Andrea Mejía

* Andrea Mejía

Investigadora con estudios en literatura y maestría en Filosofía en la Universidad de Los Andes. Doctora en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia con la tesis titulada Auctoritas, non veritas Schmitt, Kelsen y Strauss, lectores de Hobbes. Sus intereses de investigación se enmarcan dentro de la filosofía política y del derecho

Podemos hacer una distinción clara y precisa entre lo vivo y lo muerto. Podemos atribuir rasgos estructurales a un concepto cuya realidad es tan incuestionable como la realidad de “la” vida. Sin embargo, el atributo de “sagrado” es de cuidado. No está desligado de una cierta violencia, de un temor bíblico y atávico. Nada en lo vivo mismo nos dice que la vida sea sagrada.

Decir que la vida es sagrada es por supuesto expresar una creencia. Creemos o no que la vida es sagrada. Aún cualificada, es decir, con ciertas determinaciones normativas (dignidad material e inmaterial, libertad, felicidad) o ciertas condiciones biológicas (presencia o ausencia de un sistema nervioso central que se traduce o no en la posibilidad de sentir dolor), la vida ni es sagrada, ni no lo es. “La vida es sagrada” es entonces la articulación vaga de una creencia.

Ahora bien, hay dos maneras de considerar una creencia: o bien de manera absoluta, desligada del contexto en el que se articula o se profiere; o bien inserta dentro de un contexto específico, dentro de un conjunto articulado de prácticas concretas y de formas de vivir y de hablar. Considerada de manera absoluta, la creencia en la sacralidad de la vida puede meternos en problemas serios. No sólo nos atraparía en problemas que no son problemas, o que al menos por ahora no lo son (aunque nunca hay que subestimar la capacidad humana para problematizar lo que en un principio no es problemático). En efecto, si es verdad que debemos tomar la vida como sagrada, si esa vida a la que nos referimos no requiere de ningún tipo de cualificación ni de valor relacional para que la coronemos con el poco modesto adjetivo de “sagrada”, entonces los antibióticos y los preservativos deberían ser combatidos con un mismo celo infatigable. La sacralidad de la vida, o más bien lo que desde cierto punto de vista se nos aparece como su fragilidad, nos llama también a atender a problemas reales, como el consumo de carne animal y la devastación de la naturaleza (aunque los motivos de estos problemas prácticos no sean la sacralidad de la vida como tal, sino la existencia del sufrimiento en el primer caso, y en el segundo, la necesidad de cuidar un entorno del que no sólo depende una especie, la humana, sino todas las especies existentes sobre la Tierra).

Con todo, desde un punto de vista absoluto, el lema de “la vida es sagrada” puede leerse en letras de oro sobre las rejas de entrada para la prohibición del aborto y de la eutanasia. Es desde este punto de vista absoluto que el procurador Ordoñez debería encabezar la marcha del 8 de marzo, al lado de Antanas Mockus.

Sin embargo una creencia nunca debería ser tratada absolutamente, sino en un contexto específico. En el contexto colombiano en particular puede ser una creencia útil. Es cierto, como dice Mockus, que en Colombia “necesitamos llenarnos de razones para no matar”1. Muy cierto. Pero no se trata solamente de una creencia útil. No sólo es una creencia que le vendría bien a nuestro extraño y tortuoso “sistema” de creencias. Lo que sucede es que sin esa creencia, expresada no tanto en un eslogan semicatólico, sino en una cierta manera de relacionarnos con los otros, sin esa creencia traducida en acciones, no podemos creer nada más. No podemos creer nada si no estamos vivos. No se puede creer nada si algunos matan porque creen esto o esto otro, o porque aquel o aquella a la que matan cree esto o cree aquello. Es difícil creer algo, cualquier cosa, cuando nos movemos entre tantos muertos y por encima de ellos. Es difícil, en Colombia, articular cualquier creencia. Tener un proyecto político medianamente estructurado es ya ponerse en riesgo. Por eso es mejor no creer nada. Pero no tener proyecto político alguno, evitar las creencias y limitarse a intentar sobrevivir, no garantiza tampoco que la vida estará a salvo. Porque también en Colombia matamos sin tener razones. Sin que medie ningún tipo de creencia. Matamos ciegamente.

En la entrada “Creencia” de su diccionario intermitente de filosofía, W. V. Quine hace una distinción entre pensamiento y creencia. Mientras el pensamiento es una actividad voluntaria, la creencia no lo es2. No decidimos creer algo. Sin embargo, en Alicia en el país de las maravillas, la reina de corazones, encantador atado de imposibilidades lógicas, recomendaba vivamente ejercitarse en la creencia, y en particular, en la creencia de imposibles: “A tu edad -le dice la reina a la pequeña y perpleja Alicia- siempre lo hacía al menos durante media hora diaria. Por eso a veces llegaba a creer hasta seis cosas imposibles antes del desayuno”.

No sólo creemos. También a veces queremos creer. Necesitamos creer. Podemos creer. Debemos creer. Nuestras creencias no sólo son reglas para la acción. Son lo que nos mueve a actuar. A salir a la calle o a no salir a la calle, como no salimos (me incluyo) cuando mataron a cuatro niños en el Caquetá. Para aplacar cualquier brote de mala conciencia, los muros del Facebook -nuestra insípida y doméstica “calle” actual- se vieron entonces tapizados de frasecillas que dejaban en claro nuestra justa indignación. Pero nada reemplaza por ahora la energía que se mueve y se crea en la calle real. Lo que se hace visible al estar realmente juntos. Y vivos.

No sólo de aquí al 8 de marzo, sino en el difícil proceso que viene, en el que uno de los aprendizajes básicos será el de respetar la vida del contendor político, del que comparte con otros otras creencias, deberíamos, como la reina de corazones, en un país de muertos más que de maravillas, entrenarnos en adoptar una creencia que se ha vuelto imposible, la creencia según la cual la vida es “sagrada”, o, digamos mejor, que respetar la vida es lo más importante, para empezar. Es la creencia que debería servir de base a cualquier creencia política.

 

 

  1. Intervención pública de Antanas Mockus en el parque Nacional. https://www.youtube.com/watch?v=5wXh0t–gDU
  2. W. V. Quine, Quiddities. An Intermittently Philosophical Dictionary. London: Penguin Books, 1990, pp. 18-19.