Nicolás Villa Moya

* Nicolás Villa Moya

IInternacionalista de la Universidad del Rosario y magíster en Administración Pública de la Universidad de Leiden. Cursó estudios complementarios en Política Pública Europea en el Montesquieu Instituut de La Haya y Cooperación Internacional para el Desarrollo en la Universidad del Rosario. Fue miembro fundador (alumni) de The Hague Governance Quarterly y actualmente se dedica a la docencia en facultades de Negocios Internacionales, Relaciones Internacionales y Ciencia Política. También es analista internacional para la cadena RT.

Seguramente, usted ya ha escuchado el chiste sobre el Nobel de la física danés Niels Bohr, tantas veces contado por el psicoanalista y filósofo Slavoj Žižek. Para aquellos que aún no se lo saben, el chiste comienza cuando Bohr llega a la puerta de su casa de campo después de tomar una relajante caminata con un buen amigo. Sobre la puerta de la casa cuelga una herradura (un símbolo de buena suerte que ahuyenta los malos espíritus según el folklore europeo). Al observar la herradura aferrada a la puerta, el incrédulo y asombrado amigo le pregunta al enunciador de la teoría cuántica “¿Niels, por qué tienes una herradura sobre tu puerta?”. “Tú eres un científico, un físico”. “¿Acaso crees en estas supersticiones?”. Al verse impugnado, Bohr responde “no seas ridículo, obviamente no creo en esas tonterías supersticiosas. Lo que pasa es que me dijeron que la herradura funciona inclusive si uno no cree”.

¿Acaso no es esta la situación en la que se encuentra el proceso de paz en Colombia, frente a la denominada opinión pública? Es muy común escuchar distintos actores políticos y varias “personas de a pie”, conocidas nuestras, afirmar su poca confianza frente al posible éxito de las negociaciones entre las FARC y el Gobierno que transcurren en La Habana. Igualmente, leemos constantemente en la prensa escrita y en las redes sociales acerca de la poca paciencia de los colombianos y cómo (mediante una asimetría evidente) cada accionar de la guerrilla obliga a las negociaciones a pender de un frágil hilo.

A pesar de que los diálogos de La Habana están sometidos a un estado de emergencia constante, y que los atentados y combates diarios amenazan su permanencia en el tiempo, además teniendo en cuenta la oposición frontal y determinada de varios personajes de la vida política de Colombia a las negociaciones, resulta complicado explicar cómo ni las FARC ni el Gobierno se han levantado de la mesa. ¡Vaya maravilla! Al igual que la herradura, el proceso de paz funciona inclusive si los colombianos no creen en él. Claro está, que la lección del chiste radica en que, al igual que Bohr, los colombianos creemos que el proceso de paz funciona – así no lo sepamos.

Seguramente sí creemos porque las negociaciones ya han demostrado resultados concretos. Más allá de los objetivos que deben materializarse mediante una culminación exitosa de dicho proceso (fin de la guerra, una sociedad mucho menos inequitativa y mucho menos excluyente, etc.), y de aquellos grandes logros que se han podido observar y cuantificar en términos de vidas salvadas, cuando las FARC establecieron un cese al fuego unilateral. El proceso de paz también ha logrado resultados exitosos, en el campo de aquello que los psicoanalistas llaman el orden simbólico, entendido como ese campo que contiene “la constitución no escrita de la sociedad”1. El orden simbólico de una sociedad es su mismo sentido común, el lugar donde según Álvaro García Linera, se van a librar las disputas del siglo XXI.

Una muestra muy diciente de la manera en que el proceso de paz está modificando el orden simbólico de la sociedad colombiana se puede observar cuando analizamos el solo hecho de que las FARC y el gobierno se hayan sentado a dialogar. Dicho suceso, en gran medida ha desarticulado la raison d’être uribista. Todo régimen fascista se construye mediante la figura del otro, entendido como el gran obstáculo para la realización de una sociedad orgánica que funcione en armonía, con cada uno en su lugar. En el nazismo, esa figura era el judío, a quien se le atribuyó el origen de todos los problemas en Alemania, y que por tal motivo, era la parte del cuerpo social que debía ser erradicada. En el universo uribista, la figura del otro la ocupa el terrorista castro-chavista de las FARC.

En consecuencia, dentro de la lógica ideológica uribista, cualquier agente que desconozca el estatus de las FARC como piedra en el zapato que debe dejar de existir, como tumor que debe ser extirpado y erradicado para lograr una sociedad orgánica y armoniosa, de inmediato se convierte en parte del obstáculo… en otra versión del mismo obstáculo. En otras palabras, una versión más de las FARC. Solo así se puede entender que los uribistas acusen a un presidente tan alineado a los intereses del capitalismo global, como lo es Juan Manuel Santos, de ser “castro-chavista”. Pero igualmente, por tal motivo, el sentarse a la mesa a dialogar con las FARC es en sí mismo un hecho que desarticula el orden simbólico uribista. Ahora la guerra es posible, pero no necesaria.

Sumado a lo anterior, el proceso de paz actual ha dado resultados a manera del llamado “daño colateral”, entendido como resultados no planeados. Un inesperado logro que cabe mencionar es el de poner en evidencia (aun más) la venalidad y parcialidad de los medios de comunicación privados. Cada vez que estos medios reportan (más bien opinan) que a los colombianos se les agota la paciencia frente al proceso de paz, la situación resulta ser casi hilarante.

Consideremos por un momento la situación en la que se encuentra el municipio de California, en Santander. En aquel municipio, las montañas están hinchadas con el oro que tienen adentro, y el río baja con el mineral en sus aguas. Esto no es noticia, ya en épocas de la colonia la minería de oro era común en el mencionado municipio. Hoy la minería la hacen varias transnacionales. El asunto de la paciencia del pueblo colombiano cobra vigencia cuando se observa que, en California, los niños tienen que caminar por peligrosas trochas para llegar a su escuelita mientras los sobrepasan las camionetas de las multinacionales, dejándoles nubes de polvo para respirar. No hay hospital, no hay carretera, no hay prosperidad (para la gente de California, claro está), no hay conocimiento. Los colombianos tenemos paciencia, y mucha.

Es así como el proceso de paz ha puesto en evidencia el interés propio de los medios privados y a aquellos políticos afines a los intereses del establecimiento. Cuando los mencionados agentes políticos opinan que a “los colombianos” se nos ha acabado la paciencia, caen en su propia trampa. Cualquier observador honesto puede volver a comprobar aquella máxima de Lacan, “el deseo es el deseo del otro”. El deseo impaciente de romper con el proceso de paz, que los medios privados nos atribuyen a “los colombianos”, no es otra cosa que el deseo propio de los medios y políticos del establecimiento.

Al tener en cuenta este cúmulo de razones, los colombianos sensatos no podemos permitir que el desánimo hipócrita de los falsos incrédulos, frente al proceso de paz, nos lleve a dejar de apoyar las negociaciones de La Habana o a distraernos frente a su potencial. No es conveniente para el país caer en su trampa. Los opositores del proceso de paz buscan orquestar una percepción de pesimismo y debilidad permanente, para así presionar por su fin o por la celeridad que no han podido lograr en la mesa de negociación por su propia falta de argumentos. Precisamente, ahí está la muestra de lo mucho que le temen a las negociaciones de La Habana, y por tanto, el enorme potencial emancipador de dicho proceso.

  1. Žižek, Slavoj. (2007). How to read Lacan, W.W. Norton & Company, Nueva York. Traducción libre del autor.