Nicolás Villa Moya

* Nicolás Villa Moya

IInternacionalista de la Universidad del Rosario y magíster en Administración Pública de la Universidad de Leiden. Cursó estudios complementarios en Política Pública Europea en el Montesquieu Instituut de La Haya y Cooperación Internacional para el Desarrollo en la Universidad del Rosario. Fue miembro fundador (alumni) de The Hague Governance Quarterly y actualmente se dedica a la docencia en facultades de Negocios Internacionales, Relaciones Internacionales y Ciencia Política. También es analista internacional para la cadena RT.

Después de – casi ya – 12 años en el poder, la llamada izquierda bogotana se ha acostumbrado a ejercer la política desde el Estado. Tanto los continuos linchamientos mediáticos, como las pretensiones bananeras richelieuescas del procurador José Ordoñez –el representante oficial del sentimiento retrogrado en Colombia– no han podido arrebatarle el poder a la izquierda en la capital, por el contrario, parecen haberla mantenido y legitimado. Curiosamente, el nepotismo cobarde de la Bogotá Humana de Gustavo Petro, la corrupción cínica de la Bogotá Positiva de Samuel Moreno, sumada a las ansias de las tres administraciones de izquierda de formar parte de la casta política tradicional, tampoco han logrado arrebatarle el poder a los llamados opositores del establecimiento.

Como un autoproclamado izquierdista, no alcanzo a estar conforme (dígase horripilado en el caso de Samuel Moreno) con los logros de las administraciones distritales, quienes dicen ser de dicha filiación política. Ante todo, me resulta problemático su propia inseguridad ontológica. Esa necesidad infantil de recibir la aprobación de aquellos miembros de la sociedad colombiana frente a quienes la izquierda está llamada a ser una alternativa. Sin ir más lejos, en el acto de renovación pública del Hospital San Juan de Dios en Bogotá (una iniciativa de izquierda por donde se le mire), Canal Capital felizmente informó a la ciudadanía de cómo Juan Manuel Santos se había pronunciado frente al tema; “Bogotá Humana representa en muchas cosas lo que yo he querido hacer con el país en materia social”. ¿Es que acaso la reinauguración de un hospital público por parte de una administración de izquierda necesita el beneplácito de un personaje como Santos (cuyas políticas neoliberales tienen la salud del país destrozada), para ser una buena noticia? ¡Vaya izquierda la de Bogotá!

Lo que dicho state of affairs denota es la ya mencionada debilidad ontológica de la izquierda bogotana (¿quizá nacional?). Una debilidad originada en estar plenamente incrustada en la ideología de siempre, en tener los sueños de siempre. Por eso, nuestra izquierda no se ha logrado escapar de la corrupción, del nepotismo, de la politiquería. Por eso busca la aprobación de los de siempre, por eso, no está plenamente claro que la izquierda de Bogotá no son los de siempre – en versión pobre.

Entre los contados logros de dicha izquierda insegura y endeble, me permito rescatar y exaltar uno (y sí que los hay – no nos engañemos): el Canal Capital. Dicha institución mediática ha logrado en gran medida (como lo demuestra la situación con el San Juan de Dios, no en medida completa) ser la alternativa pública deseada frente a los intereses mezquinos y particulares de los grandes medios privados. Al Canal Capital no le ha temblado la voz para decirle la verdad al poder, o para educar a sus televidentes sobre el alcance del poder mediático, a la vez que ha logrado ser un medio para la visibilización y la reivindicación de la victimas en Colombia.

Sin embargo, falta mucho por hacer en esa dirección. Si acaso Canal Capital quiere darle un auténtico estrujón a la opresión y a la manipulación en Colombia, debe hacer algo mucho más real de lo que está haciendo. Debe acudir a la ficción. Solo así podrá exponer la violencia objetiva (y no sólo los nombres propios de la violencia subjetiva), al igual que verdaderamente mostrar las contradictorias grietas de la ideología nacional. No basta con señalar las masacres y los abusos del poder de este o de aquel para denunciar la violencia, es necesario que Canal Capital denuncie la violencia objetiva.

Por tales motivos el canal en mención debe cuidarse de tomar un comportamiento análogo a la política de izquierda capitalina, es decir, ser una resistencia cómplice, una pieza más del andamiaje sustentador del establecimiento colombiano –lo que tristemente ha resultado ser la izquierda en la Capital. Hay que ser enfático en este punto, Canal Capital (y la izquierda de la Capital) corre el peligro (o quizá ya sucedió) de convertirse en una parte más del “círculo de la vida” de la política colombiana. Muchas veces, la resistencia falsa legitima. La labor de Canal Capital (al igual que de los intelectuales, sensatos, etc.) es exponer y criticar ese mismísimo “circulo de la vida” política en Colombia.

Una humilde propuesta; un programa importado y adaptado. Si, otro más. ¿Después de tantos intentos fallidos por parte de Caracol, no son las adaptaciones criollas una causa perdida? Sí, pero yo soy un ferviente entusiasta de las causas perdidas (el comunismo, el psicoanálisis, el amor). Eso sí, toca adaptar dicho programa con no-todas las de la ley. Toca importar y adaptar bien ese programa que Caracol, RCN, o El Tiempo TV nunca podrían importar y adaptar para Colombia –por lo menos no siendo fiel al programa original– House of Cards.

Que refrescante sería poder ver al Francis Underwood colombiano. ¿De qué partido sería? ¿Sería su matrimonio igual de enfermizo? ¿Qué industria lo financiaría? Y así con todos los personajes; ¿cómo se llamaría la Zoe colombiana?, esa joven trepadora con ínfulas éticas de periodista valiente. ¿Trabajaría en el Tiempo o en El Espectador? Lo más importante: ¿Cómo recibiría la audiencia colombiana una muestra totalmente verídica -debido a su misma ficción- de la manera sórdida, baja y engañosa en que una clase que se presenta como merecedora, ilustrada y cínicamente sabía, ejerce la política?

Cabe resaltar que habría que dar un paso más allá del House of Cards original. Mostrar no es suficiente, es decir, no se puede mostrar y ya –siempre que se muestra, se toma posición. El House of Cards original, hasta ahora, claramente glorifica al cinismo y al todo vale. Muestra a Underwood como el único verdaderamente comprometido con sus principios; disciplinado, creyente, un cínico que verdaderamente cree en el cinismo. El único personaje verdaderamente interesante. No está de más aclarar esa enorme falsedad, los cínicos suelen ser personas aburridas y predecibles quienes buscan gozar de presunciones morales.

Mucho más útil, mucho más entretenedor, mucho más interesante y mucho más real, sería un House of Cards a la colombiana producido por Canal Capital, que cualquier otro formato que se haya intentado hasta ahora para “dar voz”, informar, entretener, etc. La ficción permite contar aquellas cosas que son demasiado traumáticas para relatar. Una lección que nos da Slavoj Žižek mediante la filosofía de Hegel y el psicoanálisis lacaniano.

Ya –desde siempre- estoy aburrido de la visión justificadora que hacen Caracol y RCN de un criminal como Walter Blanco en Metástasis (la versión criolla de Breaking Bad). Blanco es El Capo, que es Pablo Escobar, que es la meretriz de Sin Tetas No Hay Paraíso. Le pido a Canal Capital que haga algo por el desdichado Walter Blanco. Canal Capital, muéstrale a Walter que la respuesta no está en “ver las cosas como son”, en creer en “él mismo” y acabar con toda persona que se le interponga en el camino porque “él se lo merece” y así “es feliz” mientras “alcanza su verdadero potencial”. Muéstrale la ingenuidad de su cinismo, muéstrale el House of Cards de Colombia, muéstrale que muchas veces la solución a las circunstancias horribles de su vida (la enfermedad, la desgracia económica, la falta de arraigo en su vida cotidiana) no dependen de buscar en su interior, sino de no recriminar y batallar con su interior lo suficiente, por ser cómplice de un sistema diseñado para exacerbar sus fantasías más bajas, a la vez que sus sueños más clichés y mezquinos.