Andrés Felipe Parra Ayala

* Andrés Felipe Parra Ayala

Doctor en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia, candidato a Doctor en filosofía de la Universidad de Bonn, Alemania.

Apreciados defensores de la Familia:

Sin rodeos, quiero contarles una historia: hubo una vez un esclavista que creía en la esclavitud como la única forma posible de asegurar una buena vida para sus esclavos. Aunque él les había impedido aprender a leer, decía constantemente que, sin saber leer, sus esclavos serían presa fácil de vividores y estafadores en el mundo exterior. Les había prohibido también aprender de las artes, de las ciencias y de la política. Por eso pensaba que en el mundo libre serían miserables e insignificantes, pues frente a sus conciudadanos serían solamente gente ignorante.

A veces, cuando discutía con su mujer en las noches después de una cena copiosa, aseguraba que los hijos de sus esclavos no deberían asistir a la escuela. ¡De ninguna manera!, gritaba con algunas copas de vino en su cabeza, dando golpes de furia con su bastón típicamente sureño. Pero a pesar de su furia, frente a este tópico particular, el esclavista solía razonar como lo que ustedes elocuentemente llaman una persona de bien. Se decía a sí mismo y a su mujer: no puedo permitir que los hijos de mis esclavos asistan a la escuela; ¡los hijos de los ciudadanos libres les harían buylling! Se burlarían de ellos por ser esclavos y por ser negros.

Había muchos como el esclavista. Incluso una gran mayoría, que no tenía esclavos bajo su mando pero que era compuesta por ciudadanos libres, creía firmemente que era preferible para los esclavos permanecer en la esclavitud, y no ganar libertades y derechos políticos. Se llamaban a sí mismos, con orgullo y actitud caballeresca, los defensores de los esclavos. (Había también un personaje menor, pero excesivamente grotesco, que usualmente se llamaba a sí mismo el Concejal de los esclavos) ¿No sería más justo llamarlos defensores de la esclavitud, en vez de defensores de los esclavos? Díganme ustedes, defensores de la familia, si no están de acuerdo.

Lamentablemente, cualquier espíritu cauteloso y atento que viva hoy en Colombia, podría pensar lo contrario: en ése grosero espectáculo de homofobia que ha sacudido al país, se parecen ustedes a los autodenominados defensores de los esclavos. Dicen ustedes que la familia es sagrada: intocable en su estructura y natural en su constitución. Y de aquí viene una conclusión categórica e impecable: nadie, bajo ninguna circunstancia, está autorizado a llamar “familia” a una unión de personas que no esté conformada por papá, mamá e hijos. Todos, excepto ustedes, claro está: ¿por qué la Iglesia es una familia? Si en una parroquia hay dos sacerdotes, entonces, si soy católico, tengo dos padres a los que puedo acudir. Si voy a un convento, voy a tener muchas madres y una madre superiora. O, independientemente de la denominación religiosa, si soy cristiano, pertenezco a la familia de Dios, que tiene un solo padre.

¿Escandaloso? En verdad no. Quizá puedo tener una respuesta, queridos defensores de la familia: la razón para que la Iglesia pueda llamarse legítimamente una familia, tal y como lo hacen ustedes mismos, es que el ser padre o el ser madre no tiene nada que ver con un lazo biológico, sino con ser un apoyo y una guía. En una concepción religiosa de la vida, el sacerdote, el pastor y, sobre todo, Dios fungen como padres porque son guías. Es esa la misma razón por la cual una pareja homosexual con hijos adoptados puede llamarse y ser una familia: los homosexuales también pueden dar consejos y guiar a sus hijos. Pensar lo contrario, que alguien por ser homosexual no da buenos consejos ni será un padre adecuado, implica creer que las personas heterosexuales, sólo por el hecho de serlo, serán buenos padres o buenas madres. Pero eso, naturalmente, es falso desde cualquier punto de vista. Y cualquier punto de vista es también el de ustedes, los defensores de la familia. Dense cuenta: la palabra “crisis de la familia”, que oímos incesantemente salir de sus bocas, muestra con evidencia abrumadora que hay personas heterosexuales que no son buenos padres. Si existe una crisis de la familia cuando la mayoría de familias son heterosexuales, es porque no hay una conexión necesaria entre la orientación sexual y el ser buen padre.

Asimismo, he oído decir a algunos de ustedes, con una seguridad espantosa, que los homosexuales no podrían ser padres porque no pueden tener hijos naturalmente. Frente a esto, yo les pregunto con la misma seguridad: ¿tiene, entonces, un Párroco que embarazar a cuanta muchachita se le atraviese para ganar el título de Padre? Al igual que mi pregunta, el razonamiento de algunos de ustedes es simplemente vergonzoso.

Otra de sus grandes frases, repetida aquí y allá, es que nuestro país no está preparado para aceptar familias homoparentales: los niños tendrían una vida insoportable en el colegio por causa de los abusos de sus compañeros, y todos en la calle voltearían a mirar, extrañados y con asco, al ver una familia homoparental de paseo un domingo en el parque. Aquí se miran ustedes al espejo y le echan la culpa al país, creyendo que les hacen un favor a los niños y a los homosexuales. Se limitan ustedes a plantear que porque el país es homofóbico, no pueden existir derechos para las personas homosexuales. Pues bien, en la ciudad de Núremberg, un personaje de bigote pintoresco dijo lo mismo. Solo basta cambiar la palabra homosexuales por la palabra judíos: hay que hacerle un favor a los judíos, porque nuestro país no está preparado para soportarlos. Ustedes saben cómo termina esa historia en Auschwitz y Treblinka, a mediados de la década de 1940. No tengo por qué recordárselos.

Por eso es que ustedes, apreciados defensores de la familia, se parecen a los defensores de los esclavos. Ellos defendían la libertad de los esclavos a costa de que no tuviesen libertad alguna. Ustedes defienden la familia a costa de que muchos niños se queden sin familia. La conclusión es que ustedes no defienden la familia. De hecho, en esta situación específica, no defienden nada: solo atacan a los homosexuales. Y son esos a quienes ustedes atacan, los que verdaderamente defienden la familia en un concepto, si no igual, muy cercano al suyo: parejas estables, fieles, serias y responsables que quieren compartir sus experiencias, su amor y su patrimonio para asegurar el futuro de un ser humano. Ese mismo futuro que ustedes no tienen ningún pudor en sacrificar por un discurso de odio.

Un saludo fraterno,

Andrés F. Parra.