Definir lo que ocurre en Siria parce ser en sí mismo un motivo de desacuerdo. ¿Acaso es una revolución? ¿Un movimiento contestatario? ¿Una crisis sectaria? ¿Una crisis armada? ¿Una guerra civil? Cada análisis político adopta uno de estos conceptos en aras de defender un argumento o un compromiso.

Millones de personas están en éxodo1, dejando un país devastado por los bombardeos empedernidos de un régimen agonizante, pero escrupulosamente respaldado por sus aliados. Mientras la solidaridad internacional es insuficiente y la consciencia universal está apagada.

A inicios de la revolución Siria en marzo de 2011, cuando el régimen mataba a los manifestantes con metralletas, parecía obvio constatar que el sólo hecho de mencionar una cifra con dos ceros alcanzaba para asustar la opinión pública. Obviamente, conociendo la naturaleza del sistema político sirio y su combinación compleja y opaca, los especialistas no dudaban por un instante que las atrocidades iban a concluir, gracias a una toma de conciencia en la “securitocracia” dirigente. Esperaban más bien, y tal vez ingenuamente, un posicionamiento de la llamada “comunidad internacional” que desarrolló en la década del 2000 el concepto de “Responsabilidad de Proteger” (RTP); la responsabilidad de proteger a los civiles. Un concepto, entre otros, que tan solo se convirtió en un pretexto para intervenir donde los intereses económicos y estratégicos parecían seriamente amenazados.

La “palma de oro” de la hipocresía internacional puede ser otorgada al presidente Barak Obama, ganador del premio Nobel de la Paz, por sus famosas declaraciones sobre las “líneas rojas” referidas al uso de armas químicas por el poder Sirio. Este las utilizó, en efecto, y éstas han demostrado su eficacia al matar centenares de civiles en las calles de Damasco, en agosto de 2013. ¡La reacción internacional fue: denuncia, condena y preocupación!

Varios estudios han sido elaborados para argumentar sobre el vacío moral que mancilla la acción política hacia la catástrofe humanitaria en Siria. Dos razones principales han sido aducidas: la primera es el cansancio principalmente norte-americano por intervenir en escenarios exteriores, después de las aventuras en Afganistán e Irak. La segunda es la fragmentación de las fuerzas de la oposición siria. No obstante, las acciones humanitarias intentan llenar la carencia de acción política; intentos que siguen limitados y restringidos. La ayuda de agencias de la ONU, por ejemplo, solo es distribuida en zonas controladas por el poder.

Los verdaderos «amigos» del poder

El apoyo diplomático y la intervención militar de Rusia e Irán en favor del régimen sirio propician la continuidad de la matanza. Desde Moscú, dicho apoyo consiste principalmente en un método “eficaz” ya utilizado en Chechenia: el bombardeo masivo con barriles de explosivo TNT y misiles balísticos, cuyo resultado fue que la capital chechena Grozni fuera borrada del mapa y el poder sometido a Moscú fuera preservado. Así, siguiendo dicho ejemplo, ciudades sirias han sido total o parcialmente destrozadas. Aviones caza y centenares de soldados rusos han sido desplegados, ahora a la luz del día y con tácito respaldo de los americanos, bajo el pretexto de combatir a los extremistas islamistas. Por su parte, el compromiso iraní es directo y eficiente. Teherán subcontrata mercenarios libaneses, iraquíes o afganos, desplegados para suplir la falta de efectivos en el ejército oficial del régimen. Asimismo un respaldo financiero importante ha sido invertido en la máquina de guerra del poder sirio.

Las razones de la implicación rusa giran en torno a la confrontación general con los países del Occidente desde el derrumbe de la URSS alrededor de las zonas estratégicas de influencia, y no tiene que ver en absoluto con un supuesto «lugar privilegiado», que el poder de Damasco ocuparía en el corazón de los dueños del Kremlin, como suele aducirse. En cuanto a Irán, los intereses estratégicos se conjugan con una ambición político-religiosa de expansión regional.

¿Un radicalismo ineludible?

La frustración creciente de una abrumadora mayoría de la población frente a la indiferencia que padece, abrió las puertas a una militarización masiva de la contienda. Además de los militares que han salido del ejército oficial para defender vidas humanas, muchos civiles han tomado las armas por diversas razones: defender sus familias, sus lugares de residencia y vengar a sus allegados, víctimas de exacciones ciegas. Dicha militarización no se ha beneficiado de ningún enmarcamiento político, y al expandirse, permitió a las potencias de la región influir sobre los múltiples grupos armados.

Así como Rusia e Irán, aliados del régimen sirio, el conjunto de países implicados en el armamento de dichos grupos rebeldes no adhiere a los valores democráticos, con excepción de Turquía que tiene un régimen democrático aunque no exento de críticas. El respaldo está por ende condicionado a una lealtad ideológica, tendiente al extremismo, o sometido a una instrumentalización política en el tablero regional. Por su lado, las fuerzas occidentales no dejan de producir “lindos discursos” sin emprender verdaderas acciones en el ámbito diplomático y menos aún en el campo humanitario. Por tanto, el abandono vivenciado por la mayoría de los sirios lleva a muchos a entrar en las filas de los grupos más radicales entre los rebeldes. Así, todo fue hecho, tanto por el régimen como por sus enemigos regionales, para que el radicalismo invadiera la escena. Con el olvido internacional, el “circulo se cierra”2.

¿Se debe escoger entre el cólera y la peste?

En Occidente, ante los asombrosos avances de Daech [Estado Islámico] en el campo, viene ganando terreno un discurso que considera que el régimen de Bachar Al Assad, después de todo, sería un mal menor. Crece en la opinión pública la idea según la cual el dictador de Damasco sería el último escudo protector de las minorías en su conjunto, específicamente la minoría cristiana en vía de extinción. Dicha percepción es el fruto de una estrategia exitosa, por parte de un régimen que supo dividir los diversos componentes de la sociedad siria e instrumentalizar la religión para asentar su dominación. Sin embargo, lejos de proteger las minorías, el régimen les encadenó a su propio destino. En una sociedad que carece de libertad de expresión y donde no existe la ciudadanía, los dirigentes han creado de cero una jerarquía religiosa – tanto cristiana como musulmana – totalmente bajo su dominio.

Entre tanto, los Occidentales están obsesionados a la vez por Daech y por las persecuciones a las minorías, que están en peligro pero no más que el resto de la población. Al sobre-mediatizar su persecución se refuerza el sentimiento de que están “aparte”. De este modo, algunos países occidentales (y dentro de ellos, como en Francia, unos parlamentarios) buscan un acercamiento “de razón”, en aras de colaborar, eventualmente, con el poder. Esta tendencia atestigua una terrible ignorancia de la realidad en terreno y de la complejidad de la escena sociopolítica en la región.

¡Daech como «salvador»!

Con el avance del “Estado Islámico” se han implementado los bombardeos aéreos «hollywoodenses» contra aquel grupo terrorista, evidenciando una implicación que parece enorme de varios países poderosos con equipamiento militar sofisticado. Aun así, los resultados esperados no se han alcanzado. Puede ser entonces legítimo, para algunos, considerar que dicha implicación fue tan solo un modo para no culparse por no haber querido actuar previamente. Además dichos “golpes aéreos”, más aun cuando matan decenas de civiles, tan solo refuerzan a los terroristas, cuyo avance en varios frentes evidencia el fracaso de la operación y la absoluta ausencia de una estrategia militar o política.

Incluso, Daech les hace un favor a varios actores; en primer lugar, el propio régimen que se presenta, a pesar de sus derrotas consecutivas, como el mal menor y el único capaz de enfrentar el terrorismo. En segundo lugar, los campeones occidentales de la indiferencia encuentran en Daech un refugio para seguir sin actuar, confortándose en su perpetuo vacile, aduciendo que apoyar a los grupos moderados podría reforzar a los más extremistas que captarían armas y recursos, en nombre de la lucha contra ese peligro terrorista sin piedad. Finalmente, las fuerzas regionales son el tercero beneficiado, pues siguen usando la escena siria como campo de confrontación.

La dictadura religiosa como infante legítimo de la dictadura política

Si Daech asusta más, al decapitar sus víctimas y al secuestrar miembros de minorías, es importante recalcar que la mayoría de las víctimas sirias son el balance que resulta de los bombardeos del régimen, de la hambruna causada por el sitio de ciudades y pueblos, y de la tortura a la que son sometidos decenas de miles de presos políticos. El oscurantismo religioso se ha difuminado bajo el control del poder sirio, que algunos en Occidente siguen considerando como “laico”. El poder prohibió cualquier reflexión intelectual ilustrada, y también desarrolló las redes jihadistas para combatir en países vecinos en los años 2000. La sociedad fue empobrecida de toda referencia nacional, mientras se reforzaban sus referentes religiosos.

Los sirios en su diversidad compleja, no pensaban en la violencia ni en transformaciones radicales; sus exigencias eran “simples” y ellos soñaban con los principios de una vida decente universalmente reconocidos: la abrogación del estado de sitio, elecciones libres, el multipartidismo, una sociedad civil libre, la liberación de los presos políticos, la libertad de prensa y el combate contra la corrupción endémica que reinaba. Pareciera que esto fuera demasiado pedir y que sea demasiado costoso en vidas humanas, mientras el mundo “libre” sigue cavilando sobre el sexo de los ángeles.


El texto fue traducido del francés por Julie Massal (IEPRI), columnista del Portal.

  1.  NdT; aproximadamente 4 millones de Sirios son refugiados, principalmente en países vecinos (Líbano y Turquía), y unos 7 millones desplazado dentro de Siria: http://www.hispantv.com/newsdetail/Siria/55812/sirios-desplazados-refugiados-acnur-terroristas
  2. En Francés: «la boucle est bouclée», lo cual significa aproximadamente “volver al punto de partida” (no existe una traducción literal de esta expresión)