Luis Rojas Villagra

* Luis Rojas Villagra

Investigador de la organización BASE Investigaciones Sociales y docente del Instituto de Trabajo Social de la UNA. Sus principales ámbitos de investigación han sido el sector rural y la reforma agraria, el campesinado y los agronegocios, la historia económica del Paraguay, las políticas económicas, el sistema tributario y el gasto social, la pobreza y desigualdad. Es miembro fundador de la Sociedad de Economía Política del Paraguay (SEPPY), miembro de la Sociedad Latinoamericana de Economía Política (SEPLA) y coordinador del Grupo de Trabajo: Crisis de la Economía Mundial Capitalista, del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Acción, editada por los jesuitas en Paraguay.

En sus más variadas expresiones, la desigualdad en el Paraguay es algo cotidiano, es parte del paisaje diario, una característica central de la sociedad paraguaya. La desigualdad extrema existente en la distribución de la riqueza, de la tierra, de los ingresos, así como la desigualdad extrema existente en el acceso a bienes básicos como la educación y la atención médica, el agua y los alimentos, llevan tantos años y están tan extendidas que son vistas como algo normal, algo aceptable socialmente, e incluso, algo inevitable. En esta resignada aceptación de la desigualdad inciden fuertemente los medios de comunicación, el sistema educativo e incluso varias agrupaciones religiosas.

Las imágenes de la desigualdad son recurrentes y extendidas por todo el país. En el distrito de Curuguaty, el 15 de junio del 2012, 17 personas murieron en un conflicto provocado por la desigualdad en la tenencia de la tierra. Unos 100 campesinos y campesinas buscaban acceder a las 2.000 hectáreas de tierras conocidas como Marina Kue, apropiadas ilegalmente por una poderosa familia de apellido Riquelme, vinculada a la dictadura del Gral. Stroessner, que además de esas tierras contaban en el mismo lugar con otras 55.000 hectáreas, parte para ganado, parte para la soja mecanizada, parte para reserva natural, parte para su esparcimiento. Además, esa familia cuenta con otras miles de hectáreas en el Chaco, más otras miles de hectáreas en el sur del país. Las familias campesinas que luchan por las tierras de Marina Kue desde hace varios años, siguen sin poder acceder a ellas, viven al costado de la ruta sin acceso a nada, y han perdido a doce compañeros, muertos en el intento de tener algunas hectáreas de tierra propia.

En otro escenario geográfico, las inundaciones provocadas por la crecida del río Paraguay en este año 2015, han hecho visible a los invisibles pobladores de las periferias inundables de la ciudad de Asunción. Ellos, los bañadenses, han subido desde el bajo anegado hacia la ciudad alta, y han asentado sus pocos bienes en transitorias cajas humanas de madera terciada y chapa, instaladas en veredas, terrenos baldíos, paseos centrales, canchitas de barrio o cualquier lugar vacío. Allí se ubican precariamente durante varios meses, con un inodoro móvil por cada 50 familias, sin duchas, hacinados bajo la lluvia o el calor sofocante del Paraguay. En algunos barrios, estos improvisados campamentos se ubican frente a grandes y confortables casas, separados por una calle y una alta verja. Son solo 10 metros de distancia entre el ranchito de una pieza de 3 metros de ancho por 4 de largo donde sobreviven cinco, seis o más personas, sin baño, sin agua corriente, sin trabajo ni futuro, y del otro lado de la calle las hermosas casas, de tres, cuatro o cinco habitaciones, igual cantidad de baños, perros y jardines, dos o tres garajes, y otros detalles más, como los portones, cámaras de seguridad, guardias y cercas eléctricas. Son solo 10 metros de distancia, una calle, entre el cielo y el infierno cotidianos del Paraguay.

Por su lado, los semáforos de Asunción son una postal alegórica a la desigualdad de nuestra época. Los pobres de la ciudad o del campo aparecen en cada semáforo rojo buscando el sustento diario, vendiendo algo, frutas, diarios, caramelos, limpiando vidrios, haciendo malabares, tragando humo. A veces niños muy pequeños, a veces ancianos, siempre sucios, pasean sus cuerpos dolidos entre coches de todas las marcas, precios y colores. Los Mercedes, Volvo o BMW, los autos del año y esas imponentes camionetas 4 x 4 que malgastan combustible, suelen ser los más indiferentes hacia los sobrevivientes del asfalto asunceno, los más molestos hacia las molestias ocasionadas por esos personajes que no se resignan a vivir su pobreza encerrados en sus pobres ranchos. Los unos y los otros, las unas y las otras, hijos e hijas de la misma época y la misma tierra, viviendo como si cada uno estuviese en un planeta distinto.

El rumbo del Paraguay actual no augura muchas sonrisas. Aunque lo previsible no es igual a predestinado.