Sandra Jaramillo

* Sandra Jaramillo

Egresada de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, en Ingeniería Forestal, con énfasis en ecología política y ambientalismo a través de la Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo por la misma universidad. Defendió su tesis de maestría relativa a la historia de las ideas: “La resignificación de la Naturaleza en los tiempos del problema ambiental”, bajo la dirección del Dr. Alberto Castrillón Aldana adscrito a la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas. Es miembro fundadora de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta, Medellín-Colombia y se desempeñó allí entre el 2007 y el 2015 en labores directivas y de gestión de proyectos culturales. Actualmente adelanta un Doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Buenos Aires con el CeDinCi/UNSAM como sede de trabajo. A partir del 2017 es becaria CONICET. Sus temas de investigación están dirigidos a la biografía y la historia intelectual, la Nueva Izquierda colombiana (generación y contexto político e intelectual de los años sesenta y setenta) y la historia de las mujeres en Colombia.

“¿Cuál es la señal de la libertad realizada? No sentir vergüenza de sí mismo”

F. Nietzsche.

Con este epígrafe comienza la novela publicada ya hace un par de años por Eduardo Gómez, un intelectual colombiano insuficientemente leído, insuficientemente conocido en nuestro país. Un hombre rigurosamente formado en el contexto de la Alemania socialista en plena guerra fría, que tuvo de primera mano la experiencia de la vida cotidiana en ese contexto marcado por la tradición artística moderna en un sentido fuerte con representantes como Bertolt Brecht. Contando con el acumulado de su larga trayectoria como poeta y como profesor de letras en varias universidades de relevancia académica en Colombia, Eduardo asume el reto de re-escribirse a través de una autobiografía novelada o de una novela autobiográfica que se constituye en su opera prima en este género. Lo hace con la valentía de quien asume el epígrafe nietzscheano y la entereza de quien desde el altillo de su madurez se compromete con las generaciones venideras para aportar un punto de vista comprometido de forma clara y directa con ideales “inactuales”.

La novela de Eduardo transcurre en la ciudad de Bogotá en los años 50´s a partir del protagonismo de un joven llamado Randolph, de quien conocemos su devenir desde la infancia. El chico descubre el mundo a través de su cuerpo, tal como nos pasa a todos los seres humanos, pero hay algo en su ser que lo lleva a sostenerse en el desajuste que esos dos lentes le muestran, convirtiéndose en un buscador insaciable, valga decir, en un deseante. En este, como en muchos otros aspectos, la novela es “inactual”, pues no es muy “actual” ponerse a sí mismo de cara al deseo e invitar a otros a que hagan lo propio. En este caso a los lectores que asumiendo la gozosa labor de aprehender las 360 páginas que nos entrega Eduardo, podrán simpatizar con el protagonista. Habitamos, en cambio, una realidad que frecuentemente nos ofrece respuestas terminadas, códigos de comportamiento, categorías en las que inscribirnos e inscribir nuestras relaciones, el deseo en cambio, exige asumirse en la máxima autenticidad, evitando a toda costa tener vergüenza de sí, lo que obviamente trae serios dilemas éticos, pues hablar de deseo no necesariamente equivale a hablar de bondad. Así, el chico que pasa de la provincia a la capital oteando horizontes más amplios para desplegarse, va más allá con su búsqueda y planea su salida del país, apostando por la distancia con los suyos que significa condiciones de posibilidad para desarrollar el proyecto en el que elaboraría creativamente ese desajuste de lentes que desde el vamos de su vida le planteó aquello de la exploración del mundo a través de su cuerpo: la creación artística por la vía de la poesía. El viaje se concreta desplazándose a una sociedad que promete la libertad, pero también el viaje es una vuelta sobre sí mismo.

Pero no se crea con esto que por comprometerse con el alma, la existencia, la formación y la sexualidad, estamos ante una novela subjetivista. No, el mundo que Randolph descubre y en el que participa, es uno en el que se detiene el autor y por eso la novela construye un correlato del contexto histórico en el que vive nuestro personaje, desenvolviéndose así entre la descripción y reflexión sociopolítica de una sociedad específica y la intimidad de uno de sus personajes. Así, el autor expresa la apropiación de la tradición moderna de la que ha bebido porque su novela va entre la literatura y la filosofía, ya que no se inhibe de hacer largas reflexiones, de exponer las conversaciones intelectuales sostenidas en los círculos en los que se desenvuelve el personaje principal, de evidenciar contradicciones y debates. En otras palabras hay una apuesta por la discursividad, por la argumentación y por la crítica en la que los novelistas europeos del estilo de Thomas Mann son maestros. He acá otro de los aspectos “inactuales” de nuestro autor colombiano. Pues se evidencia en su obra que no está preocupado por los cánones que rezan las industrias culturales al inscribirse en un tipo de narración específica o cuidarse de no superar un número de páginas que favorezca la “lecturabilidad”.

El contenido específico de la novela de Eduardo es una razón más que suficiente para animar a su lectura, dado que las problemáticas que pone sobre la mesa son unas que nos conciernen a todos los seres humanos: la pregunta por lo que somos, la sexualidad que nos rige, la amistad que nos afecta y nos forma, el devenir de la sociedad de la que hacemos parte, etc.; pero la forma en la que esta novela está construida, la forma de la que da cuenta el autor, es un tema absolutamente necesario de iluminar para contribuir así con la discusión sobre cómo narramos lo que narramos. Y es que Colombia es hoy escenario para la creación artística, muestra de lo cual es la producción de cine que se ha incrementado en los últimos años, dando cuenta de avances técnicos impresionantes con películas como El abrazo de la serpiente, La sirga o Los viajes del viento, por mencionar algunas, no obstante, estas producciones –dado que también se pueden mencionar muchas literarias- dejan un sabor agridulce porque se queda el espectador requerido de un más allá, es decir, en medio de esa puesta en escena, quiénes son, cómo piensan, cómo sienten, qué elaboran los personajes que se visibilizan. Ese ir hondo en pro del sentido de las cosas y dar cuenta de ello en una creación tiene una implicación que no siempre se quiere asumir: tomar partido a favor de un punto de vista. Es esto lo que hace claramente Eduardo Gómez en su novela, constituyéndose en una búsqueda insaciable no sólo de la individualidad de una vida, sino también de la tarea de la creación artística incesante que sin duda ha de darse en una sociedad, porque es así como se construye tradición artística e intelectual.