Jessica Fajardo

* Jessica Fajardo

Licenciada en Educación en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas y estudiante de la Maestría en Gobierno en la Universidad de Buenos Aires. Ha trabajado proyectos de construcción política en educación formal y no formal. Sus intereses se centran en la epistemología de las Ciencias Sociales y en la construcción epistemológica del ser humano en disciplinas como el Derecho y la Ciencia Política

“Todos los pobres deben tener los medios suficientes para salir de su propia miseria. No existe razón para la exclusión; si seguimos así tendríamos que prendernos fuego todos, y bueno, eso no sería muy civilizado”

Krbavcic Roberto

Mi intención no es confundir al lector con el título del artículo, por esta razón aclaro su sentido desde ahora. Estas dos familias no gozan de prestigio público, no son grandes figuras, pero aun siendo los “anónimos” de las narrativas de historia nacional, son una expresión en vida de lo que ha sido y es una Argentina que se formó en la periferia urbana de la Gran Buenos Aires. No quiero clasificarlos como parte constitutiva del fenómeno migratorio en Argentina, simplemente deseo narrar una experiencia que compartimos los intrusos en Argentina y es el goce vital de alimentarse: la mesa de las familias Krbavcic y Drassich.

Hace un buen tiempo Roberto Krbavcic Drassich1 invocó uno de los recuerdos más conmovedores que he escuchado, y como no recordar las lágrimas de su abuelo Drassich, si desde la cabecera de la mesa Roberto podía ver todos los manjares que habíamos dispuesto en ella: distintos cortes de res y de cerdo (asado, vacío, tapa de asado, bondiola, matambre, pechito, chorizo, morcilla y morcilla vasca), además de postres artesanales (pionono de dulce de leche, torta de manzana y milhojas de crema pastelera) y una buena cantidad de bebidas (vino tinto, vino blanco, champagne, cerveza rubia y cerveza negra). En Colombia esta mesa sólo es posible si se posee una buena cantidad de dinero (fortuna de unos pocos), pero en esta mesa no éramos esos “pocos”. La comida se servía en el taller electrónico y de mantenimiento de Roberto, que está junto a nuestra casa en un remoto barrio del sur de la Gran Buenos Aires. Volviendo al recuerdo invocado, esa tarde Roberto nos contaba: “Cuando era chico, después de cenar, solía ver llorar a mi abuelo mientras miraba la mesa vacía. Él vino joven de Yugoslavia y por eso me contaba las miserias que había dejado la guerra2; el viejo no podía evitar llorar cuando recordaba el hambre que sufrió. En tiempos de guerra, cuando los soldados salían de un pueblo quemaban la tierra para no dejar comida a sus enemigos, y los pelotudos que quedaban en el medio, terminaban comiendo maíz quemado de los campos”. Después de esto, no pudimos evitar indagar más sobre esta historia, y Roberto no pudo evitar contárnosla. Ahora, juntando pequeñas reuniones en el taller, acompañadas de café, mate y cerveza, les comparto la historia de la mesa de los Krbavcic y Drassich en Argentina.

Durante años, el pueblo de los Drassich comió de las cenizas, allí el “pobre” padecía hambre y el “rico” podía gozar de un pequeño campo para cultivar. El joven Drassich, decidió renunciar al hambre y tomar un barco en puerto Trieste (al norte del mar Adriático), no sin antes pactar con su joven compañera una vida común en Argentina. A la abuela de Roberto, este pacto le costó su apellido, pues en Yugoslavia era una “rica” sin hambre y él un “pobre” proveniente de las cenizas. Hasta el final de sus días, la abuela de Roberto no quiso volver a su tierra, que no era ya Yugoslavia, ni el Estado Independiente de Croacia de la Alemania Nazi, ni la Segunda Yugoslavia de la Rusia Soviética; no encontraría ni familia ni Yugoslavia, por eso, con justa razón la vieja declaró: “Yo no vuelvo, porque quiero quedarme con los recuerdos que tengo”.

En esos tiempos3, del mismo puerto partió la familia Krbavcic, motivada por las noticias de prosperidad del “Granero del Mundo”, y bueno, viva se mantenía la pretensión republicana de tomar medidas eugenésicas para lavar los “malos hábitos” de la población argentina con castidad, propiedad y trabajo; la estructura político-militar buscaba fundar una República con valores propios de la burguesía inglesa y francesa (en distintos lugares de Europa no faltaba la propaganda pro-argentina). Sin embargo, los Drassich y Krbavcic, no eran lo que buscaban algunos políticos y militares en Argentina. Los hijos de la Europa desgraciada y hambrienta sabían las injusticias que se tejían en el proyecto nacional, y para acercarnos un poco a esto es preciso recordar al abuelo paterno de Roberto.

Huyendo también del hambre y la miseria, los Krbavcic llegaron a Argentina sin sus dos hijos. Por políticas de restricción migratoria, en el puerto de Trieste la abuela de Roberto tuvo que dejar a sus hijos en Yugoslavia y embarcó sin ellos; su esposo la esperaba en Argentina siendo obrero de la Mina de San Luis4. En Sierra de Balcarce, el padre de Roberto nace y no es bautizado hasta que la esposa del dueño de la Mina decide bautizar a los hijos de los obreros. El alma del niño no había sido “salvada” bajo sacramento, porque el espíritu y el juicio de su padre Yugoslavo se había entregado ya al comunismo; el exceso de dinamita lo delataba, además del “Manifiesto Comunista” que ocultó detrás del cuadro del “Divino Corazón de Jesús” que sus patrones invocaban para preservar la salud y conciencia de su preciado capital humano. El abuelo de Roberto no sólo era comunista, también era el dinamitero de la Mina de San Luis. Pronto en la Mina recibirían la visita del candidato presidencial Agustín Pedro Justo5. Los patrones encomendaron a Krbavcic y a su compañero Perci (Yugoslavo también) preparar la dinamita para demostrarle al militar y candidato Justo la explotación de la Mina (literalmente). Cuando la dinamita detonó ante la mirada de los patrones y del candidato Justo, una peligrosa lluvia de piedras los atrapó, arruinando la esperada demostración. El abuelo de Roberto, no escatimó en recursos para hacer de la demostración algo grande para Justo y sus patrones, y bueno, grandes también fueron las parvas de pasto en donde se ocultaron por un buen tiempo Krbavcic y Perci para no ser castigados por el exceso, y grande era también la montaña de papas que quedó abandonada cuando la familia Krbavcic viajó al interior del país en busca tierras más prósperas. Las papas que cultivaban en el terreno que arrendaban en Sierra de Balcarce, se echaron a perder. El viejo krbavcic dedicó su vida al campo y años después volvió a Croacia para buscar en vano la cura de un cáncer fatal.

El obrero Krbavcic no era el ciudadano europeo-burgués que esperaban los distinguidos habitantes de la República Argentina. Los Drassich, los Krbavcic y un sin número de familias, decidieron no soportar el hambre de la Europa belicista del siglo XX y trabajar para llenar sus mesas y las mesas de otros; el goce de esos invocados manjares, ya no debían ser exclusivos de unos cuantos, la buena vida debe ser posible para todos. Cuenta Roberto, que el abuelo Drassich, en pleno verano, portó un sobretodo6 para tomar la fotografía familiar; debía demostrar a sus parientes yugoslavos que un abrigo era posible para un pobre. Estos personajes “anónimos” y periféricos fueron los que constituyeron un auténtico proyecto de nación que enfrentó la depresión económica y la represión militar. Ahora en el taller Roberto y su socio Hugo buscan la forma de dominar la física mecánica y química para generar y manipular la energía eléctrica que hace de su trabajo un bien valioso y único, que llena una y otra vez la mesa de los suyos. La estirpe de las familias Krbavcic y Drassich continúa hasta ahora con Roberto, la historia no concluye. Para ello hace falta encontrar otro espacio, ya que Roberto y Hugo representan en vida las experiencias de industrialización en el sur de la periferia urbana de la Provincia de Buenos Aires, y bueno, como pueden ver la perdida Yugoslavia sigue conquistando a Argentina.

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* Haciendo una referencia directa al libro del escritor brasileño Jorge Amado “De cómo los turcos descubrieron América”

  1. Tomo el apellido materno de Roberto, a pesar de no ser considerado en su registro civil.
  2. Miserias vividas en la Primera Guerra Mundial antes de unificarse el territorio en la antigua Yugoslavia. Cuando el país se instituyó, los Krbavcic y los Drassich partieron en barco para Argentina.
  3. 1925-1927
  4. Mina ubicada en la Sierra Balcarce, Provincia de Buenos Aires. Esta mina era propiedad de una familia proveniente de la provincia de San Luis.
  5. Militar y presidente Argentino de 1932-1938 proscripto al Radicalismo. Toma la presidencia durante la “Normalización Constitucional”, que se dio después del golpe militar de 1930.
  6. Gabán que se usa para las bajas temperaturas, propias del invierno en Argentina.