Andrés Fabián Henao

* Andrés Fabián Henao

Profesor Asistente del Departamento de Ciencia Política de la University of Massachusetts Boston. Doctor en Ciencias Políticas de la University of Massachusetts Amherst. Magíster en Filosofía y Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Tiene como áreas de trabajo la teoría política contemporánea, la tragedia Griega, la relación entre la teoría política y la literatura y los problemas de membresía política, democracia y agencia en el contexto actual de la globalización y el capitalismo tardío. Actualmente trabaja sobre la tragedia de Antígona, donde ofrece una lectura alternativa de la agencia política que tienen los inmigrantes indocumentados en su capacidad de cuestionar los límites de la democracia y las condiciones actuales de su membresía política, a partir de una reinterpretación del texto de Sófocles. Ha recibido becas de investigación en la Universidad de Massachusetts, Amherst y en la Universidad Nacional de Colombia, donde publicó Paramilitarismo, Desmovilización y Reinserción. La Ley de Justicia y Paz y sus implicaciones en la Cultura Política, la Ciudadanía y la Democracia en Colombia, con el profesor Oscar Mejía Quintana

“Diciembre del 2000 / ciento veinte chelines por libra esterlina / noventa chelines kenianos por dólar estadounidense / Mi hermana Sneha y yo esperamos por nuestros padres / en el aeropuerto internacional de San Francisco / Cuatro horas / después de que el avión ha aterrizado / aún no han emergido / y sabemos / con la desesperada ira de los ciudadanos del tercer mundo / de los portadores de pasaportes africanos / que la suma de sus vidas y de su esfuerzo / de sus sueños y sacrificios / está siendo medida / cernida / pesada / considerada insuficiente / por Inmigración”

(Mi traducción de una estrofa de la segunda parte del poema, Shilling Love (Amor en chelines), de Shailja Patel (2010), p. 57).

Este texto nace de una frustración y del esfuerzo por confrontar esa frustración con un poco de narrativa. Dicha frustración tiene que ver con mi estatus de inmigrante en los Estados Unidos, el factor estructural que determina, hasta cierto punto, todo lo que escribo. Se trata, por lo tanto, de un texto personal y sin un argumento del todo elaborado; un texto que intenta organizar aquella experiencia del ser inmigrante a partir de una constelación en la que convergen la disputa por el estatus mismo, los textos que estaba leyendo durante las confrontaciones que seleccioné para este artículo y la carcajada que sobrevivió al desencuentro.

No existe, por supuesto, una sola experiencia del ser inmigrante, en la forma del universal, toda experiencia difiere según el modo en que otras coordenadas la estructuran y la coproducen: en mi propio caso se trata del hecho de pertenecer al sexo masculino, de ser percibido como latinoamericano, del acento con el que hablo inglés, de haber obtenido un doctorado en ciencias políticas en los Estados Unidos, de mi relativa solvencia económica, del modo en que la actividad académica que desempeño media mi experiencia transfronteriza—no sólo como consecuencia de mis investigaciones sobre la migritud1 sino también porque en la mayoría de las ocasiones mis migritudes tienen que ver con las conferencias académicas en las que presento mi trabajo—, entre muchos otros factores. Algunos de estos factores hacen que mi experiencia como inmigrante no esté tan acumulada de abusos como le sucede a quienes no hablan inglés, a quienes no pueden demostrar ingresos suficientes que les permitan solicitar una visa y, por lo tanto, se vean obligadas/os a tomar otras rutas más riesgosas para su vida, ya que no sólo las condiciones atmosféricas de un río (como el Río Grande) o de un desierto (como el desierto de Sonora) conspiran contra la vulnerabilidad de sus cuerpos para sobrevivir el cruce, otras violencias saturan dicha experiencia con la creciente militarización de la fronteras, el híper-racismo que motiva las acciones de quienes ejercen estas actividades policivas (Border Patrol, Minuteman, entre otros)2 y la exclusión social y política que les espera por haber cruzado sin papeles.

En ese sentido, mi experiencia no es característica del exceso al que puede llegar la deshumanización que acontece con otras migritudes. Yo nunca he tenido que lidiar con los “coyotes”, ni me he visto forzado a esconderme de la “migra”, porque tampoco he tenido que cruzar un muro con toneladas de acero, ese infame muro que el gobierno estadounidense quiere extender por 700 millas más y al que se le encarga separar al norte del sur en el mapa geopolítico de la desigualdad global. Puede que al momento de migrar me asuste que me pongan en el famoso “cuartico” del aeropuerto, pero tengo la relativa seguridad que, por mal que me vaya (y el hecho de que esto suceda en un aeropuerto o en un consulado marca mi relativo “privilegio”), a mi no me espera la indeterminada residencia en los infames centros de detención para inmigrantes indocumentados, el eufemismo con el que llaman a las prisiones que Mark Dow (2004) adecuadamente denomina los “Gulag Americanos”. Tampoco tengo que pensar en anti-conceptivos, como le sucede a las mujeres que cruzan en estas condiciones y que saben con anticipación de la violencia sexual de la que serán objeto. Mi cruce tiene los privilegios de quien puede migrar con maletas que portan libros, con pasaportes que tienen visas válidas por varios años, con dinero en la cuenta bancaria y contratos laborales que disipan las ansiedades racistas de quienes evalúan nuestras solicitudes. En síntesis, mi experiencia no es representativa de los masivos y marginalizados fenómenos migratorios actuales3, lo que no quiere decir que esté exenta de violencia, ni tampoco que no resulte marcada por la desigualdad que organiza el movimiento de los cuerpos en la racializada economía global de hoy.

Si he decidido hablar de esta violencia en este artículo, por no-representativa que sea, es porque fue dicha violencia la que constantemente interrumpió el otro artículo que estaba preparando para Palabras al Margen y que me veré en la obligación de postergar por algunos meses. Comencé a trabajar en ese artículo hace cerca de seis meses—el que debía haber publicado en lugar de éste—mientras solicitaba una visa al consulado de Suráfrica y muy pronto el tiempo que tenía destinado para escribir ese artículo lo tuve que invertir en esta solicitud. Para empezar, me tomé más tiempo del que debía reuniendo los papeles con los que uno disipa la presunta “peligrosidad” que prima facie se nos asigna a quienes se nos exigen papeles, un claro síntoma del modo en que he terminado por somatizar mi propia resistencia a participar en este ritual global de la desigualdad en el movimiento transfronterizo. Una vez hecha la solicitud tuve que invertir un tiempo considerable en el seguimiento de mi propio caso. Después de varios e infructuosos intentos por hablar con un representante del consulado finalmente se me comunicó que la firma de quien me invitaba en Cape Town no era “legible”. Cuando les envié nuevamente la carta con la firma “legible”, se me solicitó demostrar prueba de residencia de la persona firmante. Una vez enviada la fotocopia de su documento de identidad y tras nuevos e infructuosos intentos por contactar el consulado, finalmente se me comunicó que ahora debía enviar dicho documento pero firmado por un notario en Suráfrica, lo que resultaba imposible debido a que la persona que me invitaba se encontraba fuera del país.

Habiendo ingresado en el absurdo universo kafkiano de la burocracia migratoria, no pude evitar pensar que la próxima solicitud sería la de enviar una fotocopia del documento de identidad del notario, y obviamente la regresión al infinito que seguiría dicha lógica, pues dicho documento, a su vez, tendría que venir notariado y ese otro notario tendría que…luego le hice saber al consulado que me era imposible conseguir ese documento y que se debía tomar una decisión sobre mi solicitud de visa con base a la información existente, temiendo que muy seguramente me sería negada. El consulado finalmente aprobó mi visa, lo que en cualquier caso resultó en tener que comprar un tiquete más costoso, no tener tiempo suficiente para hacer otra solicitud de visa que también necesitaba para el verano y, lo que fue más frustrante para mí, no tener tiempo de escribir el artículo que tenía pensado para Palabras pues al finalizar el proceso me di cuenta que todo el tiempo que tenía destinado para dicho artículo lo había tenido que invertir en la solicitud. Este artículo nace de lidiar con esa frustración, de mi intento por reclamar el tiempo que mi estatus migratorio le quitó a mi investigación al hacer de esa experiencia el objeto de la investigación misma, una suerte de micro-resistencia a la forma neocolonial del poder que se ejerce con la forma en que se organiza el movimiento global del trabajo. Mi experiencia con el consulado de Suráfrica, cabe señalar, está muy lejos de la violencia que he experimentado con otras embajadas, principalmente la estadounidense, pero como en este texto quiero explorar la agresión que se ejerce de manera más sutil—con la excesiva solicitud de formas burocráticas, por ejemplo—me limitaré a retratar dos experiencias con otras embajadas, una con la embajada canadiense y otra con el consulado italiano4.

Canadá y la carcajada interrumpida

La primera y hasta ahora única embajada en negarme una visa fue la embajada de Canadá. La primera vez tuvo lugar, si mi memoria no me falla, en el año 2007 mientras cursaba mi maestría en filosofía en la Universidad Nacional de Colombia. Había decidido tomarme un semestre para mejorar mi inglés y quería aprovechar que mis tíos vivían legalmente en Vancouver y me podían ofrecer un cuarto y el apoyo emocional y afectivo que uno tanto añora cuando vive en tierras lejanas. Como yo no me había registrado en ningún programa educativo, ya que carecía de fondos, terminé solicitando una visa de turista e incluí, para disipar alguna duda sobre mi voluntad de retorno: la carta de invitación de mis tíos, prueba de la reserva de cupo en la Universidad Nacional y fotocopia de la beca para cursar estudios de posgrado que la Universidad Nacional me había otorgado. El rechazo de mi solicitud no demoró y en la carta sólo se me indicó que mi solicitud había sido negada porque no cumplía con la resolución 172, si mal no recuerdo, según la cual yo no ofrecía garantías suficientes al gobierno canadiense que dejaría el país en la fecha indicada. Si al momento de someter la costosa solicitud llegué a creer que yo reunía todas las condiciones para disipar este tipo de dudas, muy pronto me llegó esa otra imagen de mí en la que yo no me había visto, o me había rehusado a ver, la forma en la que el “Gran Otro” me veía. Ante los ojos de la embajada yo reunía todas las condiciones de riesgo: joven, soltero y estudiante de humanidades, con el precario futuro laboral que dicha profesión proyecta ante la reforma neoliberal de la educación superior y su depreciación de una educación crítica en las artes liberales, yo a lo que iba era a “quitarle” el trabajo a los canadienses para sostener mi familia en Colombia con remesas. Esto es lo que quería decir no cumplir con la resolución 172.

Volví a solicitar una visa a la embajada canadiense, una vez más de turista, cuando me disponía a participar en una conferencia de literatura comparada con un texto sobre Marcel Proust, Jorge Luis Borges y el problema político de la memoria en Colombia, en el año 2011. Dicha conferencia se celebraba nuevamente en la ciudad de Vancouver, lo que facilitaba mi participación debido a mi precaria situación económica como estudiante doctoral en Massachusetts. Una vez más tuve que reunir todos los papeles, pagar la visa, imprimir la carta de aceptación de parte de los organizadores de la conferencia, incluir la carta de permiso de la Universidad de Massachusetts Amherst en la que cursaba mi doctorado, revisar que los comprobantes de ingresos estuvieran al día, etc. Temeroso de ver una vez más mi solicitud rechazada, decidí viajar a la embajada canadiense en New York (la más cercana de Massachusetts) para hacerlo personalmente y no por correo, con los costos adicionales que dicho viaje suponía. Ya instalado en la embajada, mientras esperaba que me llamaran a entrevista, me puse a leer Democracy and the Foreigner5 de Bonnie Honig. Sólo me quedaba por leer el último capítulo del libro en el que la democracia se vincula al género literario gótico y no pude evitar emitir una notoria carcajada cuando leí el siguiente pasaje en el que Honig se burlaba de Richard Rorty, principalmente en referencia a un pasaje de Achieving Our Country, en el que Rorty criticaba a la “izquierda cultural” por introducir un espíritu pesimista en la estudiante estadounidense respecto a las virtudes de la ciudadanía de su propio país:

“Fiel al género gótico del horror que él mismo critica, Rorty rápidamente pone a las personas responsables por la corrupción que la Universidad ejerce por fuera del círculo de la Americanness6 y las retrata como extranjeras al cuerpo político. La izquierda cultural es ‘anti-patriótica’ y no hace parte de la mayoría de la sociedad estadounidense. Por fuera de la academia, los estadounidenses aún desean ser patrióticos. Ellos aún se quieren sentir parte de una nación que puede tomar control por su destino y convertirla en un mejor lugar. Dentro de la academia, detrás de las puertas de los departamentos de inglés, sucede algo muy distinto. Si tan solo pudiéramos reemplazar las obscuras cavilaciones góticas de la academia por la ‘luminosa jovialidad’ de Whitman, quien junto con Dewey, nos da ‘todo el romance y estímulo espiritual que los estadounidenses necesitamos para resolver nuestros asuntos públicos’”. (Mi traducción, Honig, 2001: 117).

Mi carcajada se vio interrumpida por el altavoz en el que se pronunciaba mi nombre, era mi turno.

La coincidencia entre mi carcajada y la pronunciación de mi nombre por el micrófono me devolvió temporalmente al colegio, uno de los primeros espacios en los que se reprimen las carcajadas para normalizar el cuerpo y comenzar con esa trayectoria disciplinaria del sujeto, que va de las escuelas a las embajadas. No sería éste el único evento en el que retornaría lo reprimido. Una vez frente a la agente de inmigración y tras explicarle en detalle lo que haría en los cuatro días que duraría mi visita, ella me dijo que había llenado la aplicación equivocada y que lo que debía haber hecho era solicitar un permiso laboral y no una visa de turista, pues yo a lo que iba era a “trabajar”. La ironía de esta situación no me pasó desapercibida. Desde que enseñaba a Marx en el colegio me había esforzado porque se reconociera lo que hacía no solo como estudio—con la peyorativa inflexión con que se pronuncia ese término, como si con él se comunicara un estado temporal y transitorio, un estado de inmadurez del que se debe salir para “ganarse la vida en el mundo real”—sino también como “trabajo”, y ahora que por fin una institución formalmente lo hacía yo me veía en la obligación de negarlo. Con esa palabra, “trabajo”, también volvía el trauma de mi primer rechazo, la Resolución 172, porque al fin y al cabo, mi condición no había cambiado ante los ojos de Inmigración, yo seguía interesado en “quitarle” el trabajo a los canadienses. Así que buscando entre todos los argumentos, ninguno de los cuáles encontraba muy convincente, finalmente le dije a la agente que al no recibir retribución alguna por mi presentación lo que yo iba a hacer no era en realidad trabajo sino “una labor (elipsis nerviosa) de carácter académico que de ninguna manera se podía caracterizar como “trabajo”, en el sentido estricto del término”. Me salió todo el arte cantinflesco y fui capaz de decir lo mismo, pero de mil formas distintas, como durante cinco minutos. Sin ningún interés por postergar esa gimnasia lingüística, la agente de inmigración finalmente me dijo que no, que lo que yo iba a hacer era trabajar y que por lo tanto me iba a dar un permiso laboral por 30 días, pero que la próxima vez debía solicitar un permiso laboral y no una visa de turista.

Yo no lo podía creer, llegué a pensar que una verdadera revolución había tenido lugar en Canadá entre el año 2007 y el 2011, y salí de aquella embajada con un ingenuo optimismo en su departamento migratorio que no me duraría mucho tiempo. Dos años después, cuando preparaba mi solicitud de visa para la misma conferencia, que esta vez se celebraba en la ciudad de Toronto y en la que presentaría un texto sobre la tragedia de Edipo para un panel sobre la relación entre el teatro y el exilio, decidí enviar mi solicitud por correo para ahorrarme los costos del viaje. Los documentos para solicitar un permiso laboral eran todavía más difíciles de conseguir, luego hice lo mejor que pude y envié mi solicitud, cancelando los 160 dólares que costaba la visa. Dos semanas después recibí el rechazo. La carta solo decía que había sometido la solicitud equivocada, pues debía solicitar una visa de turista y no un permiso laboral, debido al corto tiempo de mi estadía. Se añadía que podía volver a hacer la solicitud pero que debía cancelar nuevamente la suma de 160 dólares. ¿Y si la agente de inmigración que recibiría mi nueva solicitud resultara ser la misma que dos años atrás me había dicho que la próxima vez debía solicitar un permiso laboral? ¿Qué pasaría entonces? ¿Acaso volvería a recibir una carta demandándome 160 dólares más y la necesidad de solicitar ahora un permiso laboral?

Al final decidí presentar mi trabajo vía Skype, lo que no pasó desapercibido en un panel dedicado al tema del exilio. Pero la historia no termina ahí, en medio de mis frustraciones con este absurdo universo kafkiano, semanas antes que decidiera presentar mi trabajo sin estar físicamente presente en la conferencia—cuando todavía hacía cuentas para ver si me alcanzaba para todo, incluidos los 160 dólares adicionales de la nueva solicitud y el dinero que debía contemplar para viajar a New York, pues el envío por correo ya no me generaba ninguna seguridad—olvidé por completo cancelar los costos de la conferencia. La consecuencia de este olvido la sentiría tiempo después de terminada la conferencia, cuando mi texto, nominado por uno de los organizadores del panel al concurso académico de la conferencia, resultaría rechazado porque yo no había pagado los costos de la conferencia. Cuando le expliqué al organizador del concurso lo que había sucedido y le pedí que me permitiera cancelar el dinero de manera extemporánea para poder participar en el concurso, la única respuesta que recibí de parte suya fue que al no haber pagado el costo de la conferencia yo no debía haber presentado mi trabajo en primer lugar, y que el no entendía cómo era que semejante injusticia se había permitido. Yo, por el contrario, comenzaba a entenderlo todo, y a entender también que ya no nos íbamos a entender.

Italia y la carcajada sutil

Entre mis experiencias más recientes la que viví con la embajada italiana hace un año es sin lugar a dudas una de las más racistas. Cuando esperaba en el consulado, que por fortuna estaba en una ciudad más cercana a aquella en la que vivía, solo quedábamos dos personas solicitando visas estudiantiles. Opté por la visa estudiantil en parte porque no representaba costo alguno para mí en un viaje que se avecinaba costoso, y en parte porque estudiar era precisamente lo que iba a hacer, ya que las dos semanas que estaría en Boloña estaban destinadas al intensivo seminario en teoría crítica al que había sido admitido. Sobra decir que la actividad que uno va a desempeñar de ningún modo sirve como guía definitiva para saber qué tipo de visa debe uno solicitar, y mucho antes de que el agente me lo hiciera saber supe que el relativamente corto tiempo del seminario resultaría sospechoso. En síntesis, “este tipo no tiene fondos y se quiere hacer el listo.”

Mis esperanzas de recibir un trato medianamente digno se fueron al piso cuando vi el modo en que el agente de inmigración trataba al estudiante de origen asiático que me antecedió, y que vio su solicitud de visa rechazada incluso después de haber comprado un tiquete no reembolsable con fecha de retorno, que en mis cálculos más conservadores no podía bajar de los mil quinientos dólares. La razón, un estúpido “error” de parte del estudiante, un papel que debía haber incluido como estudiante internacional en los Estados Unidos, que sin lugar a dudas se demoraría mucho en conseguir y que tanto el agente, como el estudiante como yo podíamos anticipar, terminaría por comprometer su participación en el curso de verano para el cual ya tenía comprados los tiquetes. Todo esto se lo dijo con ese arrogante tono de voz que confirmaba todo su desprecio, ese tono en el que no cabe espacio alguno para la simpatía y en el que yo fácilmente reconocía la engolosinada gratificación que aquel pequeño poder le proporcionaba. El estudiante solo respondía con monosílabos, incapaz de reaccionar con rabia y sin dejar de temblar, ante la ineluctable catástrofe financiera que la decisión del agente le suponía, por no hablar del otro tipo de catástrofes mucho más difíciles de cuantificar que acompañaban a esa.

Mi “error” fue menos grave y más fácil de reparar. El agente de inmigración me obligó, con solo quince minutos para que se cerrara la oficina, a ir a un banco (por fortuna había uno muy cerca) para imprimir los últimos extractos bancarios que yo no había incluido en mi solicitud. Tomó esa decisión al considerar que tanto el contrato laboral que indicaba las fechas de pago y los montos que mensualmente debía recibir, así como los últimos tres recibos de pago que demostraban la regularidad de mis ingresos, y que sí estaban incluidos en la solicitud, no eran prueba insuficiente para determinar, según él, el hecho de que yo si seguiría recibiendo ese dinero en el futuro para poder así financiar mi viaje. Yo le quise decir que los extractos bancarios tampoco le iban a ofrecer esa certeza, pero confiando en mis capacidades motrices y en la puerta que su decisión me abría, aproveché la oportunidad y me di a la carrera. Yo creo que nunca he corrido tanto como aquella tarde, pero logré, para asombro mío y del agente de inmigración, conseguir los documentos y volver con ellos antes de que se cerrara la oficina. Claramente sorprendido por mi regreso y casi sin siquiera mirar los documentos que le había entregado, el agente aprobó mi visa y pude viajar a una de las ciudades más góticas de Italia.

Viajé con Allison, mi pareja, de nacionalidad estadounidense, que aprovechó la estadía en Italia para visitar Florencia pero que en realidad iba para Paris, en donde la esperaba su trabajo de archivo para la realización de su propia tesis doctoral en historia del arte. Yo también pasaría por Paris, pues había logrado integrar en ese viaje, con el objetivo de justificar la extravagante inversión económica que suponía para mis limitados ingresos, otro seminario intensivo de teoría en Londres y la presentación de un texto que había escrito sobre Platón, el teatro y la democracia contemporánea, en una conferencia que se celebraba en la Sorbona. Esto implicó que en un solo mes tuviera que pasar como por cinco o seis aeropuertos, pues el tiquete más económico que conseguimos fue con las Aerolíneas Turcas (económico debido a las horribles políticas laborales de esa compañía), lo que implicaba hacer tránsito en la ciudad de Estambul antes de llegar a Boloña. Desde que salimos del aeropuerto de New York me di cuenta que mientras la revisión del pasaporte de Allison tomaba solamente algunos segundos, la revisión del mío tomaba varios minutos, un ritual que se repitió en todos los aeropuertos sin excepción. Y no era solamente que el mío tenía visas que se debían chequear y el de ella no, era que a mí todo el tiempo me tenían que hacer las mismas preguntas. En cada aeropuerto, por cada persona que pasaba mi pasaporte, se me preguntaba por las intenciones de mi viaje, y obviamente “estudiar” no era una respuesta suficiente, pues eso ya lo podían leer en el pasaporte.

En esta experiencia hablaré no del texto que tuve sino del que hubiera querido tener, el poema de Shailja Patel, Shilling Love (ver epígrafe), que nació de una conversación que Patel sostuvo con un hombre con el que salía durante una caminata. En ella Patel le habló de su niñez en Kenia, de la ansiedad de su familia durante los ochentas y los noventas, de los sacrificios que sus padres habían hecho por ella y de su resolución a hacer todo lo posible para que todo ese esfuerzo valiera la pena. La historia concluye con el hombre diciendo: “Dios mío, tu infancia se oye terrible! Solamente lucha y obligaciones” y Patel respondiendo: “yo me quedé aterrada, yo pensé que durante toda la caminata lo que le había expuesto era el increíble amor de mis padres por mí” (mi traducción). La primera línea de Shilling Love dice: “Ellos nunca nos dijeron que nos amaban”. Ese amor impronunciable resulta articulado a partir de la historia de ese sacrificio, puntuado por la progresiva depreciación del chelín en relación con la libra esterlina y con el dólar estadounidense, haciendo del poema una medida apropiada de aquel afecto que sobrevive y vence las brutales condiciones de marginalidad que le impone el imperialismo contemporáneo. Hubiera querido tener ese texto porque en uno de los últimos aeropuertos por los que pasamos juntos yo comencé a cronometrar el tiempo que me tomaba a mí pasar el punto de chequeo por comparación a Allison. Cuando el agente me preguntó que ¿qué era lo que estaba haciendo? Yo le respondí que intentaba medir la desigualdad. Cuando me preguntó nuevamente ¿la desigualdad de qué? Yo le respondí, con una sutil carcajada que no le gustó en lo absoluto, la desigualdad misma. Hubiera querido añadir que si un poema era capaz de medir el amor en chelines, quizás otro pudiera medir el odio en minutos.


Referencias

Alfredo Molano. Espaldas mojadas: Historias de maquilas, coyotes y aduanas, Bogotá: El Áncora Editores, 2005.

Bonnie Honig. Democracy and the Foreigner, New Jersey: Princeton University Press, 2001.

Hannah Arendt. Los orígenes del totalitarismo, Madrid: Alianza, 1982 [1951].

Mark Dow. American Gulag: Inside U.S. Immigration Prisons, Berkeley: University of California Press, 2004.

Rogers M Smith (editor). Citizenship, Borders, and Human Needs, Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2011.

Saskia Sassen. Expulsions: Brutality and Complexity in the Global Economy, Cambridge, MA: Harvard University Press, 2014.

Shailja Patel. Migritude, New York: Kaya Press, 2010.

  1. Migritud es mi traducción de un neologismo inventado por Shailja Patel, poeta, artista, activista política y dramaturga de origen keniano, cuya propia historia está atravesada por varias migritudes continentales, del sur de Asia a África del Este, de Kenya a Inglaterra y de ahí a los Estados Unidos. Migritud vincula dos conceptos cuyas genealogías convergen en los procesos históricos del imperialismo y el colonialismo: el concepto de migración y el concepto de négritude. En este sentido migritud representa un esfuerzo por politizar el anestésico concepto de migración al poner de presente las distintas formas de racialización del cuerpo que históricamente han organizado el movimiento geopolítico de los cuerpos indeseados por el capital y el orden imperial. Al igual que sucede con el término de négritude, inicialmente acuñado por Aimé Cèsaire en su Cahier d’un Retour au Pays Natal (1939), en el concepto de migritude converge la ambivalencia que al mismo tiempo registra el daño estructural del racismo en la desigualdad que caracteriza el movimiento transfronterizo de los cuerpos de color, y el contra-poder que se ejerce con la resignificación positiva del mismo término, en donde el color ya no denota inferioridad sino empoderamiento.
  2. Migritud es mi traducción de un neologismo inventado por Shailja Patel, poeta, artista, activista política y dramaturga de origen keniano, cuya propia historia está atravesada por varias migritudes continentales, del sur de Asia a África del Este, de Kenya a Inglaterra y de ahí a los Estados Unidos. Migritud vincula dos conceptos cuyas genealogías convergen en los procesos históricos del imperialismo y el colonialismo: el concepto de migración y el concepto de négritude. En este sentido migritud representa un esfuerzo por politizar el anestésico concepto de migración al poner de presente las distintas formas de racialización del cuerpo que históricamente han organizado el movimiento geopolítico de los cuerpos indeseados por el capital y el orden imperial. Al igual que sucede con el término de négritude, inicialmente acuñado por Aimé Cèsaire en su Cahier d’un Retour au Pays Natal (1939), en el concepto de migritude converge la ambivalencia que al mismo tiempo registra el daño estructural del racismo en la desigualdad que caracteriza el movimiento transfronterizo de los cuerpos de color, y el contra-poder que se ejerce con la resignificación positiva del mismo término, en donde el color ya no denota inferioridad sino empoderamiento.
  3. Para datos más estructurales sobre la migritud ver los artículos en Rogers M. Smith (2011) y el libro de Saskia Sassen (2014).
  4. Concluyo esta larga introducción con otra coda sobre la relevancia del término acuñado por Patel, el de migritud, ya que terminé de escribir este texto mientras escuchaba las últimas noticias acerca de las políticas gubernamentales derivadas de la decisión que la Corte Constitucional de la República Dominicana tomó en el año 2013, de quitarle la ciudadanía a las/los dominicanas/os de descendencia haitiana hasta el año de 1929, una política que afecta cerca de medio millón de personas negras que enfrentan un masivo ingreso a la inhumana condición de apátridas la semana que viene. El día de ayer, 17 de Junio de 2015, se cumplió la fecha límite para resolver los registros de inmigrantes indocumentados de origen haitiano, una situación que pone a cientos de miles de personas en riesgo de sufrir una de las más grandes deportaciones forzadas para la cual el gobierno de la República Dominicana ha dispuesto múltiples dispositivos de seguridad con el apoyo militar y logístico de los Estados Unidos. El último dato que escuché en Democracy Now, durante una entrevista con una de las más importantes escritoras contemporáneas de origen haitiano, Edwidge Danticat, es que “solamente 300 de las 250 mil solicitudes de permisos laborales que dominicanos de descendencia haitiana han registrado han sido procesados, mientras muchos más se han resistido a registrarse como inmigrantes afirmando que son dominicanos por nacimiento y que por lo tanto todos sus derechos deben ser garantizados” (mi traducción del reporte de Amy Goodman) Ver: http://www.democracynow.org/2015/6/17/the_dominican_republics_ethnic_purging_edwidge. Dicha política de desnacionalización, que la filósofa Hannah Arendt en los Orígenes del Totalitarismo (1951) describió como el primer paso hacia la dominación total, tiene su eco histórico en las medidas jurídicas tomadas por el dictador Rafael Trujillo antes de perpetrar la masacre de los haitianos en Octubre de 1937, el evento que marcaría la normalización de la violencia durante una de las más horrorosas y prolongadas dictaduras de Centroamérica.
  5. El libro de Bonnie Honig no ha sido traducido al español. Una posible traducción de su título sería La democracia y el extranjero, con el agravante del género, pues en dicha traducción se pierde la neutralidad del “foreigner” inglés y se cae, una vez más, en el frecuente error de convertir la experiencia masculina en la forma del universal. La democracia y la extranjera tampoco resulta satisfactorio, por el propio acento que coloca en la particularidad de la experiencia femenina, si bien es cierto que dicho título resulta más apropiado dada la orientación feminista del texto, que parte de la historia bíblica de Ruth y de su desplazamiento territorial entre los Moabitas y los Israelitas para explorar el tipo de problemas que la extranjería resuelve para la democracia. La democracia y la extranjería, quizás más adecuado, tiene el problema de sustituir el énfasis que el título coloca en el sujeto político (el/la extranjera/o) por la condición que organiza su experiencia (la extranjería), si bien es cierto que el argumento del texto tiene que ver no solo con los retos que supone dicho sujeto político sino también con la función política que la condición de extranjería sirve para resolver ciertas paradojas de la legitimidad democrática en la modernidad política.
  6. En adelante traduzco “American” por “estadounidense” para evitar reproducir la apropiación colonialista que conlleva esta forma de auto-identificación nacional con el continente en su conjunto.