Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

Me gustaría manifestar mi más enérgica solidaridad a los profesores Leopoldo Múnera, Piedad Ortega y Mario Hernández, y a varios estudiantes que fueron blanco de las amenazas por parte de grupos paramilitares en la ciudad de Bogotá1. Creo además que las muestras de rechazo deben estar acompañadas de reflexiones y de preguntas que nos ayuden a comprender aquello que pasa en nuestra sociedad en el momento en el que, cada tanto, palabras atroces circulan en panfletos y correos electrónicos.

Muchos nos lamentamos e incluso nos vemos rotundamente desalentados porque este tipo de palabras llegan a sembrar miedo en nuestro imaginario. Quizás llegamos a temer seguir hablando o incluso opinando pues, como lo hemos visto, opiniones que parezcan no respetar una sociedad debidamente organizada están sujetas al escarnio de este tipo de amenazas. Pero el miedo parece no ser una buena estrategia. Una sociedad silenciada es una sociedad dominada, una sociedad que ha interiorizado el servilismo. Tener miedo es entonces aceptar un destino fiel y servil a las jerarquías de castas que han creado nuestras clases dirigentes a través de nuestra historia colonial y republicana. Y quizás ahí está mi desacuerdo frente a las palabras de la reciente amenaza por parte de las denominadas Águilas Negras.

La concepción “pacifista” que nos muestra este tipo de amenazas consiste en un respeto casi desmedido a las jerarquías sociales. Parece que en las palabras refunfuñadoras que circulan en estos panfletos está presente la voluntad servil de aquel Dios que nos invitaba a preferir su amor a cualquier otro amor, es decir, el amor al orden de la cruz y la espada que nos obligaba a castigar al prójimo por no acogerse a las enseñanzas inmovilizadoras de un orden jerárquico basado en los designios del Señor. Por eso, nunca fueron gratuitas las palabras de Salvatore Mancuso en nuestro Congreso de la República, cuando nos dijo que la lucha antisubversiva tenía como pretensión última de que “Colombia sea siempre en nuestras mentes y en nuestro corazones el intento siempre vivo, siempre bello de construir el paraíso entre Los Andes y el mar”. Tenemos así que una concepción paradisiaca de la paz está presente en las amenazas que circulan en los ya mencionados panfletos.

Pero los amenazadores no advierten que el camino que han elegido para garantizar esa paz servil prolonga al infinito un estado de guerra. Y esto porque lo que ellos llaman “gente de bien” no es otro ejemplo que gente amarrada a los grilletes de un modo unívoco de concebir nuestra realidad. Pero el círculo de esa gente de bien cada vez se irá volviendo más pequeño porque los seres humanos tienen inscrita en su “naturaleza” no dejarse determinar por la naturaleza de los supuestos ordenes jerárquicos y de castas. ¿No se preguntarán esto quienes escribieron esas amenazantes palabras en ese panfleto? ¿No se preguntarán por qué los objetos de sus amenazas son cada vez más amplios? Quizás llegue el momento en el que cualquier ser humano pueda llegar a ser protagonista de una amenaza –o podríamos decir que ya llegamos a ese momento.

La paz de la gente de bien entonces no advierte que los seres humanos hablan, incluso siguen hablando después de muertos. Si algo nos ha enseñado nuestra historia es que el lenguaje en muchos casos es incontrolable, basta ver a un niño o a una niña aprendiendo a hablar o escribir. También basta ver el desencadenamiento de palabras que provoca la muerte de un ser humano o incluso un chisme. Para ejemplificar esto, analicemos entonces a un juego de palabras que incomodan mucho a los amenazadores e incluso que causa más temor y terror en ellos que el miedo que pretenden infundir: se trata de un juego de palabras simple y comprensible para cualquiera. Las palabras las denigran ellos mismos en su amenaza: “somos iguales”. Pero ¿por qué le temen a la igualdad? ¿Por qué el hecho de decir que somos iguales es un discurso trasnochado y de marihuaneros románticos? ¿Por qué hay que callar a quien diga “somos iguales”?

La respuesta es simple como elocuente y ellos mismos en su amenaza lo advierten. Parece que la paz servil sólo es posible cuando aceptamos desmedidamente las jerarquías sociales y cualquier práctica que pretenda poner en cuestión ese orden parece estar condenada a integrar las grandes filas de nombres amenazados. Ellos parecen comprender muy bien que la igualdad no es un mero discurso de juristas, ni de formalidades, pues la igualdad existe siempre en acto. La igualdad nace entonces en momentos en el que nuestro lenguaje incontrolable siempre se hará preguntas indebidas como éstas: ¿Por qué debo obedecer? ¿Por qué debo aceptar que el destino de la educación superior esté subordinado a la circulación de ganancias? ¿Por qué nos debemos conformar con la desigualdad social, económica y cultural? En últimas, la igualdad se pone en acto cuando dialogamos, cuando en escenarios como en la academia construimos discursos críticos sobre la realidad que habitamos.

Por eso las amenazas crean un escenario inverso al que pretendían implantar los amenazadores, es decir, crean en nosotras y nosotros la voluntad de acompañar de la forma más fraterna y abierta a quienes sienten la angustia de ser señalados por quienes no han comprendido que un lenguaje que pretende acallar, deja de ser lenguaje, deja de cumplir la labor crítica que tiene todo ser humano. Luchar bajo esta perspectiva es combatir con estas formas cerradas y violentas de cercar el sentido y el lenguaje. O en otras palabras, luchar tiene que ver con combatir con argumentos la pretensión de acallar las voces de los profesores y compañeros de estudio que pretenden reinventar qué es la justicia, qué es la democracia e incluso qué es la paz.