Vladimir Rodríguez

* Vladimir Rodríguez

Historiador de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de la maestría en Derechos Humanos y Democratización para América Latina UNSAM-CIEP (Argentina). Se especializa en el análisis de procesos culturales a partir de los artefactos de consumo masivo y su articulación/circulación con los dispositivos de producción de sentido

El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio, si puedes simular eso, lo has conseguido”.

Groucho Marx

En pocas ciudades se respira tan tranquilamente el aire de la democracia. Cantidad de agrupaciones lo confirman, la presencia de una universidad mítica, las plazas con nombres de escritores famosos del siglo pasado cuyas citas todavía inflaman los corazones de las adolescentes y las señoras separadas, anchas calles para mujeres delgadas y hombres de maneras demasiado finas para ser puestas a prueba, gentes con el rostro sonriente de quienes han recuperado la democracia y luchan diariamente por hacer que la situación permanezca así, más cerca de la gloria del sueño recordando constantemente los días de la pesadilla.

Seguramente a eso se debe el extensivo uso del lenguaje instituido de la corrección política, el reemplazo evidente de toda categoría que pueda manifestar una diferencia junto con la perfecta disposición para que la comunidad cierre una calle o marche al obelisco golpeando sus cacerolas para reclamar justicia cuando sea necesario; en Buenos Aires no hay espacio para las diferencias, no puedes siquiera decir a una mujer cuan atractiva luce sin recordar los días del oscurantismo en que Bocaccio relataba ¡malhaya bandido! Los goces paganos de una era sin equidad de género.

Es tal el aire de la democracia, que te puedes sentir en el cielo, y como tal quedar turbado, como si faltara el aire en las regiones etéreas de la enorme pasarela de cuerpos que circulan con apuro frente a vidrieras que señalan el prelanzamiento de la nueva colección otoño/invierno de prendas traídas de oriente para el buen gusto de los nativos y su perpetuo aire chic. En esa turbación puedes sentirte pletórico de gozo porque sabes que en algún lugar del continente se están haciendo las cosas bien, las parejas del mismo género se casan, se consigue marihuana a cualquier hora del día, los hostels están llenos de chicos alternativos, y las fuerzas represivas huyen al menor asomo de los defensores de Derechos Humanos.

No obstante las cosas no suceden tan plácidamente en Dogville® e igual que en el pueblito de Lars von Trier la Ciudad tiene sus ligeros cambios de luz. Al caminar entre la no tan intrincada cuadrícula de sus calles te das cuenta que la verdulería es atendida por gente del altiplano, que las obras son realizadas por los hermanos del país limítrofe, que el consumo en las zonas turísticas es privilegio del otro país limítrofe cuyo acento los mozos intentan imitar con la gracia de un mono fumador para recibir una propina, en una moneda no tan devaluada que se entrega con el encanto de los nuevos ricos frente a los parientes venidos a menos.

Notas que es lo normal, que se ha seguido un perfecto diseño que parece el sueño psicótico de alguien que hubiera leído lo mejor de Orwell y lo hubiese decorado con escenarios de Aldous Huxley. De repente notas que ostensiblemente unos son más iguales que otros y a nadie parece importarle, pues el soma está a la vuelta de la esquina, vestido de las preocupaciones elevadas que tiene un ciudadano del tercer mundo cuando cree que se encuentra en la tierra prometida y cuando el trauma de mirar a otra parte, al pasado ideal o a la infancia o a los días del terror, encubre la curiosidad del real sin nombre que se endurece como una costra de falsos RayBan™, sobre los ojos de los iguales que no son todos pero son idénticos.

La normalidad transcurre con toda calma, perturbada apenas por los problemas de la comunidad que se afianza frente a todos los registros de lo otro que encarna el de afuera. Los televisores vibran anunciando la ola de inseguridad y las mentes buenas y limpias se irritan y reclaman y marchan y las autoridades deportan y los programas de chismes se llenan de anécdotas sobre la vez que unos extranjeros violaron a una chica de buena familia. Luego la comunidad se calma y vuelve a mirar su ombligo buscando alguna imperfección para entrar en diálogos psicoanalíticos sobre los conflictos del yo consigo mismo y con los otros en su unicidad de mónada.

Entonces tenemos todos los elementos para comprender de qué viene el asunto y Buenos Aires® se eleva por los cielos y descubre su estructura de Distrito 91. En la película una ciudad blanca y libre de problemas es visitada por los aliens, cuyos asuntos le son indiferentes a los habitantes originarios quienes se preocupan por mantener a los llegados y sus hijos y los hijos de sus hijos en una condición inferior a la del ciudadano, residentes del espacio que, como el extranjero en Buenos Aires™ ocupa un espacio precario2, en espacios concretos en los que puede ser bien identificado, población contenida, apenas tolerada por los servicios que presta entre los que no es poco el dar un aire de pluralidad a la Ciudad capital cosmopolita y abierta.

Continuemos con el Distrito 9, se dirá que el alíen, a diferencia de su correlato fílmico, puede mimetizarse, de hecho está el extranjero que habla de vos a los tres días y el otro que cierra sus frases con un vigte aberrante al oído; repertorios de supervivencia para quienes llegan a estudiar un doctorado mientras trabajan turnos dobles en un call center sin derechos laborales, porque el alíen tiene la tonada neutra, mona, linda, perfecta para el customer service. Sin embargo las estrategias de camuflaje no sólo manifiestan la desigualdad como cosa normal sino la demanda de una renuncia que es simultáneamente un mantenerse en el lugar que asigna el sistema de castas.

De hecho, el espacio es segregado y traducido en barrios con un acceso cerrado a la vivienda, el extranjero puede tomar un alquiler de alto costo en una zona media o baja pero no acercarse a los lugares donde tiene su cuna el nativo. No es metáfora, aparece un sistema de control del acceso a los inmuebles que se encarga de mantener a todos los cuerpos en el lugar que les corresponde. Quien quiere alquilar en un barrio demográficamente limpio tiene que garantizar que se va a ir. Por lo tanto existe la figura de alquiler temporario consistente en pagar toda la estadía (máximo seis meses) por adelantado, a un valor entre dos y tres veces superior a lo habitual.

Ahora bien, el alíen también “puede” acceder a un contrato de alquiler por dos años, siempre y cuando cuente con una garantía de propiedad de un familiar directo que avale su posibilidad de ingresar al inmueble; poderoso oxímoron que guarda al espacio de ser contaminado y envía al extraño a su lugar: siempre cerca de las líneas de transporte que le conducen a los restaurantes en el centro, las ventas de ropa, los burdeles o los bares donde podrá ejercer el oficio que mejor le conviene hasta que se decida salir o se resigne a la posición secundaria que impone su condición3.

Entonces tenemos una ciudad fragmentada en dos prácticas que se excluyen mutuamente y que se sostienen por medio de un pacto de silencio basado en la naturalización de los problemas de la comunidad como radicalmente diferentes de aquellos que puedan afectar a los aliens. De hecho, un grupo sindicalista puede sentarse tranquilamente a debatir sobre los derechos de su gremio en una mesa atendida por una colombiana que gana una sexta parte de lo que recibe el obrero sindicalizado. Sin embargo, la moza no es un semejante, está en su lugar y el país le da educación gratuita a cambio de esa renuncia. Si no le gusta el trato, bien puede salir. En este caso no es un asunto de maldad; simplemente es un fenómeno cinematográfico. Nadie se incomoda por la suerte de los extras y los nativos deben actuar mucho para recordar quienes son. Si no, sufren.

  1. La película es de 2009, dirigida por Neil Blonkampf y producida por Peter Jackson.
  2. De hecho la primera categoría migratoria “Residencia precaria” aplicada a los recién llegados explica bastante lo que habrá de venir.
  3. Es curioso cómo se da una estrategia de “limpieza de la sangre” entre los hijos de inmigrantes quienes actúan una porteñidad secundaria de lo más jocosa, seguramente material para otro artículo.