Andrea Mejía

* Andrea Mejía

Investigadora con estudios en literatura y maestría en Filosofía en la Universidad de Los Andes. Doctora en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia con la tesis titulada Auctoritas, non veritas Schmitt, Kelsen y Strauss, lectores de Hobbes. Sus intereses de investigación se enmarcan dentro de la filosofía política y del derecho

No hay nada que se parezca más a los nombres de la nada que lo que Philip Roth llama en alguna parte “el cántico monótono de los adoctrinados”. Empezamos a ponerle nombres a las cosas y el campo de las cosas nombradas se empieza a estrechar bajo el mismo lente con el que vemos todo. Incluso lo nuevo. Incluso lo desconocido. Incluso el arte. Desaparece en tanto nuevo y desconocido y aparece como un “ya sabía yo”, “yo se los dije” (y sí, por qué no, nos citamos a nosotros mismos para confirmar lo ya corroborado). Lo nuevo y extraño aparece como algo que recuerda a lo viejo, como algo que ilustra y ejemplifica un lema.

Nos empezamos a rodear, no de cosas y personas reales, sino de símbolos. Símbolos cuidadosamente exhibidos de nuestras convicciones políticas, antes ya cuidadosamente exhibidas; símbolos exhibidos de nuestra moral exhibida. Símbolos de nuestros principios epistémicos, de nuestros credos estéticos. Pero ahí no acaba. Luego le ponemos nombres a los símbolos que ya no son cosas y nombres a esos nombres de nombres. Y todos nos entendemos. En congresos repetimos y oímos sin pestañear esos nombres de nombres de nombres. Hacemos parte de un club de léxicos compartidos. No nos damos cuenta hasta qué punto nos hemos tecnificado, especializado, compartimentalizado, alienado. No soportamos la extraña experiencia de no tener nada que decir, de no entender del todo o de simplemente no entender nada. Tener que decir, tener que culpar, tener que dejar siempre claro de qué lado estamos, tener que arrollar la más pequeña posibilidad de interrupción del juicio. Preferimos los dominios ya hechos, las marcas intelectuales de referencia, los valores seguros. Entendemos ya todo siempre. Incluso antes de que pase. Adoramos los principios, despreciamos los hechos.

Sin duda exagero y mezclo peras con manzanas. La academia y la ideología son separables en principio (no sé si de hecho). Y cada una por su lado puede a veces -¡a veces!- no estar tan mal. Al menos la academia no está tan del todo mal como martillea una cierta doctrina antiacadémica que ronda siempre por ahí con menor o mayor intensidad y a la que yo misma me adhiero con alguna frecuencia. Hay un montón de trabajo vivo y honesto que se puede hacer ahí adentro. Aquí adentro. Y es además una forma de ganarse la vida, como otras. Lo que es fatal es la mezcla. Quizá no la más temible, pero sí la más aburrida forma de ideología es la que ha pasado por el barniz de la academia. Y hay algo aún peor: ideologías que han nacido y crecido en la academia, bajo el arrullo de citas y notas al pie, y que jamás han cruzado los muros de la universidad. Y mejor que ni lo hagan.

Sólo espero que no sea únicamente esto lo que estamos reproduciendo en nuestras universidades, entre nuestros colegas y estudiantes, en los medios, incluso en los más “críticos”, sobre todo en los más “críticos”. Ojalá no perdamos del todo el poder y a la vez la infinita modestia que hay que cultivar para cuidar de las cosas que quedan fuera del cerco de la ideología. Porque la crítica no está, o no debería estar, tan cerca de la certeza como suele aparecérsenos. La ideología nos exonera de la duda. De la incertidumbre. Y la incertidumbre no es terrible ni heroica -no vayamos ahora a creer que de lo que se trata es de aparecer como nobles mártires inmolados en la causa del escepticismo. Bien entendido, el escepticismo nunca puede ser una causa, ni aliado o cómplice de ideología alguna. Y por lo general -aunque no siempre, es cierto- la incertidumbre es más bien un espacio de libertad, no de dolor.

Sabemos, como sabemos muchas cosas, que este es un tiempo sin ideologías. Pero quién sabe. La ideología tiene mil formas, pequeñas, desmembradas, más o menos grupales, más o menos pasajeras. Todas sin embargo tienen algo en común: nos llevan a sacralizar alguna cosa, algún símbolo, algún nombre de la nada. Todos sin duda pagamos nuestro tributo obligado y estamos enredados en presupuestos ideológicos, que precisamente por ser propios son los más extraños para nosotros en tanto ideológicos. Nadie puede saltar su propia sombra y no hay que disculparse por ello. Pero además de ese residuo inevitable hay algo más: un sentimiento positivo de acatamiento a ciertas ideologías académicas a las que pareciéramos querer arrojarnos con los ojos bien abiertos. También al liberalismo, la ideología académica por excelencia, la ideología de la no ideología. Pero hoy el liberalismo no goza de mucho prestigio y sus coros se han silenciado. Lo que lo hace menos fastidioso.

Tal vez lo que digo sea un juicio y seguramente está muy lejos de ser crítico. No crea ni destruye. Tal vez ni siquiera sea un juicio, sólo la vaga articulación de un sentimiento. También de una esperanza. Y bueno, es más bien como un chiste, porque, de alguna forma, yo misma termino dando nombres a la nada.