Andrés Fabián Henao

* Andrés Fabián Henao

Profesor Asistente del Departamento de Ciencia Política de la University of Massachusetts Boston. Doctor en Ciencias Políticas de la University of Massachusetts Amherst. Magíster en Filosofía y Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Tiene como áreas de trabajo la teoría política contemporánea, la tragedia Griega, la relación entre la teoría política y la literatura y los problemas de membresía política, democracia y agencia en el contexto actual de la globalización y el capitalismo tardío. Actualmente trabaja sobre la tragedia de Antígona, donde ofrece una lectura alternativa de la agencia política que tienen los inmigrantes indocumentados en su capacidad de cuestionar los límites de la democracia y las condiciones actuales de su membresía política, a partir de una reinterpretación del texto de Sófocles. Ha recibido becas de investigación en la Universidad de Massachusetts, Amherst y en la Universidad Nacional de Colombia, donde publicó Paramilitarismo, Desmovilización y Reinserción. La Ley de Justicia y Paz y sus implicaciones en la Cultura Política, la Ciudadanía y la Democracia en Colombia, con el profesor Oscar Mejía Quintana

El primero de marzo, Jack [dueño de DC Comics] le envió a Jerry y a Joe [creadores de Superman] un cheque por $412-$282 por el trabajo no pago que habían hecho y, casi como si se tratara de una ocurrencia tardía, $130 por Superman (…) También se trató de una estafa, a la manera en que la Compañía Holandesa de la India Occidental en 1626 le había comprado a los indígenas la isla de Manhattan por $24, pues Jack y Harry no solo estaban comprando las 13 páginas del primer comic de Superman, sino también los derechos para poder hacer lo que quisieran con el personaje

(mi traducción de Larry Tye, Superman, 2012, p. 29)

Lois Lane: Periodismo, heroísmo y democracia

Hoy se cumplen tres años desde que Julian Assange, el 19 de agosto del 2012, pronunció aquel famoso discurso en defensa de la libertad de prensa desde la embajada ecuatoriana en Londres. Assange, editor en jefe de WikiLeaks, le agradeció al movimiento popular por haber garantizado su seguridad con su presencia frente a la embajada, ante la amenazante posición del gobierno del Reino Unido, una vez más dispuesto a violar las Convenciones de Viena para castigar a uno de los periodistas responsable por haber hecho pública la otra historia de la invasión imperialista en Afganistán, esa que habla de los intereses de los poderosos y de la impunidad de sus crímenes.

En dicho discurso Assange se refirió a otros “whistleblowers” (periodistas, investigadores e informantes igualmente perseguidos, como Thomas Drake, William Binney, John Kirakou y Nabeel Rajab), dándole un poco de contexto a su propio caso en el marco de una clara política de silenciamiento contra el esfuerzo de muchos por hacer públicos los crímenes del gran capital. Desconociendo la decisión de cambio de sexo de Chelsea Manning—que había sido arrestada en Kuwait semanas antes que WikiLeaks publicara miles de documentos en una de las más impresionantes filtraciones de información en la historia militar de los Estados Unidos—Assange se refirió a Manning como un héroe. Heroísmo fue el mismo calificativo que utilizó uno de los profesores que más admiro en la Universidad de Massachusetts, Amherst, cuando escuchamos por primera vez las noticias de la sentencia a 35 años de cárcel finalmente impuesta contra Manning, sin que sentencia alguna se haya impuesto contra los militares y los políticos responsables por los crímenes que ella hizo públicos. Heroísmo es también el adjetivo que se me vino a la mente cuando me enteré de la agresión que sufrió Manuela Picq, atacada por el gobierno de Correa—que buscó deportarla ilegalmente—debido a su participación en la marcha organizada por el movimiento social y político del pueblo indígena en Ecuador; heroísmo es también el adjetivo apropiado para hablar de muchas y muchos periodistas en Colombia, haciendo públicos los vínculos existentes entre las élites políticas y militares del país, los intereses empresariales y las organizaciones paramilitares por capturar el poder local en territorios estratégicos a sus intereses. Y es este “hacer público”, este acto subversivo de publicar esa información que la industria militar y los grandes intereses económicos quieren mantener en secreto, lo que explica la excesiva reacción del imperio contra aquel acto democrático que hace de los periodistas sus principales enemigos en el presente.

Dicha enemistad—la misma que explica por qué la única persona a la que se le han abierto cargos con ocasión del informe sobre la tortura, publicado por el comité de inteligencia del Senado, no ha sido ni el ex presidente George W. Bush, ni el ex vicepresidente y directo beneficiario de la empresa militar Halliburton, Dick Cheney, ni tampoco la ex secretaria de estado Condoleeza Rice, sino el informante que filtró la información que finalmente impulsaría la investigación del Senado—cobra una dimensión especial en el marco actual de la hegemonía neoliberal. El neoliberalismo, como bien lo señala Wendy Brown (2015) en su más reciente libro, no es simplemente un conjunto de políticas económicas destinadas a minimizar la intervención del estado en la economía y establecer las condiciones “ideales” para la reproducción del capital (privatización, desregulación laboral, liberalización del mercado), sino una forma de racionalidad política que busca transformar toda dimensión humana, y en particular la del espacio público de lo político, en un orden de tipo económico. Si uno define la corrupción como la subordinación de los intereses públicos a los intereses privados, el neoliberalismo es equivalente a la transformación de la corrupción en principio institucional del Estado. Y si el periodismo, en su esfuerzo por hacer públicos dichos intereses, tiene en la corrupción a su principal enemigo, se entiende porqué la enemistad entre los poderes transnacionales del capital, principalmente en referencia a la industria militar, y el periodismo, adquieren hoy un incomparable grado de intensidad.

Heroísmo, periodismo y lucha contra el gran capital están en el centro del comic que serviría como modelo para el género de los superhéroes, el famoso comic creado por Jerry Siegel y Joe Shuster en la década de 1930, Superman1. En el marco de la gran depresión económica de los Estados Unidos, y de la histórica lucha del trabajador local contra el monopolio global, no es extraño que sea Lex Luthor, el magnate billonario de la ciudad de Metropolis, el principal archi-enemigo contra el que pelea Superman, disfrazado como el periodista del Dialy Planet, Clark Kent, proveniente de una pequeña ciudad rural en el estado de Kansas. Clark Kent no es, como lo asegura Bill [David Carradine] en la película Kill Bill II de Quentin Tarantino, “la crítica de Superman a la raza humana”; Clark Kent es el disfraz que Superman utiliza para pelear con Luthor en el único espacio en el que su poder puede ser vencido, el espacio de lo público, y su arma política es justamente la del reportaje periodístico. Pero es aquí que el heroísmo también cambia de género, pues ya no le pertenece ni a Superman, ni a su alter-ego, Clark Kent, sino a la mujer de la que se enamoran ambos personajes, Lois Lane.

Esto explica el enigma que intriga a todas y todos los interpretes del comic, el mismo enigma que destaca la especificidad de Superman, pues si en algo tiene razón Bill (cuando le hace saber a su némesis, Beatrix Kiddo [Uma Thurman] su admiración por la mitología del superhéroe) es que la singularidad de este comic radica en que invierte la característica común a los demás superhéroes: en el caso de Batman, Spiderman, etc., la identidad secreta del ser humano es la identidad heroica del enmascarado—Batman es en realidad Bruce Wayne y Spiderman es en realidad Peter Parker—pero en el caso de Superman sucede todo lo contrario. Como lo dice Bill, “las gafas y el traje que Clark viste, ese es el disfraz con el que Superman se mezcla con nosotros”. ¿Cómo explicar la decisión de disfrazarse con las que se presumen debilidad y cobardía humanas?2 La interpretación que sugiero depende de ver en la debilidad de Clark su fortaleza, la oportunidad que este disfraz le ofrece a Superman para desempeñar la función pública sin la cual Superman no sería Superman, en el marco de un espacio público encogido por causa del monopolio y del patriarcado.

Superman solo puede ser Superman porque, disfrazado como el periodista Clark Kent, es capaz de identificar el evento, de localizar el daño social, de evaluar el riesgo público. Pero Kent no es, en el universo político de lo público, lo que Superman es en el universo superhumano de la justicia divina. Lois Lane es la heroína de este espacio, un espacio al que las mujeres solo tuvieron acceso jurídico en los Estados Unidos cuando se aprobó la decimonovena enmienda, el 20 de agosto de 1920, que les otorgaba el derecho al voto. Clark Kent es, en este sentido, la estrategia de Superman para acceder al punto de vista que durante siglos había estado ausente del orden de lo político, y es precisamente la híper-masculinidad de Superman, cocinada en esteroides, aquello de lo que carece Kent. El desprecio de Lois Lane por la cobardía de Kent también cobra sentido en el marco de esta decisión, pues Lane, políticamente activa, es la primera en rechazar la machista “feminización” de Superman que, una vez más, confirma en la persona de Clark Kent la perseverancia de la jerarquía que divide a los sexos según su fortaleza y su debilidad. No, Lane sabe que pertenece al mundo de Superman y se reconoce como su igual en el heroísmo de su acción pública, como periodista que, al igual que él, también persigue la justicia y la verdad. El heroísmo y la valentía no son atributos exclusivos de un sexo, sino formas de experimentar la igualdad en el universo de lo público.

Superman: Periodismo, heroísmo y extranjería

Una doble atracción vincula a Lane con Superman. En primer lugar, es Lane quien finalmente seculariza el heroísmo transcendental de la divinidad masculina, pues la historia de Superman no es otra cosa que un reencauche de la mitología judía, desde el nombre de los personajes hasta la historia del éxodo y la adopción egipcia de Moisés, así como a Superman lo adoptan los Kent de Kansas. Luego es en el personaje de Lane, en quien se realiza el heroísmo humano, demasiado humano, de la acción pública, aquel en el que resuena el imperativo político del “superhombre” Nietzscheano (2005), enunciado en Así Habló Zaratustra, el de martillar todos los ídolos para que, liberados de la deuda divina, el hombre y la mujer (cabe añadir contra Nietzsche) se conviertan en un destino, sin que dicho destino resulte subordinado al universo post-mortem de una realidad transcendental. A diferencia de todos los mortales, Lane no tiene una relación divina (la de postrarse con adoración) con la justicia que viene desde el cielo, sino una relación mundana, desde lo carnal (la del deseo). De ahí que Lane no se vuelva loca, como sucede con aquel hombre que enuncia la muerte de Dios en ese famoso aforismo Nietzscheano del cuarto libro de la Gaya Ciencia (∫∫125 El loco)3. Cuando Nietzsche vuelve al superhombre de su Zaratustra en Ecce Homo, lo describe como quien “es capaz de concebir la realidad tal y como es (…) ni alienada, ni distanciada de la realidad, sino la realidad misma, la que contiene en sí misma todo lo terrible y cuestionable de la realidad” (Nietzsche, 2006: 148). Y no es esta precisamente una descripción adecuada del periodismo que Lane ejemplariza, el de concebir la realidad tal y como es, sin alienarla ni distanciarla, sino el de hacer público todo lo que es terrible y cuestionable en ella? Y no es el revolucionario rompimiento de la mujer con la homo-socialidad de lo público precisamente la forma de superar radicalmente la época del hombre?

Pero la atracción de Lane por Superman no deriva exclusivamente de esta común pertenencia a un heroísmo finalmente divorciado de lo divino, del heroísmo político que sobrevive en la acción que transforma la experiencia de lo sensible en el espacio de lo público. También tiene que ver con su mutua condición de extranjería frente al espacio que por primera vez ocupan y que se alimenta de dicha condición para poder reinventarse ante las nuevas condiciones de un mundo cambiante. Superman es una caricatura de la historia política que recuenta la complicada asimilación judía en los Estados Unidos, durante la primera mitad del siglo XX4. Lane, símbolo de la mujer independiente que interviene en los asuntos públicos, era también una extraña en ese mundo que dos décadas antes no reconocía su voz, como Nietzsche aseguró que aún no habían oídos capaces de escuchar la palabra de Zaratustra en su propio tiempo. En este sentido, tanto Superman como Lane sirven la función política de refundar la polis al poner de presente la contingencia de su fundamento, aquella paradoja democrática que deriva de la necesidad de transformar las condiciones sociales de percepción de lo sensible desde afuera, y que Rousseau formuló por primera vez en el segundo libro del Contrato Social, “para que un pueblo naciente pueda apreciar las sanas máximas de la política y seguir las reglas fundamentales de la razón de estado, sería necesario que el efecto se convirtiera en causa, que el espíritu social que debe ser obra de la institución misma, y que los hombres fuesen ante las leyes lo que deben llegar a ser por ellas”5. Como bien lo señala Bonnie Honig (2001: 20), el milagroso legislador extranjero es la secularización Rousseauniana de un deux ex machina al que ya no se puede invocar en un mundo políticamente secularizado. No obstante, dicha solución contradice el principio político de la autonomía, lo que deriva en la frecuente violencia que sucede al servicio fundacional, en donde la presencia del legislador(a) ya no resuelve una paradoja sino que constituye una amenaza contra la homogeneidad comunitaria del orden previamente establecido: la heterosexualidad dominantemente masculina del hombre blanco y propietario en la que Kent tiene más posibilidades de mezclarse que Lane, cuya presencia resulta más difícil de acomodar y muchas mas perturbadora del orden establecido6.

El valor de la verdad política, de la verdad por la que lucha el periodismo crítico, acarrea el mismo desafío con respecto al intento del demos por efectuar el cierre comunitario ante los riesgos y las ansiedades que le produce su apertura frente al pensamiento del afuera7. El evento no existe sin el reportaje, sin esa primera articulación discursiva que lo pone en común al hacerlo público, y es en esa asignación de lo eventual, en esa complicación del límite, del hacer visible lo que era invisible, en el que se arriesga la capacidad del público por aventurarse al pensamiento diferente, al quiebre con el intento artificial por homogeneizar el demos. Es en este sentido que cabe interpretar la labor periodística de Lane, y de entenderla como una forma de traducir los poderes del superhéroe al universo de lo político: la capacidad de volar en la libertad de movimiento, la visión de rayos X en la capacidad de ver más allá de los hechos, el súper-oído en la capacidad de escuchar las voces que hablan en frecuencias imperceptibles debido a la precariedad social y política en la que habitan, la impresionante memoria fotográfica que acompaña con frecuencia el reportaje periodístico, la capacidad de soplar un aire capaz de mover astros, como el aire que se respira en el espacio público para que colapsen los conglomerados financieros, la fortaleza del cuerpo en aquella de la palabra y del uso de la razón pública.

Este es el Superman que nace un día de verano de 1937 para morir en marzo de 1938, cuando los derechos intelectuales se los apropia, de manera soterrada, la compañía DC Comics en una de las más espectaculares estafas del capital, en la que resuena el legado extractivo del colonialismo europeo (ver epígrafe), que también resuena en la reciente represión ejercida por el gobierno de Correa contra el movimiento indígena. Esta es la paradoja de Superman, la de realizar en lo simbólico aquello en lo que resulta derrotado en lo real, la pelea entre la creación libre y pública del demos contra la apropiación privada del intelecto por parte del capital. Es con Superman que los comic ingresan en la gran industria del mercado, para que el comic se quede en la fantasía, en la articulación simbólica de un deseo de libertad de prensa que, en la realidad, solo reproduce la hegemonía comercial de un monopolio mediático encargado de producir las noticias. Neutralizada la capacidad crítica del imaginario periodístico que impulsa el comic, no demorarán en cambiar las lógicas y aparecer las demás contradicciones: el comic que deviene metáfora del imperialismo norteamericano, haciendo del hombre blanco de ojos azules el salvador del mundo; el comic que deviene metáfora del racismo estadounidense, en el que los términos de la justicia y de la verdad aparecen dictados por la comunidad blanca y evangélica de Kansas, en donde las personas de color continúan jugando roles secundarios en esta historia abreviada de la discriminación racial en el sur8. Sin necesidad de mucha kriptonita, tan verde como el dinero, DC Comics terminaría por asesinar a Superman en 1993, y facilitar así su exitoso reemplazo por el hombre murciélago, para que el gran capital de las industrias Wayne, y no el periodista local y comprometido de Smallville, se pueda por fin vestir de héroe en un mundo dominado por el capital financiero y la doctrina neoliberal.


Referencias

Bonnie Honig. 2001. Democracy and the Foreigner, New Jersey: Princeton University Press.

Brannon Costello y Qiana J. Whitted. 2012. Comics and the U.S. South, Mississippi: University Press of Mississippi.

Danny Fingeroth. 2004. Superman on the Couch, new York: Continuum.

Danny Fingeroth. 2007. Disguised as Clark Kent: Jews, Comics, and the Creation of the Superhero, New York: Continuum.

Friedrich Nietzsche. 1974. The Gay Science, translated by Walter Kaufmann, New York: Vintage Books.

Friedrich Nietzsche. 2005. The Anti-Christ, Ecce Homo, Twilight of the idols. And Other Writings, edited by Aaron Ridley and Judith Norman, Cambridge: Cambridge University Press.

Hannah Arendt. 2006. “Truth and Politics”, en: Between Past and Future: Eight Exercises in Political Thought, New York: Penguin, pp. 223-259.

Harry Brod. 2012. Superman is Jewish? New York: Free Press.

Jacques Derrida. 1989 [1967]. “Cogito e historia de la locura” en: La escritura y la diferencia, Barcelona: Anthropos, pp. 47-89.

Jacques Rancière. 2012. “The Cruel Radiance of What Is (Hale County, 1936-New York, 1941)”, en: Aisthesis, Scenes From the Aesthetic Regime of Art, New York: Verso, pp. 245-262.

Jean-Jacques Rousseau. 2008. El Contrato Social, Valladolid: Maxtor.

Larry Tye. 2012. Superman: The High-Flying History of America’s Most Enduring Hero, New York: Random House.

Michel Foucault. 1997 [1972]. “Mi cuerpo, ese papel, ese fuego”, en: La Historia de la locura en la época clásica, México: Fondo de Cultura Económica, pp. 340-372.

Paul de Man. 1983. Blindness and Insight: Essays in the Rhetoric of Contemporary Criticism, Minneapolis: University of Minnesota Press.

Robert Young. 1992. “Foucault’s Phantasms”, en: White Mythologies: Writing History and the West, New York: Routledge, pp. 69-90.

Wendy Brown. 2015. Undoing the Demos, New York: Zone Books.

  1.  En adelante distingo Superman, para referirme al comic, de Superman, para referirme al personaje.
  2. La respuesta más inmediata, pero también la que neutraliza la interpretación política que aquí sugiero, reduce el problema de la doble identidad al dilema psicoanalítico del drama edípico, en donde reina el trauma infantil por la muerte del padre biológico. Se trata, en este caso, no solo del padre de Kal-El, Jor-El, sino del propio padre de Jerry Siegel, y de muchos otros igualmente responsables por la creación del comic, véase Danny Fingeroth (2004). En este sentido, la cobardía y la debilidad de Kent están funcionalmente subordinadas al heroísmo y la fortaleza de Superman, uno es la imagen invertida del otro en la esquizofrenia constitutiva del impotente sujeto moderno, con la consecuente formación sadomasoquista de su deseo, en donde el mismo individuo es admirado y rechazado por la mujer que desea en este complicado triangulo amoroso.
  3.  Y aquí cabe señalar que, en el mismo texto (aforismo ∫∫339 Vita femina), Nietzsche (1974: 271-2) asocia la vida, el principio en el que deposita todas las energías vitalistas de su filosofía anti-metafísica, con la mujer, a la que también asociará con la verdad y la justicia humanas, por las que Superman pelea—si bien es cierto que es precisamente esa asociación la que lo lleva a interpretar erróneamente la emancipación de la mujer como una manifestación del resentimiento (Nietzsche, 2006: 106).
  4.  Como bien lo ponen de presente Brod (2012) y Fingeroth (2007), Superman no es solo una historia abreviada de la difícil asimilación de los judíos a la vida estadounidense en el marco de las migraciones europeas durante la primera mitad del siglo veinte, el género del superhéroe es, en efecto, una invención de dicha comunidad.
  5. Ver el excelente análisis de esta paradoja en el segundo capítulo de Bonnie Honig (2001).
  6.  Esta paradoja, eminentemente política, es también la forma en que la filosofía deconstructiva tradujo el dilema filosófico del superhombre Nietzscheano, el del pensamiento que viene del afuera. Esta es la tesis central de Blidnness and Insight, de Paul de Man (1983), según la cual todo sistema de crítica esta estructurado a partir de su propio punto de ceguera, del modo en que lo invisible organiza lo visible. También es esta la tesis central de la famosa crítica que le hiciera Jacques Derrida a la Historia de la Locura de Michel Foucault, aquella con la que Derrida finalmente se convertiría en Derrida en ese ritual académico del parricidio intelectual. La paradoja de Foucault, de acuerdo con Derrida, consiste en hacer una historia de la locura que, no obstante, reconoce la inscripción del concepto de historia en el universo de la racionalidad, un universo que se constituye precisamente a partir de la exclusión de la locura de su dominio. La consecuencia lógica de semejante tesis, para Derrida, era la de interrogar, en primer lugar, el propio concepto de historia. Ver la crítica de Derrida (1989), la respuesta de Foucault (1972), y el análisis de la disputa por Young (1992: 71-72).
  7. El ensayo de Hannah Arendt (2006) sobre la relación entre la verdad y la política sigue siendo fundamental, a propósito de la importancia del periodismo en su lucha contra la corrupción, y en su capacidad de preservar el espacio público. El capítulo de Jacques Rancière (2012) sobre la estética del periodismo de James Agee y su relación con la política, en tanto forma de reorganizar lo sensible bajo el principio democrático de la igualdad, es igualmente central para entender este periodo histórico.
  8. Para un análisis de la relación entre el género de los comics y la representación racial en el sur de los Estados Unidos, véase Costello y Whitted (2012).