El ataque al periódico Charlie Hebdo, con la ejecución planificada de muchos de sus integrantes, ha tenido un eco supremamente fuerte en el mundo entero y ha sido el objeto de numerosos comentarios de todo tipo. Ha habido una ola de solidaridad importante, simbolizada por el eslogan Je suis Charlie, así como algunos intentos de análisis del significado de los hechos, pero también fuertes críticas a lo que supuestamente representa el periódico, muchas veces usando el eslogán contrario de Je ne suis pas Charlie. Llama la atención que dentro de estas últimas reacciones se hayan encontrado numerosas columnas de autores identificados como de izquierda, que aprovecharon para asimilar su crítica del periódico a una crítica general de Occidente. Más allá de la utilización de un eslogan y de la legítima posibilidad de criticar el contenido editorial de un periódico, incluso justo después del asesinato de sus integrantes, esas columnas revelan algunos aspectos de una cierta corriente de opinión identificada con la izquierda que pueden representar un serio motivo de interrogación sobre la identidad de la izquierda misma.

En estas columnas se empieza aclarando el hecho de que el ataque a Charlie Hebdo no se puede justificar, sin embargo, justo después, se hace afirmaciones en las que se condena al periódico por ser racista, islamofóbico y atravesado por una lógica colonial. Es bastante evidente, por lo menos para alguien que conoce un mínimo del periódico y su historia, que estas afirmaciones sólo se basan en el hecho de que Charlie Hebdo haya publicado dibujos del profeta musulmán Muhammad y en la visión de unas pocas viñetas. Resulta lamentable que esos columnistas no se hayan tomado un poco de tiempo para informarse seriamente sobre quiénes eran las personas que fueron ejecutadas, y que por lo tanto no hayan dudado en despreciarlos al atribuirles de manera arbitraria características tan deplorables. Sin detenernos en este tema, pues el propósito del presente artículo no es defender a Charlie Hebdo, cabe decir que una mínima búsqueda sobre la trayectoria de las personas asesinadas muestra que la mayoría de ellos provenían de una izquierda libertaria-anarquista, que habían manifestado en numerosas ocasiones a lo largo del tiempo su anti-racismo, y que hacían caricaturas sobre todas las religiones (y mucho más sobre el catolicismo que sobre el islam).

Al leer esas columnas, uno se da cuenta que se trata casi integralmente de un panfleto contra Charlie Hebdo y sobre todo contra Occidente, en el que se relaciona a los dos de manera automática, sin que exista una mirada crítica de los asaltantes o del yihadismo. En otras palabras, la crítica es dirigida hacia las víctimas y no hacia los victimarios. Esto se debe justamente a la asimilación totalmente artificial del periódico a las características negativas de Occidente. En esta óptica, el ataque a Charlie Hebdo es considerado como una especie de venganza de los «débiles» de este mundo en contra de la arrogancia y los crímenes del imperialismo occidental. Así las cosas, aunque no se justifica el asesinato concreto de los individuos víctimas, se les presenta de un cierto modo como «cómplices» de los crímenes permanentes que comete Occidente. Crímenes que exigen un castigo. En fin, un ataque perpetrado contra un periódico francés de poca difusión por haber caricaturado al profeta de los musulmanes se convierte en una represalia al conjunto de las sociedades occidentales por sus políticas discriminatorias e imperialistas.

Por otro lado, la ausencia de crítica hacia el yihadismo, la subestimación de su violencia, o incluso la falta de análisis al respecto caracterizan también el contenido de esas columnas y representan un importante motivo de interrogación. En efecto, parece que existe un cierto temor, o por lo menos un tabú, a pensar de manera seria el fenómeno yihadista y su relación con el islam y las sociedades de cultura musulmana. Aunque no se formula así, es como si el yihadismo estuviera considerado ante todo como una especie de reacción lógica a las agresiones occidentales frente al mundo musulmán y que por lo tanto no podría ser denunciado de manera clara. Dicho de otra manera, el odio del yihadismo hacia Occidente lo convierte en un enemigo del imperialismo occidental, lo que dificulta la posibilidad de emitir un juzgamiento demasiado severo en contra de él. Lo que hace pensar en el famoso dicho de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Sin embargo, un análisis básico del fenómeno yihadista debería conducir tanto a señalar sin ambigüedad su contenido de extrema violencia y de violación generalizada y sistemática a los derechos humanos, como a observar que la inmensa mayoría de sus víctimas no son occidentales sino poblaciones humildes de sociedades de cultura musulmana. El yihadismo sí tiene que ver con el islam, pero en realidad puede considerarse como una especie de secta violenta adentro de esta religión, que como cualquier religión es ante todo el producto de la manera como los creyentes la conciben. Por otro lado, el yihadismo no sólo constituye un ataque hacia enemigos exteriores sino que también profesa un tipo de gobierno totalitario, inspirado en una interpretación fantaseada de la vida en la época del profeta Muhammad para definir cuáles son las conductas individuales «correctas». Por lo tanto, resulta particularmente simplista reducir el yihadismo a un fenómeno esencialmente antiimperialista.

En el análisis sumario que hacen esos columnistas de los ataques de yihadistas a las sociedades occidentales, sobresalen dos grandes elementos: el factor geopolítico, es decir la agresión occidental exterior hacia las sociedades musulmanas, y el factor discriminatorio, es decir la agresión occidental interior hacia sus propias comunidades musulmanas. Ambos elementos se basan en problemas reales que deben ser denunciados, sin embargo éstos son usados de manera preeminente y según una visión maniquea y distorsionada.

No cabe duda de que muchos gobiernos occidentales siguen actuando de manera claramente negativa, agresiva e intervencionista sobre muchas sociedades del “mundo musulmán”, sea a través de operaciones militares, de injerencias o maniobras políticas, o de medidas económicas. Sin embargo, la crítica legítima y necesaria de estas acciones no debe impedir ver toda la complejidad de la geopolítica relacionada con esos países, pues también hay muchas acciones de desestabilización por partes de potencias locales. Basta con observar la muy fuerte rivalidad entre por ejemplo la sunnita Arabia Saudita y el shia Irán, que a su vez señala grandes tensiones que atraviesan el “mundo musulmán” y que van más allá de la política. En este sentido, afirmar que el conflicto en Siria o la creación del ISIS son obra de las potencias occidentales, es hacer prueba de un simplismo que termina por convertirse en un obstáculo para una comprensión del fenómeno, pues hace omisión del papel, igual de importante, de las potencias locales rivales.

Por otro lado, suena bastante extraño el argumento que consiste en criticar la imporancia que se le da al caso Charlie Hebdo mientras que otros horrores iguales o peores que tienen lugar en el mundo son muy poco mediatizados. Algunos llegaron incluso a reprochar a los participantes de las manifestaciones masivas que tuvieron lugar en Francia el 11 de enero por no manifestarse en otros momentos para denunciar las atrocidades que pasan en otras partes del mundo. Si bien es cierto que en principio no hay razones para indignarse más del asesinato de una persona que de otra, existen factores empíricos que hacen que uno va a tener más eco que otro, más allá del factor manipulación de los medios. Es cierto que en permanencia uno tiene la sensación de que la vida de un occidental vale más que la de otros, pero es una lástima ver que muchas veces las personas que hacen este tipo de denuncias hacen uso de la misma «indignación selectiva».

Cómo explicar, por ejemplo, que algunos que arremeten sistemáticamente en contra de las operaciones militares de países occidentales en el exterior no se hayan pronunciado sobre la invasión de Malí por grupos yihadistas extranjeros, o que otros que se presentan como defensores de los derechos humanos no denuncien nunca las violaciones cometidas contra las mujeres, los homosexuales o las minorías étnicas o religiosas en los territorios donde ejercen el poder estos grupos yihadistas. Por qué los columnistas que escribieron sobre el caso Charlie Hebdo para decir que Occidente victimizaba a los musulmanes no escribieron también sobre lo que pasó casi en el mismo momento en Nigeria, donde el grupo yihadista Boko Haram cometió un ataque que dejó un saldo, según ciertas estimaciones, de casi 2000 muertos. Es como si su solidaridad con los «pueblos musulmanes» se expresara de manera selectiva, en función de consideraciones geopolíticas.

Estos columnistas insistieron igualmente en la discriminación que sufren las comunidades musulmanes en los países occidentales, sobre todo en Europa. Es cierto que muchas personas de cultura musulmana son víctimas de discriminaciones diversas y variadas y que la «islamofobía» está creciendo de manera preocupante en estas sociedades. Sin embargo, la denuncia que hacen es globalmente excesiva y sobre todo expresada de una forma «torpe». En efecto, en estos análisis se categoriza a todas las personas que tienen raíces culturales islámicas como miembros de una misma «comunidad musulmana» homogénea. Como si todas estas personas tuvieran la misma relación con la religión y se definieran ante cualquier cosa como musulmanes. Esta caracterización se parece, de manera paradójica, a la que hacen los propios islamofóbicos, al definir la identidad de una persona casi exclusivamente en función del gran colectivo al que supuestamente pertenece. Además, se nota también un cierto tono paternalista cuando se describe la población musulmana como oprimida y casi sin defensa, dando a entender que no le queda sino reacciones violentas para emanciparse. En fin, es como si esos columnistas pensaran en los mismos términos del famoso «choque de civilizaciones», que pretenden criticar, al oponer de manera radical un mundo occidental opresor y un mundo musulmán víctima.

Sin embargo, lo que más llama la atención en el contenido de esas columnas, sabiendo que son escritas por «intelectuales» de izquierda, es la puesta en cuestión de ciertos valores fundamentales. En efecto, tanto la libertad de expresión, el derecho a la sátira o la laicidad son atacados por ser considerados como valores que Occidente usa de manera hipócrita y selectiva. Hasta son presentados como una especie de fundamentalismo occidental. Para esos columnistas, el hecho de que Occidente no respete plenamente estos valores, y hasta los instrumentalice en contra de ciertos grupos, les permite abogar por limitar, por ejemplo, la libertad de prensa y la de un periódico como Charlie Hebdo, legitimando así un cierto tipo de censura. Detrás de esto parece haber una confusión grave que asimila algunos valores universales democráticos a unos valores identificados como de esencia occidental, y por lo tanto «sospechosos».

Dicho de otra manera, uno puede tener la sensación de que en ciertas ocasiones a algunos «intelectuales» de izquierda les conviene agitar el espantapájaros del occidentalismo para minimizar la importancia de ciertos valores, dependiendo del contexto. Es decir que al atribuir un origen, geográfico o teórico, a un valor, se legitima su instrumentalización en función de su propio propósito, en vez de tener que defenderlo en cualquier circunstancia. La misma instrumentalización que se reprocha, con razón, a Occidente y a sus gobernantes hipócritas. Lo peor es que de esta manera se llega a atacar desde la propia izquierda valores que tradicionalmente han sido más bien banderas suyas y han representado verdaderas conquistas populares. Es bastante sorprendente, para no decir más, ver a esos «intelectuales» poner en tela de juicio la laicidad por ejemplo, que es ante todo un logro democrático que asegura la separación del poder político de los poderes religiosos, o querer limitar el derecho a criticar los dogmas religiosos, cuando éstos han representado tantas veces a lo largo de la historia un obstáculo a la emancipación de los pueblos.

Es lamentable que al contentarse de proponer análisis «recalentados» sobre un hecho tan cargado de significaciones simbólicas y al preferir adoptar la postura del más antioccidental posible, estos «intelectuales» hayan dejado de lado preguntas de gran relevancia. Como por ejemplo por qué ahora, para muchos jóvenes, la rebeldía y el rechazo al sistema pasan por la conversión al yihadismo y no por la militancia de izquierda. Es una pregunta clave que permite interrogarse sobre el debilitamiento de la lucha política, por lo menos en las sociedades occidentales. Porque el hecho de que haya más y más jóvenes, de horizontes diversos, que se asocien con el yihadismo global no representa una especie de nuevo internacionalismo luchando por un mundo mejor, sino por el contrario, el éxito creciente de un cierto nihilismo que busca una «purificación» del mundo a través de una violencia sin límites. Preguntarse por qué una proporción importante del descontento popular se dirige hacia ese nihilismo, y ya no hacia la lucha revolucionaria, debería representar una verdadera tarea para el conjunto de la izquierda.

En fin, es completamente posible, y hasta lógico, recurrir a los valores de izquierda para criticar tanto el imperialismo occidental como el yihadismo, que puede ser considerado también como una forma de nuevo imperialismo. Pero para algunos, esto significa la renuncia a la idea de una lucha en contra de un gran Enemigo único, lo que implica reconocer la existencia de múltiples y diversos poderes opresores. Paralelamente, se hace necesario ir más allá de una izquierda definida de manera «negativa», es decir como oposición a un único campo adverso, para defender, en todas circunstancias, una izquierda identificada con unos valores y principios fuertes, tanto de justicia como de defensa a los derechos humanos.