Andrea Mejía

* Andrea Mejía

Investigadora con estudios en literatura y maestría en Filosofía en la Universidad de Los Andes. Doctora en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia con la tesis titulada Auctoritas, non veritas Schmitt, Kelsen y Strauss, lectores de Hobbes. Sus intereses de investigación se enmarcan dentro de la filosofía política y del derecho

“El abrazo de la serpiente” de Ciro Guerra me ha dejado sin aliento. Me ha dejado sin aliento su belleza, su simplicidad, su potencia espiritual. Y su misterio, que resulta a lo mejor de una mezcla de estas tres cosas.

El guión está inspirado en los relatos de Theodor Koch-Grünberg (1872-1924), etnólogo alemán de la Universidad de Tübingen, y en el etnobotánico estadounidense Richard Evans Schultes (1915-2001), especialista en las plantas alucinógenas y venenosas de la Amazonía colombiana, y autor y coautor de varios libros sobre estas “plantas de los dioses”. Pero en realidad se trata de una historia que tiene todo el poder revelador de la ficción, de una película de carretera por el río, de una novela de aventuras, de una odisea selvática.

Theodor está enfermo. Está muriendo. Busca una planta que puede devolverle la vida, la yakruna, una planta reptante alucinógena que se enreda en el caucho, el árbol de la muerte en la Amazonía. Karamakate es un payé cohiuano que languidece en el olvido y va perdiendo poco a poco sus poderes espirituales porque ha perdido también a su tribu, porque no tiene pueblo, porque anda solo por la selva, “como un loco”, le dice Theodor. Karamakate también le dice a Theodor que está loco. Por andar por la misma selva cargando cosas, objetos que servirán como prueba de que el mundo del que hablará en sus relatos no es del todo un sueño. El cohiuano guiará al alemán moribundo hacia la vida y éste guiará a su vez al indio hacia su pueblo o lo que queda de él, hacia su pueblo moribundo.

Una estación delirante de este viaje por el río es La Chorrera. Aunque la cartografía de la película es imaginaria y está más cerca de La vorágine y de Conrad que de nuestra mutilada y pobre Amazonía “real”, el corazón de locura en estas tinieblas soñadas es también La Chorrera, centro del genocidio indígena que tuvo lugar durante la explotación cauchera, donde la casa Arana se levanta hoy todavía como un monumento al horror, y donde una placa reconoce el “valor de los pioneros colombianos del caucho, quienes arriesgando su vida y bienes, traen la civilización a tierras de caníbales y salvajes, mostrándoles el camino de Nuestro Señor y su Santa Iglesia”. La placa está firmada por Rafael Reyes en agosto de 1907.

A La Chorrera llegan entonces Karamakate, Theodor y Manduca -un personaje especialmente noble y conmovedor que acompaña al etnólogo alemán. Allí encuentran un monje capuchino enloquecido por lo que puede ser el poder espiritual vuelto de revés: grita en castellano, prohíbe las lenguas del demonio y se vale del látigo para implantar la ley de Dios. Los tres viajeros tienen pronto que huir del purgatorio cristiano.

Finalmente llegan a la orilla donde encuentran lo que queda de los Cohiuanos. La comunidad está rota por la violencia, por el alcohol y por la misma planta sagrada que cultivan y beben en una especie de caldo lechoso mortífero y embrutecedor. Mal usada, la planta sólo pareciera liberar el poder destructivo del fármaco. Karamakate, devastado, quema el cultivo de yakruna. La entereza de este hombre parece quebrarse cuando le grita a Theodor que él ha “traído el infierno a esta tierra”. Theo, por su parte, grita también, sin articular palabra, rodeado por el fuego de ese infierno. La planta que podía salvarlo arde y el único dios presente pareciera ser el de su nombre. Es una de las escenas más sobrecogedoras de la película, en la que “los indios” huyen hacia el río y se arrojan a él entre el humo y las balas ciegas que llegan del lado de “los colombianos”.

Un segundo viaje, cuarenta años después, tiene la misma estructura que el primero. Esta vez es Evan el que encuentra a Karamakate, que está ya viejo. Evan sigue las huellas de Theodor, el alemán, y busca también la yakruna, que no sabe siquiera si existe. Aunque Evan dice buscarla para curarse, su relación con la planta es ambigua. También parece andar buscando el caucho para “una guerra” que hay “allá afuera”. Pero esta parte de la historia de Evan en la película queda envuelta en el silencio (en realidad, los estudios del botánico estadounidense que inspiraron a Guerra para crear el personaje de Evan incluyeron el estudio de cepas de caucho que pudieran liberar a los Estados Unidos de la dependencia del caucho asiático que estaba bajo control japonés durante la Segunda Guerra Mundial).

Cuando Evan y Karamakate se encuentran, el chamán está trazando sobre una roca dibujos que para él no tienen ningún sentido. Son figuras que se han quedado mudas. El chamán ha olvidado incluso cómo se hace el mambe y llora en su hamaca, como un niño. “¿Qué clase de hombre soy?”, pregunta entre lágrimas. Es un chullachaqui. “Un chullachaqui no tiene recuerdos. Sólo vaga por el mundo, vacío, como un fantasma, entre el tiempo sin tiempo”. Nuevamente Karamakate guiará a la vez que será el guiado, esta vez por el hombre que no sueña, que no ha soñado nunca “ni dormido, ni despierto”.

La Chorrera vuelve a ser puerto del delirio. Pasados 40 años, la demencia de una espiritualidad invertida se ha acentuado. Un pseudocristo brasilero y orgiástico se encuentra allí instalado entre esqueletos crucificados e indígenas ocultos tras bolsas que recuerdan al Ku Klux Klan. “Son lo peor de los dos mundos”, dice Karamakate. Nuevamente es el fármaco el objeto mágico que hace avanzar la historia, porque Karamakate, el mago amazónico, envenena la bebida de la secta, como una Circe invertida que siendo ella la viajera transforma a sus captores en cerdos para poder huir. Así, los dos viajeros pueden seguir su ruta. De esta pesadilla, que es como el revés del sueño, sólo despertamos cuando volvemos nuevamente al sonido hipnótico de los remos abriendo surcos en el agua del río.

Por el camino Karamakate va recuperando su potencia espiritual. Va recordando cosas. Una pieza de Joseph Haydn suena en un gramófono que Evan lleva consigo. Karamakate ha recuperado ya del todo sus palabras y su poder chamánico. “¿Cuántas orillas tiene un río?”, pregunta. “Dos”, responde Evan que es “un hombre de ciencia”. No. El río tiene dos orillas, tiene una sola, tiene cinco, tiene mil. Evan debe aprender a oír. Finalmente llegan a un lugar magnífico, casi doloroso por su belleza, donde la planta crece silvestre, como Karamakate cree que debe crecer. Ese es el final de un viaje. Y el inicio de otro. El cielo se abre bajo el poder de la yakruna.

Todos en esta historia están rotos, mutilados, enfermos o locos. Es extraño. Todos. Los niños, los chamanes, los viajeros, los pueblos. Si toda la historia es una aventura y un recorrido entre despojos, ¿de dónde llega la tremenda serenidad que nos queda al ver la película? No es el hallazgo y el sueño final y revelador que Karamakate le ofrece a Evan. La revelación para los personajes viene más bien de haberse entregado al ritmo del viaje. La calma viene de haber arrojado las maletas al río durante la travesía. Quizá la serenidad que nos deja la película, que al menos a mí me dejó, resulta de haberse abandonado por completo a los poderes mágicos del cine, de haber sido raptados, sacados por completo del mundo. Como en un sueño. Un bellísimo y largo sueño en blanco y negro en el que estamos mucho más atentos que cuando estamos despiertos.

No es el mito del buen salvaje en su versión más boba convertido en lindas imágenes cinematográficas. No es una composición torpemente alegórica de la supuesta jerarquía entre dos mundos. Esta película de Ciro Guerra es una fábula poderosa donde hay algo que se resiste a ser dicho. Y donde, como en la mejor literatura, como en las más penetrantes películas, el exceso de significado desborda cualquier intento de interpretación.