Susana Ballesteros

* Susana Ballesteros

Filósofa de la Universidad Nacional de Colombia. Realizó también una carrera tecnológica en cine y televisión. Actualmente termina estudios de maestría de filosofía en la Universidad Nacional de Colombia y se desempeña como asesora en la Vicerrectoría Académica de la misma universidad.

La dificultad de escribir sobre aquello en lo que no se es experto, es que siempre habrá buenos argumentos de experiencias y argumentos de autoridad que rebatan las ideas —seguramente excéntricas— que un profano puede exponer. La ventaja es que esas ideas suelen estar menos influidas por las corrientes dominantes y las vivencias pasadas —muchas veces presas de atavismos-. En este marco, expongo a continuación una lista de cinco cosas que desde los sueños de  mi generación de izquierda libertaria se han ido haciendo realidad en Bogotá y que, gane quien gane las próximas elecciones, tendrá que tener en cuenta en su gestión. Cabe resaltar que son justamente estos temas los que nunca fueron prioridad para los gobiernos tradicionales y que han sido visibles gracias a muchas corrientes renovadoras de la política colombiana; muchas de ellas provenientes ‘de abajo’, esto es, de la gente misma. Quienes tanto se quejan de la “destrucción” de Bogotá son los mismos que apoyaron gobiernos tradicionales, los que nunca asumirán su responsabilidad en este “caos”.

1. El bien general por encima del interés particular

Bogotá —así como el resto del país— se vio abocada a seguir la doctrina política imperante del neoliberalismo según la cual el mercado mismo regularía las relaciones económicas logrando algo así como un equilibro mecánico que evitaría excesos en producción, demanda, precios de productos y, consiguientemente, un equilibrio de las relaciones sociales. Desafortunadamente, esta no fue más que una teoría economicista, que solo unos incautos tomaron en serio. Hasta donde recuerdo países como Estados Unidos han protegido siempre sus economías, de tal manera que los gobiernos otorgan subsidios y mantienen fuertes aranceles a las importaciones, entre otras políticas de clara intervención económica y social.

Este marco hizo que el criterio clásico del interés general sobre el particular se diluyera en el supuesto “equilibrio económico” automático y los gobiernos se dedicaran a velar por condiciones óptimas de mercado, y los intereses sociales, culturales, políticos y otro tipo de intervenciones económicas no estuvieran en su agenda. Se suponía que todas las necesidades de la comunidad estarían cubiertas por empresas y proveedores privados. Con la llegada de las izquierdas al poder en Bogotá, hemos recuperado el criterio de la prioridad del bien común para dirimir conflictos de intereses. Desde mi punto de vista, este es el criterio que debería guiar siempre la gestión de una ciudad o de cualquier comunidad humana.

2. La conservación del medio ambiente como prioridad

A diferencia de planes de ordenamiento territorial tradicionales, construidos alrededor de las vías, el plan del último gobierno de Bogotá, por ejemplo, tiene como premisa la preservación y “gobernanza” del agua. Claramente, este enfoque poco tiene que ver con la idea neoliberal de dejar que la mano invisible del mercado regule nuestras vidas. Asimismo, y aún más importante, se concreta el criterio del bienestar común y se parte de la idea de que el equilibrio medioambiental nos beneficia a todos por igual y que su destrucción también puede significar un deterioro sin retorno para la vida en general. Los intereses particulares de las empresas, los gremios o las personas no deberían atentar contra el frágil equilibrio de una ciudad de proporciones monstruosas como Bogotá. De esta manera, la Ciudad entró realmente en la búsqueda de sostenibilidad, lo cual ha sido el fuerte de las ciudades más desarrolladas y prósperas del planeta.

Acá resalta, por ejemplo, la fuerte disputa entre el alcalde actual Gustavo Petro y el ex alcalde tradicional Enrique Peñalosa sobre la pertinencia de la construcción de la ALO (Avenida Longitudinal de Occidente). Según el primero, el detrimento del medio ambiente que rodea y protege a Bogotá, que resultaría de desarrollar este proyecto, es mucho más grave que los problemas que pretende enfrentar, los cuales pueden ser combatidos de otras formas. Para el segundo, la construcción de esta vía descongestionaría la ciudad al permitir el tráfico de vehículos pesados y de carga por la ALO; el impacto en el medio ambiente se mitigaría con ciertas medidas paliativas. En este debate, hay más componentes, por supuesto, pero propongo esta pregunta general: ¿es más importante descongestionar un poco las vías que proteger los humedales que quedan? La respuesta de algunas de las izquierdas y de otros movimientos políticos en pugna por la Alcaldía de Bogotá es no. La respuesta del uribista Francisco Santos es un rotundo sí.

3. Educación y cultura de calidad para la gente

Este punto parece tan obvio que no debería ser parte de un sueño. Pero la realidad es que, además de que desde hace siglos la educación de calidad en Bogotá ha estado en manos de algunas comunidades, principalmente religiosas y del sector privado, la idea tradicional sobre este asunto indica que las cifras de cobertura debían ser el aspecto al que estuviera abocada la política pública. Por el contrario, los intentos de izquierda han estado más enfocados en las condiciones mínimas de aprendizaje y, posteriormente, en la calidad de la educación recibida mediante la relación maestro-alumno. Así, a partir de la alcaldía de Luis Eduardo Garzón, la alimentación de los niños estudiantes fue una prioridad. Esta visión ha trascendido y ya está instaurada en el ideario de la gente. Los esfuerzos actuales se encuentran en la calidad de la primera educación.

4. Inclusión

Pero el problema de la educación va más allá de aquello que los niños y las niñas puedan aprender en los colegios o mediante el acceso a la cultura. Para el gobierno no tradicional de Antanas Mockus se hizo indispensable crear una cultura ciudadana que enfrentara la situación de violencia que ha caracterizado a Bogotá desde, por lo menos, el 9 de abril de 1948. De esta manera, aquello que comenzó como el intento de que los habitantes de Bogotá se sintieran y actuaran realmente como “ciudadanos”, las izquierdas han buscado profundizarlo y desarrollarlo. Las formas concretas que ha tomado este principio han sido la lucha contra la pobreza, contra la falta de educación y cultura y, de manera eminente, en la defensa de los derechos de las minorías y su inclusión real en la sociedad, entendida también como institucionalidad.

Para mostrar lo novedoso que han intentado las izquierdas en el campo de la inclusión veamos dos problemas a los que se enfrentaron el gobierno de Peñalosa y el de Petro: i) la necesidad de cultura para todos los bogotanos y ii) los persistentes problemas de violencia. En el primer caso, el gobierno de Peñalosa construyó varias bibliotecas, con el fin de que la gente de clases populares estuviera en contacto con la cultura. No obstante, estas grandes construcciones no han logrado atraer el público esperado, lo que muy posiblemente esté motivado porque los niños y niñas, los jóvenes y los adultos de las clases menos favorecidas a duras penas saben leer. Las grandes carencias de la educación en casa y escolar de la primera infancia sobresalen. En este sentido, el gobierno de Petro ha enfocado esfuerzos en jardines de infantes y colegios públicos de calidad, entendiendo que el problema de la inclusión tiene raíces profundas en la brecha socioeconómica.

En el segundo caso, ambos gobiernos vieron la —tristemente— famosa calle de “El Cartucho” como un foco de violencia y tráfico de drogas frente al cual debían tomarse acciones. Sin embargo, mientras el gobierno de Peñalosa se limitó a construir el Parque Tercer Milenio, desplazando así a los habitantes del lugar, la administración de izquierda de Petro ha entendido que éste no es un problema de organización del espacio público sino que se trata de un problema de cultura de la ilegalidad, pobreza y drogadicción, vista esta última como enfermedad.

Lo novedoso de este enfoque resulta ser que por primera vez en las últimas dos o tres décadas, los bogotanos estamos entendiendo que queramos o no, los drogadictos, los delincuentes y los habitantes de calle hacen parte de Bogotá y, desde esta perspectiva, sus derechos deben ser tenidos en cuenta y las dificultades que pueden presentar para la vida en comunidad deben ser asumidas como un asunto de todos. Los individuos no son seres aislados sino que se conforman según sus relaciones con el entorno a modo de red.

Otros casos ejemplares de esta inclusión son la defensa de los derechos de la población LGTBI, de los recicladores y las luchas contra el maltrato a los animales no humanos, así como su manejo en la Ciudad.

5. Movilidad

Y por último, el tema por el que han pasado todos los gobiernos de esta ciudad y gracias al cual también han robado grandes cantidades de dinero —lastimosamente también con un gobierno de izquierda involucrado. La movilidad es importantísima, es el centro de las preocupaciones para la productividad y el desarrollo de la ciudad; claro, una movilidad limpia que no nos mate con su producción de esmog. Se pregunta uno, entonces, ¿cómo es que ningún gobierno tradicional emprendió la construcción del Metro? Si Bogotá es un desastre en lo que respecta a la movilidad es porque las cosas se han hecho muy mal en este campo, principalmente, en lo que concierne a los grandes sistemas… para la muestra el Transmilenio de nuestras pesadillas.