58 Cesar1

La imagen es un “fotoepigrama” de Bertolt Brecht llamado “Sobre la restitución de la verdad”, de 1934. Se encuentra en el libro ABC de la guerra, esencial para entender las apuestas por una nueva memoria visual.

Un poder inquieto ante el peso de los caídos

Hay un cuento ruso de posguerra que narra la historia de una mujer empeñada en retornar a su pueblo natal tras la derrota del fascismo. La mujer es María Vasílievna, que en la historia recorre incansablemente las tierras ocupadas por los nazis con todo valor y al llegar a su lugar de origen encuentra un terreno devastado, sus hijos muertos y un pueblo fantasma. Desarrapada, descubre a otra mujer que vivía en su vecindad y, juntas, enloquecen mientras los aviones y tanques de guerra bolcheviques se acercan para dar aviso sobre la noticia de la victoria del comunismo.

Un instante antes de morir, María Vasílievna ve aviones iluminando el cielo y los cañones retumbar sobre la tierra y, en su último segundo, imagina en voz alta: “Que lleguen pronto, que haya un poder soviético, el poder que ama al pueblo, que ama el trabajo, que enseña a la gente; es un poder inquieto; quizá, dentro de un siglo, aprenda a revivir a los muertos. Entonces suspirará y se alegrará mi huérfano corazón de madre”.

La imagen revela el clamor de las víctimas, pero es insuficiente pues aún no muestra la impotencia de quienes queremos hacerles justicia. Por fortuna, el relato no acaba ahí.

Un soldado ruso pisa tierra para brindarle consuelo, pero nota a la madre muerta y el terreno desolado. Entre la tierra yerma y los escombros, el narrador en tercera persona describe la epifanía del partisano:

El soldado regresó al tanque y se sintió triste sin los muertos. Pero sintió que ahora le era más necesario vivir. […] después de la victoria habría que aprender a vivir aquella vida superior que los muertos le habían legado silenciosamente. […] Sólo en los vivos pueden confiar los muertos, y éstos tienen que vivir de modo que el destino libre y feliz del pueblo justifique sus muertes y, de esta manera, den a su caída su justo peso.

El cuento describe con precisión el camino estrecho de quienes, víctimas o no, viven para hacer justicia de los que han muerto en el Holocausto.

El mismo día de la conmemoración de los 70 años del fin de Auschwitz y el Holocausto, Elke Gryklewsky, miembro de la Casa de la Conferencia de Wannsee, afirmó frente a las enseñanzas de la historia del Holocausto para las generaciones jóvenes que: “[…] una sociedad democrática tiene también que confrontar un pasado no democrático”1.

Si bien la afirmación no se discute, debe abrirse un debate sobre los estilos de esa confrontación.

En manos de los vivos yacen las garantías de memoria y de “no repetición”, así que es preciso hallar herramientas que activen de nuevo el potencial reflexivo de la memoria colectiva, para evitar la presencia recurrente de las conmemoraciones vacías. Aquí se ofrecen tres: Memoria visual, historia crítica e imaginación del futuro.

Contra la reificación de la memoria visual

En su dimensión comunicativa, las “políticas de la memoria” se ubican actualmente en la era del lenguaje audiovisual. Por tanto, su objetivo pedagógico debe ser la creación de una ruptura de sentido en la experiencia del receptor –el público, el lector, el oyente, el televidente- para que no sea ajeno al dolor de la catástrofe.

No obstante, es usual que el prisma de la catástrofe sea puesto bajo el lente de la industria cultural y, en ese acto, ocurre todo lo contrario: la fotografía, el cine y la televisión son incapaces de producir una ruptura de sentido y naturalizan el sufrimiento. Esto es lo que un columnista llamó recientemente «la asepsia de la visualización in situ del conflicto»2.

En la situación alemana actual, no hay una relación estrecha y a gran escala entre la población joven y los testigos directos. Esto afecta los canales de transmisión de la memoria, que son bien descritos por Traverso en el siguiente fragmento:

“Lo que se llamaba los “marcos sociales” de transmisión de la memoria –eso que los alemanes llaman Erfahrung y que es como la experiencia transmitida, que implica un conjunto de prácticas, conocimientos, valores, modalidades de percepción y actuación que se transmiten de una generación a otra de una manera casi natural– está tocando a su fin. Vivimos en un mundo en el que esas formas de transmisión se han roto y los recuerdos se heredan de otra manera. Los medios de comunicación son nuevas formas de reificación del pasado por medio de la industria cultural”3.

Este es el núcleo del debate entre Claude Lanzmann –director del “fresco” cinematográfico Shoah- y Jean Luc Godard respecto al uso de la imagen en el holocausto. ¿Debe o no debe la imagen cinematográfica reflejar en “carne viva” el sufrimiento de los testigos del evento?

Lanzmann, que creó un documental basado en las herramientas de la historia oral, no paraba la grabación incluso si la víctima entrevistada rompía en llanto. Contrario a eso, Godard cree que el potencial creativo de la imagen está en generar la ruptura en el sentido del espectador, a través del montaje. La composición no se basa en el sufrimiento, sino en los significados de ese sufrimiento encarnado en el Holocausto y en la oportunidad de brindarle un sentido distinto al sufrimiento de las víctimas. Esos significados son las huellas que permanecen en la memoria del público luego de ver un contenido audiovisual emancipador.

Como dice el historiador del arte George Didi-Huberman, “las imagenes son un espacio de lucha”. Andrea Caledo logró verlo en las imágenes de Stephen Slore, en una exposición fotográfica reciente en la Tate Modern de Londres. En ella Slore: “trae a colación los rostros [de las víctimas] y recrea, por medio de objetos personales y espacios cotidianos, las vidas que, con valentía, cada un[a] de ell[a]s logró reconstruir”4.

La valoración positiva de la imagen en Slore crea un efecto emancipador similar al que George Didi Huberman vio en Goya o en Bertold Brecht:

Brecht tomaba imágenes de contextos que detestaba (por ejemplo, la revista Life) recortando la imagen y la leyenda. Por ejemplo, una foto de la guerra cuyo pie decía: “un soldado americano mata a un soldado japonés”. Pegaba todo eso sobre un fondo negro y añadía un segundo texto, el suyo. Su texto dialectizaba la relación entre el texto y la imagen, es decir, criticaba tanto al uno como a la otra. Mostrando por ejemplo que no se trataba sólo de un soldado americano que había matado a uno japonés, sino que ambos eran soldados de imperialismos en guerra y que la verdadera víctima del enfrentamiento era el pueblo. Para mí, el buen uso de la imagen es el buen montaje5.

Es lo que quiero decir: la memoria visual debe preguntarse cuál es el camino que debe tomar la ruptura de sentido que genera el formato audiovisual en el espectador al retratar una catástrofe. Ese efecto puede ser alienante o emancipador. Todo depende del montaje.

Historia crítica y crítica histórica

Origen (Ursprung), categoría cabalmente histórica que, sin embargo, no tiene nada que ver con los comienzos […]. El término origen no significa el proceso de llegar a ser a partir de aquello de dónde se ha emergido, sino mucho más, aquello que emerge del proceso de llegar a ser y desaparecer. El origen se yergue en el flujo del devenir como un remolino (…); su ritmo es evidente sólo para la doble mirada.

Walter Benjamin en Ursprung der deustchen Trauerspiels, I. p. 226

(trad. cast: El orígen del drama barroco alemán. Madrid, Taurus, 1990)

Si de algo deberían encargarse las comisiones de memoria histórica es de pensar el término “origen del conflicto”. En ese proceso es indiscutible el enlace entre historia y memoria, una relación que en el caso alemán no siempre ha estado pendiente. Para Elke Gryklewsky, la conexión debe evaluarse principalmente en relación con los grupos que niegan el Holocausto:

“En Alemania, por suerte, tenemos una ley que prohíbe la negación del holocausto. El problema es que [los “revisionistas” o negacionistas] son tan inteligentes que ellos ya no niegan el holocausto sino que reducen las cifras. El problema ahí ya es para el público que escucha sus preguntas. Y debemos llevarlo a un nivel. Debemos preguntarnos por qué”6.

Esta declaración reclama y emplaza nuevamente la creación de una frontera necesaria entre la “historia” y la “memoria”7. En la forma actual que ha adoptado el acercamiento entre el campo académico y la institucionalidad estatal que ejecuta las políticas públicas, no hay una diferencia diáfana, programática e intelectual entre esos dos términos y su función social.

Es usual que el incremento del antisemitismo se atribuya al éxito del revisionismo fascista. Ese sólo es un problema aparente. El potencial de su demostración consiste en corregir “detalles”, pues los más “estudiosos” de su género han notado que defienden mentiras.

El historiador francés Paul Vidal-Nacquet les respondía en Los asesinos de la memoria con estilo:

«Un diálogo entre dos hombres, aunque sean adversarios, supone un terreno común, un común respeto –en el encuentro- por la verdad. Pero ese terreno no existe con los “revisionistas”. ¿Podría imaginarse a un astrofísico dialogando con un “investigador” que afirmase que la luna está hecha de queso roquefort? Ése es el nivel en el cual se sitúan estos personajes […] Se puede y se debe discutir acerca de los “revisionistas”, se pueden analizar sus textos tal como se hace la anatomía de una mentira; se puede y se debe analizar su lugar específico en la configuración de las ideologías, preguntarse el porqué y el cómo de su aparición, pero no se discute con los “revisionistas”»7 (Págs. 14, 15).

Lo que nos enseña Vidal-Naquet es a mirar las variables que pudieron implicarse en la creación de una política anti-semita, antes de considerar que esa política anti-semita haya devenido en “la solución final”8.

Aunque la distinción sea reiterativa en un centenar de libros, siempre habrá que recordar el peligro del uso populista de la memoria, en el afán académico de autoproclamarse defensora de cierta causa que, a su juicio, sólo podría ser defendida por la institucionalidad estatal. Parafraseando a Vidal Nacquet, quizás los asesinos de la memoria moren en su propio seno.

La historia crítica nos ofrece herramientas para actualizar las preguntas que se hace la memoria colectiva cuando intenta ser clausurada en una versión definitiva en la construcción de la política pública. La historia crítica también reactualiza las respuestas y ofrece insumos reales para construir disensos basados en interpretaciones comprobables.

Imaginar el futuro

Meses antes de las declaraciones de Gryklewsky, en una entrevista para el diario La Nación, el historiador franco-italiano Enzo Traverso caracterizó el escenario de los debates sobre las formas actuales de confrontación de una “catástrofe humana” y ofreció dos claves complementarias para leer la cuestión.

Por una parte, las sociedades actuales que son incapaces de mirar al futuro y generar utopías sufren una “temporalidad de aceleración permanente [la del capitalismo] con un horizonte cerrado, sin proyección al futuro y sin ninguna estructura prognóstica”. Lo que, en últimas “[…] explica […] la obsesión por la memoria9.

Por otra, que las políticas de la memoria adquieren el cariz de un culto: “[…] una sociedad que no tiene futuro está ‘casi obligada’ a mirar al pasado y esa mirada muchas veces toma un rasgo apologético […]”10.

El peligro de esas “políticas de la memoria” -obsesivas y apologéticas- radica, a juicio de Traverso, en el cierre gradual de toda práctica colectiva que encamine esa sociedad hacia una alternativa de futuro, pues la sociedad intenta “[…] sacar lecciones del pasado para confirmar que el presente es un orden sin alternativas posibles. [Sea] porque las revoluciones fracasaron, [porque] crearon monstruos totalitarios, [o porque] hubo fascismos y dictaduras y, entonces, hay que aceptar el orden de hoy como un orden sin alternativas»11.

Este es el principal horizonte de las naciones que definen su identidad usando la memoria de una catástrofe colectiva como su recurso más relevante. En el caso alemán, Jürgen Habermas, aseguró que la memoria del Holocausto hizo de Alemania una nación moderna: gracias a ella transitó del nacionalismo identitario basado en la idealización del Volk como sustancia, a una identidad secular que agregaba el componente democrático de la inclusión debido al antecedente catastrófico del totalitarismo nazi.

La contradicción del Estado Liberal Alemán radica en ese doble sentido, a veces llevadero, a veces contradictorio, pues lee las “políticas de la memoria” como un recurso para proyectar fuerzas que superarían el legado traumático del Holocausto y, al mismo tiempo, como una base de la identidad nacional inseparable anclada en su pasado reciente.

La base de una pregunta recurrente y concreta que se presenta habitualmente entre sociedades enteras que asumen el duelo de un Holocausto es si existe o no una interpretación alternativa que les permita rememorar una catástrofe humana con un marco alternativo al del Estado Liberal.

Resolvamos de principio esa pregunta: Sí, la hay. Frente a este tema puede retomarse un concepto relevante que ha sido útil para fundar prospectivas como la utopística de Immanuel Wallerstein. En su famosa tesis doctoral El concepto de naturaleza en Marx, Alfred Schmith definió un rasgo distintivo del materialismo histórico como perspectiva científica frente a la ideología liberal: «la teleología finita».

Esta consiste en la proyección de horizontes alcanzables, reales y renovables para seres humanos que habitan un planeta en tiempos y espacios definidos, es decir, caracterizados por urgencias, necesidades y esperanzas reales. El término refiere a esperanzas realizables, sin las cuales, la relación de los grupos humanos con su acción en el tiempo sufriría un quiebre.

Se trata de un opuesto radical a la idea de progreso infinito, que se basa en la apuesta por definir las relaciones concretas entre el trauma de la catástrofe y su función proyectiva en la construcción de una potencia que resinifique todos los tiempos al proponer un futuro realizable sobre la base de que se necesita catalizar un potencial colectivo -multicultural y pedagógico-. La pregunta que subyace a él es ¿recordar, sí… para qué?

La pregunta puede centrarse en el retorno de la confianza, no en que jamás ocurrirá de nuevo una catástrofe, sino en que podemos conseguir un sistema en el que esta -cualquier catástrofe de violencia humana- jamás pueda brotar en el fondo del sistema mismo.

Hacia una lucha longitudinal

En un texto anterior se sugirió la tesis que sigue a continuación: “la memoria no sólo se disputa en un plano trasversal, en el momento inmediato de su esplendor –catastrófico o festivo- contra quienes defienden que su luz debería opacarse. Su principal disputa se presenta longitudinalmente”.

Estas tres relaciones nos ofrecen insumos para leer no sólo la memoria de los conflictos, sino el devenir de los mismos. Sin embargo, la resolución de los conflictos no reduce la complejidad de la sociedad en la que ocurren. Eso no quiere decir que no puedan resolverse los conflictos heredados o evitarse los que vienen; tampoco quiere decir que no se pueda reducir la intensidad del conflicto actual. Sobre esa esperanza se vive y es una ilusión con fundamentos.

Pero la complejización del mundo real es el precio que debe pagar quien analiza el valor simbólico que tienen los conflictos para el mundo actual. Por eso, sus variables no se pueden reducir, ni simplificar; ni se puede subestimar el papel político de las concesiones en las “políticas de la memoria”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. Grykewski, Elke. La enseñanza del Holocausto en Alemania. Deustche Welle. 27/01/2015. Duración: 02.49 Minutos.
  2. Caledo, Andrea. “Geopolítica del dolor”. En Revista Arcadia. 02/03/2015
  3. Alicia García Ruíz en entrevista con Enzo Traverso. “La historia puede convertirse en un arma del poder”. En Metrópolis, revista de información y pensamiento crítico. Barcelona: Invierno (enero-marzo, 2010)
  4. Caledo, Andrea. “Geopolítica del dolor”. En Revista Arcadia. 02/03/2015
  5. Entrevista con Didi-Huberman, George. “Las imágenes son un espacio de Lucha”. En Blog.publico.es Online: 18/12/2010.
  6. Grykewski, Elke. La enseñanza del Holocausto en Alemania. Deustche Welle. 27/01/2015. Duración: 02.49 Minutos.
  7. Al respecto Traverso nos ofrece su opinión: “La matriz de esta distinción es positivista y consiste en considerar la historia como discurso crítico sobre el pasado científicamente fundado para diferenciarla de la memoria como conjunto de recuerdos personales o colectivos subjetivos, volátiles, que pertenecen a una sensibilidad efímera y que frecuentemente escapan a todo criterio de verificación objetiva. Todo esto se puede aceptar si consideramos historia y memoria como tipos ideales”. Para Traverso, “al pensar en la construcción de las representaciones colectivas del pasado y, en particular, en la historia de la historiografía del siglo XX, se constata una fuerte interferencia entre historia y memoria”. En Alicia García Ruíz entrevista a Enzo Traverso. “La historia puede convertirse en un arma del poder”. En Metrópolis, revista de información y pensamiento crítico. Barcelona: Invierno (enero-marzo, 2010)
  8. Sugiero ver las discusiones que ofrece Vidal-Nacquet en el libro Los asesinos de la memoria, entre las páginas 145 y 149.
  9. Astrid Pikielny en entrevista con Enzo Traverso. «La sociedad hoy no genera utopías, y los intelectuales son el espejo de esa impotencia». En La Nación. Domingo 07 de septiembre de 2014.
  10. Astrid Pikielny en entrevista con Enzo Traverso. «La sociedad hoy no genera utopías, y los intelectuales son el espejo de esa impotencia». En La Nación. Domingo 07 de septiembre de 2014.
  11. Astrid Pikielny en entrevista con Enzo Traverso. «La sociedad hoy no genera utopías, y los intelectuales son el espejo de esa impotencia». En La Nación. Domingo 07 de septiembre de 2014.