Susana Ballesteros

* Susana Ballesteros

Filósofa de la Universidad Nacional de Colombia. Realizó también una carrera tecnológica en cine y televisión. Actualmente termina estudios de maestría de filosofía en la Universidad Nacional de Colombia y se desempeña como asesora en la Vicerrectoría Académica de la misma universidad.

El pasado mes de junio, después del partido de Copa América Colombia vs Perú, el ídolo del fútbol colombiano James Rodríguez dio a la prensa internacional unas declaraciones que causaron cierta sorpresa por su tono. Aunque se trató de declaraciones “en caliente” (esto es, inmediatamente finalizó el partido) tuve la impresión de que la actitud del jugador colombiano era el intento –casi automático– de anticipar las retahílas furiosas de los comentaristas futbolísticos “tipo” Vélez y Mejía; Rodríguez no se cansó de repetir que “no jugaron a nada”, lo que significa que no hicieron el trabajo para el que se habían preparado. Sin embargo, Néstor Pékerman, técnico argentino de la Selección, contradijo estas declaraciones limitándose a una declaración mesurada sobre el resultado. Pero, ¿por qué Rodríguez, quien atraviesa un gran momento, saldría inyectado de vergüenza de un partido que muy seguramente no fue el peor de la Copa América? Entre otras cosas, Perú demostró ser un equipo estructurado, con buenos jugadores y con una actitud decidida en la cancha. No es gratuito que quedaran en el tercer puesto de la Copa.

La extraña actitud del jugador colombiano hace parte del movimiento de sube y baja en el que estamos metidos los colombianos con nuestra Selección desde hace años. Recordemos que los últimos veinticinco años del fútbol colombiano han sido una montaña rusa en la que pasamos de adorar a nuestros jugadores a “pedir sus cabezas”; infortunadamente, en este país, siempre habrá alguien con ínfulas de Ley, dispuesto a llevar a cabo lo que otros vociferan. Este fue el caso del asesinato en 1994 del defensa Andrés Escobar. Pasamos con una facilidad sorprendente de la euforia al ataque (auto) destructivo. Pero entonces, ¿qué es lo que, como sociedad, manifestamos a través de estos picos de amor y odio? ¿Por qué pasamos en solo cuatro años de querer y respetar a nuestros jugadores a odiarlos incluso llegando al extremo de matar? ¿Por qué repetimos este mismo patrón frente al Mundial de 2014 y la recién terminada Copa América?

Desde mi perspectiva, lo que hizo maravilloso el desempeño de la Selección de 1990 fue la claridad que teníamos sobre el equipo. Colombia era un equipo pequeño, que no tenía las condiciones ideales de un equipo europeo como el alemán que, además de contar con el apoyo económico necesario, tenía una tradición de fútbol importante. Y dicha “tradición” va más allá de unos jugadores bien preparados, física e intelectualmente, implica toda una comunidad futbolística dispuesta a trabajar para el equipo. En este marco, el empate de Colombia frente a Alemania fue el premio a la persistencia de un equipo en condiciones adversas. No obstante, pasamos de la humildad con que encaramos el Mundial del 90 a la soberbia con que encaramos los resultados adversos de 1994.

En el caso del Mundial de 2014 se dio un movimiento similar. La gente se sintió ilusionada con la renovación del equipo tras la bochornosa salida del técnico Hernán Darío Gómez y, desde las eliminatorias, se fue recreando un halo de adoración alrededor de la Selección. Pero he aquí que nuevamente, de la gloria del Mundial de 2014 y su respectivo éxtasis se pasó a la crítica apabullante de un equipo que tuvo problemas y poco trabajo antes de la Copa América. La presión fue tanta que el mismo James Rodríguez terminó adelantándose a todo lo que –intuía– estaba por venir. Me queda la impresión de que, al igual que en 1994, seguimos siendo incapaces de analizar fallos, sopesar causas, buscar posibilidades y, sobre todo, conservar la cordura. Me queda la impresión de que seguimos pensando lo que las retahílas furiosas nos dicen que debemos pensar. No damos lugar a la pausa ni a la reflexión, el prejuicio actúa en nosotros inmediatamente.

Lo más terrible de todo es que así como actuamos respecto del fútbol, actuamos frente a temas más determinantes de la vida pública del país. De un lado, no parecemos ver cambios a través del tiempo y, de otro, no parecemos entender procesos sino únicamente sucesos. Así como la Selección de 1990 no es la misma que la de 2014, los diálogos de paz en La Habana no son los mismos del Caguán. Y, asimismo, si esperamos embarcarnos realmente en la paz, deberíamos entender que su consecución será un proceso largo y lleno de trabajo. Que además no depende únicamente de las partes que están en la mesa de negociación sino del aporte de la sociedad entera. Difícil, claro que será, porque las visiones que se juegan en La Habana son antagónicas y ambas tendrán que ceder, porque de lo contrario no sería una negociación. Difícil además porque los negociadores solo representan sus puntos de vista y hay otros que quedarán excluidos (no obstante, considero un gran acierto que las víctimas sean partícipes de primer orden en Cuba).

Por ello, así como el fútbol colombiano ha evolucionado gracias a un mayor apoyo de las Instituciones, de la iniciativa privada, a la salida de los jugadores al exterior, a la llegada de un cuerpo técnico externo y a una expansión de la hinchada, los problemas sociales del país requieren que abandonemos la pasión extrema que nos lleva fácilmente por los caminos del éxtasis y la depresión y comencemos a ser más reflexivos y propositivos frente a su futuro. El truco, me parece, está en hacer caso omiso de las retahílas furiosas que no faltan, tampoco en torno a las actuales negociaciones de terminación del conflicto armado, y demos paso a la capacidad de pensar y buscar soluciones nuevas y objetivos diferentes pero factibles.