Mauricio Rivera

* Mauricio Rivera

Periodista, escritor, realizador de video y fotografo. Doctor en Comunicación y Periodismo de la Universidad de RMIT de Melbourne, Australia; Magíster en Comunicación Profesional con especialización en Escritura Profesional de la Universidad de Deakin de Melbourne, Australia; Comunicador Social y Periodista de la Universidad de La Sabana de Bogotá, Colombia. Actualmente dicta la clase: El Periodismo como 'arma democrática' en la era digital de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Otras muestras de su trabajo pueden verse en los blogs: http://elmr2.wordpress.com/ (español) y http://mr2blog.com/ (inglés)

Nota: Este escrito surge del borrador de una aplicación para el desarrollo de un proyecto de documental con el Fondo de Desarrollo Cinematográfico de Colombia.

Antes de la irrupción de Gabriel García Márquez en la historia de la literatura colombiana, había dos novelas que sobresalían entre las piezas literarias producidas en estas tierras, por ser las más emblemáticas y representativas de una sociedad que, luego de tres siglos de dependencia colonial, buscaba entre una colcha de retazos multilingües cualquier muestra de cultura que le sirviera para fortalecer la incipiente noción de nacionalismo que las jóvenes repúblicas latinoamericanas importaban desde Europa y los Estados Unidos, como importaban radios, muebles, pieles y sedas finas, sin comprender las implicaciones sociales, políticas y económicas de aquel nuevo orden mundial.

La primera de estas obras es la novela María (1867) de Jorge Isaacs, la cual, con su trágica historia de amor juvenil, enmarcada dentro de ese gran paisaje romántico de las fértiles y apacibles praderas del Valle del Cauca, permanece como una de las más lúcidas imágenes de propaganda a favor de ese impulso occidental de civilización. Encarnado en instituciones de naturaleza centralista y aristocrática, como la Iglesia Católica, las compañías multinacionales (dentro de las que se pueden contar la United Fruit Company y su accionar en la Masacre de las Bananeras o la mismísima Ford y sus carros de guerra que tanto caucho demandaron de nuestras selvas) y también los gobiernos de turno que mandaban desde la fría comodidad de Bogotá, este impulso civilizatorio implantó un modelo euro-centrista de progreso que, a pesar de esa serie innumerable de fracasos que constituye la historia republicana del antiguo Nuevo Reino de Granada, se nos sigue imponiendo como la única interpretación válida del mundo.

Por otro lado, La Vorágine de José Eustasio Rivera nos presenta un retrato expresionista de esa otra Colombia, selvática y oscura, misteriosa y pagana, que no conoce ley distinta a la supervivencia del más fuerte. Aquel país de junglas gobernadas por sombras y demonios, donde por más que el hombre se esforzase en desplegar lo más bajo y lo más ruin de su naturaleza, ésta siempre se vería minimizada por esa otra Naturaleza implacable, de enredaderas afiladas como espadas y hormigas carnívoras dispuestas a arrasar con cualquier sustancia orgánica que encontrasen en su camino.

Como bien lo expone el profesor Conrado Zuluaga en la introducción que escribió para la primera edición de La Vorágine publicada por Arango Editores en 1989 –sesenta y cinco años después de su publicación original- el protagonista principal de la novela no es el poeta Arturo Cova, ni la Casa Arana con su ‘sevicia insaciable’, sino ‘la selva con su malignidad’ y el ‘mundo vegetal más insaciable y cruel que el hombre mismo’. Sin embargo, la visión de ese ‘mundo vegetal’ de la Vorágine permanece incompleta si se deja de lado la influencia que sobre éste causó la industria del caucho.

Del mismo modo, hoy en día es imposible analizar el presente y futuro de las selvas que en el pasado inspiraron a Rivera, sin antes indagar acerca de los efectos que en ellas causa la industria del petróleo. Al parecer el propio José Eustasio, hace más o menos un siglo, era consciente de esto, por lo que luego de publicar la segunda edición, corregida, de La Vorágine en 1926, empezó a trabajar en su segunda novela, la cual nunca llegaría a terminar a causa de su prematura muerte en Nueva York en 1928, y a la que iba a titular La Mancha Negra.

A los cien años de la perforación del pozo Tubará, el primer pozo petrolero excavado en Colombia en las inmediaciones de Barranquilla en 1893, los hallazgos de los yacimientos de Caño Limón (1983) y de los pozos de Cusiana y Cupiaga (1991), llevaron a la irrupción de la industria petrolera en las selvas de La Vorágine, dejando tras de sí una mancha negra, que al fundirse, primero con ese polvo blanco como el hombre que en ritual de sacrilegio lo extrae del sagrado verde de la hoja de la coca, y ahora también con todas esas manchas de ponzoñas multicolores que a su paso deja la llamada ‘locomotora minera’, habría de convertirse en ese presagio de muerte y decadencia que hoy pende como una espada sobre la selva oscura que, años atrás, inspiró a José Eustasio a escribir su gran obra.

Por esto, se hace necesario cuestionar hasta qué punto aún es cierta la que el profesor Zuluaga reconociera como la premisa central de La Vorágine; o si la ‘sevicia’ y la ‘malignidad’ del hombre, con sus máquinas extractoras que taladran las entrañas de la tierra, han volteado la balanza de manera irremediable y nos tienen a punto de dar la estocada final, sin comprender que bien podemos estar golpeando sobre el último de los clavos del ataúd de la especie.