Ingrid Penagos

* Ingrid Penagos

Politóloga egresada de la Universiad del Cauca, especialista en Gobierno, Gerencia y Asuntos Públicos de la Universidad Externado de Colombia y estudiante de maestría en Estudios Interdisciplinarios sobre el Desarrollo de la Universidad de Los Andes. Asesora en asuntos legislativos del Senador Alexander López Maya e integrante del comité ejecutivo nacional del Polo Democrático Alternativo

Uno de los episodios de orden político más difundidos por los medios masivos de comunicación los últimos años es el enfrentamiento entre el presidente Juan Manuel Santos y su antecesor, Álvaro Uribe. Tal contradicción produjo una  ruptura entre dos facciones del bloque dominante, que uno y otro representan, generando la aparición de nuevos proyectos políticos como el Centro Democrático y la reconfiguración del mapa  político nacional, y si los actuales asomos de reconciliación no llegan a buen puerto, también en el  local,  para las  próximas elecciones de  octubre.

Como espectadora de los diarios ataques en redes sociales del hoy Senador Uribe contra Santos, junto a su sequito de fieles y leales seguidores, a los que se suman las respuestas suspicaces muy al tono y estilo Santos, me irrumpen ciertos interrogantes; ¿qué ocurrió para que terminaran en posiciones distintas? ¿Está cerca una reconciliación? ¿Qué los reconciliaría? ¿Representan proyectos políticos diferenciados? Y concluyo, a riesgo de incurrir en ligerezas, que no estamos ante una irreconciliable contradicción, pero que tampoco será sencillo recomponer el escenario de unanimismo frente-nacionalista que ha caracterizado el sistema político colombiano; aún falta que corra mucha agua bajo el puente para que las presiones mutuas en temas como el proceso de paz y relaciones internacionales reestablezcan la coalición estable de poder que gobernó la nación por décadas.

El país, desde el período conocido como la Violencia, no experimentaba una abierta confrontación entre las élites del bloque en el poder. Para muchos y muchas, tal afirmación parecerá una exageración, confusión o imprecisión histórica. Sin embargo, como diría Zun Tsu, cada época tiene sus propias formas de guerra. Esto para decir, que no ha sido una tradición en la política nacional que las elites se confronten de manera abierta y pública en diversos asuntos, específicamente el proceso de paz; que para Uribe fue una traición de Santos a su legado de seguridad democrática en cuya base esta la estrategia de aniquilación de la insurgencia. Sin embargo, el problema no es que Santos hubiera emprendido un proceso de paz, pues Uribe, desarrolló un proceso con ELN y busco aterrizar otro con FARC; a mi juicio, el núcleo de la confrontación es la disputa por lo que cada una de las facciones cedería en la concreción de eventuales acuerdos de paz, pues Uribe asociado a una elite regional, terrateniente, mafiosa y paramilitar busca no arriesgar el control territorial, económico y político, que a punta de sangre y fuego consolidó en el país, así como sus funcionarios y militares implicados en crímenes de guerra. Esto no significa que la facción santista, o mejor, de la unidad nacional esté libre de vínculos con estas redes de criminalidad en el Estado. Están igualmente comprometidos, pero con una variante: tienen especial interés en una dinámica de negociación para feriar los territorios en perspectiva de la aplicación del extractivismo y agroindustria para compañías multinacionales. Guardando los matices, mientras Uribe representa una pacificación para el sostenimiento de estructuras agrarias terratenientes, Santos promueve clusters empresariales para el campo conducido por transnacionales. Ese pulso frente a la paz se tensiono de tal manera, que ambos, antes comprometidos en un mismo proyecto, terminarán de manera parcial en orillas distintas.

Aunque recientemente han habido guiños mutuos que dejarían entrever posibles aproximaciones que finiquitarían la reconciliación, desde mi punto de vista, son reflejo de la fragilidad de la frontera de lo que realmente los diferencia, que en la práctica es muy poco. Causó extrañeza que Uribe diera la orden a su bancada de no atravesarse a la inhabilidad que se discutía para el vicepresidente Vargas Lleras en la comisión primera en el trámite del Acto Legislativo de Equilibrio de poderes, que le impediría ser candidato a la presidencia en el 2018; salvavidas inesperado para los medios, pero predecible para quienes conocen la historia de Vargas Lleras y sus coincidencias y cercanías con el centro democrático. Además de una enmienda constitucional muy al estilo Uribe, buscando favorecer intereses políticos.

Otro hecho patente es la situación con las fuerzas militares, en tanto algunos de sus integrantes han mostrado desobediencia con su jefe natural; aquí es oportuno precisar que las fuerzas militares, mas allá de la lucha por las fronteras y la soberanía, se configuraron en una fuerza politizada producto de su formación en doctrina militar anticomunista, que además, se especializó en garantizar la estabilidad del régimen político y la protección de la infraestructura extractiva de compañías multinacionales. Por lo que se pone en entredicho la neutralidad y el principio de subordinación del poder militar al poder civil. Me parecería, entonces, que episodios como Andromeda, la filtración de información y coordenadas, y hechos similares, evidencian la afirmación anterior. Algunos militares se alinderan con las tesis de Uribe.

La participación del centro democrático y de la unidad nacional en el legislativo, es un ejemplo indicativo que no estamos ante un enfrentamiento de proyectos políticos diferenciados. En la votación del plan de desarrollo fueron absolutamente coincidentes ambas bancadas en los asuntos fundamentales de modelo de país: extractivismo, ordenamiento territorial, salud, educación e infraestructura vial. Salvo algunas observaciones como en temas fiscales, de seguridad y paz, que el Centro Democrático votó negativamente. Esto mantuvo intacta la estructura y fondo del PND, por lo que concluyo, sin vacilación, que en materia programática son escasas las distancias entre los “irreconciliables”.

Finalmente, aunque los interrogantes muy seguramente no serán absueltos, sí es posible afirmar que no se enfrentan modelos de país distinto, sino, que asistimos a una pugna de liderazgos personalizados traducidos en rivalidades mediáticas, componendas clientelistas, disputas por control económico y ambiciones burocráticas. Ello sin desconocer los matices en temas cruciales como la paz, aun cuando su alto impacto mediático exacerba las tensiones y construye realidades ficticias que confunden la opinión. Estamos ante una disputa entre sectores de la derecha colombiana que han mantenido pactos de gobierno y poder en distintos territorios por décadas, que enfrentarán una prueba de fuego en las próximas elecciones locales, en donde se verá con claridad los territorios en los que se alían y en los que mantendrán las disputas.