Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

Nunca me cansaré de sentir rabia por la mentalidad clasista y xenófoba que ronda en la opinión pública de Colombia. El relato es el mismo de siempre y tiene que ver con la negativa de nuestras clases acomodadas de ceder ni siquiera a una milésima parte de sus privilegios –no sólo económicos, sino también simbólicos, culturales y territoriales-.

El relato es el siguiente: el alcalde de Bogotá quiere esta vez usar terrenos – y con seguridad los más valiosos del país- para construir viviendas de interés prioritario. Los terrenos que pertenecen al IDU están ubicados en zonas donde habitan personas de los más altos privilegios en Colombia –un arriendo en un apartamento en esos lugares puede costar casi 10 millones de pesos y si queremos comprarlo costaría 2 mil millones de pesos o incluso mucho más-. Las preguntas que surgen inmediatamente en las editoriales de todos los periódicos de circulación nacional y en Semana son las siguientes: ¿Qué tipo de medida es esa? ¿Nos encontramos con un alcalde resentido que quiere perturbar a las clases acomodadas? O ¿Simplemente el alcalde quiere, como es de costumbre, hacer medidas improvisadas para demostrar su incapacidad de gerencia sobre una ciudad que requiere medidas mucho más pensadas?

Las respuestas que nos brindan columnistas y la editorial nacional de Semana, titulada “El populismo VIP de Petro”1, las encontramos en dos niveles. El primero de ellos consiste en la opinión de los habitantes de las zonas. Para estas distinguidas personas tal medida representaría el acrecentamiento de la inseguridad del lugar y quizás mezclaría, de una forma no apropiada, el alma noble y educada de unos pocos con el alma poco educada y pícara de unas víctimas del conflicto. Ahora bien, conservando un espíritu moderado y humanitario, la editorial de Semana nos intenta decir que el problema va más allá del clasismo de las personas que se mueven en el primer nivel de argumentación. El problema es más complejo y no tiene que ver con la inseguridad que crearían los pobres en zonas tan exclusivas, sino más bien en lo mal que se sentirían y además en lo mal que encajarían estas víctimas del conflicto habitar una zona tan prestigiosa y llena de talentos humanos prodigiosos. Las palabras de una profesora de arquitectura de la Universidad de los Andes, Isabel Arteaga, resumen de una forma espléndida tal enfoque:

“Si bien las reacciones de algunos habitantes de estos barrios están alimentadas por prejuicios e imaginarios equivocados, la destinación de estos espacios para quienes llegan de afuera puede generar perjuicios para ellos mismos porque las pone en condiciones adversas no sólo en términos económicos, sino también culturales”2.

¿Por qué la opinión de Arteaga no es equivocada como sí la es la de quienes quieren defenderse de la intromisión de personas indeseadas en las zonas estrato 6 de Bogotá? ¿A qué se refiere la editorial de semana y la profesora cuando nos hablan de lo perjudiciales de esas medidas desmedidas del alcalde Petro para las víctimas del conflicto?

La presunta complejidad de la argumentación de la editorial y de “expertos” quizás sea la siguiente: las zonas ricas –de estrato 6- fueron delimitadas para que habiten personas ricas y cultas. En tal territorio delimitado existen unas prácticas específicas: las personas consumen todo a precios altos y sus prácticas culturales se distinguen de la de cualquiera, pues no todo el mundo puede comprarse un apartamento de dos mil millones de pesos y no cualquiera puede sacar 10 millones del bolsillo para pagar un arriendo. Tenemos también que estas valiosas personas tienen hijos, los matriculan en colegios distinguidos. Posteriormente esos jóvenes acuden a universidades excesivamente caras y una vez se gradúan pueden vivir durante una temporada en el exterior con todas las comodidades. Sus padres son empresarios, sus madres amas de casa que acuden a los mejores clubes de la ciudad.

Ahora bien, en un tono para nada tranquilo, las editoriales, expertos y habitantes de esas zonas preguntan ¿Cómo se sentiría esa pobre gente con tan distinguidas prácticas? Quizás se sientan miserables y se den cuenta que nunca van a poder disfrutar de una entrada a Country Club o a El Nogal. Quizás los hijos de las madres víctimas pobres no puedan relacionarse con los jóvenes educados en los mejores colegios. En últimas, su vida puede volverse aún más triste y adquirían el estatus de “nuevas víctimas”: una mancha negra en una bella zona de confort para las clases acomodadas. Esas quizás sean las condiciones adversas que no se atreve a mencionar explícitamente ni la opinión de la profesora de los Andes, ni la editorial de Semana.

Parece que nuestros editorialistas y urbanistas tienen en su mente que la mejor forma de organizar el espacio tiene que ver con criterios diferenciales en los cuales mientras los ricos, y aquellos mejor educados, habitarían ciertas zonas, las víctimas del conflicto no podrían recibir tal privilegio porque no cumplen los criterios de sangre y de estirpe.

Creo que este criterio para pensar la distribución del espacio es proporcional a un espíritu clasista y xenófobo, y en el fondo, la opinión de los habitantes que creen que las víctimas traerían delincuencia y desorden en sus entornos coincide con la de los expertos que nos dicen que los perjudicados serían más bien los pobres mismos. Tanto una como otra perspectiva comparten el prejuicio de que el espacio debe estar jerárquicamente distribuido, dándole a cada quien lo que se merece. En últimas, las dos perspectivas son antidemocráticas y parten del supuesto de que los mejores son los que tienen más dinero y complejas prácticas culturales, prácticas que no pueden ni siquiera comprender las víctimas de nuestro país.

¿Por qué creo que son antidemocráticas estas visiones de mundo? No creo que la democracia sea un proceso en el que gradualmente integramos a los excluidos de la sociedad. No creo que sea democrático partir del supuesto de que las viviendas de interés prioritario tengan que estar apartadas de la tranquilidad de las clases acomodadas. La democracia existe cuando dejamos de pensar que existen criterios estrictos que separan los que por “razones naturales” deberían gozar de privilegios, de quienes no. En otras palabras, creo que la democracia cobra afectividad cuando dejamos de pensar que el dinero o el apellido brindan posiciones de privilegio. De ahí que sea totalmente antidemocrático el hecho de creer que las víctimas del conflicto armado no deben compartir su lugar con quienes presuntamente sí tienen las capacidades para ocuparlo.

Si Petro es un populista al tomar una medida tan disparatada, quizás también lo fue, en su momento, el gran reformador que pretendió dejar a un lado los delirios de grandeza de los ricos y nobles mezclándolos con los indeseados habitantes del campo: el conocido Clístenes.

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1http://www.semana.com/nacion/articulo/el-populismo-vip-de-petro/408502-3
2http://www.semana.com/nacion/articulo/el-populismo-vip-de-petro/408502-3