Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

Con este título no me quiero referir al rastro que dejan los grandes espíritus que los medios de comunicación tanto aclaman. Tampoco me gustaría traer el cuento de que en Colombia los muertos votan –cuando hacemos referencia a una de las varias tácticas de fraude electoral-. Los muertos hacen política porque en últimas quienes “dan la lección” de qué significa actuar políticamente son ellos mismos.

Me parece incómoda la imagen de un profesor de derecho, de sociología o de ciencias políticas dando lecciones de cómo debemos comprender qué es lo político. Muchos de ellos tienen el objetivo de “hacernos contentar” con las instituciones tan avanzadas que tenemos. Sólo tenemos que escalar, nos dicen, en la construcción de nuestro Estado-nación para lograr así que nuestro derecho sea lo más neutral posible. Tampoco escapan de este tipo de lecciones aquellos que no asisten a estas clases o charlas, puesto que siempre va a haber una persona –en especial los hombres de nuestras familias- que nos dice cómo podríamos arreglar este país. En últimas, creemos que las soluciones ante nuestras desgracias las podemos encontrar en una inteligente fórmula construida por un vivo –llámese este profesor, político o “sabelotodo”-.

Los seres humanos, en particular quienes habitamos este país, nos acostumbramos a apropiarnos del mismo aire que respiraron también nuestros muertos -como si fuese sólo nuestro-. Miramos el pasado con una claridad, hasta cierto punto, engañosa. Un buen ejemplo de ello lo pone en evidencia la profesora María Emma Wills –integrante de la comisión de expertos que ofrecieron su punto de vista sobre las causas del conflicto armado-. La profesora en su ensayo y en sus múltiples intervenciones trae los casos de la Anuc y de la UP para demostrar que el fracaso de la movilización campesina y de las apuestas por abrir la participación política se debió al sectarismo tanto de izquierda como de derecha. A juicio de nuestros expertos, el pasado se vuelve entonces un manto de explicaciones para justificar teorías políticas y convicciones personales sin tener en cuenta aquellos “derechos” del pasado como bien lo manifestó Walter Benjamin.

Pero ¿en qué consisten esos derechos? ¿cómo un muerto va a reclamar algo si ni siquiera en vida se hizo oír? Fabio Rubiano en su reciente obra “Labio de Liebre” nos muestra de una forma espléndida cómo en nuestro mundo perviven espectros que nos hacen percatarnos de que nuestro presente está acompañado de voces, recuerdos, pensamientos, historias y relatos. La trama es simple como cautivadora. Salvo Castelo es un criminal paramilitar que está pagando su pena en un lugar indeterminado. La espera a recobrar su libertad es interrumpida por aquellas personas que él mismo asesinó. Se trata de los espectros de una familia de campesinos que fueron asesinados bajo la orden máxima de construir el famoso “paraíso entre los Andes y el mar” –tal como Salvatore Mancuso lo manifestó en nuestro Congreso de la República-. La puesta en escena entonces transcurre en los constantes intentos de los espectros por hacerse contar en la percepción de la mente de Salvo Castelo. Usan todo tipo de estrategias para que el asesino asuma que mató seres humanos que además de tener nombre, tenían un cuerpo por ser encontrado y reconocido por sus familiares. Finalmente los espectros atraen su atención hasta que el paramilitar pide perdón con una presunta sinceridad.

Ahora bien, más allá de esa muestra de perdón por parte de Salvo Castelo, lo que me interesa notar es la lógica misma de la lucha entre el paramilitar y los espectros que lo acechan. Así él no los quiera ver, ellos estarán allí reclamando sus derechos, haciéndose oír o en busca de ser “reconocidos”. Ignorarlos no los deja a un lado sino, por el contrario, acrecienta sus ansias de acabar con la tranquilidad de Salvo Castelo que transcurre en un sofá viendo pornografía. Para comprender las implicaciones de esta lucha pongamos el caso de las recientes movilizaciones de los indígenas en el Cauca. Para el imaginario de los medios masivos de comunicación, los indígenas toman medidas violentas y de hecho. De ahí que la incomodidad en las clases dominantes sea tan clara que no tardan en dar la orden de aplastar de la forma más miserable y descarada la movilización. Pero el escenario se repite una tras otra vez y en la voz de Feliciano Valencia se ven reflejadas las palabras que alguna vez pronunció Manuel Quintín Lame.

Tenemos así que el repertorio de Salvo Castelo mirando pornografía salvaje y el de nuestras clases dominantes disfrutando de su tranquilidad, es el mismo. De otra parte, podemos dar cuenta que el rol que desempeñan la familia de espectros y las ocupaciones de tierra por parte de los indígenas es análoga. La lucha política o el actuar políticamente implican entonces un enfrentamiento entre concepciones de mundo que perturba la tranquilidad a la que estamos habituados. Los espectros siempre serán uno de esos elementos perturbadores, puesto que siempre estaremos permeados por lo transcurrido, por las apuestas de muchos de nosotros que murieron sin antes poder hablar. Su rastro aparece bajo diversas formas y quien lo pone de manifiesto de una forma espléndida es quizás Karl Marx cuando relata el efecto que produjo el levantamiento de la Comuna de París en 1871 en las mentes de los “agentes del orden”:

Los “agentes del orden”, los reaccionarios de París, temblaron ante el triunfo del 18 de marzo. Para ellos, era la señal del castigo popular, que por fin llegaba. Ante sus ojos se alzaron los espectros de las víctimas asesinadas por ellos desde las jornadas de junio de 1848 hasta el 22 de enero de 1871.

Los repertorios de lucha se repiten una y otra vez. Aunque los personajes, generaciones y problemas son distintos, hay al parecer una pretensión universal en perturbar todo intento por definir un lugar propio a lo que quiere decir política. Los muertos y sus espectros rondan nuestro lenguaje y nuestros recuerdos para demostrarnos cómo actuar y por lo tanto no ceder ante las pretensiones de un escenario en el que no haya conflicto, a una comprensión de la realidad para la que sólo cuenta el presente de las transacciones financieras, a una política para la que sólo existen “encorbatados” en sus carros blindados. En últimas, la lección de los muertos consiste en hacernos percatar de que la tranquilidad de unos pocos jamás podrá ser real a costa de una multiplicidad de seres sin nombre, reconstruidos una y otra vez en la memoria de quienes resisten.