Edwin Cruz Rodríguez

* Edwin Cruz Rodríguez

Politólogo, especialista en Análisis de políticas públicas de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia, candidato a doctor en Estudios políticos y relaciones internacionales e integrante del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas de distintos países. En 2011 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo sobre América Latina (categoría estudiante de doctorado) del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá

El tedio

Hasta bien entrada la campaña presidencial predominó lo que bien podría denominarse el “síndrome Peñalosa”: los candidatos y candidatas se contentaban con posar de estadistas para las fotografías, dar respuestas preconcebidas a cuanta pregunta se les formulaba y esquivar cualquier interrogante político que se les planteara. Paradójicamente, quienes pretenden ocupar la presidencia de la república optaron en un primer momento por manejar un discurso apolítico.

Produce desazón pensar siquiera que en un país que lleva tanto tiempo en medio de una cruenta guerra, hasta la defensa de la paz deba revestirse con un ropaje seudotécnico expresado, por ejemplo, en el hecho de que quien hace las veces de pacificador tenga que recurrir al cálculo de los gastos monetarios que se evitarían si se acaba con la guerra, los cuales finalmente se podrían invertir en otros rubros. Es increíble que la paz no sea en sí misma un argumento político de peso.

Empero, resultaba una situación comprensible, si se tiene en cuenta que cuatro de los cinco candidatos en contienda tienen en común sus deseos y sus miedos, entre otras cosas, pues hasta hace muy poco compartían una agenda y unos intereses, en el marco del anterior gobierno.

La gran prensa no demoró en resaltar el aburrimiento de la campaña. Pero sus notables lamentos, que llegaron hasta echar de menos aquellos “gloriosos” tiempos del “caudillo” que presuntamente fue capaz de representar el “sentimiento nacional” del “odio hacia las Farc”, no consiguieron politizar el proceso. Por el contrario, y como ya es bien sabido, en lugar de enriquecerse con un debate político que habría honrado estos dos siglos de “inquebrantada institucionalidad” de los que muchos aún se enorgullecen, la campaña electoral cayó en una degradación nunca antes vista.

La repugnancia

Algunos analistas han comparado el clima de “polarización” que se ha presentado, luego de las mutuas acusaciones comprendidas en lo que alguien denominó la “guerra sucia”, con el período precedente a La Violencia. Es cierto que lo que condujo a esa época de barbarie también estuvo alimentado por intereses oscuros, en contra de la modificación del statu quo sobre la propiedad de la tierra, por ejemplo, pero en aquél entonces los cabecillas de los partidos tradicionales tenían al menos la decencia de recubrir tales intereses con encandilantes retóricas políticas.

A juzgar por esa cierta “traquetización” de las campañas electorales, en donde los candidatos que puntean en las encuestas buscan a cualquier precio mostrar que el otro es peor en lugar de expresar su propia idoneidad, la política colombiana llegó definitivamente a su fin con la hipocresía de los poetas presidentes.

El estado actual de la campaña no sólo provoca repugnancia, sino también miedo. Un miedo que se proyecta como incertidumbre al futuro pero también como memoria, ésa que aún está refundida en el olvido, del pasado reciente. Los únicos sectores políticos decentes, en el sentido estricto del término, es decir, con un proyecto colectivo de país, han quedado rezagados y ahora son chantajeados en nombre de la hipotética y necesaria paz del futuro. Todo indica que los avances del proceso de paz en La Habana justifican ese temor a un eventual retorno de lo que aún no terminamos de salir.

Los candidatos se acusan mutuamente de atentar contra la “institucionalidad”. Sin embargo, si hubiese que extraer algo positivo de esta situación, habría que decir que gracias al antagonismo entre quienes antes eran tan amigos, por lo menos ha salido a la luz pública parte de la cloaca en que tan mentada “institucionalidad” se convirtió en la última década. Si no existiera ese antagonismo aún no se sabría cuál ha sido el modus operandi de quienes pretenden dirigir las “instituciones”. Quizás ésa sea la moraleja que los electores y las electoras deberíamos tener en cuenta el próximo domingo.

La elección

La paz está en el centro de la elección. El que esa predicación se haya convertido en un cliché, cuando no en slogan de campaña, no le quita su verdad. Sin embargo, es evidente que la paz no puede estar amarrada a un candidato particular, y menos cuando hay opciones mejores para elegir.

No es posible construir la paz con el tipo de política, si es que se puede denominar así, que predomina hoy en el país, no sólo aquella de la “guerra sucia”, sino también la política contraevidente de aquellos candidatos y candidatas que se esfuerzan vanamente en mostrarse distintos a todo lo que les es esencial, denunciando a boca llena la malignidad de quienes los vieron crecer y les enseñaron todo lo que saben. Ambas constituyen formas de política sin política, si con esa palabra aún queremos designar la formación de sujetos colectivos sustentados en proyectos vinculantes.

Incluso si se reduce a un problema formal, la paz requiere instituciones capaces de procesar los conflictos sociales como antídoto frente al uso político de la violencia. Todo lo contrario a lo que nos muestra la degradada campaña electoral, donde las instituciones se han convertido en un medio para conseguir fines particulares de los bandos en contienda: instituciones de control politizadas, sectores de las Fuerzas Armadas instrumentalizados y manipulados, etc.

En fin, la construcción de la paz no sólo requiere la suspensión de la violencia o la voluntad de un candidato, sino también mucha, mucha política.