“Colombia nunca será comunista, socialista o progresista (sinónimos) así nos toque desangrar esto hasta la última gota. Mensaje a la yugular!” (sic). La frase fue escrita por el abogado Jaime Restrepo en la red social twitter hace algunos días.

Alguien dijo una vez que para captar la esencia de la historia bastaba con comparar a Heródoto con el periódico de la mañana, y que un período histórico podía coagular en un objeto cotidiano. Hoy la dictadura de lo efímero nos ha arrebatado ese privilegio. La explosión incesante de mensajes pasajeros amenaza el tiempo histórico, haciendo que nos movamos en un presente continuo donde parecen agotarse a la vez la memoria y la esperanza. Sin embargo, en algunas ocasiones esos mensajes fugaces también logran revelar la verdad de una época. Aunque un trino en las redes sociales rara vez se constituya como aforismo, incluso una sentencia atroz puede ser alerta de incendio y motivo para la reflexión.

Dos tradiciones

En el pensamiento conservador se han destacado dos tradiciones opuestas, representadas por el filosofo británico Michael Oakeshott y el jurista alemán Carl Schmitt. Para el primero, ser conservador se identifica con una disposición a defender lo familiar frente a lo innovador, una propensión a priorizar el disfrute de lo disponible por encima de la búsqueda incierta de lo desconocido. Su conservadurismo opta por la defensa de pequeños cambios paulatinos y la complementaria desconfianza ante grandes y repentinas transformaciones. En cuestiones políticas este temperamento aboga por un gobierno limitado: “la función del gobierno no es la imposición de otras creencias o actividades a sus súbditos, ni la de tutelarlos o educarlos… ni la de dirigirlos, moverlos a la acción, conducirlos o coordinar sus actividades para que no ocurra ninguna situación de conflicto; la función del gobierno es solo la de gobernar”1. Para Oakeshott el gobierno debe limitarse a proveer reglas de conducta, una virtud de tales reglas es precisamente la familiaridad, mientras la innovación puede implicar un salto al vacío.

El conservadurismo de Schmitt transita otros caminos. Su concepción de la política se enmarca en un modelo de autoridad inspirado en la vieja iglesia católica2, pues la organización jurídica de la iglesia proporcionaba una jerarquía que deja claro quién puede tomar las decisiones. Tal autoridad defiende un “ethos de la gloria, del resplandor y del honor. La iglesia pretende ser la esposa regia de Cristo; representa al Cristo gobernante, reinante, victorioso”. Tal énfasis en la victoria se liga con su concepción de la paz: “Cuando la iglesia consiga su objetivo traerá la paz al mundo como cualquier imperialismo mundial”3. Tal posición se apoya en una idea de la soberanía ligada a quién tiene la potestad de decidir el estado de excepción en los casos donde la autoridad y el orden público se vean amenazados.

El soberano es aquel que puede decidir anular las normas para garantizar el orden4. Lo anterior se complementa con una visión de la política reducida a la distinción amigo-enemigo, pero dejando claro que “los conceptos de amigo, enemigo y lucha adquieren su significado real por el hecho de que se refieren de modo específico a la posibilidad real de la eliminación física”5.

¿Quién es el enemigo público?

Cabe preguntarse hasta qué punto en la tradición política colombiana ha tenido mayor peso un conservadurismo agresivo similar al de Schmitt frente al conservadurismo ponderado de Oakeshott. Esta pregunta no es menor, pues para la historia del conflicto armado ha sido crucial la tesis del enemigo interno, una especie de adaptación norteamericana para los tiempos de la guerra fría de la noción de enemigo público defendida por Schmitt. El alemán consideraba que la paz genuina era la derrota de un enemigo público que amenazaba el orden existente, para garantizar tal orden el soberano podía suspender la legalidad si ello facilitaba la eliminación del adversario.

En los tiempos de la guerra fría los asesores de seguridad de los gobiernos de Estados Unidos no dudaron al identificar al enemigo público con la amenaza del comunismo, declarando un estado de excepción de facto donde se suspendieron órdenes jurídicos nacionales al igual que la legalidad internacional. Los golpes de Estado en el cono sur, el genocidio en Indonesia, las guerras de Corea y Vietnam, el apoyo a criminales como Trujillo, los Somoza o los Duvalier, la invasión de Granada o las maniobras de desestabilización en Italia y Chipre, constituyeron una suerte de estado de excepción justificable para derrotar la amenaza del comunismo, aunque los gobernantes de la Unión Soviética no tuvieran en muchos casos el interés de promover auténticas revoluciones en esos lugares.

En Colombia tiende a considerarse que la amenaza comunista coincide con el accionar militar que desarrollan las guerrillas. No obstante, la constante violencia contra el “enemigo interno” no coincide históricamente con la lucha armada de los últimos cincuenta años. Pensemos en la masacre de los artesanos de Bogotá en 1893, la masacre de artesanos del Partido Obrero en 1911, la masacre artesanal de marzo de 1919, la masacre de las bananeras en Ciénaga en 1928, o la masacre de los trabajadores de Santa Bárbara en 1963. Tales hechos reflejan la tendencia del régimen político colombiano a defender el orden social de la propiedad privada recurriendo a la violencia contra las y los trabajadores. En tales casos, aunque la insurgencia no había aparecido en la escena pública, la protesta pacífica recibió tratamiento de guerra.

El anticomunismo propio del régimen político colombiano se reforzó en la época de la guerra fría, pero aunque ese período ya terminó, en los sectores más conservadores la tesis del enemigo interno sigue vigente. Lo anterior cobra relevancia porque el núcleo de las negociaciones de paz es la generación de un deseable pacto político donde las armas ya no sean un recurso para hacer política. Algunos han afirmado que tal pacto reduciría la violencia contra los movimientos sociales, pues se dejaría de identificar a la oposición de izquierda con las guerrillas y habría mayores garantías para la protesta y la organización social. Sin embargo, esta tesis tiene un problema; para los grupos más conservadores de la sociedad el enemigo interno no se define por un accionar armado, sino por la defensa de tesis políticas transformadoras, sin importar si se trata de civiles o de combatientes.

Lo que expresa el trino del abogado Restrepo es que algunos consideran que tras una negociación exitosa de paz, seguirá siendo válido usar la violencia contra las organizaciones de izquierda, pues para esos sectores la victoria no consiste en ganar la guerra sino en evitar posibles cambios sociales. Lo anterior también podría ayudarnos a entender por qué en los últimos meses han crecido las amenazas contra los sectores más diversos de los movimientos sociales, abarcando desde la dirigencia del sindicalismo tradicional hasta líderes de grupos animalistas. La impermeabilidad al cambio está en la base de la promoción del terror.

La humanidad de la conversación

Al conservador Oakeshott le debemos una aguda reflexión sobre el papel de la conversación para la vida humana (tesis que influyó de manera decisiva en la filosofía de Richard Rorty). Aunque no sea claro cómo ese perfil de la conversación puede aplicarse a la política, pues allí no hay verdades que descubrir, proposiciones a probar o conclusiones a buscar, lo cierto es que para conversar es preciso reconocer de alguna manera la humanidad del interlocutor. Cuando la política se reduce a la posibilidad de eliminar al adversario no hay conversación posible, allí el desangre se anuncia y la humanidad se desvanece.

La posibilidad de la conversación no borra los antagonismos, las diferencias políticas, ni las luchas sociales, pero sí nos ayuda a reconocer la humanidad de los adversarios. Ciertos sectores de la derecha colombiana hoy tienen el reto histórico de abandonar un legado que les ha impedido reconocer la humanidad del otro. De tal reto dependen muchas vidas.

  1. Michael Oakeshott, “Qué es ser conservador”.
  2. Vale la pena señalar que después del Concilio Vaticano II, de las reuniones del CELAM en Puebla y Medellín, después de Pedro Arrupe, o después de la teología de la liberación, hoy no podría sostenerse tal analogía.
  3. Carl Schmitt, “Catolicismo y forma política”.
  4. Carl Schmitt, “Una definición de la soberanía”.
  5. Carl Schmitt, “El concepto de lo político”.