre otras. En este orden de ideas, ¿es posible eximir de responsabilidad a alguna actividad extractivista por el panorama que vive Casanare? ¿Qué certeza se tiene para afirmar, como lo hizo la directora del Instituto Humboldt Brigitte Baptiste4, que la actividad petrolera “no está relacionada con la sequía” cuando se estima que un solo pozo de fracturación hidráulica (técnica utilizada en campos de este departamento) puede consumir un promedio de 15 millones de barriles de agua5? Es difícil lanzar este tipo de afirmaciones cuando se está analizando una problemática compleja, cuando efectivamente se están adelantando intensas transformaciones sobre el territorio con consecuencias ambientales a corto, mediano y largo plazo fuertemente interconectadas, cuando aún no hay estudios que evalúen los impactos ambientales acumulativos y sinérgicos de la región y, fundamentalmente, cuando vivimos en un Estado con muy baja capacidad y voluntad política para monitorear y hacer el seguimiento al cumplimiento de las medidas de manejo ambiental, consignadas en los estudios de impacto ambiental de cada uno de estos proyectos.

Lo anterior quiere decir que más allá de las condiciones climáticas extremas (lo cual es incuestionable), la problemática de fondo que se tiene que discutir es la forma como se está planificando el desarrollo en esta región del país y su relación con los niveles de vulnerabilidad a eventos como la sequía. Es claro que ante las lógicas extractivistas de los últimos gobiernos nacionales y en medio de un modelo económico neoliberal que sólo ve a la naturaleza como una gran despensa de bienes mercantiles susceptibles de explotación, las áreas boscosas, los humedales, las fuentes hídricas y la biodiversidad no están siendo incorporadas como elementos centrales en los procesos de planificación del territorio.

Así, es indispensable que Casanare, como tantas otras regiones del país, deje de verse únicamente como un espacio abierto a la extracción de recursos naturales sin mayores beneficios en la calidad de vida de sus habitantes y sin ninguna garantía de sostenibilidad de sus áreas naturales. La conservación de la biodiversidad y los ecosistemas es fundamental para este departamento y, para avanzar en este camino, es importante entender que la configuración e intervención de los territorios traen consecuencias con el potencial de acentuar los efectos climáticos sobre el agua y otras especies.

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1Rodríguez-Becerra, M. (Dir.)(2009). La mejor Orinoquía que podemos construir. Bogotá: Corporinoquia, Universidad de Los Andes, Foro Nacional Ambiental, Fescol Colombia, p. 51.
2Ibid, p. 38.
3Banco de la República (2014). Boletín económico regional. IV trimestre de 2013. Suroriente. Disponible en: http://www.banrep.gov.co/sites/default/files/publicaciones/archivos/ber_suroriente_tri4_2013.pdf
4Ver: http://noticiasunolaredindependiente.com/2014/03/22/secciones/que-tal-esto/petroleras-serian-responsables-de-la-mortandad-animal-en-casanare/

5Ver:http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/cristianvalencia/mas-petroleo-menos-agua-cristian-valencia-columnista-el-tiempo_13719421-4