Anders Fjeld

* Anders Fjeld

Doctorante en Filosofía Política en Laboratoire du Changement Social et Politique (LCSP), Universidad Paris Diderot-Paris 7, Francia. Columnista y miembro del equipo editorial de Palabras al Margen. Cofundador del centro de investigación sobre utopía Archipel des Devenirs. Miembro del proyecto ECOS-Norte, "Pensar la subjetivación política hoy. Francia/Colombia". Ha sido varios semestres investigador invitado a la Universidad de los Andes, y profesor invitado a la Universidad del Estado de Haïti. Se especializa en el pensamiento político y estético de Jacques Rancière, y trabaja sobre movimientos políticos, utopía, economía política, neoliberalismo, críticas reconstructivas del marxismo y filosofía francesa contemporánea.

Típicamente, el neoliberalismo se concibe como un sistema impositivo de dominación que une a las élites por sus intereses de acumular cada vez más riquezas y consolidar su poder social. Creo que tal concepción no hace sino dañar la reconstrucción de las políticas de izquierda de hoy. Si hay tendencias fuertes de neoliberalización real en el mundo, hace más de 30 años, es porque las inspiraciones neoliberales han ido ganando cada vez más la lucha ideológica desde hace ochenta años. No han ganado por mentiras, ni por ideologías que simplemente ocultan intereses “reales”, sino por ideas novedosas, científicas y pragmáticas que han permitido elaborar procedimientos prácticos, lógicas institucionales y “soluciones” económicas (sobre todo en periodos de crisis económica).

A mi modo de ver, la izquierda no debería demonizar el neoliberalismo como un monstruo mentiroso cuyos tentáculos constituyen el eje de mal, sino reconocer el éxito de la construcción histórica de su hegemonía y encontrar en él una fuente de inspiración práctica para sus propias ideas en la lucha ideológica. Y esto sobre todo cuando hoy se revela cada vez más cómo las “soluciones” neoliberales a las crisis – las políticas de austeridad – más bien impulsan y profundizan estas crisis, y cuando también hay estadísticas que muestran cómo las desigualdades sociales se vuelven sistemáticamente más importantes con los procesos de neoliberalización.

En los años treinta, el contexto de crisis económica desafió la doctrina económica del liberalismo clásico basada en la autorregulación del mercado libre y la no-intervención del Estado. Parecía insostenible, y políticas alternativas florecieron. Keynes argumentó, por ejemplo, que los mecanismos del mercado libre crean desajustes y llevan por sí mismos a depresiones económicas, y que el Estado debe entonces aumentar el gasto público en estos momentos de depresión para disminuir sus efectos. El Estado debía así emprender proyectos, construir infraestructura, fortalecer la seguridad y los servicios públicos e incluso redistribuir las riquezas para luchar contra el desempleo, aumentar el consumo y relanzar así la actividad económica. El New Deal de Franklin D. Roosevelt implementó políticas en los Estados Unidos durante esa década que correspondían en gran parte a la teoría keynesiana, y que además buscaban tener una base social fuerte (el “Wagner Act” implementó leyes para promover los sindicatos). En Europa las influencias comunistas y socialistas eran en general fuertes.

En esta situación de batalla de ideas en donde el liberalismo clásico pareció perder terreno por su incapacidad para resolver la crisis y su pasividad frente a los problemas sociales, se organizó en 1938 un coloquio que buscó replantear las ideas liberales: “El coloquio Lippmann”. Diferentes corrientes liberales – alemanas, austríacas, francesas y americanas – se encontraron alrededor de la idea de que había que establecer nuevas bases teóricas para el liberalismo, pero sin compartir ni lograr un consenso unilateral sobre estas bases.

Esto, de hecho, revelará dos rasgos importantes del neoliberalismo: de un lado, una pluralidad de posiciones con una serie de desacuerdos teóricos e inspiraciones distintas, pero dentro de un impulso compartido de reconstrucción del liberalismo; del otro, discusiones internacionales a partir de contextos nacionales distintos (a la vez por las políticas vigentes, las relaciones geopolíticas y las corrientes teóricas), otorgándole al neoliberalismo, desde el comienzo, un tinte global. El hecho de establecer en 1947, con la Sociedad Mont Pelerin, un ámbito intelectual con encuentros internacionales regulares en donde los desacuerdos y las diferencias podían confluir en un proyecto común – en lugar de fragmentarse en oposiciones sectarias como es la tendencia de izquierda – ha sido particularmente importante en la construcción histórica del consenso neoliberal1.

Se podría hablar después de distintas prácticas estratégicas para acrecentar su influencia, como por ejemplo la estrategia mediática (con programas de televisión, libros y artículos de divulgación amplia, intervenciones distintas), el trabajo de lobbying, la creación de think tanks (tanques de pensamiento), y la influencia creciente en las universidades. Pero voy más bien a sacar tres elementos centrales con respecto a la lucha ideológica – es decir, la lucha de las ideas más bien que la influencia por prácticas estratégicas. Estos elementos me parecen importantes en la perspectiva de una reconstrucción de la izquierda hoy.

1. Los neoliberales reconocieron la necesidad de recrear un impulso utópico con respecto al liberalismo, es decir dar fuerza y esperanza a sus programas y soluciones. No basta con tener razón, hay también que crear un horizonte capaz de inspirar esperanza de manera fidedigna. Crear tal esperanza no es nada fácil, y no pasa simplemente por ideologías mentirosas, como se pretende a menudo en las críticas izquierdistas contra el neoliberalismo. Me parece que habría tres componentes importantes en este sentido.

A) Identificar claramente los errores del pasado para arreglarlos práctica y teóricamente, sin perder por lo tanto la esencia del proyecto liberal. Los neoliberales reconocieron en este sentido que el Estado liberal había sido demasiado pasivo, y que sería necesario reconstituir un Estado mucho más activo, vigilante, resoluto, para defender activamente la “libertad” de sus ciudadanos (el gobierno de Margaret Thatcher a partir de 1979 es emblemático en este sentido). También se criticaron, por ejemplo, las políticas monetarias frente a la inflación que tenían, según Milton Friedman, errores teóricos que llevaron a las crisis pero que podían rectificarse para evitar la posibilidad misma de la crisis (la Reserva Federal en los Estados Unidos adoptó con Paul Volcker en 1978 políticas monetarias neoliberales de lucha contra la inflación, dejando de lado políticas monetarias más keynesianas de lucha contra el desempleo).

B) Elaborar críticas claras y sencillas contra toda oposición, casi “mantras”, como por ejemplo la crítica a la “planificación económica”, que incluyó al socialismo, al keynesianismo, al fascismo y al comunismo, dada la “planificación centralizada” de la economía nacional por parte del Estado, lo que supuestamente constituirá una amenaza a la libertad humana. En gran parte fue la designación crítica de los “enemigos” lo que aseguró la consistencia y la solidaridad alrededor del proyecto neoliberal en su pluralidad.

C) Crear discursos ideológicos “basados” en el saber científico pero sin sus vocabularios técnicos, discursos que tenían a la vez la fuerza de explicación sencilla de fenómenos complejos y la pretensión de defender valores básicos y compartidos (como la libertad), contra las demás corrientes políticas y teóricas. Es decir, vulgarizar exitosamente los discursos científicos (atravesando la economía, la filosofía, el derecho, la ciencia política e incluso la antropología); lo cual es un esfuerzo impresionante y muy difícil.

2. El neoliberalismo se convirtió, desde sus teorías e ideologías, en un conjunto de saberes prácticos y pragmáticos. Elabora policy, marcos jurídicos, lógicas institucionales (como el New Public Management), estadísticas y criterios reguladores. Es decir, no solamente se trata de un corpus teórico impresionante, sino también de saberes prácticos con la fuerza de reconfigurar instituciones, políticas e incluso de constituir una gubernamentalidad funcional – lo que ha sido un problema importante en las experiencias de izquierda en poder desde hace mucho tiempo.

3. Cabe subrayar que el neoliberalismo consiste en elaboraciones científicas complejas, con un manejo conceptual preciso y una intervención novedosa en la historia del pensamiento económico y político (y aún filosófico, antropológico, sociológico, jurídico…). Estas teorías científicas se vinculan a ejercicios efectivos de divulgación, a saberes prácticos y experimentaciones políticas reales (David Harvey habla en este sentido de una tensión creativa entre teoría y práctica en el neoliberalismo). Si el neoliberalismo ha ido ganando cada vez más terreno en la lucha ideológica, es sin duda por haber logrado constituir frentes fuertes e interrelacionadas al mismo tiempo en estos tres niveles de saber: lo científico, lo popular y lo práctico.

Antes del “Consenso de Washington” en los años 80, que en las críticas izquierdistas típicas erróneamente encarnaría la esencia del neoliberalismo, había detrás una lucha ideológica, científica y estratégica de 40 años, incluso con experimentaciones políticas como en Chile con Pinochet a partir de 1973, con varias corrientes, elaboraciones y esfuerzos impresionantes. Esta historia rica debería ser hoy una fuente de inspiración para la izquierda, en lo que respecta a la lucha ideológica, en su disputa contra este mismo neoliberalismo.