Como la gran mayoría de familias comunistas de la época, la familia de Yira fue víctima de penosa persecución, particularmente luego del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y durante la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla. Así mismo, la conflictiva relación de los padres de Aurita con Gustavo, a quien acusaban de “haberse robado a su hija” los llevó finalmente a instalarse en la ciudad de Bogotá cuando Yira cumplía apenas un año. A pesar de que Aurita había sido desheredada a causa de su matrimonio, al quedar embarazada de Yira, su padre decidió cederle una casa de su propiedad en la ciudad de Bogotá para que viviera con su esposo y en la que Yira pasaría su niñez.

Estudió en el Colegio la Merced y terminó su bachillerato en el Liceo Interamericano en 1960. En 1954 fue testigo de la violencia de la época, cuando vio de cerca el asesinato del estudiante de la Universidad Nacional Uriel Gutiérrez el 8 de junio de dicho año. Se inscribió a la carrera de Sociología en la Universidad del Rosario, pero no logró terminarla.

A los 17 años ingresó a la Juventud Comunista luego de que el Partido Comunista saliera de la clandestinidad que le impuso la dictadura militar de Rojas Pinilla, cuando en 1954 declaró ilegal el comunismo en el país. Desde sus primeros años se caracterizó por su altivez y compromiso militante participando de las movilizaciones estudiantiles durante sus años escolares, producto de las cuales fue apresada en varias ocasiones. Llegó a hacer parte del Comité Distrital de la Juventud Comunista y fue periodista del semanario Voz Proletaria, en representación de la Juventud Comunista, hasta el año 1966. Su labor periodística en este periodo es recordada por su capacidad de detallar la vida y cotidianidad de los humildes, de mujeres, jóvenes, obreros, campesinos, estudiantes y habitantes de los barrios marginales.

En 1959 conoció a Manuel Cepeda Vargas, joven comunista que provenía de la ciudad de Popayán, capital del departamento del Cauca. Contrajeron matrimonio un año después. Como convencidos comunistas, abandonaron rápidamente la idea del matrimonio católico y optaron por la boda civil, razón por la cual fueron excomulgados. Desde allí empezaría una vida de azares, confidencias, amores y desamores de estos dos jóvenes de importante impronta en la izquierda colombiana.

Luego del ataque del gobierno conservador de Guillermo León Valencia a la zona campesina de Marquetalia en mayo de 1964, su lugar de vivienda fue allanado en búsqueda de armas y “material subversivo”. Los allanamientos, hacían parte de la vida de esta joven familia que debía cambiar constantemente de domicilio. Ese mismo año, Yira caería presa en la Cárcel El Buen Pastor en la ciudad de Bogotá, siendo ésta su estancia más larga en prisión.

Este ritmo de vida tenía particular efecto en sus dos pequeños hijos, quienes debían permanecer la mayor parte del tiempo en casa. Su hija María recuerda que sólo hasta que consiguieron un apartamento en la localidad bogotana de Kennedy, por primera vez, pudieron jugar al aire libre. Corrieron durante horas, bajo la mira atónita de sus vecinos.

Su esposo recordaría especialmente cuando en el año 1963 vivían en el barrio San Antonio, aledaño al conocido barrio de ocupación Policarpa Salavarrieta, y participaron en el llamado “Viernes sangriento”, cuando el 8 de abril de 1963, un viernes santo, la Policía Nacional intentó un violento desalojo de los terrenos ocupados. Yira documentó los hechos a profundidad en sus frecuentes columnas en Voz Proletaria.

Fue delegada junto con su esposo Manuel para representar a los comunistas colombianos en la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, realizada en la Habana entre el 31 de julio y el 10 de agosto de 1967. Allí, se destacaría por su participación en los debates del movimiento comunista, el papel de la lucha de masas y la importancia estratégica de la defensa de la Revolución Cubana frente al ataque del imperialismo norteamericano. Como a la mayoría de los jóvenes latinoamericanos de la época, el triunfo de la revolución en Cuba le imprimió a Yira la convicción de la necesidad y proximidad de la revolución en su país. De hecho, Yira estaría al frente de las movilizaciones impulsadas por los comunistas colombianos en respaldo a Cuba desde 1959.

De Cuba viajó a Praga, Checoslovaquia, donde se desempeñó como funcionaria del Secretariado de la Unión Internacional de Estudiantes y como corresponsal de la CTK (agencia de prensa de Checoslovaquia). Su esposo, Manuel, se encontraba también en Praga trabajando en la Revista Problemas de la Paz y el Socialismo. Poco antes del tristemente célebre ingreso de las tropas soviéticas a Checoslovaquia en agosto de 1968, Yira, junto con sus hijos María e Iván, fueron evacuados hacia Rusia.

En 1970 regresa junto con su esposo y sus hijos a Colombia. Ese mismo año es promovida al Partido Comunista y en 1971 elegida miembro de su Comité Central. Desde su regreso a Colombia, retoma su labor periodística en el semanario Voz Proletaria, destacándose como una de las periodistas más importantes del semanario y del gremio en el país. En 1973 ingresó al Círculo de Periodistas de Bogotá CPB, en el que ocupó los cargos de Secretaria General y Fiscal de su junta directiva. Fue impulsora y fundadora de la Federación de Trabajadores de la Prensa FEDEPRENSA y de la Federación Latinoamericana de Periodistas, creada en 1976, en la cual ocupó cargos directivos en representación de los periodistas colombianos. Su labor periodística es también recordada por su defensa permanente de los derechos de los trabajadores de la prensa y de la libertad de prensa, en los difíciles tiempos del Estatuto de Seguridad Nacional durante el gobierno de Julio César Turbay.

Precisamente durante esta época de represión, en la que el gobierno colombiano permitió los juicios militares a civiles, las redadas y los célebres “jueces sin rostro”, Yira fue acusada de hacer cobertura periodística de una Conferencia Guerrillera de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC y se vio obligada a pasar a la clandestinidad. Fueron duros meses en los que tuvo que dejar su casa y su familia, para refugiarse de la persecución estatal fuera de la ciudad de Bogotá. Finalmente, luego de una importante presión del Partido Comunista y del gremio periodístico bogotano, logró retomar su vida y acción política legal.

Además de su destacada labor como periodista, se desenvolvió como educadora popular en el Centro de Estudios e Investigaciones Sociales CEIS, haciendo parte de las escuelas regionales y nacionales de militantes y dirigentes del Partido Comunista y en general del movimiento obrero, en las que abordó diferentes temáticas desde la economía política y el marxismo-leninismo hasta la agitación y propaganda.

Igualmente importante fue su esfuerzo por la organización de las mujeres en la Unión de Mujeres Demócratas de Colombia UMD, que agremió a mujeres trabajadoras y amas de casa en defensa de sus derechos civiles, políticos, culturales y económicos, reclamando la plena igualdad entre hombres y mujeres. Yira fue una férrea denunciante de la situación de las mujeres en el mundo laboral -desigualdad de salarios, pocas ofertas de empleo, relegación al trabajo doméstico-, así como en la educación, ya que pocas mujeres lograban ingresar a la educación superior y el porcentaje de analfabetismo en la población femenina era significativamente alto.

Para Yira, la lucha por la liberación femenina y la conquista de la plena igualdad de derechos recorría los mismos caminos de la lucha de la clase obrera y el pueblo por la emancipación, por lo que para ella el lugar de la mujer estaba en los partidos de clase y las organizaciones clasistas. La fuerza vital de la mujer colombiana, fue siempre clave para Yira en el proceso revolucionario colombiano. Al respecto publicó en 1978 un estudio en la Revista del Partido Comunista Documentos Políticos, de título “Lucha de masas y presencia femenina”.

Fue una importante defensora e impulsora de la unidad de las fuerzas de izquierda y progresistas del país en un Frente Democrático, liderado por los comunistas y las fuerzas revolucionarias. Así, también en 1978, publicó junto con Manuel Romero el libro “La política de los comunistas colombianos”, en el que Yira sintetizó las experiencias unitarias de los comunistas con el Movimiento Revolucionario Liberal MRL y en el Frente Unido del sacerdote revolucionario Camilo Torres Restrepo. Este fue sin duda un aporte de singular valor en el ambiente generalmente sectario de la izquierda colombiana.

El XIII Congreso Nacional del Partido Comunista, realizado en 1980, la designó miembro suplente del Comité Ejecutivo Central, máxima instancia de dirección de dicho partido entre congreso y congreso. Ese mismo año, fue elegida concejal de Bogotá por la Unión Nacional de Oposición UNO, con el lema: “Una mujer revolucionaria al Concejo”. Compartiría su labor política en dicha corporación pública con los también dirigentes del Partido Comunista Carlos Romero, Mario Upegui y Faustino Galindo. Como concejal, lideró importantes debates sobre educación, salud y servicios públicos en la ciudad de Bogotá, de la mano de los movimientos cívicos y sociales de la ciudad. Su curul fue una trinchera de lucha de los habitantes urbanos, que reconocían a Yira como una aguerrida luchadora por los derechos de las mayorías.

Su paso por el Concejo fue, sin embargo, brevísimo. Sólo cuatro meses después de su posesión, cayó enferma de una dolencia neurológica que golpeó fuertemente a esta activa mujer. Impedidos los médicos colombianos para tratar la enfermedad, Yira estuvo en La Habana y Moscú recibiendo la mejor atención médica. Pero, no fue sino hasta su visita a la capital soviética que descubrirían que Yira tenía un tumor cerebral que ya no podía ser operado. El 6 de julio de 1980 Yira volvería de Moscú para finalmente morir en Bogotá el 9 de julio de dicho año.

Su último gran reconocimiento fueron sus honras fúnebres en las instalaciones del Concejo de Bogotá y posteriormente en la plaza pública, donde cientos de asistentes corearon “La Internacional” sobre su féretro cubierto con la banderas de Colombia, de Bogotá y la roja bandera comunista. En 1981, Manuel Cepeda Vargas publicaría “Yira Castro: mi bandera es la alegría” en el que recuerda a su esposa como la alegre y jovial militante que fue.

A propósito de su muerte se manifestaron diversos diarios del país, como El Espectador, El Tiempo, El Espacio, El Siglo, El Heraldo, La Patria, y por supuesto Voz Proletaria, al que le entregó gran parte de su vida. Así mismo llegaron a su funeral mensajes de diferentes Partidos Comunistas del continente, de la Federación de Trabajadores de la Prensa, la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia CSTC, el Círculo de Periodistas de Bogotá, el Colegio Nacional de Periodistas, la Federación Latinoamericana de Periodistas y de presos políticos de diversas latitudes del país.

Obra escrita

Yira Castro, Lucha de masas y presencia femenina, Revista Documentos Políticos no. 130, pág. 86-97, Bogotá, Marzo-Abril 1978; Yira Castro y Manuel Romero, La política de los comunistas colombianos, Ediciones Suramérica Ltda., Bogotá, Colombia, 1978.

Fuentes

Álvaro Delgado, Todo tiempo pasado fue peor: entrevistas hechas al autor en 2005 por Juan Carlos Celis, Carreta, Medellín, Colombia, 2007; Manuel Cepeda Vargas, Yira Castro: mi bandera es la alegría, Ediciones “Colombia Nueva”, Bogotá, Colombia, 1981; Nicolás Buenaventura, 50 años del Partido Comunista de Colombia, Revista Documentos Políticos no. 142, pág. 31-41, Bogotá, Mayo-Junio 1980; Niko Schvarz, Recuerdos de compañeros muertos y militantes vivos, recuperado el 4 de enero de 2015 de http://www.lr21.com.uy/editorial/260169-recuerdos-de-companeros-muertos-y-militantes-vivos; Semanario Voz Proletaria; Tony López, La historia de Manuel y Yira, los revolucionarios papás de Iván Cepeda, recuperado el 4 de enero de 2015 de http://www.las2orillas.co/la-historia-de-manuel-yira-los-revolucionarios-papas-de-ivan-cepeda/#.VDNQksKvnMA.facebook; entrevista realizada por el autor a María Cepeda Castro (hija de Yira Castro).