Mohamed Nachi

* Mohamed Nachi

De origen tunecino, es antropólogo y sociólogo, especializado en sociología política y moral, en estudio del mundo árabo-musulman y en pensamiento islámico. Después de haber enseñado en la Universidad Católica de Louvaina (Bélgica) y en la Universidad de Sfax (Túnez), es profesor de Sociología en el Instituto de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad de Liège. Licenciado en derecho (Montpellier I), diplomado en Ciencia Política (IEP d'Aix-en-Provence) y en Antropología (Montpellier III), Doctor en Sociología de EHESS (París), es desde 1992 miembro del GSPM, Groupe de sociologie politique et morale (CNRS-EHESS) y desde 2006 miembro del Laboratoire Diraset. Etudes maghrébines (Túnez)

 

Francia, Túnez: mismo combate

¡Las tragedias siguen y se parecen gracias al recuento macabro de inocentes, víctimas de actos bárbaros, de un terrorismo ciego! Los acontecimientos trágicos que ocurrieron en “Charlie Hebdo” el 7 de enero y en el Museo del Bardo en Túnez el 18 de marzo han provocado choques en Francia, en Túnez y por todas partes en el mundo. Después de un tiempo de emociones, de recogimiento, de comunión, alcanzando su apoteosis en la actuación patriótica de la “marcha republicana” el 11 de enero 2015 en Paris y la movilización masiva por la unidad del pueblo tunecino, el tiempo de la reflexión y de análisis resulta indispensable para entender las consecuencias profundas de estos acontecimientos trágicos.

En Francia y en Túnez, el malestar es profundo y las múltiples cuestiones planteadas por estos dos dramas – sin olvidar los asesinatos perpetrados casi cotidianamente en Iraq, Siria, Mali, etc. – son confusos, mezclando geopolítica, economía, cultura, religión. Como lo dice Edgard Morin, “es más que probable que el problema principal sea el enredo de problemas”. El análisis y la reflexión en términos de complejidad deben entonces hacer gala de mucha cautela y prudencia, más aún de humildad, para evitar las simplificaciones y generalizaciones arriesgadas, cuyas consecuencias pueden ser peligrosas. No se trata de explicar las causas profundas de estos acontecimientos, sino de intentar entender sus significaciones en nuestras sociedades, atravesadas cada vez más por la violencia, la degradación de solidaridades, la exclusión, la injusticia. Está en juego la creación de un espacio de diálogo y de discusión; de hacer circular la palabra entre individuos, entre grupos sociales, y también entre sociedades y países. Y esto porque, en un contexto de mundialización, a veces brutal, el marco del pensamiento no puede ser más nacional; tiene necesariamente que inscribirse en una perspectiva transnacional y cosmopolita.

En Francia, la condena de estos actos terroristas por toda la población es unánime, pero una facción de la sociedad, designada indistintamente como “comunidad musulmana”, se ve instada a tomar posición frente al riesgo de ser responsabilizada. Las polémicas recientes alrededor del libro de Emmanuel Todd, Qui est Charlie? Sociologie d’une crise religieuse [¿Quién es Charlie? Sociología de una crisis religiosa] son reveladoras a la vez de una ausencia de un espacio verdadero de debate y del malestar profundo que atraviesa la sociedad francesa en su relato nacional de herencia de la colonización y de los aportes de otras poblaciones y culturas, entre otras de origen musulmán.

Alrededor de estas incontables polémicas se propagan muchos análisis y a menudo el debate se reduce a una confrontación entre lo “bueno” y lo “malo”, entre el estar a favor y el estar en contra; entre los que presuntamente defenderían la libertad de expresión, en tanto que derecho absoluto, y los que preconizan la censura. Ahora bien, posicionarse en favor o en contra de Charlie es una visión binaria y estrecha, cuyas consecuencias serían nefastas respecto a la cohesión entre grupos sociales; hay un riesgo de agravar los malentendidos y las divisiones comunitarias ya problemáticas en nuestras sociedades. Estas dos posiciones son insostenibles, y es por esta razón que hay que crear las condiciones de un debate que muestre sus límites y abra la vía a otras posibilidades. La libertad de expresión podría ser absoluta, si se utiliza de forma responsable, con el respeto al otro. Todo es cuestión de pedagogía y de respeto mutuo.

El “caso Charlie” ha revelado brutalmente la fragilidad y la vulnerabilidad de los vínculos sociales y de las relaciones interculturales en sociedades cada vez más desigualitarias. De hecho, entre grupos sociales o étnicos, es más cuestión de coexistencia y de una frontera (a respetar) que de intercambio, de diálogo y de cooperación. Así, se pone más acento sobre las diferencias que sobre las similitudes; más sobre lo que divide que sobre lo que une. Lo que es primordial es la existencia de un mundo común que hace posible el vivir juntos en el respeto de las diferencias.

Después de la sublevación de 2010-2011en Túnez se lleva a cabo un proceso de transición democrática, que ha llevado a elecciones legislativas y presidenciales en octubre-diciembre 2014, pero que ha quedado inacabado. En el transcurso de este periodo una dinámica de división y de polarización de la sociedad entre islamistas y secularistas se ha ganado las mentes, creando una división sin precedentes en el seno de la población. Esta polarización ha alcanzado su apogeo con el asesinato de dos líderes de izquierda y militantes de los Derechos Humanos: el opositor Chokri Belaïd, asesinado frente a su casa el miércoles 6 de febrero 2013 y el diputado de oposición Mohamed Brahmi, asesinado el 25 de julio 2013, día de la fiesta de la República. Lo que se apunta es el replanteamiento del proceso de democratización del país. Desde la sublevación de 2010-2011, los atentados terroristas se han multiplicado y las confrontaciones entre fuerzas de seguridad e individuos armados aparecen regularmente en la primera página de los periódicos. Los grupos yihadistas constituyen una amenaza real con respecto a la estabilidad del país y la consolidación de la transición democrática. Si el gobierno quiere alcanzar el camino de la democratización, debe reconciliar absolutamente los imperativos de seguridad y el respeto de libertades fundamentales.

Parece que el problema del terrorismo y de la violencia que se manifiestan bajo los trazos del islam radical, del salafismo y del yihadismo conciernen tanto Francia como Túnez. Se vuelve desde entonces importante inscribirlo en el marco de la globalización para comprender sus ramificaciones, sus retos transnacionales y los factores geopolíticos que favorecen su desarrollo. En este sentido, Francia y Túnez llevan el mismo combate.

Habilitar la laicidad, reformar el Islam

Se ha establecido un gran consenso alrededor de la necesidad de un modelo de sociedad política fundada en el respeto del pluralismo cultural, religioso y moral. Sin embargo, la implementación de tal modelo varía de un país al otro, incluso en los países occidentales, donde la democracia liberal es el régimen político vigente. En Francia, la “laicidad” es erigida como un componente esencial de este régimen, pero al mismo tiempo genera crispaciones y acentúa las divisiones frente a la diversidad de creencias y de valores que inspiran adhesión de los ciudadanos. Las apasionadas polémicas sobre la cuestión del “velo islámico”, la burqa, los “signos religiosos ostentosos”, etc., y, después del 11 de enero 2015, las reacciones frente al slogan “Soy Charlie” son reveladoras de un trastorno profundo, en el que el conjunto de la comunidad de ciudadanos no se identifica de la misma manera en este relato nacional. Esta laicidad, su trayectoria, el contexto de su nacimiento y su larga historia de dos siglos nos enseñan sobre los retos y las condiciones de su institución. En suma, se trata de un pacto entre el Estado y la Iglesia planteando el principio de la separación de lo religioso y de lo político, así como la neutralidad del Estado frente a todos los cultos.

Pero después de un siglo de combates alcanzando la ley de 1905, la laicidad, confundiéndose con el republicanismo, ha adquirido con el tiempo un estatuto cuasitranscendental, lo que hace difícil cualquier gestión de la diversidad. Se ha vuelto en efecto la expresión de un “universalismo abstracto” fundado sobre la igualdad en tanto que divisa republicana. Ahora bien, en el contexto actual marcado por desigualdades escandalosas y exclusiones sociales, en donde las minorías no tienen las mismas oportunidades de acceso al trabajo, este modelo universalista se encuentra incapaz de reducir la heterogeneidad, revelando así sus límites (aporias). Hay entonces, de forma incontestable, un reto con respecto a la laicidad: habilitar el modelo para hacerlo apto para gestionar las diferencias y asegurar una igualdad real entre todos los componentes de la sociedad.

Por otra parte, en los países europeos, el Islam se encuentra en una situación de inferioridad con respecto a otras religiones: desfavorecido para disponer lugares de culto, para formar imanes, para el ejercicio de ritos, etc. A esto se agrega la imagen ventilada por los medios de una religión arcaica, incompatible con la democracia y, por añadidura, intrínsecamente incapaz de separar lo religioso y lo político. Esto es tanto más grave en cuanto la confusión entre Islam y el islamismo, o aún entre Islam y terrorismo, intoxica los debates en el espacio público. El desarrollo de un discurso “anti-islam”, de discriminaciones que tienen como objetivo a los musulmanes, y el crecimiento de la islamofobia, preocupan a los ciudadanos “musulmanes” que se sienten estigmatizados. Nuestra responsabilidad es levantar el velo sobre todas estas confusiones para crear las condiciones de un debate abierto y hacer posible el encuentro con el Otro.

Por supuesto, no se trata de minimizar la tentación del Islam radical, el rol de la retórica de la Yihad, presentada como guerra santa, el peligro de la radicalización, los efectos mortíferos del terrorismo, y aún menos, de exculpar esa visión inexorable y fundamentalista del wahabismo, que ha causado tantos daños a un Islam abierto y tolerante. A la sazón, el Islam debe hacer su propia crítica. Y si, como lo dijo el difunto Abdelwahab Meddeb, “el islamismo es la enfermedad del Islam”, se vuelve entonces urgente resolver esta ecuación, extirpar esta “enfermedad” para curar el Islam de sus males. El problema, como no lo deja repetir Youssef Seddik, es que “jamás hemos leído el Corán: no hacemos sino recitarlo!”.

En este contexto, una lectura del Corán respaldada en una hermenéutica humanista se vuelve un imperativo categórico, sobre todo dado que la tentativa precedente, de Nahdha (Renacimiento árabe) en el siglo XIX, ha fracasado. Esta lectura supone una actitud crítica fundada en una revisión de dogmas y una interpretación libre de los textos canónicos. Los recursos documentales existen, y hay que interrogarlos y apropiárselos para desarrollar una comprensión renovada del Corán y de los textos sagrados. Así, por ejemplo, el verso 256 del segundo Sura, que afirma “ninguna coacción en la religión”, podría constituir un pivote sólido para iniciar una lectura renovada de los textos fundadores; esto permitía también abrir nuevas perspectivas, que tengan en cuenta la evolución del Islam y de las sociedades musulmanas.

Tal empresa pasa también por una refundación de la relación entre el Islam y la modernidad, cuyo encuentro se ha mostrado difícil y problemático. Al mismo tiempo, el proceso de secularización está en marcha y, como se ha visto en los países musulmanes, hay incontestablemente una oposición secular real al fundamentalismo y al islamismo.

Componer un mundo común

En este contexto marcado por el terrorismo y a pesar de la fractura social de la sociedad francesa y de la polarización de la sociedad tunecina, la cuestión que debe seguirse planteando es la siguiente: ¿cuáles son las condiciones de posibilidad de un mundo común que permita el vivir-juntos? ¿Cómo hacer posible el diálogo, el encuentro con el Otro y la circulación de la palabra entre las diferentes facciones de la sociedad y entre los países? Estas preguntas no son nuevas, pero se plantean desde entonces con más intensidad y en nuevos términos.

Se vuelve en efecto urgente partir de estos acontecimientos dramáticos para a la vez entablar una reflexión ciudadana y, sobre todo, abrir un espacio intermediario de diálogo y de discusiones responsables. Hay que aportar elementos de respuesta, movilizando una reflexión, profundizada a partir del interrogante sobre el “vivir juntos” en sociedades pluralistas, respetuosas de libertades y de convicciones religiosas y políticas.

Tres tipos de argumentos merecen hoy una atención particular: 1. argumentos vinculados a los problemas de identidades culturales y a la cuestión religiosa y más particularmente a las dificultades de emergencia de un Islam reformado, capaz de articular su propia herencia histórica a los logros de la modernidad; 2. argumentos geopolíticos con respecto al contexto de las guerras en repetición en el Medio Oriente; 3. argumentos socio-económicos ligados al contexto de crisis profundas económicos y sociales en las sociedades contemporáneas, tanto occidentales como arabo-musulmanes.

Este campo, como se ve, es titánico, pero es probablemente la única manera de confrontar los múltiples retos a los cuales se enfrentan nuestras sociedades. Para recoger estos retos, hay que inventar nuevas formas de regulación social y política, que permitan construir un mundo común basado sobre el respeto al Otro y el reconocimiento mutuo. Este mundo común no existe en sí, hay que componerlo progresivamente, como lo ha bien mostrado Bruno Latour. ¡Es responsabilidad de todos!