Jessica Fajardo

* Jessica Fajardo

Licenciada en Educación en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas y estudiante de la Maestría en Gobierno en la Universidad de Buenos Aires. Ha trabajado proyectos de construcción política en educación formal y no formal. Sus intereses se centran en la epistemología de las Ciencias Sociales y en la construcción epistemológica del ser humano en disciplinas como el Derecho y la Ciencia Política

Estoy de acuerdo con mi rata de Navidad; a pesar de todas las proclamaciones optimistas –“¡Se están haciendo progresos! ¡Otra vez hay esperanzas!”- Todo corre, resbala, se desliza cuesta abajo, hacia un final estadísticamente seguro

Günter Grass (La Ratesa)1

La mejor forma de justificar una intervención “pacifista y democrática”, es afirmar que una “sociedad” es “extremadamente violenta”. Después de hacer una escueta clasificación categórica, Christian Gerlach propone un concepto que puede definir la violencia en Colombia: “Sociedades extremadamente violentas”; “ingeniosamente” Gerlach agrupa, mediante esta propuesta conceptual, las experiencias violentas vividas en Ruanda, Camboya, Timor Oriental, Yugoslavia y la Namibia del colonialismo alemán.

Ahora, para sustentar su tesis, Gerlach cita y categoriza las violencias de la Alemania Nazi, de la Rusa Soviética y del Antiguo Imperio Otomano, violencias que han sido afirmadas y que sirven como criterio de autoridad para sustentar el concepto de “sociedades extremadamente violentas” ¿Quién cuestiona la violencia de la Alemania Nazi, de la Rusia Soviética y del antiguo imperio Otomano? De esta forma, selecciona una suerte de experiencias que tuvieron en común estas tres grandes sociedades y propone que la violencia descansa sobre las relaciones más íntimas de la comunidad, y bueno, citemos sus palabras, “La Alemania nazi, la Unión Soviética y las postrimerías del Imperio Otomano constituyen casos extremos en línea con bastantes otras sociedades modernas o coloniales a las que califico de «extremadamente violentas»”, como muchos países de la Europa del Este a principios de la década de 1940 en relación con el dominio alemán (como Croacia o Rumania), Camboya en la década de 1970, Indonesia, Colombia durante buena parte del siglo XX o Estados Unidos en el siglo XIX2.

Bajo una operación inductiva, Gerlach generaliza experiencias aisladas y accidentales y las convierte en una fórmula que puede ser aplicada para entender a Colombia; sin embargo precisa que son fenómenos distintos con patrones comunes, otro argumento “suficiente” para sostener su “generalidad”. Bueno, suena convincente y estadísticamente seguro, una forma sencilla de ubicar el desastre de nuestras naciones bajo la categoría de “sociedades extremadamente violentas”. De nuevo citemos la pretensión categórica de Gerlach “(…) los trabajos comparativos que existen son a menudo de carácter generalizador o tipológico y, por tanto, en demasiados casos, carecen de fundamentos empíricos en al menos un campo, siguen los antiguos patrones de conocimiento y, por tanto, corren precisamente el riesgo de omitir las importantes conclusiones a las que se ha llegado en los últimos años3. Si Christian Gerlach trata de hacer un estudio epistemológico sobre los conceptos que explican la violencia, debería estar enterado que desde el siglo XVIII, en el mundo anglosajón ya eran avanzadas las críticas a ese empirismo inductivo que nunca superó pretensiones medievales y universalistas.

Ahora, entremos un poco en esos patrones comunes que descubre Gerlach: “en las sociedades extremadamente violentas, ciertos grupos de población se convierten en víctimas de violencia física en masa en la que, por numerosas razones, participan diversos grupos sociales y órganos del estado. En otras palabras, existen cuatro rasgos característicos: distintos grupos de víctimas, amplia participación, numerosos factores causales y gran cantidad de violencia física4. No existe forma más general que tratar a las víctimas como “ciertos grupos de la población”, de llamar a los agentes de la violencia como “diversos grupos sociales y órganos del estado” y a sus razones como “numerosas razones”. Es posible reducir nuestra violencia en nociones generales para poder ser entendida por “demócratas” o “republicanos”, pero fácticamente las víctimas son unas, las razones son precisas y los grupos violentos los podemos señalar con el dedo. Por esta razón es inconsistente el argumento de Gerlach, ya que una fórmula inductiva y conceptual no puede mostrarnos lo que vivimos cada día y ser la esencia natural de nuestra desgracia. Sin embargo, Gerlach, se cuida de naturalismos y afirma que estos patrones están en el “sistema” social: “Las sociedades no son extremadamente violentas en principio ni por naturaleza, sino que se vuelven así a lo largo de un proceso cronológico”; bajo este argumento se podría afirmar que si la naturaleza no nos hace violentos, el tiempo nos hace naturalmente violentos, y como no existe forma de recomponer nuestros “malos” tiempos, ¿qué puede hacer la “civilización” con nosotros? Veamos lo que afirma Christian Gerlach: “Sin embargo, solo la eliminación o la reducción sustancial del potencial de conflictos sociales, junto con la introducción de cambios en el sistema político, en los valores y las actitudes asociadas, puede contener a una sociedad extremadamente violenta y transformaría en un estado más pacífico5.

Según Gerlach, para calificar una sociedad como “extremadamente violenta”, es necesario mirar “lo que define cuantitativamente” la comunidad. Entonces, la violencia es medida por cantidad y no por cualidad, y si no vemos las cualidades históricas, menos las experiencias fácticas y accidentales que no pueden definirse ni por cualidad ni por cantidad, como el espíritu y la voz de nuestros muertos, la miseria de nuestras madres, la ritualidad de una masacre, la comunidad inmunizada, los pseudo-relatos sobre capacidad de hacer la paz o la propiedad sobre el territorio y la vida. No existe forma para que la fórmula de Gerlach alcance nuestras experiencias, pero con el concepto “sociedad altamente violenta” puede calificar y evaluar nuestras prácticas.

Les recuerdo que la visión más tradicional del derecho tiende a presuponer que el hombre es violento por naturaleza, o en este caso, el tiempo nos puede hacer violentos por naturaleza. Bajo este argumento, la civilización tiene la licencia de posar su “espada” sobre nosotros (y así nos “salvan”). Ahora la violencia no sólo descansa en una estructura política y económica, sino en las relaciones más íntimas de la comunidad; por esa razón la licencia de la civilización se extiende para transformar nuestros “valores y actitudes”. El problema vendrá cuando la cifra estadística evalúe y señale nuestros “valores y actitudes” y no la estructura política y económica. En ese momento todos seremos una amenaza “extremadamente violenta”.

 

  1. Grass, Günter. (1988). La Ratesa. Ediciones Alfaguara. Madrid., pp. 324.
  2. Gerlach, Christian. (2010). Las sociedades extremadamente violentas: una alternativa al concepto de genocidio. Revista Historia Social (66)., pp. 141 – 158
  3. Ibíd.
  4. Ibíd.
  5. Ibíd.