Sebastián Ronderos

* Sebastián Ronderos

Colombiano. Politólogo de la Universidad de los Andes, con énfasis en Teoría Política y estudios complementarios en Filosofía. Es especialista en Resolución de Conflictos de la Pontificia Universidad Javeriana y en Globalización y Cultura de la Fundación Escuela de Sociología y Política de São Paulo. Mágister en Cultura de Paz, Conflicto, Educación y Derechos Humanos de la Universidad de Granada, España, y doctorando en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, Portugal.

Hoy (comienzo este texto el 16 de marzo), se cumplen treinta años y un día de democracia en Brasil, desde el fin de la dictadura militar en 1985. Su celebración se desarrolla desde un carro fúnebre. Pocos entienden el evento, no obstante, acompañan el féretro vacío con devoción y llaman solemnemente a las mordazas de antaño. Se reproducen argots de los reality shows y se citan los análisis de O Globo sobre la Avenida Paulista. “¡Marx al paredón!”, gritan algunos. “¡Que se vayan a Cuba!”, exclaman otros. Levantan carteles con frases escritas en lenguas foráneas, invitando a la misma intervención que amenaza hoy, feroz y rabiosa, a una vejada nación vecina.

Se interrumpe la programación ordinaria cada 40 minutos para llamar a una indignación desentendida. Desentendida pues se habla de “impeachment”, corrupción, comunismo e intervención militar con la ligereza conceptual propia de una conversación de discoteca pero con un tono que semeja a los comunicados policiales. Se acuartela la historia en las universidades públicas, impedida de establecer una interlocución serena con los protagonistas del evento, mientras la muchedumbre se toma selfies con la Policía Militar y besuquean apasionadamente sus negros bastones.

Se compara a Dilma Rousseff con Rosa Luxemburgo y a Lula con Stalin. “¡Son marxistas!”, afirman, “Aunque hagan alianzas con el PP o lucren desmesuradamente a los bancos, ¡son todos comunistas!”. Torquemada mira paciente el segundero desde un hospital cercano, como queriendo marcar con exactitud la hora de defunción para así retomar sus antiguos quehaceres.

Yo miro el desfile desde una cafetería cercana, alcanzo a ver al astro “Ronaldo Fenómeno” sobre una tarima con una camisa que dice: “No es mi culpa, yo voté en Aécio”, mientras una hinchada histérica le devuelve aplausos y chiflidos. Me preguntan a regañadientes de qué lado estoy, “¿Con el PSDB y contra la corrupción, o con la delincuencia del PT y sus doctrinas totalitarias?”. No son pocos mis disgustos con el actual gobierno, pero, estar contra la corrupción y con el PSDB o reclamar democracia pidiendo dictadura son aporemas comparables a llamar a un grupo de parapolíticos un “centro democrático”.

Me viene a la mente el desvío de dineros públicos en Minas Gerais cuando Aécio era Gobernador para beneficiar a medios de comunicación cercanos a su familia. ¿Es la corrupción realmente la principal convocante a esta fiesta del abandono? Busco carteles que digan un “Fuera, Alckmin”, por el desastroso y corrupto manejo de la situación hídrica en São Paulo. O un “Fuera, Eduardo Cunha”, por los recientes escándalos sobre el presupuesto tributario. Nada. Se escucha esporádicamente la palabra “paz”, pero me parece que se refieren a la paz de los cementerios.

Tomo distancia, poseído por la vergüenza, mientras tiembla el Palacio del Planalto y se ablanda su más ilustre residente. Ella reparte concesiones a quien sin protocolo las pida, buscando silenciar los ladridos y finalizar, sin mayor alboroto, su más reciente nombramiento. Paños de agua tibia; poco parecen importarle sus compromisos programáticos. Puede que dichas concesiones se traduzcan en la aprobación ulterior a quienes quieren aplicar a la democracia una muerte asistida. Aseguran que hasta la democracia tiene derecho a morir dignamente. Ojalá no sea desterrada la memoria y se ponga freno al golpismo, que se arroja hambriento, una vez más, sobre América Latina.