Sylvia Cristina Prieto

* Sylvia Cristina Prieto

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia con título de maestría en Filosofía de la misma universidad. Dentro de sus intereses académicos están la filosofía y la teoría política contemporánea, al igual que las teorías feministas y de género. Ha realizado reflexiones sobre el conflicto armado colombiano desde una perspectiva de género y a la luz de procesos de verdad, justicia y reparación. Integrante del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea –TEOPOCO– de la Universidad Nacional de Colombia, en donde coordina investigaciones de las líneas “Feminismos, género y poder” y "Conflicto y transiciones políticas".

El 15 de abril del presente año, la columna Miller Perdomo de las FARC asesinó a once miembros del Ejército Nacional en el departamento del Cauca. Las voces de protesta frente a este hecho no se hicieron esperar: el gobierno, los analistas de turno y los medios de comunicación no ahorraron esfuerzos en repudiar el atentado de las FARC, destacaron su supuesta hipocresía, el carácter sanguinario de su accionar y las barreras que su acción genera para la continuación de los diálogos de La Habana. A su vez, los más férreos opositores al proceso de paz aprovecharon para promover acciones bélicas, enfrentamientos y bombardeos en contra de una guerrilla que supuestamente engaña a un gobierno pusilánime. Semanas después, el Ejército realizó tres bombardeos contra diferentes frentes de las FARC (en Guapi, Cauca; Segovia, Antioquia; y Riosucio, Chocó) dejando alrededor de cuarenta guerrilleros/as muertos/as. Aunque algunos actores de la sociedad civil criticaron estas acciones por inconvenientes e incoherentes en el marco del proceso de paz, el repudio contra estas muertes fue lánguido y escabrosamente tímido frente a la protesta masiva y estridente que tuvo lugar tras el asesinato de los once militares.

Nadie pone en duda que estas confrontaciones entre el Ejército y la guerrilla de las FARC resultan inconvenientes a la luz del proceso de paz que se adelanta actualmente en La Habana. Por ello, tan pronto ocurrieron estos hechos, varios movimientos sociales y políticos, al igual que algunas voces de la sociedad civil, reafirmaron lo paradójico que resulta negociar la paz en medio de la guerra, y en esta línea, exigieron vehementemente el cese bilateral al fuego. Y es que la preocupación no es infundada, casi cincuenta muertos (guerrilleros/as y militares) durante los últimos dos meses, el levantamiento del cese unilateral al fuego por parte de las FARC y el escalamiento del conflicto en cuestión de días son hechos que sientan precedentes de guerra y no precisamente de paz. Si bien es claro que la confrontación bélica en sí misma es grave para el desarrollo de los diálogos de La Habana, quisiera poner el acento en lo preocupantes y amenazantes que resultan las reacciones de ciertos sectores sociales y políticos retardatarios, y de algunos medios de comunicación ante estos hechos; son precisamente estas respuestas las que siembran una franca desesperanza frente a la posibilidad de construir una sociedad en paz y reconciliada.

En efecto, estas reacciones sacan a la luz una serie de prácticas incorporadas en nuestra sociedad que parecen hacerla poco fértil para la reconciliación y la reconstrucción de proyectos colectivos. Acontecimientos como los ocurridos en abril y mayo hacen transparente que vivimos en una sociedad que incurre en incoherencias tan desgarradoras como repudiar la muerte y apoyar la guerra; condenar ciertos asesinatos y celebrar otros; reservar el derecho al duelo a unos pocos y determinar las vidas que merecen ser vividas y las que no.

Con el fin de profundizar en esto, lo primero que quisiera destacar es que la reproducción y amplificación nacional de ciertos dolores y la subvaloración de otras pérdidas presentadas como impensables e incluso indoloras, deja ver que existe una «repartición diferencial del dolor que decide qué clase de sujeto merece un duelo y qué clase de sujeto no» (Butler, 2006, pág. 16). Como lo sugiere la filósofa Judith Butler, esta escisión entre las muertes que merecen ser lloradas y aquellas que no, está estrechamente relacionada con lo que se define normativamente como humano. Según ella, vivimos en medio de un régimen que a partir de una serie de variables define el ámbito de lo humano y en consecuencia, determina las vidas que deben ser reconocidas y respetadas y «las vidas para las que no cabe ningún duelo porque ya estaban perdidas para siempre o porque más bien nunca “fueron”» (Butler, 2006, pág. 60). La reacción diferenciada frente a la muerte de guerrilleros/as y militares pone de presente que en efecto estamos insertos en un régimen que por un lado, produce cuerpos humanos y por ende vidas que merecen ser vividas; y por otro, cuerpos abyectos que bordean el límite de lo humano, y que como diría Galeano “cuestan menos que la bala que los atraviesa”.

Un país que jerarquiza la vida y que clasifica intensivamente los cuerpos que importan y los que no, parece asentarse en lógicas violentas, a la vez que en sistemas de exclusión que no solo amenazan con la muerte, sino con una muerte que no es digna de llanto ni de duelo. Mientras que no podamos construir una sociedad que reconozca en la vulnerabilidad social de todos nuestros cuerpos un vínculo o una forma de constituir un “nosotros”, será difícil atenuar las lógicas de delimitación de lo humano que están a la base todo repertorio de violencia (Butler, 2006).

Además de la jerarquización de los cuerpos en medio de la guerra, quisiera destacar un segundo elemento que sale a la luz en las reacciones a las confrontaciones entre la guerrilla de las FARC y el Ejército en los últimos meses. Este segundo elemento tiene que ver con el vertiginoso ritmo de la guerra que a más de cincuenta años de conflicto armado, hemos hecho cuerpo. Tan pronto se conoció la muerte de los once militares por parte de la guerrilla de las FARC, la reacción tanto del gobierno como de ciertos sectores de la sociedad civil fue inmediata y desmedida: ante el ataque, el contraataque. Y es que el ritmo de la inmediatez es el tiempo de la guerra, en efecto, en medio del combate, una ráfaga acelerada se enseñorea sobre el terreno, anulando cualquier instante de reflexión o de sosiego. Así, ante la noticia de la muerte de los once militares del Cauca, el espíritu herido y desmedido de algunos/as colombianos/as, al igual que la rabia descontrolada de quienes no contemplan la paz como un proyecto político deseable, se materializaron en demandas de guerra y de aniquilación absoluta del enemigo, al igual que en la terminación de los diálogos de La Habana.

Esta dominación de la urgencia y este imperio de la inmediatez deben ser desplazados si se desea reparar y recomponer un tejido social que hoy día está más que desgarrado. El tiempo de la paz es otro: la reparación de las víctimas, la cicatrización de sus heridas, el duelo por sus pérdidas y la reconstrucción de su proyecto de vida exigen ritmos pausados y cuidadosos. El camino hacia la paz pasa necesariamente por desincorporar el vertiginoso torbellino de la venganza, al igual que el ritmo ofensivo/defensivo inmediato e irreflexivo, para reemplazarlo por la paciencia, el cuidado y la reflexión pausada. En últimas, el camino hacia la paz pasa por la instalación de un ritmo que permita meticulosa y parsimoniosamente sanarnos, con el fin de darnos a todos y todas un lugar en el mundo.

La temporalidad de la paz queda magistralmente captada en la película Mandarinas, una coproducción de Georgia y Estonia que narra una historia de conflicto y reconciliación entre georgianos y chechenos. Por cuestiones del azar, después de un combate, un guerrero checheno y uno georgiano se recuperan de sus heridas en la casa de Ivo, un estonio que abre las puertas a la vida y a la sanación. El esfuerzo cotidiano y sistemático por reconstruir algo que parece irrecuperable es bellísimamente representado por este anciano que aunque golpeado y despojado por la guerra, emprende la tarea cuidadosa de promover el perdón entre ambos enemigos y así tejer de nuevo lazos de solidaridad. La paciencia, la lentitud de la sanación, la espera, la dilatación del tiempo y los silencios hacen parte del camino que deben recorrer el georgiano, el checheo y el estonio para reconocer la humanidad del otro, su vulnerabilidad y su dolor. Aunque el conflicto que retrata la película parezca lejano al colombiano, lo que me interesa rescatar son las temporalidades que esta presenta: mientras que la reconciliación se mueve en tiempos aletargados, pausados, equilibrados y pacientes; la guerra (como sucede al final de la película), con su ímpetu mortuorio y su vertiginosa capacidad destructiva, arrasa en un santiamén el trabajo cuidadoso de la paz. Así, esta película nos interpela sobre la necesidad de que los y las colombianas nos despojemos del ritmo desmedido de la guerra y a su cambio, ralenticemos nuestros tiempos en busca de la reconciliación.

Con lo dicho hasta el momento, no me queda duda de que el camino hacia la paz se hará estrecho y pedregoso mientras que no vayamos lento y entendamos que en medio del conflicto armado toda bala es perdida, toda vida merece ser vivida y toda muerte llorada.


Bibliografía

Butler, J. (2006). Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós.