Edgar Ricardo Naranjo

* Edgar Ricardo Naranjo

Maestrante del programa de Antropología Social en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) estado de Chiapas, México. Politólogo de la Universidad del Rosario. Ha trabajado como asistente de investigación en el marco del proyecto “Escuela Intercultural de Diplomacia Indígena” en el que participó como tallerista en la ciudad de Valledupar y las comunidades de Besotes y Guatapurí en la Sierra Nevada de Santa Marta. También posee conocimientos de los siguientes temas: Movimiento obrero y movimiento indígena en Colombia, Derechos Humanos, Conflicto armado, Desplazamiento forzado, Movilización legal y litigio estratégico. A su vez ha utilizado las herramientas teóricas del análisis del discurso propuesto por Ernesto Laclau para comprender los campos discursivos de los movimientos sociales. Actualmente se encuentra trabajando aspectos relacionados con la ocupación y el despojo de territorios indígenas.

Leyendo con atención e interpretando las letras de una de las obras más reconocidas del escritor británico George Orwell, 1984, logré sumergirme en el mundo de Winston Smith, el personaje principal de este fatídico relato, en el que se vislumbran las estructuras de poder de un aparato estatal  que aparentemente no tenía una forma material, pero que se inmiscuía en la vida cotidiana de todos los habitantes.

Avanzando con el relato y persiguiendo la repugnancia que iba creciendo en Smith hacia el régimen y sus respectivas instituciones (el ministerio de la verdad, el ministerio de la paz y el ministerio del amor) me fui acercando lentamente hacia el momento de su detención, el ojo que todo lo ve, el ojo del gran hermano lo había descubierto pronunciado injurias contra el Estado y contra su régimen de verdad. Había sido sorprendido en “flagrancia”, palabra contundente y legítima inscrita en el lenguaje de la institucionalidad. Su captor, el buen funcionario O´Brien, en el proceso normal de las torturas y agresiones psicológicas, le hacía saber con golpes y palabras el tremendo crimen que había cometido:

No te figures que vas a salvarte, Winston, aunque te rindas a nosotros por completo. Jamás se salva nadie que se haya desviado alguna vez. Y aunque decidiéramos dejarte vivir el resto de tu vida natural, nunca te escaparas de nosotros. Lo que está ocurriendo aquí es para siempre. Te aplastaremos hasta tal punto que no podrás recobrar tu antigua forma. Te sucederán cosas de las que no te recobrarás aunque vivas mil años. Nunca podrás experimentar de nuevo un sentimiento humano. Todo habrá muerto en tu interior. Nunca más serás capaz de amar, de amistad, de disfrutar de la vida, de reírte, de sentir curiosidad por algo, de tener valor, de ser un hombre íntegro…Estarás hueco. Te vaciaremos y te rellenaremos de…nosotros (Orwell, 1979: 250).

Pero qué sorpresa, pensé, alejándome de una discusión metafísica sobre el Estado, distanciándome de una reflexión teórica acerca de la estructura del mismo, las palabras que O´Brien dirigía hacia un Winston Smith vencido, no se alejaban de la realidad. Cuantas veces no nos hemos sentido impotentes, frustrados ante esa presencia material y simbólica de cualquier Estado, ese que se siente, que se respira, ese mismo que nos atormenta, que nos infunde miedo y que se incrusta en nuestro cuerpo hasta los confines de lo imaginario.

Nuestra mente, nuestros pensamientos comienzan a ser conquistados. El lenguaje y sus palabras le van dando sentido a un sistema político, social, cultural y económico que diferenciando los contextos y regímenes construye realidades, situaciones y conceptos. Desde donde lo observemos, en el país en el que nos encontremos ya podremos saber quiénes son los(as) malos(as), los(as) pobres, los(as) vulnerables, los(as) salvajes, los(as) criminales, los(as) terroristas. ¿Quienes son ellos(as)? Reiterativamente nos lo hacen preguntar, los(as) identifican, los(as) presentan, los(as) señalan, los(as) asesinan y los(as) condenan a morir en las cárceles. Cabría preguntarnos entonces quiénes son los(as) que inventan, nombran e imponen categorías y conceptos, claramente muy bien fundamentados desde la verborrea del lenguaje policíaco y jurídico. Por qué no atrevernos a señalarlos(as), a identificarlos(as) y a difamarlos(as), a nombrarlos(as) y llamarlos(as) terroristas, así como lo podríamos escuchar en las estrofas del grupo de hip hop chileno SubVerso:

Sería terrorista si fuera capitalista y orquestara toda, esta mafia judicial que me beneficia. Con testigos pagados, fiscales coimeados, tribunales, militares, cargos inventados y juicios abreviados. Sería terrorista, y mucho peor que Al-Qaeda, si fuera la segada prensa que una sola versión entrega, Demonizando al que lucha, con la capucha o sin ella, por el simple hecho de defender derechos que el rico nos niega. Terrorista es quien aterroriza al pueblo y ellos, desde el estado capital, son los expertos.

Es ahora cuando podríamos atrevernos a pensar lo que nos hace sentir el Estado que camina, que funciona y se nos presenta en un espacio determinado, una persona, un discurso, una noticia, una agresión. Ya no lo leemos, lo vivimos y con gran intensidad. En mi caso tuve que encontrarme con esa situación cuando salí de Colombia rumbo a México. De un momento a otro dejaba de ser colombiano para pasar a ser un “extranjero”. En el aeropuerto de Ciudad de México leía con atención los numerales de la tarjeta migratoria y de repente encontré algo que me dio la bienvenida: “ningún extranjero podrá inmiscuirse en actividades políticas, de lo contario podrá ser deportado”.

Pasaba el tiempo y podía observar cómo las grandes cadenas televisivas (Televisa, Tv azteca) producían información para promocionar la excelente gestión del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, las últimas noticias de la farándula mexicana y las gestas deportivas de los(as) mexicanos(as) en el mundo. De repente mi universo se sumergió en una sola realidad, la de México, allende las fronteras no había más que pensar porque todo podría ocurrir en el territorio nacional mexicano.

Me olvidé de los mensajes y los señalamientos que día tras día podía escuchar y ver en los noticieros colombianos, en México también nombraban-identificaban a los(as) pobres, a los(as) desadaptados(as), a los anarquistas (as), a los(as) salvajes, a aquellos(as) que desestabilizaban con su forma de pensar y actuar un régimen de gobierno hijo de la “Revolución” mexicana. Esos(as) otros(as) también habían sido perseguidos(as), asesinados(as), recluidos(as), como fue el caso de la masacre de 1968 en donde el ejército mexicano asesinó a un centenar de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. Mientras en el 2014 se conmemoraba este hecho que marcó la historia de México, se conoció la desaparición de 43 normalistas rurales de Ayotzinapa en el estado de Guerrero.

De repente la noticia invadió el espacio de opinión en México, mientras los familiares buscaban con desesperación a los desparecidos, en los programas de televisión se diversificaban las preguntas, ¿y por qué desaparecieron? ¿Será porque se metieron con el narco? Es que esa escuela tiene antecedentes rebeldes… Pasaban los días y mientras Peña Nieto se comprometía a develar los antecedentes de la desaparición, las noticias iban cambiando, se iban transformando, hasta que se encontró la primera fosa común. La promesa de encontrar con vida a los normalistas se convirtió en eso, un discurso. Miles de hipótesis invadieron el espectro de opinión hasta que la muerte del comediante mexicano “Chespirito” acabó con la difusión de la noticia; ya fue suficiente, ahora vamos a ponerlos(as) a pensar y reflexionar sobre otra noticia, vámonos con la captura del “Chapo Guzmán”.

De vuelta a Colombia, el estadio de difusión política de la gestión y el buen funcionamiento del Estado mexicano, se infló tanto que como una burbuja estalló y si bien me salpicó la ropa, no volví a sentir el peso de ese aparato de gobierno que días tras día me hacía sentir extranjero. Una vez más la estridencia de los titulares noticiosos nacionales me transportaban a la realidad en donde había nacido y crecido. Nuevamente a escuchar el discurso de la inseguridad y ahora del proceso de paz, hasta que de repente las alarmas de las noticias de última hora presentaban el informe de la explosión de unas bombas en dos sedes del Fondo de Pensiones y Cesantías Porvenir en la ciudad de Bogotá. El general de la policía, valiente y decisivo prometía dar con los responsables, los ojos del gran hermano debían estar bien abiertos.

En medio del debate y conmoción nacional, un día normal como todos en “locombia”, la policía presentó a los(as) “responsables” de los atentados. De los(as) 16 jóvenes(as) presentados quedaron 13; las noticias recogiendo las palabras del General de la Policía confirmaban la captura, pero pasaban los días y nadie podía demostrar la culpabilidad de los(as) jóvenes(as) frente al hecho por el cual fueron presentados ante la opinión pública. ¿Qué pasó entonces? El hecho terrorista pasó a un segundo plano, ahora los(as) detenidos(as) hacían parte de las células urbanas del Ejército de Liberación Nacional (ELN). ¿Y qué paso después? Pues que tampoco se reunieron las pruebas para comprobar esta aseveración y entonces? Los(as) 13 representaban un peligro para la sociedad ya que habían participado en un tropel en la Universidad Nacional de Colombia y habían herido a un puñado de policías del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD), utilizando explosivos y todo lo demás. Tremendo lío que se desató, “¡a demostrar eficiencia estatal se dijo!”. La maquinaria del ministerio de Guerra (policía, fiscalía) como en el cuento de Orwell aceleró su funcionamiento y en el nombre de la estabilidad social enviaron a la cárcel a los(as) 13 presuntos responsables. ¿De qué delito? Hasta ahora nadie lo sabe. ¡El gran hermano te vigila pero también te castiga!

Este peligroso suceso me hizo rememorar algún episodio de la historia del movimiento social colombiano, en donde tampoco nadie sabía por qué el líder indígena Manuel Quintín Lame entraba y salía de la cárcel por representar un peligro para la sociedad. ¿Cuál sociedad? La distinguida élite caucana que lo llamaba “el gato montés”, el salvaje que no era bueno porque quería apoderarse de sus tierras. Ahora me pregunto, ¿por qué los(as) 13 detenidos representan un peligro para la sociedad? Este es el Estado que no se lee sino que se respira y se vive, el que señala, etiqueta y define la verdad, una veracidad aparente de justicia que no es más que el disfraz de esa política de élite convertida en discurso que ha marcado el destino del país: “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”.


Referencias

Orwell, George. (1979). 1984, Ediciones Destino: Barcelona.

Subverso. Terroristas. https://www.youtube.com/watch?v=6K_ZD-Kst9I