José David Copete

* José David Copete

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, candidato a Magíster en Políticas Públicas de la misma universidad. Ha trabajado investigaciones relacionadas, principalmente, con política social y participación política juvenil. Es integrante del Grupo Interdisciplinario de Estudios Sociales y Políticos THESEUS. Actualmente se desempeña como docente universitario en la Universidad el Bosque y la Universidad Nacional de Colombia

En las últimas semanas hemos asistido a situaciones complejas que permiten avizorar una profunda crisis humanitaria que no conoce fronteras y se expresa de múltiples formas. Las afujías y penurias de millones de seres humanos se nos muestran mediante violentas imágenes en las que crueldad e irracionalidad se funden. Si bien las imágenes son contundentes, no nos permiten asir la problemática y el trasfondo de tan conmovedores episodios, solo nos permiten ver la magnitud de la desgracia.

Tal imposibilidad de asir el contexto y poder discernir las dinámicas sociales y políticas que dan lugar a la debacle hace imposible identificar cuál es el problema a solucionar, diluyendo la violencia constitutiva de tales eventos desafortunados. Así, la consciente descontextualización propagada por los medios masivos hegemónicos privilegia un abordaje inmediatista de la violencia, acotando la problemática a los casos particulares para, a partir de allí, generar enemigos públicos.

En esta columna se plantea la necesidad de asir las violencias más allá de la imagen particular, poniendo de presente la violencia estructural que se oculta en los planteamientos y análisis de los medios masivos.

Las violencias y su impacto

La oleada de episodios trágicos que nutren los informativos y que pulula en las redes sociales pone de presente distintos tipos de violencia. En esta columna se plantea la necesidad de, conforme con un planteamiento de Slavoj Zizek, distinguir entre la violencia subjetiva y la objetiva.

Por un lado, la violencia subjetiva es “ejercida por los agentes sociales, por los individuos malvados, por los aparatos represivos y las multitudes fanáticas: la violencia subjetiva es, simplemente, la más visible1. Este tipo de violencia es perceptible a primera vista y se ha convertido en un elemento central a la hora de juzgar un episodio particular. Ello, a la vez que se dejan de lado las condiciones y dinámicas sociales y políticas ligadas al hecho concreto.

Por otro lado, tenemos la violencia objetiva, que es aquella “violencia sistémica fundamental del capitalismo, mucho más extraña que cualquier violencia directa socioideológica precapitalista: esta violencia ya no es atribuible a los individuos y a sus “malvadas” intenciones, sino que es puramente “objetiva”, sistémica, anónima2. Esta violencia es casi imperceptible y, por supuesto, los medios masivos hegemónicos no tienen el más mínimo interés de dar cuenta de ella.

Diferenciar estos dos tipos de violencia es central, pues la “fascinación” que se ha generado por la violencia subjetiva se corresponde con el ocultamiento de la violencia objetiva que opera cotidianamente en nuestras sociedades. Siempre se rastrea y personaliza la violencia, diluyendo los fuertes y evidentes vínculos de las expresiones violentas con las dinámicas sociales, políticas y económicas en las cuales las mismas tienen lugar. Esta es una tendencia global que se inserta en la generación de enemigos públicos.

Los violentos

Paradójicamente, en un mundo en el cual las tecnologías hacen posible acceder a mucha información con una agilidad impresionante, cada vez es más difícil saber lo que pasa. Si bien la oferta informativa ha crecido en las últimas décadas, la precariedad de los contenidos y las constantes tergiversaciones impiden tener una mirada holística y estructural de las múltiples y complejas problemáticas que se re-producen en la actualidad. Ello hace que la violencia inherente a los episodios críticos de la sociedad se diluya o termine siendo descontextualizada y sirviendo de materia prima para la construcción de enemigos públicos que, de suyo, son los violentos.

Esto deriva en que, en el marco de la lucha ideológica, se privilegie el abordaje de la violencia subjetiva. Tal prelación se entrecruza con un ejercicio en el que los medios hegemónicos o evaden el papel de actores ligados al hecho concreto, pero que no aparecen visibles, o construyen enemigos públicos con base en el caso particular.

En el primero de los casos, ocultando las dinámicas sociales y políticas que están ligadas al caso particular, se muestra la tragedia como algo inexplicable y que se le puede indilgar a la decadencia de nuestra sociedad en abstracto. La trágica muerte del niño Aylan Kurdi en una playa turca termina siendo mostrada como una impactante imagen individual y aislada. Las razones por las cuales Aylan y cientos de miles de sirios tienen que huir de la dura guerra que se libra en Siria no se divulgan. Poco y nada importa la suerte de millones de personas que no salen en la foto. Se da lugar a una lógica morbosa y superficial que resalta la tragedia particular de un niño y una familia, a la vez que se obvia la trágica suerte de un pueblo entero.

Además, se deja de mostrar quién está detrás de la tragedia, por qué se produce la misma. No sorprende, entonces, que la petición a los europeos de “solo paren la guerra” -pronunciada por un niño sirio- no haya sido tan difundida como la impactante foto de Aylan. Esta petición de un niño, que se ve abocado a vivir en medio de la guerra, permite asir esa parte que los medios masivos ven, que saben y que no están interesados en abordar: los múltiples intereses ligados a la guerra en Siria.

Es allí donde hay que recalcar la importancia del punto de vista condensado en la denominada violencia objetiva. No se puede ver la guerra en Siria sin ver las lógicas propias de la acumulación capitalista. En contravía de la mirada hegemónica, es necesario dilucidar cuál es la responsabilidad de las grandes potencias en la cruenta guerra que se libra en Siria, también se debe dar cuenta de los vínculos entre los Estados Unidos y el Estado Islámico y, entre otras cosas, se deben clarificar los nexos entre la muerte de la población siria y la pugna geopolítica que se viene desarrollando en Medio Oriente. Esa parte de la foto, que señala a la dinámica propia del capitalismo, debe verse si se quiere parar el trágico escenario político, social y cultural de Siria y Medio Oriente.

En segundo lugar, es necesario dirigir la mirada hacia nuestro país. En las últimas semanas se ha exacerbado el patrioterismo absurdo que ha venido haciendo carrera en los albores del siglo XXI en nuestro país. El tratamiento mediático que se le dio a los desalojos efectuados por el gobierno venezolano en la frontera evidenció una manipulación en la que se exacerbó la violencia subjetiva del desalojo, sin dar cuenta de las lógicas estructurales ligadas al mismo. A diferencia del caso de Aylan, donde el responsable de la violencia no era perceptible, en este episodio lo más fácil fue avivar el patriotismo barato en contra del gobierno venezolano. Lo que se hizo durante varios años con Hugo Chávez y que se ha continuado con Nicolás Maduro se exacerbó con el problema fronterizo: el enemigo número uno de los colombianos es el gobierno venezolano.

Es claro que la violencia subjetiva ligada a los desalojos hace parte del problema, pero también lo es que un país en ejercicio de soberanía puede deportar a ciudadanos indocumentados. Es necesario clarificar el procedimiento de la deportación de los ciudadanos colombianos, velando por la salvaguarda de los Derechos Humanos de las personas deportadas. Ello no se puede perder de vista, pero los medios estructuraron el problema con base en el drama de los deportados y dejaron de lado cuestiones centrales para entender el problema de fondo. En esta columna se plantearán dos.

En primer lugar, los medios masivos en Colombia son reticentes a la hora de afrontar la centralidad de la problemática de la tierra en Colombia. Entonces, se deja de lado que la tierra que ocupaban los millones de colombianos desterrados, que han tenido que rehacer sus vidas en las periferias urbanas o se han ido del país, aún existe y está en manos de unos cuantos propietarios. La violencia del desalojo es tenue cuando, desde la perspectiva de la violencia objetiva, vemos las cifras del Censo Nacional Agropecuario.

La gente se va, pero la tierra sigue y tiene nuevos propietarios. Como resalta el tiempo: “la investigación halló que el 69,9 por ciento tiene menos de 5 hectáreas y ocupan solo el 5 por ciento del área censada, mientras que terrenos de más de 500 hectáreas están en manos del 0,4 de los propietarios y representa el 41,1 por ciento de las 113 millones hectáreas censadas3. Esa violencia manifiesta ligada a la concentración de la tierra y que se materializa en millones de campesinos desterrados y empobrecidos es constitutiva de la tragedia colombiana que los medios masivos ocultan y que es central abordar si se quiere realmente construir una Colombia en paz. Si no tiene lugar una reforma agraria en serio, la paz dejará de ser una posibilidad para ser una quimera.

En el panorama pareciera que a nadie se puede culpar por la suerte de tanto campesino despojado y miserable que termina en Venezuela, Bogotá, Medellín o cualquier otro sitio ganándose la vida en medio de penas y afujías cotidianas. Pero cuando se ve la clara dinámica extractivista y la marcada reprimarización de la economía, se entiende que la tierra despojada a sangre y fuego sirve a la acumulación capitalista. Esas tierras acaparadas están siendo productivas, así sea como engorde, para los grandes capitales nacionales o extranjeros. Además, el discurso que plantea la inexistencia de los paramilitares colombianos es falaz y deja de lado las problemáticas que conlleva para la población venezolana4.

El segundo elemento está relacionado con el crecimiento de colectividades políticas que se ubican a la extrema derecha del espectro político -aun cuando nieguen su ideología y se enuncien en el centro. Para estas colectividades la paz como reconocimiento de la alteridad no es posible, pues la única vía es la eliminación física del otro. De allí que no sorprenda la cavernícola posición respecto de procesos como los diálogos de La Habana. De la mano de la creciente eficacia de la acumulación capitalista se ha venido consolidando una ideología que, con base en la lógica amigo-enemigo, ha dado lugar a una violencia tanto subjetiva como objetiva que no es señalada y, muy por el contrario, cuenta con millones de adeptos en la sociedad colombiana.

Ello no es de poca monta y hace válido hoy un postulado que planteara Hobsbawm en torno a colectividades que emergían a finales del siglo XX: “es necesario explicar esa combinación de valores conservadores, de técnicas de democracia de masas y de una ideología innovadora de violencia irracional, centrada fundamentalmente en el nacionalismo” (Hobsbawm). La actualidad del país hace necesario que nos demos a la tarea de descifrar las lógicas de funcionamiento de estas expresiones autoritarias apoltronadas en los escenarios institucionales y con mucha legitimidad en la opinión pública y en la cotidianeidad colombiana.

Finalmente, cuando se analiza el problema de los deportados es necesario tener en cuenta que en Colombia se está atacando, matando y desterrando al campesinado para que la acumulación se concrete de la manera más eficiente posible. Además, que los grupos armados que más masacres han perpetrado en la historia colombiana siguen la estela de quienes hoy fungen de protectores de los desterrados. Los mismos que crearon un proyecto militar, político, social y económico que ha desterrado a millones y que ha sido vital para impedir el ejercicio de la política democrática en Colombia.

  1. ZIZEK, S. (2013) Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona: Paidós. p. 22.
  2. ZIZEK, S. (2013) Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona: Paidós. p. 23.
  3. Ver http://www.eltiempo.com/economia/sectores/censo-nacional-agropecuario-resultados-dane/16219895
  4.  Ver http://www.elespectador.com/impreso/judicial/articuloimpreso113625-aguilas-negras-volaron-venezuela