Camilo Salcedo

* Camilo Salcedo

Cursa estudios de maestría en Sociología y Antropología en la Universidad Federal do Rio de Janeiro (UFRJ) y es politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Sus áreas de trabajo son: 1) mundo del trabajo y conflictos laborales; y 2) procesos de transformación social de campesinos y trabajadores rurales. Es miembro del grupo de investigación de Política y derecho ambiental (PODEA), donde hace parte de la línea tierra, territorio y ambiente. Trabaja actualmente sobre la estructura de la propiedad de la tierra y las re-configuraciones sociales que se están presentando en el centro del departamento del Huila, Colombia, con la llegada de diversos proyectos de infraestructura energética

En Colombia han sido constantes las oleadas de poblaciones rurales que llegan a las ciudades1. Ellas configuran el espacio urbano con barrios, comunidades y familias, constituyendo, además, trayectorias históricas y sociales. ¿De qué forma continúan con sus vidas?, ¿cómo sus prácticas y lazos sociales anteriores se mantienen?, ¿hasta qué punto los lazos que los unían con las personas que hacían parte de sus lugares de origen se pierden o no?, ¿cómo se acoplan a sus nuevos contextos y situaciones impuestas?

Frente a estas preguntas abundan respuestas simples por parte de los creadores de opinión. Por ejemplo, se encuentran escritores como James Robinson quien argumenta, de una manera vertical, que las personas en situación de desplazamiento deben ser insertadas en la sociedad a partir de la educación, olvidando sus condiciones y raíces previas; o la posición de Antonio Ocampo, quien propone que el retorno de los campesinos a sus tierras vaya de la mano con una capitalización de quienes retornen con la producción de comodities y su inserción en el Agronegocio; o el demógrafo Paul Bromberg, quien desconoce el fenómeno del desplazamiento, naturalizándolo dentro de la “tendencia global e imparable de la urbanización y la modernización”, argumentando que lo sucedido en Colombia es igual o similar a la de otros países del mismo continente y el mundo; o, en fin, como el famoso ideólogo José Obdulio que argumenta que en Colombia no hay desplazamiento sino migraciones internas.

El paso de la vida comunitaria a la sociedad de masas, de sociedades de la vecindad, la amistad, la familia, la tierra y el chisme, a sociedades de comunidades ocultas y anónimas, implica una trasformación profunda, y en muchos casos violenta, tanto en el plano material como en el simbólico.

Por esta razón, comprender el sentido social de aquellos grupos que han dejado sus lugares de origen y buscar reconstruir sus múltiples trayectorias es una tarea por hacer2. Así, en este trayecto pueden rescatarse dos momentos: uno caracterizado por las violencias y las transformaciones productivas en el campo, y otro, en el acoplamiento de sus prácticas cotidianas a las prácticas de la urbe.

Las violencias y las trasformaciones productivas en el campo

Las violencias en diversas áreas del país no solo se han caracterizado por la violencia física, sino por la expropiación de las condiciones de producción y de vida de comunidades rurales. Frente a esto, algunos se subordinan al nuevo sistema impuesto, mientras otros se desplazan a buscar suerte.

No obstante, el desplazamiento no es solo el efecto de una violencia irracional, ella va de la mano con esfuerzos por parte de grupos sociales de apropiarse de rentas, prestigio, poder y con ello expandir sus formas de acumulación. Muchos de estos territorios cuentan con nuevas formas de administración de la producción, ya sea con la producción concentrada de commodities, o con la instalación de megaproyectos hidroeléctricos y mineros (guardando en este último caso sus complejidades).

Estos fenómenos de trasformación trascienden el marco legal. El desplazamiento de quienes han sido víctimas, hubiera existido aunque sus títulos de propiedad fuesen legales. Así, es cada vez más frecuente que existan grupos de “desplazados del desarrollo”, donde bajo las normas legales de la República se “compensa” a grupos despojados de sus lugares de origen.

Las relaciones de fuerza entre los diferentes grupos sociales en disputa y la forma como estos intereses son representados y respetados, son las que realmente permiten o no que se imponga un modelo. ¿Por qué la norma hace que las víctimas del conflicto armado sean individuos y no colectivos?

Por ello, a pesar de que se logre legalizar la propiedad de la tierra, esta solo consolidará el sistema de despojo anterior y no puede garantizar en sí misma que los propietarios no sean despojados nuevamente. Un ejemplo de ello lo muestran los títulos mineros y las “declaraciones de utilidad pública” que imponen un nuevo orden jurídico sobre la propiedad de la tierra.

El continium “rural” y la subsunción “urbana”

Pese a que el espacio rural y el urbano son diferentes, la separación de uno y otro no siempre es tan clara. Es frecuente que se mantengan hábitos, comidas, bailes, fiestas, y lazos sentimentales con el lugar de donde se viene. El tránsito del campo a la ciudad hace que los grupos pasen de ser conocidos por todos al anonimato de las ciudades departamentales y posteriormente a las principales urbes.

Tal vez uno de los pilares que sostiene a estos grupos de desplazados es la organización familiar. Siempre se llega donde un familiar, un conocido o un paisano, donde pueden construir un restaurante regional o apoyarse en las labores de vendedores ambulantes. Por esto, el despojo y fragmentación de familias, es decir, la imposibilidad de mantener sus lazos familiares con sus lugares de expulsión, hacen de su condición más subordinada vulnerable a lo que trae y ofrece la ciudad.

Romper las familias es fracturar uno de los últimos refugios y la posibilidad de autonomía relativa de quienes están en esta situación, viéndose arrojadas a venderse en la mendicidad o a rebuscarse como puedan en las ciudades.

Comprender el continium de lo “rural” en lo “urbano” es comprender la manera en que estos grupos buscan su reproducción e inserción en el mundo de la ciudad. Las relaciones que tienen con sus lugares de salida son variadas y profundizar en ellas posibilitaría entender cómo ellas se reconstituyen en su cotidianeidad. Así, a pesar de que con el paso de los años y las generaciones muchos de ellos pierdan costumbres y prácticas por la disciplina de la ciudad, reconstruir su pasado y su historia es una forma para que, en un momento, puedan, construirse como sujetos de la historia, y poder retornar y reconstituir sus comunidades en el campo o en las ciudades.

  1. Según un informe del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) -con fecha de corte diciembre 2013- en Colombia hay registradas oficialmente 5. 537. 883 víctimas del desplazamiento forzado
  2. Existen importantes esfuerzos por parte de algunas instituciones para rescatar la memoria como la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación o estudios hechos desde las mismas comunidades que buscan rescatar su historia y su trayectoria.