Susana Barradas

* Susana Barradas

Doctora en Psicología de la Universidad de los Andes, Colombia. Psicóloga y Magíster en Psicología de la Salud de la Universidad de Lisboa, Portugal. Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Externado de Colombia. Integrante del grupo de investigación EpiAndes de la Universidad de los Andes. Sus intereses de investigación son la Psicología de la Salud, la Salud Pública, la Promoción de la Salud y los Estudios sobre pobreza y desigualdades en salud

 “Todas las enfermedades tienen dos causas: una patológica y otra política

Rudolf Virchow

La paz es un asunto central no solo en la agenda política, económica y social del país, sino también en la vida de los colombianos y las colombianas. Muchas líneas se han escrito sobre la solución negociada al conflicto armado, y en diversas ocasiones ha sido plasmado su carácter apremiante, con la debida salvedad de que lo urgente no debe eludir lo importante: una paz con justicia social. Esa sería la única paz posible, enmarcada en un planteamiento de largo aliento y a la medida de nuestros sueños. Cualquier materialización distinta del término representaría probablemente un muy buen ejercicio de retórica, pero no sería consecuente con el proyecto político que se necesita.

Precisamente por esto, el proceso social al que se enfrenta el país requiere atender necesariamente los reclamos de democracia, pluralismo y equidad que los distintos gobiernos han venido esquivando. Esto implica disminuir la brecha entre ricos y pobres -sabemos que Colombia tiene una de las cifras más alarmantes no solo en comparación con los países de la región, sino con los demás países del mundo-, eliminando las disparidades relacionadas con el acceso a la educación, a la cultura, a la salud, a la vivienda y al trabajo digno. En últimas, supone sustituir unas formas de organización que han alcahueteado un sin fin de violencias estructurales por un abordaje que se ocupe de la democratización de los recursos materiales y sociales, a través de una transformación social capaz de enfrentarse a la pobreza, a la desigualdad y a las distintas formas de exclusión social existentes en el país.

En esta oportunidad, quisiera traer a discusión un asunto que también viene reclamando esa justicia social: la salud. Aunque se pudiera llegar a presumir que los problemas relacionados con la salud afectan a los individuos de manera indiscriminada y aleatoria, existen varios elementos que invalidan esa creencia desprevenida. En efecto, la situación de salud de las personas está altamente relacionada tanto con su posición social como con el contexto político en el que viven.

Se puede decir que la distribución de las enfermedades y de los factores de riesgo de enfermar es inequitativa, y va en detrimento de los individuos y grupos poblacionales más vulnerables económica y socialmente. Dicha distribución tiene tres elementos de reproducción bajo los cuales los grupos más privilegiados presentan una mejor condición de salud (medida objetiva y subjetivamente), una menor prevalencia de conductas de riesgo y una mayor prevalencia de conductas saludables y, por lo tanto, protectoras de la salud. Lo anterior, sumado a las características del sistema de salud colombiano -que no puede y no debe ser medido únicamente en términos de cobertura y aseguramiento-, pone de manifiesto la desventaja de las clases sociales más desfavorecidas.

Ahora bien, la discusión acerca de las inequidades en salud en Colombia ha sido planteada sobre todo desde la perspectiva de la prestación de servicios en salud y atención médica. Si bien en esos términos el panorama es también desconcertante, es importante mencionar que el sistema de salud no es el único determinante de la salud de las personas. Por el contrario, la prestación de servicios de salud debe funcionar como un mecanismo de manutención y son “las condiciones en que las personas crecen, viven, trabajan y envejecen las que tienen una influencia poderosa en la salud”1.

Algunas de las desigualdades en salud son ineludibles, y un ejemplo de ello son las predisposiciones genéticas que pueden influir en las tendencias de morbimortalidad. Sin embargo, se habla de inequidad cuando hay “diferencias de salud que afectan negativamente a aquellos grupos socialmente desfavorecidos”2, y cuando esas diferencias son sistemáticas, evitables e injustas3. La inequidad a la que nos referimos está, entonces, relacionada con las formas de organización social que ponen en condición de desventaja a determinados grupos, al exponerlos de manera diferenciada a los distintos factores de riesgo. De lo anterior resulta una menor capacidad para trascender barreras sociales y un fomento de la segregación y exclusión. Además, conlleva a una menor autonomía para participar en la sociedad y en los asuntos políticos4, y es una limitante para el pleno ejercicio de las libertades humanas5.

Si las desigualdades en el ámbito de la salud de los individuos están basadas en una estructura social injusta, cualquier acción en esta área debe partir de una perspectiva crítica respecto a esa estructura, tratando necesariamente la cuestión de las jerarquías sociales y de la distribución de recursos en nuestro contexto6. Por esta razón, aunque para algunos resulte anacrónico hablar de clases sociales -“porque estamos en un momento histórico post-industrial”, “porque el proletariado ya no existe”, “porque la lucha de clases es un sinsentido”, etc.-, la clase sigue siendo, efectivamente, un concepto central a la hora de discutir los derechos sociales. Esto es verdad en la medida en que es la única variable capaz de integrar al mismo tiempo cuestiones tan importantes como el nivel de ingresos, el nivel educativo o el nivel de bienestar de los individuos, apoyándose en dimensiones materiales y sociales.

Lo anterior nos lleva a concluir que no se puede pretender estudiar el fenómeno de la salud de manera ahistórica, en términos meramente formales y desconectado de su contexto. Además, las inequidades en salud derivadas de desigualdades sociales ponen de presente el papel del Estado en contribuir a su resolución, a través de nuevas apuestas en materia redistributiva, social y pública.

  1. World Health Organization (2007). Lograr la equidad en salud: desde las causas iniciales a los resultados justos. WHO: Génova.
  2. Braveman, P. & Gruskin, S. (2003). Defining equity in health. Journal of Epidemiology and Community Health, (57), 254-258.
  3. Whitehead M. (1992). The concepts and principles of equity and health. International Journal of Health Services 22: 429–445.
  4. Braveman, P. et al. (2011). Health Disparities and Health Equity: The Issue Is Justice. American Journal of Public Health, 101(S1), 149-155.
  5. Sen, A. (2002). ¿Por qué la equidad en salud?. Revista Panamericana de Salud Pública, 11(5), 302-309.
  6. Edwards, E. & Ruggiero, E. (2011). Exploring which context matters in the study of health inequities and their mitigation. Scandinavian Journal of Public Health, 39(6), 43-49.