German Paul Cáceres

* German Paul Cáceres

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Especialista en Control y Gestión de Políticas Públicas y Magíster en Ciencias Sociales con orientación en Educación por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO-Argentina). Actualmente trabaja en México en temas de evaluación de políticas de desarrollo social

Con títulos sugestivos como “las mejores universidad del mundo” desde hace unos años proliferan en prensa, televisión y redes sociales noticias sobre rankings de universidades1. Los rankings universitarios (que existen desde hace más de un siglo en EE.UU)2, gozan hoy de mayor popularidad y han ganado enorme influencia en la sociedad, el mundo académico y los gobiernos.

En Colombia por ejemplo, la algarabía mediática se repite con cada uno de los muchos rankings existentes sin reparar en sus características y matices pues solo interesa el resultado. La algarabía incluye el furor con el que algunos egresados, estudiantes y profesores hacen manifestaciones de orgullo a partir de la posición de su universidad. No obstante, las posiciones marginales de todas nuestras universidades en los rankings más reconocidos a nivel mundial, se celebra como conquista que tal universidad aparezca más arriba que tal otra y además, da paso a una presión sobre las autoridades universitarias y gubernamentales para que tomen medidas que conduzcan a mejorar la posición.

Pues bien, más allá del entusiasmo clasificatorio y de la lectura superficial de los rankings universitarios, este artículo recoge varios argumentos de una discusión en crecimiento, que cuestiona los motivos, el rigor metodológico y sobre todo la pertinencia de este tipo de mediciones para la definición de políticas públicas y la valoración de las instituciones universitarias en general y de nuestras instituciones universitarias en Colombia y la región.

Los rankings ordenan en una lista jerárquica a las diferentes instituciones a partir de un modelo determinado de calidad sustentado en una batería seleccionada de indicadores. Sin embargo, tanto la definición conceptual del modelo de calidad como la selección de los indicadores es de por sí arbitraria y expresan una idea particular de universidad que privilegia una tradición universitaria específica, la tradición de las universidades de investigación de élite norteamericanas3. Ello deriva en un imperativo problemático: todas la demás tradiciones universitarias deben acoplarse e imitar ese modelo de universidad favorecido en los rankings, pero ¿esto es necesario, conveniente y posible? La respuesta a estos interrogantes es no.

Los rankings se centran en medir la investigación -un aspecto que aunque principal no representa el conjunto del quehacer universitario-, pero no cualquier tipo de investigación, sino aquella vinculada a ciertas áreas de investigación básica aplicada que desarrolla patentes, tecnologías y valores para industrias especializadas como la militar, farmacéutica, biotecnológica etc., y que conducen al incremento del capital internacional (principalmente norteamericano).

A pesar de la razonabilidad en el propósito de alcanzar mayores niveles de investigación científica y tecnológica básica y aplicada, la búsqueda de este propósito a partir de los rankings desconoce la complejidad universitaria que va más allá de la limitada gama de criterios que son tomados en cuenta para realizar las clasificaciones4. Los rankings mayormente centrados en la productividad de la investigación en las ciencias naturales y exactas dejan afuera “diversas misiones, estructuras y culturas organizacionales que se asocian con tradiciones y modelos característicos… enraizados en contextos nacionales, identidades históricas y condiciones de posibilidad” (Margison-Ordorika. 2010:99).

Además, los rankings estimulan una concepción de la educación superior como un cuasi-mercado, forzando una reorientación vocacional de las universidades como una empresa que persigue beneficios económicos en un ambiente competitivo5.

Las universidades de la Europa continental, Asia y América Latina también responden a otras vocaciones y necesidades locales. La universidad latinoamericana especialmente ha jugado y sigue jugando un papel fundamental como constructora de la nación e instrumento de inclusión y cohesión social; en los rankings internacionales estas contribuciones son absolutamente ignoradas y por el impacto mediático de los rankings empiezan a sufrir de una crisis de legitimidad ante la sociedad y los gobiernos (véase, Margison-Ordorika. 2010). Nuestras universidades corren el riesgo de perder su rol y pertinencia social si se encaminan por la exclusiva ruta de exigencias que marcan estas mediciones internacionales.

Pensemos por ejemplo en la universidad que requiere la Colombia del posconflicto. Pues bien, no es la universidad imitadora la que se requiere sino una que recupere una vocación pública y democrática reconocida en su contexto social, que avance en investigación básica, pero que cultive sus propias tradiciones de conocimientos promoviendo “la inclusión, la justicia, la resolución pacífica de conflictos, la protección del ambiente, el desarrollo económico y social, el respeto por la diversidad y la promoción de los derechos humanos”6, entre otros. Una universidad propia capaz de relacionarse internacionalmente con identidad y pertinencia nacional.

Los rankings promueven una americanización que, en todo caso, tampoco es posible ni está planteada para ser completa por más esfuerzos de imitación que se hagan en la periferia para ser copias exitosas. Actúan con ingenuidad quienes piensan que con la estrategia de imitación gozarán del mismo éxito, olvidan que ese modelo se explica “en las condiciones nacionales y globales que sostienen el particular estilo estadounidense de capitalismo académico. Las políticas de imitación que no presten suficiente atención al contexto local únicamente confirman el dominio del prototipo estadounidense” (Margison-Ordorika. 2010:104). Perseguir esta imitación es ratificar una condición subordinada sin visión estratégica.

No es posible, además, por razones de economía política: las universidades de élite de investigación norteamericana funcionan sobre la base de un enorme apoyo financiero estatal y privado y están orgánicamente ligadas al funcionamiento del capitalismo norteamericano y su liderazgo global. Por el contrario, para nuestra educación superior se reserva un régimen de políticas cuya base es el desfinanciamiento estatal de las universidades públicas que son las que pueden llevar a cabo mayor investigación básica y aplicada, quedando ante la encrucijada de la crisis financiera y la exigencia para aparecer en los rankings. Hay un artificio en los imperativos globales que suscitan los rankings y que responden más a una lógica sistémica que a la voluntad de los centros o empresas que los publican. Una política de imitación no tendrá éxito pues no cuestiona las bases sobre las que se construyen estos imperativos y no favorece la superación del papel dependiente de nuestras economías y la independencia política necesaria para relacionarse con ventajas en un mundo globalizado.

De otra parte, los rankings tienen serios fallos metodológicos. Año tras año muchas universidades presentan bruscas fluctuaciones en su posición como si de un año a otro tuvieran cambios de calidad significativos, lo que es un “claro indicio de la falta de consistencia de los ordenamientos” (Martínez R. 2011:93). Existiendo instituciones tan diferenciadas, el objeto a evaluar se vuelve problemático y la comparación improcedente; aparte del concepto de calidad arbitrario, la fiabilidad de la información y las fuentes son discutibles y con altas dosis de subjetividad y endogamia institucional que solo expresan la visibilidad, el prestigio y la adscripción personal frente a las instituciones. Los criterios más objetivos se refieren a la dotación de recursos de las instituciones o en otras palabras, a su riqueza pero no necesariamente a su “calidad” y fortalezas reales. Finalmente, frente a la agregación de indicadores de naturaleza diversa “no se conoce el margen de error que inevitablemente tienen los resultados y, en consecuencia, es imposible valorar el significado de las diferencias” (Martínez R. 2011:91).

En mayo de 2012, se reunieron en México 63 rectores de instituciones universitarias públicas y privadas de América Latina, 36 de ellos de instituciones mexicanas y entre los 27 restantes los rectores de la Universidad Nacional de Colombia, Universidad Javeriana, Universidad del Valle y Universidad Pedagógica Nacional7. La declaración del encuentro “Las Universidades Latinoamericanas ante los Rankings Internacionales: Impactos, Alcances y Límites”, discutió varias de estas críticas y señaló que la utilidad de los rankings está sobredimensionada y que la mayor fortaleza de los rankings pareciera estar en su popularidad, lo que evidentemente no es una razón de peso para promover políticas públicas ni reformas universitarias.

De cualquier manera, el problema de estos rankings universitarios no radica en la corrección de sus metodologías o el ajuste de sus indicadores, no es en lo fundamental una discusión técnica; tampoco se trata de un rechazo a la cultura de la evaluación o de la necesidad de profundizar los esfuerzos en investigación científica de punta; por el contrario, se trata de reconocer todas las dimensiones de la complejidad universitaria y de realizar balances a profundidad de las fortalezas y debilidades de las diferentes tradiciones universitarias, no solamente basados en los rankings universitarios con pretensiones universalistas que están de moda.


REFERENCIAS

Krüger, K. Molas, A. (2010). Rankings mundiales de universidades: objetivos y calidad. Revista electrónica de recursos en internet sobre geografía y ciencias sociales. No. 129. Universidad de Barcelona.

Margison, Simon. Ordorika, Imanol. (2010). Hegemonía en la era del conocimiento: competencia global en la educación superior y la investigación científica. Universidad Nacional Autónoma de México. México D.F.

Martínez Rizo, Felipe. (2011). Los rankings de universidades: una visión crítica. Revista de la Educación Superior. Vol. XL (I). No. 157. Enero-marzo 2011. Páginas 77-97. México

Ordorika, Imanol. (2007). Universidades y globalización: tendencias hegemónicas y construcción de alternativas. Educación superior y sociedad-Nueva Época. Vol. I No. 1.

Declaración final del Encuentro Internacional “Las Universidades Latinoamericanas ante los Rankings Internacionales: Impactos, Alcances y Límites”. México D.F. Mayo de 2012.

  1. Los rankings más destacados a nivel mundial son el Academic Ranking of World Universities de la Universidad Jiao Tong de Shangai (Ranking Shangai); el Ranking Times Higher Education, el QS University Rankings y; en menor medida, el ranking SCImago y el Webometrics. Entre otros.
  2. En Estados Unidos existen antecedentes desde 1910. En 1925 se publicó un ranking “basado en opiniones de un grupo de expertos… La ten¬dencia se consolidó a partir de 1959 y, sobre todo, de la década de 1980, extendiéndose al nivel de pregrado. La primera edición de la guía America’s Best Colleges, que publica la revista US News and World Report, aparece anual¬mente desde 1983”. (Martínez R. 2011:80)
  3. El investigador mexicano Imanol Ordorika ha enfatizado este aspecto, lo que él llama la Hegemonía del modelo de la universidad de investigación de élite norteamericana. Ordorika también da un marco teórico crítico para interpretar este fenómeno y en general el de la educación superior en el mundo globalizado. Véase, Ordorika (2007). Margison y Odorika (2010).
  4. En general, los criterios combinan algunos de carácter objetivo (insumos o recursos) con opiniones muy subjetivas relacionadas con la reputación, el prestigio o el posicionamiento relacional de las instituciones. Para una explicación de los diferentes rankings y sus criterios de selección véase, Krüger y Molas (2010), disponible en, http://www.ub.edu/geocrit/aracne/aracne-129.htm
  5. Krüger y Molas (2010), enfatizan: “las universidades están orientadas a beneficios, pero no (sólo) a beneficios económicos, sino más a beneficios científicos y educativos. En este sentido, el problema del enfoque de los rankings no es que suponga una competición entre instituciones y sistemas, sino que perciben esta competición bajo el prisma economista (sic).”
  6. De esta forma se refería la declaración final del encuentro Las Universidades Latinoamericanas ante los Rankings Internacionales: Impactos, Alcances y Límites (2012), a parte de las características de las universidades latinoamericanas.
  7. Para las memorias del evento, véase http://www.encuentro-rankings.unam.mx/