Emilse Galvis

* Emilse Galvis

Estudiante del Doctorado en Filosofía de la Universidad de los Andes, Magíster en filosofía de la misma universidad y Licenciada en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital F.J.C. Sus intereses académicos son: Filosofía política contemporánea, Escritura y Política y nuevas formas de Subjetivación Política a partir de autores como Michel Foucault, Jacques Rancière y Simone Weil. Integrante del grupo de investigación Poder, Subjetividad y Lenguaje de la Universidad de los Andes y del proyecto Ecos-Nord “Comprender la subjetivación política hoy: experiencias y conceptualizaciones” en convenio con París Diderot 7

“Pues si queréis la guerra, pagadla, sí, con vuestra propia piel” (S.Weil1 )

Cada vez que en Colombia emerge una nueva coyuntura como la que vivimos en estos días con Venezuela, o cada vez que avanzan las negociaciones de paz, sale a la luz el enorme poder de los medios de comunicación en la construcción o destrucción de la paz. Sin embargo, allí, en su exposición y circulación, en su aparecer y rehuir, también florecen formas otras de reconfiguración de ese poder y modos inimaginados de resistir.

¿Cómo pensar el poder de la opinión pública y cómo pensar el estallido y florecer de formas otras de sentir? En “Violencia de Estado, guerra, resistencia” Judith Butler plantea una doble discusión sobre el poder de la opinión pública en lo que hoy, y haciendo referencia a la coyuntura actual en Colombia, podemos llamar una paradoja entre la construcción de la paz y la guerra que despliegan y modulan los medios de “comunicación”. Por un lado, la autora sugiere una relación entre la guerra y las culturas visuales en lo que llama la materialidad de los marcos visuales o, dicho de otro modo, la manera como los medios de comunicación manifiestan ya en su presentación una cierta realidad de la guerra; y por el otro, Butler sugiere el estallido de sentido de esta materialidad, una forma de transformación o un ejercicio crítico y potencialmente re-configurador en el que es posible re-pensar la guerra que se instala en las cámaras para de allí generar nuevos vocabularios, nuevos lenguajes, nuevas acciones y formas otras de sentir y percibir la paz, por ejemplo.

Lo anterior quiere decir que cuando pensamos en los medios de comunicación como instrumentos materiales de guerra, entonces suponemos que ellos no hacen la guerra porque todos sabemos que la realidad de la guerra es aquella que viven las personas y no las imágenes o las noticias. En este sentido, en Colombia sabemos que la guerra y la violencia se vive en las formas de vida y en los cuerpos sufridos y sentidos de las víctimas y de todos aquellos que habitan la guerra y los rastros, las huellas y las sombras del dolor en la cotidianidad. Sin embargo, ¿qué ocurre si pensamos que ese marco de realidad que se nos presenta como una representación de la guerra se considera también como parte de la materialidad de la guerra o qué pasa si decimos que “las cámaras y sus imágenes son parte de esa materialidad extendida”? El asunto es entonces reconocer que hay una materialidad vivida de la guerra, una guerra sufrida que ha dejado cicatrices en los cuerpos y destellos de dolor en las miradas, aquella realidad que viven las víctimas del conflicto, el paramilitarismo, el desplazamiento forzado etc; pero a esta realidad a su vez se agrega una materialidad que hace parte del marco de la guerra y de su modo de presentación: imágenes, noticias, voces, opiniones y que se refiere a manera específica en la que los marcos de guerra modulan los modos de sentir la guerra, los modos de opinar sobre ella y la manera como tales modos de sentir se multiplican y diversifican.

Ante esto último, por ejemplo, cuando vemos una imagen, una noticia de guerra o escuchamos una opinión y nos identificamos de cierta manera con ella, estamos convirtiéndonos ya en instrumentos de guerra, somos ahora objetos de guerra que reproducimos una forma sensible de la experiencia o una forma de habitar fijada y completamente condicionada de concebir la realidad. Un ejemplo sencillo para dar cuenta de esta materialidad de la guerra que se instala en los medios de comunicación y para reconocer que esta materialidad es todo menos neutral, menos pasiva y que por el contrario es fuertemente peligrosa y violenta es el término uribista de “castro-chavismo”. Adherirse a la interpretación de este término, compartirlo, estar de acuerdo con él es ya una forma material de la guerra según la cual mis acciones, mis modos de sentir, mis formas de habitar la realidad son ya de cierta manera similares a aquellos modos de percibir de aquellos que lo “proclaman”. Esto quiere decir que además de identificarnos con algún suceso de guerra o con una noticia u opinión, lo que hacemos es “construir cierta realidad mediante nuestro propio acto de recepción pasiva, ya que se nos solicita que aceptemos cierto marco de la realidad, tanto por lo que hace a su constricción como a su interpretación”. El punto preciso de Butler es que cuando los medios de comunicación se adhieren directamente a un término como “castro-chavismo” o para parecer neutrales lo llaman la “dictadura venezolana” están ya aceptando el marco de la guerra en el que emerge este término, el uribismo. En este sentido, el peligro en términos de la opinión pública consiste en que al aceptar y compartir el contenido de un término como “castro-chavismo”, los medios de comunicación o los marcos visuales, pero también aquellos que lo comparten, no aceptan una mera opinión sino que se adhieren ya a un marco de realidad que se configura alrededor de este término. En este sentido, así no lo acepten, lo llamen de otras múltiples maneras y utilicen todo tipo de adjetivos y sinónimos, aquellos medios de comunicación que se adhieren al contenido y la materialidad de un término como “castro-chavismo” son ya de cierta manera enemigos de la paz.

La opinión pública no se constituye entonces en una mera reproducción de ideas pues de lo que se trata es de la materialidad de la guerra: una dimensión visual y narrativa que se ejerce en nuestros modos sensoriales de habitar la realidad. Sin embargo, lo que resulta más interesante de este análisis es que en los medios de comunicación y en las cámaras “el marco está siempre excluyendo algo, siempre dejando algo fuera, siempre des-realizando y deslegitimando versiones alternativas de la realidad. Y así cuando el marco arroja cierta versión de la guerra al reino de la no-realidad, ya sea en forma de espectros que persiguen a la versión ratificada de la realidad o en forma de realidades perdidas que no dejan huella, los marcos están activamente comprometidos en redoblar la destrucción de la guerra”2.

El marco de la guerra en su mecanismo de inclusión y exclusión, en la selección y en la configuración sensible de aquello que contará como realidad, siempre excluye algo en su forma de enunciación, ya sea como dice Butler en forma de espectros, como realidades perdidas o en forma de resquicios y brechas de sentido que permiten la apertura de escenarios políticos potenciales y capaces de estallar el marco de guerra. Es decir que el marco de la guerra, si se entiende como una forma de experiencia sensible, es siempre móvil y aunque haga parte de una política de guerra, ese mismo marco todavía opera de acuerdo con temporalidades fugitivas e inesperadas de la misma imagen. Esta última temporalidad fugitiva, espectral que hace parte del marco de guerra dominante es a mi modo de ver la que permitiría abrir los resquicios de sentido en la opinión pública, esto es la manera como se re-dobla y reconfigura aquello que aparece como la realidad y el estallido que supone movilizar y agenciar los afectos para contaminar siempre la circulación de la imagen dada ahora con formas potenciales de construcción de la paz.

Construir la paz en un marco de opinión pública es, en suma, una apuesta por re-doblar esa forma de la guerra para estallar su propia materialidad con expresiones, gestos, palabras y cuerpos en los que circulen nuevos modos de sentir. Así la circulación que aparece como dada produce efectos otros que muchas veces se vuelven en contra de aquellos que creían tenerla controlada. Esta forma de re-doblar la materialidad de la guerra y esta reanimación de afectos daría apertura a múltiples resquicios de sentido en la opinión pública que se juegan y movilizan hoy en distintas formas de construcción de la paz. Así, los espectros, los resquicios, las brechas de sentido de esa realidad que aparece como dada permitirían estallar, irrumpir, crear y re-configurar el significado de la vida en común desde esa propia materialidad. En la coyuntura actual de Colombia esto significa dar apertura a una construcción de paz ligada a los movimientos sociales pero también a distintas formas de escritura, de arte, de expresión y exposición de formas otras de asumir la violencia, el olvido, el dolor que transitan en el país. Tal apertura de sentido significa también abrir la puerta a la re-configuración de un escenario en el que es posible imaginar y sentir de otras múltiples maneras esta realidad que aparece como dada, es la expresión y movilización de afectos, prácticas, y experiencias violentamente re-configuradoras que ponen en escena modos otros e inimaginados de habitar los espacios y los tiempos por los que hemos transitado. Es la participación activa de los movimientos sociales en la construcción de la paz y es el lugar de la sociedad civil en los trazos de una historia que piensa la transformación y que introduce formas otras de experimentación de la paz que se oponen a la materialidad desproporcionada de aquellos que defienden la guerra y nada más que la guerra.

  1.  Weil, S. Cudadernos. Trotta. 2011.
  2.  Butler, J. Violencia de Estado, Guerra, Resistencia. Por una nueva política de la izquierda. Katz Editores. Centro de cultura contemporánea de Barcelona. 2011, p.13 Weil, S. Cudadernos. Trotta. 2011.