Carlos Manrique

* Carlos Manrique

Ph.D. en Filosofía de The University of Chicago (2009). Profesor Asistente del departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes. Ha publicado diversos artículos sobre Filosofía política contemporánea, especialmente sobre el problema de las prácticas del lenguaje en el esfuerzo por re-pensar la relación entre ética y política en pensadores contemporáneos como Derrida y Foucault (2010, 2012), y también en torno al problema de la relación entre religión y política a partir de la lectura que hace Derrida de la ética kantiana (2009, 2010, 2011). Co-editor del No. 43 de la Revista de Estudios Sociales (“Técnicas de poder y formas de vida”, 2012). Actualmente adelanta el proyecto de investigación financiado por la Facultad de Ciencias Sociales de Uniandes, “Poder, subjetividad y lenguaje: re-pensando la relación entre ética y política a partir de Derrida y Foucault”

 “Es demasiado cómodo, realmente, ser “liberal” a costa de la Edad Media…

(K. Marx; El Capital, Capítulo XXIV, Nota a pie de página 192)

Discúlpenme por comenzar con una breve disquisición en el tono (un tanto odioso) de la reseña académica, para situar esta cita de Marx. Ello es ineludible para luego poder ocuparme de lo que realmente me interesa discutir en este artículo: la enorme vigencia de la crítica que despliega Marx hacia cierta concepción modernizan de la historia y de la sociedad, que ha vuelto a manifestarse de manera un tanto agresiva en una serie de debates recientes, aparentemente muy disímiles (por ejemplo: los trágicos eventos en el semanario Charlie Hebdo en París y su complejo aftermath; y la infortunada decisión de la Corte Constitucional en Colombia que se lavó las manos, temerosamente, en torno al tema del derecho a la adopción por parte de parejas del mismo sexo). A pesar de las enormes diferencias en los contextos socioculturales y políticos en los que estos debates se han suscitado, y de las coordenadas heterogéneas de los problemas en cada caso planteados, el discurso civilizatorio y modernizante con el que una cierta izquierda (llamémosla, ya veremos en virtud de qué tipo de luminosidad, “ilustrada”) ha reaccionado, aquí y allá1. Esta coincidencia nos exige reflexionar sobre los esquemas de interpretación y valoración dominantes que han orientado los términos en los que estas importantes discusiones se han formulado, y que los presuntos contendores, en orillas opuestas, parecen no obstante acoger, sin más, demasiado cómodamente.

Así, la tediosa, y espero muy breve, reseña académica. La cita de Marx aparece en el célebre capítulo de su magnus o pum dedicado a explicar la acumulación originaria del capital. Se enmarca, así, en su discusión sostenida en contra de Adam Smith y el resto de representantes liberales de la naciente ciencia económica. Es tan cómodo, dice Marx, lo que hacen Adam Smith y los suyos: contraponer en un discurso civilizatorio fundado en una simplista concepción teleológica del progreso histórico, la “libertad” del trabajador moderno, con la servidumbre o la esclavitud del trabajador en las antiguas sociedades medievales o pre-medievales, ya viejas y caducas. Con su característica finura argumentativa, Marx quiere mostrar que esta plácida concepción del progreso histórico es engañosa y sólo cuenta la parte que le conviene: el trabajador en la sociedad industrial es “libre”, sí, a diferencia del siervo o del esclavo de las antiguas formaciones sociales ya superadas, porque ya no es propiedad de nadie; pero, por otro lado, es “libre” también porque ha sido violentamente expropiado de los medios de producción que alguna vez fueron suyos, en su condición de campesino dotado de una pequeña parcela en el umbral de transición que antecede a la emergencia del capitalismo (al menos en Inglaterra). En esta ambivalente “libertad” el ahora proletario, otrora campesino, está obligado entonces a vender su fuerza de trabajo en el mercado para subsistir. Entonces, dice Marx, es tan cómodo ser “liberal”, o añadiríamos nosotros, es tan cómodo ser moderno, así: celebrando en ínfula triunfal la superación de la servidumbre medieval, sin pensar en las violencias depredadoras que se han desplegado históricamente para que esa nueva “libertad” sea posible; y sobre todo, sin pensar en las nuevas formas de opresión y de dominación en las que se enmarca el uso de esa nueva “libertad”, cuyo carácter profundamente ambiguo hay entonces siempre que resaltar, cómo él lo hace, con el uso incisivo de las comillas.

Hasta acá el tedioso excursus pseudo-académico. Ahora la pregunta más interesante: ¿qué lección podemos sacar, hoy y acá, de este sencillo pero agudo argumento esgrimido por Marx? Que la izquierda se ponga en guardia contra sí misma, o al menos contra algunas de las fuerzas que modulan sus reacciones. En diversos escenarios de debates recientes, cierta izquierda ilustrada ha vuelto a formular su crítica contra los más diversos y oscuros “poderes”, en términos de este facilista y escuálido discurso civilizatorio que enfrenta los valores de la “modernidad” liberal y todas sus conquistas, en contra del enemigo multicéfalo de la bárbara superstición: la de la ignorancia, la del fanatismo religioso, la del apego a irracionales y opresivas costumbres arcaicas, o en una palabra, en contra de la oscuridad cavernaria del Medioevo que, a pesar de su nebuloso status analítico, funciona como el polo contra el cual la buena izquierda liberal ilustrada define el talante progresista de su crítica2. La activación de este esquema interpretativo y valorativo enquistado en un discurso modernizante y civilizatorio (civilización vs. barbarie, razón vs. superstición, liberalismo vs. conservadurismo, secularismo vs. intolerancia, y en última instancia la luminosa luz de los “derechos humanos” vs. la tenebrosa oscuridad de la religión que los amenaza, etc.), ha sido una constante transversal en ciertas reacciones del mainstream de nuestra intelligentsia criolla, frente a eventos tan dispares como la trágica masacre de los periodistas en Charlie Hebdo, por un lado, y, por el otro, la timorata decisión de la Corte Constitucional que confirmó la ilegalidad de la adopción por parte de parejas del mismo sexo3i.

De nuevo, los dos sucesos son en muchos sentidos inconmensurables: aunque en ambos casos se trata de hechos graves porque ponen en riesgo valores políticos muy apreciados (la libertad de expresión, el derecho a la diferencia de las minorías y al reconocimiento igualitario de ésta por parte de la ley), la gravedad en cada caso se modula muy distinto; la violencia y la consecuente indignación de la “europa entera unida”, ambas mediáticamente espectacularizadas, en un caso, contrastan con la aburrida argumentación leguleya de la Corte y el vocabulario estereotipadamente “democrático”, incluso diríamos republicano, que caracteriza la propuesta del referendo, en el aftermath de la decisión de la corte, por parte de una senadora cristiana (“las grandes controversias de nuestra sociedad deben ser decididas por el pueblo, democráticamente”4). Los protagonistas que en un caso y en otro son considerados como una amenaza a los valores políticos cuya institucionalización las modernas democracias liberales se precian de haber conquistado con gran esfuerzo, no podrían tener un talante más disímil: por un lado, jóvenes marginados de las banlieu vueltos mártires de una guerra santa, y por el otro lado, poderosos y privilegiados funcionarios o representantes públicos del Estado colombiano en defensa del valor “sagrado” de la familia como el átomo inquebrantable de la estructura social; el papel de la “laicité” en la configuración histórica de la identidad cultural de la nación francesa, que contrasta con la presunta catolicidad que ha definido históricamente la identidad cultural de la nación colombiana; el hecho de que en un lado los “fanáticos religiosos” son una minoría étnica y religiosa, que padece la marginalización socio-económica bajo la presión de la “asimilación” cultural, y en el otro caso miembros de la élite política que apelan al argumento de la voz de las mayorías y de sus usos y costumbres. Y podríamos seguir enumerando estas diferencias en una lista interminable.

Y sin embargo se percibe una intrigante convergencia: la reacción crítica de cierta izquierda ilustrada, en ambos casos, activa en defensa de los valores políticos amenazados (sea la libertad de expresión, sea el derecho a la diferencia minoritaria y a la igualdad de todos ante la ley), un discurso civilizatorio que tiende a conceptualizar a la “religión” (con su siempre potencial y latente, si bien no siempre actual, dosis de fanatismo e irracionalidad), como la fuerza oscura que obstruye el luminoso camino de la modernidad y la democracia (y todas las cosas lindas, suaves, cálidas, plácidas, cómodas, asociadas a ellas: respeto, tolerancia, igualdad, pluralismo, etc.). ¿Simple coincidencia, o nos dice esta línea transversal algo sobre las asunciones que llevan en un lado y otro a contraponer la libertad y la igualdad democráticas, a la intolerancia y la discriminación de la cual la religión, sea cristiana, católica o musulmana, es un latente caldo de cultivo? Porque no es la religión como tal lo que está mal, por supuesto, arguye nuestra izquierda ilustrada en un caso y en otro; es una perversión de la religión de la cual no obstante ésta, la religión, es siempre el origen fácilmente identificable. ¿Nos dice esta intrigante convergencia algo sobre estas asunciones y sus problemáticas implicaciones? En ambos casos, ciertamente, es tan cómodo ser “liberal”, ser defensor de la libertad y de la modernidad, a costa de la oscuridad cavernaria de la Edad Media.

Y esa comodidad se gana, también esta vez, a costa de la productividad y, en un cierto sentido, de la efectividad política, del análisis de los problemas en juego. Voy a dejar a un lado en este punto la reflexión sobre el inmensamente complejo evento en Charlie Hebdo, y me limito a remitir a reflexiones sopesadas pero también arriesgadas que nos invitan a resistirnos a la manera como se han planteado allí los términos del debate5. Simplemente destaco que la violencia espectacularizada y mediáticamente repetida de manera obsesiva en todos los medios masivos de comunicación, invisibilizó por completo las manifestaciones estas sí popularmente masivas, pero pacíficas, de las comunidades musulmanas de la diáspora en protesta por la una vez más re-iterada publicación de las caricaturas en los medios de comunicación; manifestaciones que repiten el gesto de las en su mayor parte pacíficas movilizaciones multitudinarias que estas comunidades han realizado desde la primera publicación de las caricaturas de su profeta en un periódico danés en el 2005. Las causas y efectos de esta invisibilización han de ponderarse, creo yo, en virtud de cómo por su carácter pacífico estas manifestaciones de protesta desestabilizan el esquema de interpretación dominante en los medios de comunicación mainstream, y el esquema dicotómico que lo sustenta: es mucho más fácil activar la oposición entre civilización y barbarie, entre la libertad de expresión y la intolerancia, cuando los bárbaros y los intolerantes actúan de manera explícitamente violenta; aunque este esquema de interpretación así activado oculte y silencie, justamente, la pregunta importante por el profundo conflicto entre semióticas distintas que subyace el hecho de que para toda una comunidad con una filiación cultural y religiosa minoritaria, unas caricaturas puedan resultar siendo una ofensa y la causa de un daño. De nuevo, es tan fácil ser moderno a costa de la Edad Media, y tan analíticamente improductivo.

Pero lo que más me inquieta, y en lo que quiero detenerme ya para terminar, es en lo abrumadoramente ineficaz que resulta, desde el punto de vista político, este esquema interpretativo y crítico que se despliega en torno al tema de la adopción de parejas del mismo sexo. En vez de rasgarnos las vestiduras por el catolicismo de un procurador o por el cristianismo de una senadora, deberíamos empezar por asumir una actitud respetuosa ante el hecho de que algunas personas sustenten sus posiciones políticas sobre asuntos públicos, a partir de cómo sus creencias y prácticas religiosas configuran sus modos de ser y de pensar. De la misma manera que exigimos ese respeto, por ejemplo, hacia las comunidades indígenas o los movimientos sociales que articulan sus proyectos políticos emancipatorios y anti-neoliberales en prácticas, vocabularios y creencias asociados a sus mitologías ancestrales y a las formas de espiritualidad que se desprenden de éstas, o a la profunda influencia que tiene aún en algunos de ellos la perspectiva de la teología latinoamericana de la liberación (como es el caso de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó); y de la misma manera que lo exigimos por parte de las mayorías de origen continental y filiación étnica caucásica hacia las minorías musulmanas en los países europeos, enfatizando cómo ese respeto no puede ser puesto en entredicho por los actos extremos de violencia cometidos en nombre de su religión: respeto que implica hacerse de manera seria la pregunta por lo que ellos reclaman como un “daño”, y que para nosotros resulta ininteligible como tal.

En vez de escandalizarnos por la manera como la religión contamina la pura y secular neutralidad del espacio público y de las instituciones estatales, deberíamos atender a cómo este procurador católico y esta senadora cristiana se cuidan muchísimo en cada una de sus declaraciones de ofrecer argumentos a favor de sus posiciones que no apelan a la particularidad de sus respectivos credos, sino a los principios constitucionales que supuestamente todos acogemos (y en ese sentido resulta que, paradójicamente, estos dinosaurios conservadores de la Edad Media que supuestamente amenazan nuestros valores políticos, terminan en realidad siendo “liberales” más de avanzada en la línea de un Rawls o de un Habermas que han reconocido hasta la saciedad la necesidad de acoger en las sociedades contemporáneas las razones y los argumentos religiosos en el debate público bajo ciertas condiciones a las que nuestros non gratos procurador y senadora, respectivamente, parecen acogerse al pie de la letra: aunque no desconocen la incidencia de sus credos en sus posiciones políticas, argumentan en términos de sus interpretaciones de los principios constitucionales en los que todos convergemos). Ello podría entonces llevarnos a pensar cómo esos principios constitucionales, como se ha mostrado en recientes defensas a ultranza de la “laicité” en Francia, agresivas contra las comunidades musulmanas y sus prácticas culturales y religiosas (como la prohibición del uso de la hiyab por parte de las niñas en las escuelas públicas), son por lo general interpretados en defensa de lo que se presume es el sentir de las mayorías, en detrimento de las minorías. Y que la lucha para contrarestar esta nefasta y discriminatoria tendencia no implica tanto defender al Estado de la amenaza de la religión (es justamente apelando a esta “defensa” que el supuesto sentir de las mayorías en Francia se ha impuesto en contra de las prácticas culturales y religiosas minoritarias), sino más bien, defender a los grupos minoritarios del Estado mayoritario, usando los instrumentos de ese mismo Estado.

Y en ese sentido, en vez de estigmatizar de manera vociferante y maniquea la propuesta de la senadora cristiana porque busca a través del referendo popular cristianizar de nuevo al Estado colombiano usando de manera oportunista su herramienta más democrática (¡qué horror, ya ni siquiera catolizar!, ¿o sería esto más bien un avance para nuestra izquierda ilustrada teniendo en cuenta el fundamental papel histórico del protestantismo en los procesos de modernización de las sociedades europeas y anglosajonas?); en vez de eso, deberíamos asumir el reto, y movilizar las fuerzas políticas de la religiosidad popular de los colombianos que entienden muy bien que su profunda relación con el divino niño del 20 de Julio o con la Virgen del Carmen, no tiene absolutamente nada que ver con un absurdo modelo normativo de familia que la mayoría de católicos en este país incumple (o incumplimos, diría yo, si no hubiese desde hace años dejado de ser un católico practicante); porque estos colombianos religiosos entienden que lo fundamental de la vida espiritual no está en la letra muerta de la ley, sino en la relación viva consigo mismos, con los otros, con el arraigo en su pasado, con la promesa de su futuro. Y entonces, en vez de querer definir la identidad colectiva de la nación con un discurso “secularista” totalmente ajeno al sentir del pueblo colombiano, pensemos en la necesidad de hacer valer, de visibilizar y de reafirmar, otras herencias posibles del catolicismo en nuestro país, asociadas a luchas emancipatorias de las clases menos favorecidas, y a trabajos militantes con comunidades de base en los barrios y las veredas más pobres de nuestras ciudades y nuestros campos, que algunos sectores de la iglesia católica vienen valientemente realizando desde hace varias décadas. Y así, quizás, tendremos un poco más de chance de que el pueblo colombiano decrete en el eventual referendo popular el derecho de las parejas homosexuales a adoptar niños, porque ese derecho no sólo es compatible con, sino que también está respaldado por, su manera de vivir y entender la religiosidad; una que encuentra sumamente molestas y problemáticas otros modos de vivir y practicar la religiosidad, como el del procurador que va a misa en latín, o el de la senadora protestante en cuyo credo se identifican la salvación divina y el éxito profesional.

 

 

 

 

 

  1. Recientemente en este portal se ha suscitado un debate muy interesante a raíz del artículo de Régis Bar, en el que éste problematiza la reacción de una izquierda, llamémosla “mamertoide”, que corre el riesgo de terminar justificando con su discurso anti-imperialista a ultranza, los trágicos actos de violencia cometidos en París. No voy a intervenir de manera directa en esta interesante conversación que sostuvieron Régis y Edwin con ocasión de este artículo, porque mi punto de partida es distinto: problematizar las reacciones de otra izquierda, y sus discursos civilizatorios y modernizantes. Daré ejemplos específicos de lo que considero ejemplos claros entre nuestros opinadores mainstream de esta posición que busco acá problematizar, y que, por supuesto no creo que se ajuste a la sostenida por Régis, aunque algunos de mis argumentos resuenan con algunas de las reflexiones de Edwin. En particular, las concernientes a la necesidad de poner en cuestión el sesgo secularista de ciertas reivindicaciones de la democracia liberal.
  2. Para mencionar solamente dos ejemplos recientes de este tipo de crítica, ver el artículo de Mauricio García Villegas, “Sexo y Moral” http://www.elespectador.com/opinion/sexo-y-moral-columna-545394; y el artículo de Cristina de la Torre, columnista a quien, por demás, admiro muchísimo, titulado “Ecos de la Inquisición” http://www.elespectador.com/opinion/sexo-y-moral-columna-545394
  3. El artículo de Ricardo Silva en El Tiempo, titulado de manera diciente “Caverna”, es un ejemplo claro de cómo se hacen fácilmente confluir, en estos discursos, estas dos amenazas reaccionarias a “nuestros” valores liberales; http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/caverna-ricardo-silva-romero-columnista-el-tiempo/15274655
  4. “Listo referendo para que se permita adopción de niños se permitan sólo a parejas heterosexuales”; http://www.elespectador.com/noticias/politica/listo-referendo-adopcion-de-ninos-se-permita-solo-parej-articulo-544529
  5. Las reflexiones más interesantes y matizadas sobre estos problemáticos se encuentran, a mi parecer, en la recopilación de textos de Sabah Mahmood, Talal Asad, Judith Butler y Wendy Brown en la compilación Is critique secular? , animada por la reflexión en torno a la reacción de los pueblos musulmanes, tanto los de la diáspora como los del medio oriente, a las primeras publicaciones de caricaturas de su profeta en un diario danés en el 2005. Y de la misma manera que el respeto hacia el cristiano no puede ser debilitado por los actos extremos de violencia cometidos históricamente en contra del cristianismo, o que el respeto hacia un defensor liberal y ateo de los derechos humanos como “sagrados”, no puede ser puesto en entredicho por los actos de violencia extrema que se han cometido en nombre de los “derechos humanos” (para no ir tan lejos las sangrientas ocupaciones militares en países del Oriente Medio).