Viviana Viera

* Viviana Viera

Licenciada en Economía de la Universidad de Estrasburgo con postgrado en Estudios del Desarrollo de la Universidad de la Sorbona. Especialista en temas de Desarrollo, Cooperación y Comercio. Vive en Bruselas, desde donde se desempeña como asesora en el Parlamento Europeo sobre América Latina. Su actividad al interior del Parlamento ha sido fundamental para darle voz desde Europa al movimiento social colombiano y latino-americano. Es igualmente activista defensora de derechos humanos y co-fundadora de TEJE, la red nacional de asociaciones de jóvenes que trabajan por el fomento del tejido social como base para la construcción de una sociedad incluyente. Miembro activa del partido Polo Democrático Alternativo

Colombia es un país de emigración desde los años setenta. Más del 10% de colombianos y colombianas han salido del país, principalmente en la búsqueda de una mejor calidad de vida. Somos el país que tiene más emigrantes de toda Suramérica y nuestra diáspora tiene la cualidad de tener un nivel de educación superior al promedio nacional. Un estudio del Banco de la Republica mostró que el 37% de los colombianos inmigrantes a los Estados Unidos poseen títulos universitarios o han hecho estudios de postgrado, mientras solo 14% de los residentes en Colombia han obtenido un grado de educación similar. Sin embargo, los estudios muestran que son los colombianos y las colombianas con mayor nivel de formación las que menos regresan al país.Un importante capital humano, que impacta notablemente la economía y el desarrollo, ya que el conocimiento y la capacidad de innovación de estos migrantes se pierden por siempre para su país de origen y acaban beneficiando a las naciones que los acogen.

No obstante, según el antropólogo Jorge Durand, la categoría de migrantes que parten del país esperando volver, es mucho mayor a aquella que de manera tajante deciden nunca regresar. El sueño de los migrantes de regresar a su raíces es muchas veces frenado por la inseguridad que acompaña el retorno, sobre todo en países como Colombia, donde el Estado Social de Derecho es débil y muchas veces inexistente, además de una importante precariedad laboral y un pésimo sistema de salud.

Es por esto, que para fomentar el retorno, sobre todo de países desarrollados a países en desarrollo que emergen de situaciones de conflicto, como Colombia, la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) preconiza que los gobiernos deben implementar políticas migratorias para “la reintegración socioeconómica de nacionales competentes y calificados que se encuentran actualmente en el extranjero”.

La relación entre migración y desarrollo ha sido evidenciada en muchos estudios. Esta relación puede ser positiva en el caso de que el gobierno fomente el retorno de sus connacionales o puede ser negativa cuando esto no se incentive por políticas públicas y se pierda para siempre este capital humano.

En Colombia, los sucesivos gobiernos han optado por el segundo camino, intentando invisibilizar la diáspora. Son escasos los estudios que se han hecho sobre la población migratoria colombiana, como lo muestra la inexistencia de un censo real que nos permita conocer el número de connacionales que residimos por fuera. El actual gobierno de la Unidad Nacional ha desarrollado muy pocas iniciativas de retorno y, de las escasas existentes, todas han levantado críticas y han sido decepcionantes, al punto que muchas de las personas que han retornado se han vuelto a ir de Colombia. Un fenómeno que es denominado como “cerebros frustrados”.

Uno de los ejemplos actuales que ha indignado la diáspora, es el manejo que se le ha dado a las y los investigadores que fueron seleccionados en el programa de retorno de Colciencias llamado #EsTiempodeVolver. Como su nombre lo indica, el objetivo era repatriar cerebros fugados y para esto se le prometieron a los ganadores un sostenimiento neto de 6 millones mensuales durante dos años, seguridad social, beneficios tributarios, vinculación en una posición posdoctoral en las mejores universidades, centros de investigación y empresas del país, becas de investigación de 150 millones de pesos, acompañamiento y hasta gastos de la mudanza. Un programa muy atractivo que logró convencer a doctorantes vinculados con reconocidas universidades a dejarlo todo para volver a Colombia.

El aterrizaje fue forzoso. Profesionales que debían beneficiarse de la convocatoria se sienten defraudados pues casi nada de lo que se les prometió se les ha otorgado. Algunos se dicen “andar como gitanos” y poner en riesgo la vida de sus familias, ya que ni siquiera cuentan con un sistema de salud que los proteja en caso de enfermedad. El cinismo de la encargada de manejar el programa de Colciencias es tal, que frente a los reclamos de los profesionales les respondió: “Aterricen, esto no es Disneylandia”.

Las terribles palabras de la responsable de Colciencias, el organismo más importante para la promoción de las políticas públicas a favor de la Ciencia la Tecnología y la Innovación, es sólo una evidencia de la falta de respeto que tiene el gobierno del presidente Juan Manuel Santos hacia la diáspora y la poca voluntad política para garantizar un retorno digno. Muestra de ello, es que de todos los viajes que ha hecho el presidente colombiano al exterior, nunca ha dedicado una hora de su agenda a encontrarse y dialogar con algunos de los millones de colombianos y colombianas que residen fuera. Su sed masiva por atraer el capital extranjero de gobiernos y empresas transnacionales, le ha hecho olvidar que existe un capital mucho más importante y fundamental para el desarrollo de Colombia, el capital humano, que acompañado de los procesos de movilidad humana trae consigo factores decisivos para el desarrollo, como la transferencia de conocimientos, tecnologías, experiencias y nuevas competencias ciudadanas de prácticas culturales, sociales y económicas.

Las políticas de Juan Manuel Santos muestran que el jefe de Estado mira de otra forma muy diferente el desarrollo en Colombia. Prueba de esto, su política locomotora-minera y su empeño en firmar asimétricos Tratados de Libre Comercio con otros países y dejar a Colombia en la atrasada matriz de país exportador de materias primas, mientras importamos de otras naciones productos manufacturados con un valor agregado muy superior. Este tipo de visión, es una clara evidencia de que su política no da cabida a la innovación y a la investigación. Si su intención es la reprimarización de la economía ¿de que sirve entonces repatriar investigadores altamente calificados? En el modelo de desarrollo santista, es más importante tener personas con una educación básica, dispuestos a trabajar por bajo precio en empresas mineras y de producción de alimentos, bajo un marco laboral precario, donde poco importe que los trabajadores se enfermen por la exposición a productos nocivos, pues es una mano de obra numerosa y fácil de reemplazar.

Si le sumamos a esto los escándalos de los últimos tiempos en varias universidades del país, la forzada renuncia de la ex directora de Colciencias por haber informado del recorte del presupuestal de la entidad y el análisis que hace la Mesa Amplia Nacional Estudiantil titulado “Con el Plan Nacional de Desarrollo, Colombia será la peor educada”- por solo citar unos ejemplos – puede verse que todo apunta a explicar el gran desinterés del gobierno en no incentivar ni el regreso de la diáspora calificada, ni en permitir una alta formación de calidad para la población residente en Colombia.