José David Copete

* José David Copete

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, candidato a Magíster en Políticas Públicas de la misma universidad. Ha trabajado investigaciones relacionadas, principalmente, con política social y participación política juvenil. Es integrante del Grupo Interdisciplinario de Estudios Sociales y Políticos THESEUS. Actualmente se desempeña como docente universitario en la Universidad el Bosque y la Universidad Nacional de Colombia

Una reciente nota publicada en El Espectador afirma que “humanistas le dan la espalda a Colciencias”, aludiendo a la negativa de varios grupos de investigación en el área de humanidades que han criticado los mecanismos de medición y la dinámica de trabajo de Colciencias. Un abordaje del contenido de la nota, cuyo título es muy sugerente, plantea una problemática de gran valía para la actualidad y el futuro de nuestra sociedad: ¿cuenta Colombia con instituciones serias que propicien la re-producción de conocimiento, en los diversos campos del saber, que ofrezcan soluciones y alternativas a los múltiples y diversos problemas que tiene nuestro país?

En esta columna se plantea que, siendo Colciencias la entidad rectora de la investigación científica, no sólo no tiene tal capacidad sino que, además, el gobierno nacional no ha mostrado ningún tipo de interés en fomentar la labor investigativa y la generación de conocimiento en los distintos campos de la ciencia. Así, se puede afirmar que de manera deliberada es el gobierno nacional, por medio de Colciencias, quien ha obviado el papel central del conocimiento en la generación de soluciones y alternativas a los retos a corto, mediano y largo plazo del país.

Por un lado, la investigación científica se aleja cada vez más de los complejos problemas cotidianos de la población colombiana y no potencia dinámicas productivas con alto valor agregado y, por el otro, el modelo productivo deteriora el ambiente, vulnera los derechos de comunidades y expande las brechas existentes so pretexto de generar un crecimiento económico tan efímero como costoso a mediano y largo plazo. Así, mientras los grupos de investigación de humanidades manifiestan su justificado descontento con la labor de Colciencias, es el gobierno colombiano quien sí le ha dado la espalda al país y a los problemas de su población.

Ello se relaciona, en primer lugar, con la debilidad institucional de Colciencias. Para potenciar las dinámicas de producción científica en el país es necesario que la institucionalidad encargada esté bien estructurada, sea dinámica y tenga músculo financiero. Aun cuando el actual gobierno ha publicitado la investigación e innovación como pilares de su administración -al punto de ser una las cinco locomotoras del Plan de Desarrollo 2010-2014- tal importancia no se ha traducido en la generación de un sistema científico robusto y productivo. Claro que, haciendo honor a la verdad, hay más atención del gobierno Santos respecto de la investigación que de su antecesor, por lo menos en lo que a recursos se refiere1.

Aun cuando los recursos crecieron en 2010, ello no se ha sostenido en el tiempo y, por el contrario, esta institución ha estado signada por limitaciones presupuestales considerables. En este sentido, es necesario recordar que en el año 2012, el director de la entidad Jaime Restrepo Cuartas renunció a su cargo porque, como mencionó en una entrevista a Semana, encontró “incongruencias sobre ese respaldo que deben tener la ciencia y la tecnología en el país2. En la misma entrevista pone de presente que el Ministerio de Hacienda no solo no aprobó para el año 2013 un presupuesto de 590.000 millones de pesos, tras disponer de 420.000 millones en 2012, sino que le comunicó que para la vigencia 2013 Colciencias iba a contar con 350.000 millones de pesos. Ello propició la renuncia del director y la cuestión se archivó rápidamente.

Pero la problemática de recursos no desapareció con la renuncia de Restrepo en el 2012. En 2014, la directora, Paula Arias, fue “invitada a renunciar” tras manifestar públicamente su inconformidad con la proyección del presupuesto para Colciencias del año 2015 hecha por el Ministerio de Hacienda. Esta vez, se trataba de una reducción de 125.000 millones de pesos respecto del presupuesto del año 2014, contando con 289.000 millones para 20153. A las claras se ve el desinterés del gobierno a la hora de fortalecer Colciencias, pues la señora Arias manejó, en el año 2014, 414.000 millones de pesos, siendo ésta una cifra inferior a los 420.000 millones de que dispuso Restrepo en el año 2012. El ex director tenía toda la razón cuando hablaba de desinterés.

En este contexto, la fragilidad de Colciencias no sorprende sino que ratifica una tendencia del gobierno nacional a subvalorar la actividad investigativa y, por consiguiente, la producción de conocimiento. Es claro que si una institución no dispone de los recursos necesarios para fortalecerse sus resultados van a ser limitados. En el caso de Colciencias el fortalecimiento no pasa de ser retórico.

En segundo lugar, esta dinámica evidencia la visión restringida de la ciencia que maneja Colciencias y que impregna las dinámicas de producción científica en el país. Entonces, a la precariedad de los recursos se adhiere una concepción de la ciencia que se rige por la primacía de las ciencias exactas y la subvaloración de las humanidades y las dinámicas de producción científica en este campo. Ello se traduce en la generación de parámetros que miden la producción de conocimiento con base en las dinámicas de producción científica propias de las denominadas ciencias duras. En un caso hipotético, medir los procesos y los resultados de una investigación en filosofía con los parámetros de investigaciones en el campo de la ingeniería no es lo óptimo ni está cercano de ello.

Lo complejo es que grupos de investigación en humanidades han manifestado que este tipo de mediciones se han promovido desde Colciencias por medio de los parámetros e indicadores que se han generado. Esa es una de las principales razones que arguyen los grupos para rechazar la perspectiva de Colciencias y no participar en sus convocatorias. Esta tendencia es compleja, más aún si tenemos en cuenta que el 35% de los grupos de investigación del país trabajan en el campo de las humanidades4. El malestar de los grupos es muy valedero y pone de presente que no se pueden equiparar los procesos ni hallazgos de investigaciones en campos tan distintos como, por ejemplo, la física y la sociología. Asimismo, se debe resaltar que nuestro país requiere fuerte investigación en ambos campos.

En tercer lugar, la perspectiva científica que se ha venido posicionando no solo tiene impactos en la comunidad académica del país, sino que afecta la actualidad y el futuro del país como un todo. En este marco, es necesario traer a colación a Capra, quien refiriéndose al paradigma científico imperante a finales del siglo XX afirma que “nuestra ciencia y nuestra tecnología están basadas en un concepto del siglo XVII según el cual la comprensión de la naturaleza implica la do¬minación de la misma por el «hombre». Esta actitud, unida a la vi¬sión mecanicista del universo —otra idea del siglo XVII— y a la excesiva importancia dada al pensamiento lineal, ha tenido como re¬sultado la creación de una tecnología poco sana e inhumana en la que el hábitat natural y orgánico del hombre ha sido reemplazado por un entorno simplificado, sintético y prefabricado, poco idóneo para satisfacer sus complejas necesidades5.

En Colombia estas dinámicas se han hecho evidentes con el extractivismo que se ha acentuado en los últimos años y que ha desencadenado diversas luchas por los territorios y los derechos de las comunidades asentadas en ellos. Muy en contravía de una producción científica que beneficie a las poblaciones y promueva la armonía con el ambiente, el modelo productivo imperante ha degradado el ambiente, afectado a comunidades enteras y puesto en tela de juicio cuestiones tan elementales como la seguridad alimentaria del país. Entonces, se quieren investigaciones que hagan oídos sordos a los impactos nocivos del actual modelo en la cotidianeidad de las comunidades y que refuercen las actuales dinámicas productivas.

En este escenario el modelo productivo, como ha insistido el gobierno nacional, no está en cuestión ni se va a negociar, y es en consonancia con dicho modelo que Colciencias funciona. A nadie ha de sorprender que la delicada situación de la industria en los últimos años se dé en un escenario en el que la reprimarización de la economía colombiana salta a la vista. Definitivamente esta cuestión no es de poca valía ni le atañe únicamente a unos pocos interesados en la academia y la ciencia sino que, por el contrario, remite al proyecto de sociedad pertinente para superar las diversas problemáticas que aquejan a nuestro país.

Con base en lo anterior, un cuarto elemento a resaltar es la necesidad de abrir espacios en los que el diálogo de saberes cierre la puerta a fundamentalismos. Es necesario partir de la importancia de nutrir los diversos campos de la ciencia y entender que un país democrático valora y analiza las distintas perspectivas antes que eliminarlas. El fortalecimiento de Colciencias no pasa solamente por una inyección financiera considerable y una necesaria reestructuración organizacional, también debe abrir su concepción de lo científico en aras de cerrarle el camino a la uniformidad y al fundamentalismo que se ha posicionado en nuestro país.

Ello porque en la actualidad no solo se desincentiva la investigación sino que, en muchos casos, se desvirtúan los hallazgos de trabajos académicos cuando no están en consonancia con la perspectiva oficial. En este marco, el tratamiento de las humanidades y de la falta de seriedad en el ente rector de la investigación en Colombia deriva en hechos como la “desconfianza” frente a los planteamientos de la Comisión Histórica en torno al conflicto armado. No es casualidad que el Ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón haya resaltado la necesidad de hacer oídos sordos a las “verdades alternativas sobre el conflicto” que se podrían derivar del informe6.

Esa no es una sentencia proferida tras un examen serio y riguroso de lo planteado por la Comisión, sino la negación tácita de cualquier argumento que ponga en tela de juicio la caricaturesca visión del Ministro, y en general de la élite colombiana, respecto de la sociedad colombiana y el conflicto armado que vivimos. Es claro que la crítica al informe debe tener lugar, pero la misma debe darse con base en el análisis juicioso de los productos y sus procesos. No es aceptable que alguien descalifique el producto de una investigación cuando que no lo ha leído y que, de entrada, lo elimine como insumo para la necesaria discusión que debe darse en nuestro país.

En últimas, sea desde el campo de las humanidades o de las denominadas ciencias exactas, lo que está en juego es la posibilidad de generar dinámicas investigativas que propicien la superación del oscurantismo al que es tan adepta gran parte de la clase dirigente de nuestro país.