Susana Barradas

* Susana Barradas

Doctora en Psicología de la Universidad de los Andes, Colombia. Psicóloga y Magíster en Psicología de la Salud de la Universidad de Lisboa, Portugal. Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Externado de Colombia. Integrante del grupo de investigación EpiAndes de la Universidad de los Andes. Sus intereses de investigación son la Psicología de la Salud, la Salud Pública, la Promoción de la Salud y los Estudios sobre pobreza y desigualdades en salud

A mediados de mayo del año pasado, después de una jornada colectiva de vacunación contra el virus de papiloma humano (VPH) en El Carmen de Bolívar, alrededor de 500 niñas se convirtieron en el punto de mira del debate internacional acerca de la pertinencia de la aplicación de esta vacuna y de sus riesgos asociados.  Las menores se vieron aquejadas por lo que algunos señalaron ser reacciones adversas al fármaco. Síntomas como mareos, adormecimiento en las piernas, desmayos, dolores en la cabeza y en el pecho terminaron con la hospitalización de un gran número de personas, y dieron lugar a un estado de sitio prácticamente declarado en el pequeño municipio.

Visto así, la coyuntura no podría ser más fértil para la especulación y teorías de la conspiración alentadas por los movimientos antivacuna, o para las metidas de pata del Ministerio de Salud tratando de disminuir su responsabilidad al tildar de “histeria colectiva” la sintomatología presentada, haciendo uso de lo que se podría llamar un enfoque de culpabilización y estigmatización de la víctima. Las circunstancias también dieron lugar a la aparición de pescadores de aguas revueltas como fue el caso de algunas organizaciones católicas que, de manera irresponsable y con evidente fanatismo, declararon que “la vacuna del papiloma humano (VPH) no protege, sino que daña a las menores y promueve la promiscuidad” y que la jornada de vacunación “es un mensaje, una promoción, de alguna manera de la promiscuidad”1, postura que el Procurador Ordoñez manifiestamente alentó.

No se ha podido evidenciar la existencia de una relación de causalidad entre la aplicación de la vacuna y los síntomas presentados, lo que ha llevado a los especialistas a ponderar la posibilidad de un fenómeno psicogénico colectivo, que en otros términos vendría a ser la presencia de un conjunto de síntomas sin una etiología orgánica, y que por lo tanto no tienen cabida en una clasificación diagnóstica particular. Estos síntomas suelen brotar en la ausencia de un agente nocivo, y cuando son de tipo colectivo derivan de la exposición a un evento desencadenante común, en el interior de un grupo que comparte ciertas creencias sobre el origen de los síntomas percibidos2. De manera similar a cualquier tipo de vacuna o medicación, siempre está dada la posibilidad para que se presenten efectos secundarios. Sin embargo, en este caso, ya sea por el gran número de afectadas o por el lapso de tiempo que trascurrió entre la aplicación de la vacuna y los síntomas reportados, la cuestión parece rebasar tal posibilidad.

En vista de lo anterior, y para entrar a formular opiniones sobre el caso, se hace necesario sentar algunas posiciones al respecto. En primer lugar, se parte del supuesto de que no hubo negligencia en el manejo del lote de vacunas utilizado. En segundo lugar, y respecto a la pertinencia del uso de la vacuna, defiendo la convicción de que la inmunización es uno de los logros más importantes en salud pública y que, en esa medida, es absolutamente deseable la ejecución de programas de este tipo en el país. Si pensamos que en Colombia el cáncer de cuello uterino es la primera causa de muerte por cáncer, y que seis mujeres mueren al día por motivo de esa enfermedad, siendo el VPH su principal agente causal (entre el 70% y el 90%, dependiendo de la cepa del virus)3, cobra sentido considerar la pertinencia de la vacunación como un mecanismo preventivo (con una eficacia probada de cerca del 90% en la prevención de lesiones precancerosas), inscrito en un programa de gratuidad y a grande escala. Precisamente en este sentido van las proyecciones del Plan Decenal de Salud Pública 2012-20214, en el que se alude a la necesidad de “disminuir el riesgo de enfermar y morir por enfermedades prevenibles por vacunas” (pp. 123), por lo que esta jornada de vacunación nacional contra el VPH estaría siguiendo dichos lineamientos.

Vale la pena anotar que, pese a que estemos ante un fenómeno con características psicogénicas, no se puede desconocer la relación directa que este tiene con la aplicación de la vacuna. En este caso, los síntomas no están relacionados con una reacción del organismo al fármaco aplicado sino con una exacerbación excesiva de ansiedad a causa de la misma intervención. Lo anterior nos lleva a cuestionarnos sobre otros aspectos de carácter más epistemológico, y orientados a las circunstancias y limitaciones de la intervención. Dos elementos resultan valiosos para dar cuenta de este fenómeno: la noción de percepción de riesgo y la concepción de la relación saber-poder de Foucault. Veamos más de cerca cada uno de ellos.

El primero tiene que ver con la vulnerabilidad percibida por el individuo o grupo de individuos respecto a una situación nueva en la que se vean implicados. Dicha percepción se caracteriza por tener un carácter multidimensional, es decir, que está traspasada tanto por características individuales como por aspectos socioculturales. Si bien existe todo un cuerpo de especialistas y de evidencia científica que respalda la pertinencia y la seguridad de la aplicación de la vacuna del VPH, esta no parece haber sido la concepción compartida por la comunidad en El Carmen de Bolívar, posiblemente permeada por construcciones sociales de salud-enfermedad muy distintas a la lógica occidental de carácter cientificista. Es así como esta comunidad no ve necesariamente el uso de la vacuna como un factor benéfico en la prevención de la enfermedad, sino que puede incluso representar una amenaza a su bienestar.

Es evidente, entonces, cierta discrepancia entre lo que se denomina la percepción del experto sobre el uso de la vacuna, y las representaciones sociales vigentes en la comunidad beneficiaria de la campaña. Resulta muy pertinente apoyar este escrito en las palabras de la Antropóloga María del Pilar Díaz sobre “la necesidad de reconocer al Otro, a las personas a quienes se dirigen los programas o las campañas, como seres que pueden estructurar con otra lógica, diferente a la de los expertos, sus vivencias y evaluaciones cotidianas. El no reconocerlo puede significar el fracaso de un programa y el desperdicio de recursos físicos y humanos”5. En este caso, si la aplicación de la vacuna va en contravía del complejo mundo de creencias, valores, actitudes y normas de la comunidad, esto puede dar lugar a una evaluación negativa sobre la misma y a una percepción intensificada del riesgo subjetivo.

Por otra parte, en la estrategia de vacunación llevada a cabo y en la respuesta adelantada por el Ministerio de Salud, es posible identificar cierto predominio de un saber cientificista sobre un saber popular. La relación saber-poder surge en la medida en que la visión del experto demerita y no tiene en consideración, durante el proceso de diseño e implementación de la intervención, otros entendimientos populares y puntos de vista que resultan valiosos. Tenemos así que el discurso médico oficial impuso su visión salubrista en la comunidad de El Carmen de Bolívar al llegar con una solución basada en su propia evaluación del riesgo de enfermar de esa comunidad, mostrándose poco sensible a las representaciones sociales previamente existentes. Se posicionó un discurso de verdad quizás bastante alejado de la cotidianidad de esas personas.

Es evidente que la manera en la que el Ministerio de Salud logre dar respuesta a este caso tendrá impacto en los resultados de futuras intervenciones. No es deseable que la población pierda la confianza en un programa de vacunación seguro y efectivo, ya que se estaría desaprovechando ese potencial preventivo. Actualmente el precio comercial de la vacuna ronda los 500 dólares, y desde que la misma comenzó a distribuirse muchas mujeres se la han aplicado. La diferencia es que no todas contaban con los recursos económicos para pagar esa suma. Esto nos lleva a concluir que la campaña de vacunación aquí aludida es un paso adelante en la superación de inequidades en el dominio de la salud y en la garantía de los derechos sexuales de la mujer.

Para terminar, un acercamiento de índole exclusivamente biológico resulta insuficiente ya que no tiene en cuenta la complejidad de las esferas económicas, sociales y culturales que rodean al individuo. Se hace necesaria la puesta en marcha de estrategias sensibles a esa complejidad y capaces de articularla con los conocimientos del experto. Cualquier intervención para la comunidad tiene que hacerse desde la comunidad, y ese debería ser el “estándar dorado” de la salud pública.

 

 

 

 

 

  1. http://www.votocatolico.co/2014/10/experto-denuncia-en-colombia-que-vacuna.html
  2. Hall, E.M., Johnson, J.V (1989). A case study of stress and mass psychogenic illness in industrial workers. Journal of Occupational Medicine, 31(3), 243-250.
  3. Muñoz, N., & Bravo, L.E. (2012). Epidemiology of cervical cáncer. Colombia Médica, 43(4), 298-304.
  4. http://www.minsalud.gov.co/Documentos%20y%20Publicaciones/Plan%20Decenal%20%20Documento%20en%20 consulta%20para%20aprobaci%C3%B3n.pdf
  5. Díaz Murillo, M.P. (2002). El riesgo en salud: entre la visión del lego y el experto. Una perspectiva sociocultural. Bogotá: Unibiblos.