Mauricio Rivera

* Mauricio Rivera

Periodista, escritor, realizador de video y fotografo. Doctor en Comunicación y Periodismo de la Universidad de RMIT de Melbourne, Australia; Magíster en Comunicación Profesional con especialización en Escritura Profesional de la Universidad de Deakin de Melbourne, Australia; Comunicador Social y Periodista de la Universidad de La Sabana de Bogotá, Colombia. Actualmente dicta la clase: El Periodismo como 'arma democrática' en la era digital de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Otras muestras de su trabajo pueden verse en los blogs: http://elmr2.wordpress.com/ (español) y http://mr2blog.com/ (inglés)

En 1751 el artista británico William Hogarth produjo una serie de grabados titulada Las Cuatro Etapas de la Crueldad, en las que registró escenas de la vida urbana del Siglo XVIII: una vida de mugre, degeneración y carcajada profunda ante el sufrimiento del otro. Hogarth es uno entre muchos de los grandes maestros del arte occidental que dedicaron sus mayores esfuerzos a obras que, lejos de perseguir un etéreo ideal de belleza, buscaban exponer lo más bajo y lo más ruin de la naturaleza humana. Dentro de esta línea también se pueden destacar las obras de El Bosco y Pedro Bruegel el Viejo durante las épocas del Renacimiento y la Reforma Protestante, al igual que otros que, aunque no exactamente contemporáneos a Hogarth, sí hicieron parte de esa misma etapa de transición entre el mundo antiguo y lo que se denominó ‘la edad de la razón’: como Goya con su serie de Caprichos (1797-98) o las caricaturas de James Gillray -de nuevo en el Reino Unido- y Honoré de Daumier en Francia (por nombrar algunos).

Ya es un lugar común el reconocer la introducción de la imprenta en occidente como el adelanto tecnológico que desencadenó esta transición, así como también es un lugar común el reconocer el desarrollo de las redes digitales de comunicación como el agente de una nueva. Pero lo que muchos no imaginaron es que en este nuevo mundo feliz iban a ser esas masas, degeneradas y mugrientas, de Las Cuatro Etapas de la Crueldad, las que iban a dictar sentencia sobre los artistas, los intelectuales y críticos; y no sólo sobre ellos, sino sobre cualquier productor de contenido en el universo narcisista y plurilingüe de Facebook y Twitter. La loca borracha de la Calle de la Ginebra (otro de los grabados inmemoriales que Hogarth produjo en 1751) se ha conseguido un laptop y no puede parar de comentar. Junto a ella, toda esa muchedumbre que solía divertirse presenciando ejecuciones públicas, ha encontrado un nuevo pasatiempo destruyendo la vida de cualquiera que se atreva a publicar algo que no comulgue con los valores de la Urbanidad de Carreño.

En diciembre de 2013, una mujer llamada Justine Sacco, que trabajaba como ejecutiva de relaciones públicas de la empresa InterActive Corp, fue despedida luego de que tuiteara un chiste que traduce algo así como: ‘a punto de subirme al avión rumbo a África, espero no contagiarme de SIDA, solo bromeo, soy blanca’, justo antes de montarse en el avión para viajar de Londres a Ciudad del Cabo. Durante su vuelo de 11 horas, su mensaje fue re-tuiteado más de 2.000 veces y el numeral #HASJUSTINELANDEDYET (¿ya aterrizó Justine?) se volvió tendencia. Al poco tiempo de aterrizar, Justine borró el comentario, junto con su cuenta de Twitter y tras una intensa crisis emocional, un año después ofreció una disculpa pública reconociendo el error de publicar un comentario inmaduro e insensible como los que todos hacemos cuando nos encontramos entre personas que consideramos de confianza. El error de Justine fue no comprender lo pública que una plataforma como Twitter puede llegar a ser; y en la llamada ‘era de la información’, las masas justicieras no perdonan este tipo de novatadas.

Cabe reconocer que en situaciones como las del joven Nicolás Gaviria y su ahora también frase-tendencia ‘¿usted no sabe quién soy yo?’, incluso cuando no se ha comentado nada al respecto, uno siente cierta emoción positiva (difícil de catalogar) frente al despedazamiento de las masas. Pero no hay que engañarse, no es más que una muestra de la debilidad que todos sentimos ante esa gleba que nos invita a hacer parte del linchamiento. Ahora, lo más triste del caso Nicolás Gaviria es que en diez años, cuando esté firmando alguna licitación con alguno de esos parientes que hoy lo niegan, nadie se acordará.

Pero volviendo al tema de los foros digitales, al comenzar esta columna había pensado acabar con un llamado a todos quienes producimos contenido que consideramos crítico y lo publicamos en Internet, a que nos levantáramos en contra de esas masas de comentaristas furiosos y los castigáramos con el proverbial látigo de la indiferencia. Pero, ¿cómo permanecer indiferente ante una horda de bárbaros? ¡Si es que ya nos han invadido! Que los dioses nos amparen.