Camilo Salcedo

* Camilo Salcedo

Cursa estudios de maestría en Sociología y Antropología en la Universidad Federal do Rio de Janeiro (UFRJ) y es politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Sus áreas de trabajo son: 1) mundo del trabajo y conflictos laborales; y 2) procesos de transformación social de campesinos y trabajadores rurales. Es miembro del grupo de investigación de Política y derecho ambiental (PODEA), donde hace parte de la línea tierra, territorio y ambiente. Trabaja actualmente sobre la estructura de la propiedad de la tierra y las re-configuraciones sociales que se están presentando en el centro del departamento del Huila, Colombia, con la llegada de diversos proyectos de infraestructura energética

 Dar la vuelta a los sentidos sociales construidos por las comunidades del centro del Huila, eso hizo el proyecto hidroeléctrico El Quimbo con quienes allí se asentaban. En el 2008 fueron declarados de “Utilidad Pública” los terrenos de influencia de la represa (Resolución 321 de 2008 de Minminas), en 2009 se expidió la Licencia Ambiental (Res. 899 de 2009 de MinAmbiente) y en febrero de 2011 iniciaron las  obras. Con su avance, los marcos de sentido de los habitantes de esta región han sido atacados cotidianamente, siendo presionados para su expulsión.

La empresa de energía Emgesa combinó sucesivas estrategias para la fragmentación de las comunidades. Al inicio de la formulación del proyecto, en 2007, sus funcionarios regalaron a sus habitantes las primeras lechonas y tamales para socializarlo y hacerles firmar las listas de asistencia. La promesa principal fue que saldrían de allí en “iguales o mejores condiciones”. Con el avance del proyecto y la expedición por el Ministerio de Ambiente de la Licencia Ambiental en mayo de 2009, ya no fue la lechona y el tamal, sino abogados y trabajadores sociales que los amenazaban con su expulsión y expropiación si no aceptaban la “compensación”.

La Licencia Ambiental impuso entre los campesinos una nueva forma de organización de los recursos. Categorías como “grupo familiar”, “propietario”, “no propietario”, “residente”, y “no residente”, fueron los marcos para compensar a los “afectados censados” (en 2007, 2008 y 2009). El proyecto compensó agrupando a la población censada por “grupos familiares” ya fueran propietarios juntando patrimonios familiares independientes, o familias “sin propiedad” en la que solo un integrante del “grupo familiar” recibió compensación. Los conflictos familiares se acentuaron entre los diferentes grupos y muchos de los “residentes no propietarios” o “no propietarios con actividad económica” quedaron en una situación crítica, debido a que perdieron el lugar donde habían trabajado toda la vida y fueron compensados con un “capital semilla”, una suma de dinero calculada conforme a la información de los censos realizados por la empresa.

En las comunidades, los vecinos y familiares se fueron yendo poco a poco de sus casas. Los funcionarios de Emgesa se encargaron de negociar familia por familia y con la firma de aceptación de “compensación”, las retroexcavadoras llegaban días después a destruir sus casas, diezmando con el tiempo las veredas, violentando psicológicamente a quienes se mantenían en sus casas sin aceptar la “compensación” y modificando su paisaje. Los niños dejaron las escuelas y los padres perdieron sus lugares de trabajo. De comunidad de vecinos y paisanos se pasó a una fragmentación paulatina en la que cada vez había menos personas habitando en sus veredas.

El espacio de comunidad construido desde que eran nacidos y criados, con sus familias, vecinos, compadres, el cuidado que tenían con sus ancianos y los “loquitos” y su aprendizaje del trabajo de la tierra, la pesca, o las técnicas para recoger pindo (palma de orillas del río Magdalena usada para sobreros) o cacao en las vegas del río Magdalena y quebradas, se rompieron. Para los campesinos que vivían del área “no se puede hacer lo que se hacía”: ir al río y ver las crecientes cuando llovía en las cordilleras, pescar, cuidar de sus casas y sus plantas, estar pendientes del ciclo de las flores o regar y sembrar dependiendo de los días de menguante o creciente del ciclo lunar.

La tierra que era de trabajo o de descanso, o el agua para pescar ya no es para eso, sino para producir energía. En el momento que iniciaron las obras la contaminación del río con sus desechos impidió gran parte de la pesca. La producción de cultivos mermó desde la utilidad pública que sujetó a los propietarios a vender sus tierras. Después los productores tuvieron que pedirle a Emgesa sus tierras por medio del “comodato”, una figura legal que hizo que la tierra vendida a la trasnacional les pudiera ser entregada para que la explotaran por periodos de tiempo antes del llenado. Si no se sometían a los conductos regulares impuestos por el Estado y la empresa, campesinos que siempre vivieron de su territorio pasaban, como en efecto ocurrió, a ser calificados como “usurpadores”.

La capilla de San José de Belén, centro de peregrinación y reunión de comunidades del centro del Huila, está protegida legalmente como patrimonio del Departamento y en la licencia ambiental se obliga su traslado. Para el proyecto esto es un “obstáculo” para el llenado del embalse, por lo que Emgesa, representantes de la Iglesia y políticos locales y departamentales negocian desde 2012 quitarle el rótulo de patrimonio e iniciar el llenado previsto para junio de 2015. La Iglesia como representante de la fe, despoja a las comunidades de su poder moral sobre la capilla, negociando directamente con el Estado y la empresa.

Así, el despojo no solo fue la expropiación de la tierra (en un área en la que muchos fueron clasificados como “no propietarios”), sino la imposibilidad de reproducir las prácticas que realizaban con anterioridad. Los despojaron del poder de decidir lo que querían y los enmarcaron en lo que el proyecto impuso. Los expropiaron de sus prácticas, creencias y pertenencias inmateriales, cercenando lo que les era natural hacer y su capacidad de planear el futuro. Con el tiempo, la promesa de salir en “mejores o iguales” condiciones se diluyó, obligándolos a rearmarse, resistir en la cotidianidad y vivir frente a las nuevas condiciones de su entorno.