Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

Hubo un sueño por parte de los espíritus liberales y progresistas. Creían que si ajustábamos nuestros ordenamientos constitucionales haciendo prevalecer la libertad de la sociedad frente al Estado, se iba a lograr aplazar al infinito la llegada de tiranías, autoritarismos y totalitarismos. Otros creían que el Estado además de limitarse a los asuntos meramente políticos podría incluso brindar los canales para que la sociedad, si quisiera, pudiese participar de lo común. Lamentablemente los sueños en muchas ocasiones son sueños, y más aún, cuando pretenden hacer prevalecer marcos teóricos sobre una realidad compleja y cambiante.

¿Por qué los sueños en este caso no son más que sueños? ¿Necesitamos entonces abandonar las utopías para ajustarnos a una cruel realidad y decirles a los soñadores que siempre estarán equivocados? Para responder a esas preguntas quizás sea mejor decir que hay dos tipos de utopías y por lo tanto de soñadores. Unos buscan implementar en la realidad una “imaginería” ingenua que trata de hacer coincidir, por ejemplo, la Democracia con el Estado. Creen que la expresión “Estado Democrático” es completamente realizable si un pueblo es lo suficientemente maduro para pensar y actuar “por sí mismo”, dejando a un lado sus deseos y “apetencias irracionales”. La característica primordial de esta perspectiva consiste en pensar que la historia, o la historicidad, no es más que un mero accidente ligado a las apetencias circunstanciales, es decir, un conjunto de obstáculos que se deben superar para lograr y realizar el ideal eterno de la libertad humana amparada en el poder neutral de la soberanía estatal. Otros, en cambio, construyen sus utopías tendiendo como eje fundamental ese accidente –y catástrofe- de la historicidad. Su utopía no es imaginería porque paradójicamente son más realistas cuando reconocen que en la sociedad hay una historicidad ligada a unas apetencias, que más bien son razones, primordiales que desajustan el final feliz de un “Estado Democrático”. Pero ¿Cómo este tipo de soñadores logran desajustar el final feliz del Estado Democrático?

El argumento de estos soñadores es simple, radical y cautivador: La historicidad o el fatídico accidente del conflicto humano promovido por sus apetencias, que son más bien razones, no es otra cosa que la Democracia misma, de ahí que sea un contrasentido pensar que un Estado pueda llamarse “Democrático”. O en otras palabras, la pretensión que busca poner fin a la historia de los conflictos humanos, a través de un diseño legal, hiere de muerte a la democracia pues ésta, en realidad, se opone a la ley y al gobierno. El argumento es simple porque nos dice que la Democracia se opone al Estado y al gobierno. Radical porque muestra el problema de la democracia de una forma concreta. Y es cautivador porque nos invita a pensar la política y la democracia de una forma diferente.

Comencemos por su simplicidad. La democracia es una especie de fuerza instituyente que se crea en las relaciones entre seres humanos. Nadie puede tener la democracia ni nada puede adquirir el adjetivo de “democrático” porque no pertenece esencialmente a una persona o a una entidad. La democracia entonces circula entre nosotros y nosotras, y por eso existe sólo cuando ponemos en marcha una común apuesta por modificar nuestro mundo, nuestro entorno o nuestros imaginarios. La democracia cobró existencia cuando los trabajadores y las trabajadoras lograron adquirir derechos laborales, y también cuando la división del trabajo al interior de nuestros hogares se puso en discusión, mostrándonos que en nuestra vida cotidiana y doméstica se tejen relaciones de opresión en la que los hombres sacan provecho del trabajo y de la existencia de las mujeres. La fuerza instituyente de la democracia es una corriente siempre viva de energía que irrumpe en la permanencia en lo inmóvil y en lo petrificado, por eso la democracia se opone al Estado. ¿Esto quiere decir que la Democracia busca la abolición del Estado?

La anterior pregunta nos arroja a la radicalidad de la utopía de los que creen en la democracia. La democracia no busca la abolición del Estado en sí mismo, sino más bien, como lo enunciaba Marx en 18431, la abolición del Estado político. Esto significa que la democracia no pretende negar al Estado ni mucho menos busca aniquilarlo. La democracia simplemente denuncia el hecho de que la política y el poder decisorio sobre los asuntos comunes tengan que tomarse en las instancias estatales. Por eso, los actos democráticos se manifiestan para mostrar que la política y el espíritu público habitan entre los seres humanos y no en las leyes. De ahí que la lucha por la emancipación de estos utopistas sea por denunciar la vil mentira de concebir al Estado como un “Estado Democrático”.

Finalmente, esta denuncia radical es cautivadora. Nos invita a pensar que la política se instituye en la fuerza creadora de los actos de seres humanos de carne y hueso. Sus actos efímeros habitan en nuestra memoria y por eso circulan de generación en generación provocando que nuevos seres humanos quieran emular las luchas de sus predecesores. Por su parte, el mal llamado “Estado Democrático” busca dar a entender que la ley fija los lineamientos para una vida en común armónica, de ahí que el impulso vital de la democracia sea un riesgo para sus ansías de estabilidad y de permanencia. Por eso arremete con todo el peso de su ley y de su soberanía contra este impulso luchador.

En muchas ocasiones el Estado hizo desaparecer a los verdaderos practicantes de la democracia, en otras simplemente los acusó de ser criminales y terroristas, y en otras, intentó negociar para ver si convence a estos presuntos inadaptados de lo justas que resultan las leyes estatales.

El mal llamado Estado Democrático miente al criminalizar la protesta. Miente al capturar a espíritus utópicos que en su quehacer diario buscan contribuir a crear medios informativos diferentes, a soñadoras que defienden los derechos de las mujeres, a jóvenes rebeldes que buscan hacer realidad una educación de calidad y gratuita para todas las personas. La gran mentira del Estado consiste en decir “Soy democrático” cuando se acoge más a lo que dice la ley que al clamor creativo y potente de una comunidad que se mueve y que se moviliza. Imaginemos una comunidad que comprende esta simple, radical y cautivadora apuesta que llevan a cabo estos presos políticos y con ellos una multiplicidad de voces que se unen a su defensa… como esta.

  1. Sin duda alguna quien interpreta esta afirmación de Marx de una forma radical e interesante es Miguel Abensour en “La democracia contra el Estado”. Ver, (Abensour, M (2006) La democracia contra el Estado. Buenos Aires: Coluhue.