Andrés Fabián Henao

* Andrés Fabián Henao

Profesor Asistente del Departamento de Ciencia Política de la University of Massachusetts Boston. Doctor en Ciencias Políticas de la University of Massachusetts Amherst. Magíster en Filosofía y Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Tiene como áreas de trabajo la teoría política contemporánea, la tragedia Griega, la relación entre la teoría política y la literatura y los problemas de membresía política, democracia y agencia en el contexto actual de la globalización y el capitalismo tardío. Actualmente trabaja sobre la tragedia de Antígona, donde ofrece una lectura alternativa de la agencia política que tienen los inmigrantes indocumentados en su capacidad de cuestionar los límites de la democracia y las condiciones actuales de su membresía política, a partir de una reinterpretación del texto de Sófocles. Ha recibido becas de investigación en la Universidad de Massachusetts, Amherst y en la Universidad Nacional de Colombia, donde publicó Paramilitarismo, Desmovilización y Reinserción. La Ley de Justicia y Paz y sus implicaciones en la Cultura Política, la Ciudadanía y la Democracia en Colombia, con el profesor Oscar Mejía Quintana

Mientras lo máximo se ha hecho del sufrimiento judío, lo mínimo ha resultado del sufrimiento árabe palestino
(mi traducción de Edward Said, “The Palestinian Experience” [1970])

La guerra del 2014, después de las de 1947-9, 1950s, 1956, 1967, 1972, 1987-91, 1994, 2000s, 2008-09…

En una conferencia de prensa que tuvo lugar el pasado 6 de agosto —dos días después de que Hamas aceptara un acuerdo inicialmente discutido sin su participación el 15 de julio entre la dictadura militar de Egipto y el gobierno de Israel (los dos gobiernos que reciben el mayor apoyo militar por parte de los Estados Unidos)— el primer ministro de Israel Benjamin Netanyahu hizo la siguiente cínica afirmación:

“Hamas rechazó la propuesta de cese al fuego de Egipto del 15 de julio. Ahora quiero que sepan que para ese momento el conflicto solo había reclamado alrededor de 185 vidas. Solo hasta este lunes por la noche Hamas finalmente estuvo de acuerdo con ese misma propuesta, que se hizo efectiva el día de ayer en la mañana. Eso quiere decir que 90% de las muertes en este conflicto habrían podido ser evitadas si Hamas no hubiera rechazado entonces el cese de fuego que acepta ahora. Hamas debe ser considerado responsable por la trágica perdida de vidas” (mi traducción).

El discurso de Netanyahu es ejemplar de la nueva economía de poder, en donde las diferencias solo importan como parte del lenguaje de la guerra en servicio de la ocupación y del exterminio del “otro”. De ahí que Netanyahu evitara hacer referencia a las múltiples violaciones, por parte del Estado de Israel, a los acuerdos firmados con el cese al fuego de noviembre del 2012. De ahí también que se refiriera a las víctimas no por sus nombres sino mediante la abstracción de indicadores porcentuales y con eufemismos, como cuando habla de vidas cuya “pérdida” califica de “trágica”1, como si fuera el destino, más allá de la voluntad humana de accionar los misiles, el que reclama su sacrificio. Esa diferencia no es importante, como tampoco es importante la diferencia, todavía más fundamental, que se refiere a la continua y creciente apropiación ilegal de territorios palestinos sin pausa desde la creación del Estado de Israel en 19482. De modo que si el gobierno de Israel asesina principalmente a civiles, la responsabilidad es de Hamas por guardar sus misiles en hospitales, colegios y mezquitas. Poco importa que haya sido el gobierno de Israel el principal opositor a la construcción de un espacio apropiado en el cual guardar equipo militar y entrenar fuerzas armadas en Palestina, un derecho que tiene toda nación internacionalmente reconocida como tal, como sucede con Palestina. Si el gobierno de Israel asesina indiscriminadamente a civiles, la responsabilidad es solo de Hamas, por no firmar un acuerdo del que Hamas solo se enteró por la prensa, porque ni siquiera fueron convocados a la mesa de Cairo en julio. La responsabilidad no es, por supuesto, de quien acciona los misiles, ni mucho menos de quien provee les armas.

Y si alguien escribe un texto como este, un texto que trata de visibilizar los horrores de esta guerra y de la nueva economía de poder que ella articula, esa persona es inmediatamente calificada de anti-semita. Poco importa que la absurda equivalencia entre, por un lado, la resistencia del pueblo palestino a existir contra la lenta pero efectiva exterminación sionista y, por otro lado, el fantasma totalitario del genocidio judío en versión árabe, haya sido denunciada incluso antes de que Edward Said lo hiciera de manera explícita en “La experiencia Palestina”, artículo publicado en 1970 después de la batalla de Karameh en Marzo de 19683. Tampoco importa que, como lo afirmó Noam Chomsky, toda la comunidad internacional, con la exclusiva excepción de los Estados Unidos, esté de acuerdo con que la ocupación es ilegal y constituye un serio crimen internacional por parte del Estado de Israel4. No es sorprendente, por lo tanto, que no habiendo acabado de firmar el cese al fuego en el que Israel se comprometía, entre otras cosas, a aliviar el bloqueo, ya el domingo siguiente Israel anunciaba que se preparaba para expropiar 400 hectáreas adicionales de territorio palestino en el área de Bethlehem al sur de la ribera occidental.

De la biopolítica a la necropolítica

Esto quiere decir que Israel continuará apropiándose del territorio palestino mediante la confiscación ilegal de su tierra y en violación a los derechos internacionales a los que se ha comprometido. Cuando el pueblo palestino resiste, porque ya no soporta lo que implica diariamente la ocupación—la imposición de puestos de control, los excluyentes sistemas de permisos, el muro, las bases militares, los buldócer destruyendo sus hogares, la destrucción de todo aquello que sostiene la vida, desde los sistemas de comunicación y los transformadores de electricidad hasta las plantas de tratamiento de agua y el equipo médico, etc.—, Israel aplica lo que Naomi Klein (2007) denominó la “doctrina de la conmoción”, un intensivo asesinato de civiles, suficiente para garantizar la continuidad lenta del despojo en silencio. El objetivo de la “doctrina” ya no es solo el de implementar duraderas políticas de carácter neoliberal, como sucedió en Chile en 1973, el objetivo es el de garantizar la continua expropiación del territorio palestino y el lento pero efectivo exterminio de su pueblo. Eyal Weizman (2011, p. 86) califica la forma de asesinato que sigue la “doctrina de conmoción” como “casi-Malthusiana”, pues opera mediante el control Israelita de las condiciones que garantizan la reproducción de la vida en Palestina y que significan la muerte por efecto de causas que podrían fácilmente evitarse: resultado de impedir la entrada de los purificadores de agua, el acceso a la vitamina B12, o el traslado de pacientes para recibir tratamiento médico adecuado, por ejemplo. Luego no sorprende que sea precisamente la ocupación neocolonial de Palestina el caso paradigmático de la necropolítica contemporánea en el ensayo en el que Achille Mbembe (2000) acuñó por primera vez el término.

De cara a la “muerte lenta” a la que son sometidos los palestinos —cuyas raciones alimentarias son incluso controladas por la milicia israelí, que ha identificado incluso una fórmula matemática con la cual determinar el límite temporal a partir del cuál los palestinos comienzan a morir de hambruna por efecto de la reducida dieta calórica provista por Israel, límite que llaman “espacio para respirar”—Mbembe consideró el término de biopolítica —inicialmente acuñado por Michel Foucault durante sus lecciones en el Collège de France en los años 1975-1976 y luego popularizado por Giorgio Agamben con la publicación del Homo Sacer en 1995— insuficiente. Foucault utilizó el término biopolítica para describir una tecnología del poder que nació en el siglo XVIII y cuya lógica era contraria a la de la soberanía clásica. Mientras el poder soberano opera bajo la lógica, “hacer morir, dejar vivir”, la biopolítica opera bajo la lógica, “hacer vivir, dejar morir”. Se trata ya no del Estado que produce la muerte mediante sus aparatos punitivos, sino del Estado que controla la reproducción de la vida mediante sus políticas de bienestar (higiene pública, natalidad, longevidad, etc.). La contradicción interna entre ambas tecnologías llevaría a la invención del campo de concentración durante el totalitarismo del siglo XX, en donde, mediante el suplemento ideológico del racismo, la producción vital de la raza aria se ligaría a la exterminación total de la raza judía. El concepto de necropolítica modifica el acento en el seno de la tecnología biopolítica, en donde lo central no es ya el “hacer vivir” sino el “dejar morir” en la forma de fabricar las condiciones que garantizan la “muerte lenta” del “otro”; el exterminio de los palestinos mediante el racionamiento mortal de sus condiciones de vida y la anexión ilegal de sus territorios por parte del Estado de Israel.

La nueva economía del “mal menor”

Foucault no ha sido el único que ha visto cómo sus categorías ya no nombran a la víctima sino al perpetrador. Así también sucedió cuando Eyal Weizman (2011, p. 9), en un excelente análisis de las intervenciones humanitarias en la guerra de hace 5 años en Gaza, propuso el “mal menor” como el nuevo idioma con el cual reemplazar la “banalidad del mal” (Hannah Arendt [1963]) a la hora de describir “las más extremas manifestaciones de violencia” actuales. El “mal menor” hace referencia al necrocálculo de la destrucción humana en la lógica contemporánea de la guerra, en donde el sufrimiento de la víctima aparece ya incluido en la ecuación, en donde la guerra se mide “no solo por el daño que produce, sino también por el daño que supuestamente previene e incluso en relación con las medidas más brutales que restringe” (mi traducción, ibíd.). En otras palabras, lo que ahora dicta la destrucción de vidas civiles es el propio esfuerzo por minimizar esa misma destrucción, una lógica de poder que incluye la creciente proximidad entre organismos militares y organizaciones defensoras de derechos humanos y la infame definición de un número exacto de víctimas civiles, 29, a la hora de identificar el “daño colateral” tolerable para el imperio al momento de aprobar un bombardeo. En efecto, fue Arendt quien primero identificó el modo en que el “mal menor” condiciona “a los oficiales del gobierno y a la población en general, a la aceptación del mal como tal (…) A nivel político, la debilidad de dicho argumento siempre ha sido que aquellos que escogen el mal menor olvidan muy rápidamente que escogieron el mal” (Arendt, citada en Weizman 2011, p. 27). En esta nueva economía del mal menor la observación de Said sigue resonando, el sufrimiento de unos sigue siendo más importante que el sufrimiento de otros. La guerra que antecedió a éste (diciembre de 2008-enero de 2009) significó la muerte de 1,400 personas y la destrucción de 15,000 edificios en Gaza. No significó sanciones internacionales para el Estado de Israel, ni reducción alguna en el apoyo militar que siguió recibiendo de parte de los Estados Unidos, ni modificación alguna en su necropolítica de anexión territorial. Esta guerra significó más muertos y más edificios destruidos, y no pasaron más de cinco días cuando ya Israel anunció las próximas anexiones. Más aún, el gran beneficiario económico de la destrucción será el propio estado de Israel, pues es quien continúa controlando el acceso de materiales a Gaza y que se lucrará de la propia destrucción que protagonizó pues será el principal acreedor en la reconstrucción. En esta nueva economía del poder, la crítica y el conflicto aparecen ya anticipados en el cálculo de la destrucción, uno que alterna entre la muerte intensa del genocidio y la muerte lenta de la ocupación.


Literatura consultada
Agamben, Giorgio. [1995] 1998. Homo Sacer. Sovereign Power and Bare Life. Stanford: Stanford University Press.
Arendt, Hannah. [1963] 1995. Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil. New York: Penguin.
Azoulay, Ariella. 2011. From Palestine to Israel: A Photographic Record of Destruction and State Formation, 1947-1950. London: Pluto Press.
Azoulay, Ariella y Ophir, Adi. 2012. The One-State Condition: Occupation and Democracy in Israel/Palestine. Stanford: Stanford University Press.
Chomsky, Noam y Pappé, Ilan. 2010. Gaza in Crisis: Reflections on Israel’s War Against the Palestinians. Chicago: Haymarket Books.
Farsakh, Leila. 2005. Palestinian Labour Migration to Israel: Labour, Land and Occupation. New York: Routledge.
Foucault, Michel. [1975-1976] 2003. “Society Must Be Defended:” Lectures at the Collège De France 1975-76. New York: Picador.
Haas, Amira. 1996. Drinking the Sea at Gaza. New York: Henry Holt and Compayn.
Klein, Naomi. 2007. The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism. New York: Picador.
Mbembe, Achille. 2003. “Necropolitics.” Public Culture 15: 11-40.
Said, Edward. [1970] 1995. The Politics of Dispossession: The Struggle for Palestinian Self-Determination, 1969-1994. New York: Vintage.
Weizman, Eyal. 2011. The Least of All Possible Evils: Humanitarian Violence From Arendt to Gaza. New York: Verso.

Fuentes electrónicas consultadas
Al Jazeera (http://www.aljazeera.com/)
Alakhbar (http://english.al-akhbar.com/)
Democracy Now (http://www.democracynow.org/)
Israeli Occupation Archive (http://www.israeli-occupation.org/)
Ma’an News Agency (http://www.maannews.net/eng/)
The Noam Chomsky Website (http://www.chomsky.info/)
The Electronic Intifida (http://electronicintifada.net/)

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1Hace muchos años Edward Said advirtió sobre este recurso sionista a la palabra ‘tragedia’: “la palabra ‘tragedia’ surge con empalagosa frecuencia [en la así llamada visión realista defendida por el sionismo]. El argumento dice así, mientras que los judíos tienen un indiscutible derecho a lo que tan laboriosamente se han ganado, es una tragedia que un millón y medio de árabes, inocentes de anti-semitismo europeo, tengan que ser uno de los costos de semejante empresa. Ese es el material de la tragedia, pero la vida debe continuar. La razón y la negociación no deben prevalecer (…) La tragedia no es una idea semita, mucho menos una idea universal. Aún más, la visión trágica es estática, inapropiada para las dinámicas de la acción política actualmente en vigor y experimentadas en vida. Si hubiera una tragedia, esta sería parte del pasado semita común y su sufrimiento a menos de Occidente: los judíos durante la segunda guerra mundial, los árabes en palestina, desalojados por el poder del sionismo apoyado por Occidente. Sin embargo, la realidad de Palestina continúa, y requiere acción no sufrimiento trágico” (mi traducción de Edward Said, “The Palestinian Experience” en The Politics of Dispossession).
2Otra diferencia que tampoco tiene importancia se refiere al estatus de los muertos. Después de 50 días de bombardeo indiscriminado en Gaza —con el reciente acuerdo de cese al fuego que entró en vigor desde el martes 26 de agosto— el costo en vidas para Palestina ha sido de 2142 personas, entre las cuales se cuentan 490 niños. El costo en vidas para Israel es de 69 personas, entre las cuales se cuentan 64 soldados. No importa que la gran mayoría de víctimas palestinas sean civiles mientras la mayoría de víctimas en Israel son soldados. Tampoco importa la enorme diferencia en la capacidad destructiva de ambas naciones, principalmente como resultado del apoyo militar que el ocupante recibe de parte de los Estados Unidos, que envió cerca de 1 billón de dólares para la construcción de los domos con los que Israel habría de protegerse de los misiles de Hamas, mientras al mismo tiempo Israel atacaba con misiles a Gaza totalmente carente de protección alguna. Para profundizar ver las fuentes electrónicas consultadas.
3Dicha batalla constituyó, para Said, el “evento” que supuso una verdadera discontinuidad política en la historia del conflicto. Por primera vez en Karameh el refugiado tenía otra alternativa, la de la resistencia, a la hora de confrontar la experiencia de periferia y aislamiento que constituían, para Said, los principales vórtices del estatus ontológico del pueblo Palestino desde la dominación neo-colonial del estado de Israel en 1948. Para un análisis más detallado de esta historia ver Azoulay y Ophir (2012).
4Esta situación ha llevado a establecer paralelos entre esta guerra de exterminio y el apartheid en Sudáfrica, otro caso en el cual toda la comunidad internacional se oponía con la exclusiva excepción de los Estados Unidos. Como Chomsky lo señaló el 11 de agosto en Democracy Now, la diferencia radica en que el Estado racista sudafricano dependía del trabajo de aquellos que sometía pero no sucede así con el Estado de Israel que no depende de los trabajadores palestinos. Para una lectura más detallada ver Farsakh (2005) y Chomsky y Pappé (2010).